La ambición de Lucifer 54. Sombra persistente
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54. Sombra persistente

Washington amanecía un día más bajo la resaca de la crisis que había golpeado al mundo.

Durante años, una poderosa organización internacional había tejido una red de corrupción e influencias dentro de gobiernos, instituciones financieras y organismos estratégicos, hasta situar a la humanidad al borde de una catástrofe sin precedentes.

Una semana atrás, Thomas J. Whitmore había asumido públicamente la responsabilidad de lo ocurrido y presentado su dimisión como presidente de los Estados Unidos.

En un escueto comunicado, reconoció no haber estado a la altura de las circunstancias ante una amenaza que, aunque finalmente derrotada, había quebrado la confianza construida durante décadas entre los aliados occidentales y dañado las relaciones internacionales.

Tras su renuncia, el vicepresidente Elliot Warren asumió la presidencia, con la mirada puesta en unas elecciones que se celebrarían en menos de un año.

Bradford había llegado temprano a su despacho, dispuesto a seguir de cerca las investigaciones en marcha para esclarecer lo sucedido. Aún quedaban demasiadas preguntas sin respuesta y varios nombres pendientes de aparecer.

—Buenos días, Bill.

—Hola, Robert. Hoy has empezado pronto…

—Sí… todavía a trabajo que hacer. ¿Hay alguna novedad?

—Por el momento no hay ninguna. Los interrogatorios continúan, pero parece que ninguno de los detenidos tenía contacto directo con los líderes de la organización. Todos apuntan a Harlam. Era el último eslabón de la cadena y quien transmitía las órdenes desde arriba.

—Por eso se lo cargaron. ¿Qué dicen los de Interpol?

—Nada bueno. Siguen sin localizar la red de servidores de Lucifer. El sistema permanece inactivo, pero, mientras esos nodos sigan ocultos, nadie puede garantizar que no vuelvan a ponerlo en marcha.

—¿No hay forma de encontrarlos?

Sullivan negó con la cabeza.

—La red es enorme. Llegas a un punto en el que simplemente no puedes seguir tirando del hilo.

Hay países que se niegan a colaborar; algunos porque podrían estar implicados y otros porque no quieren que empiece a hablarse de corrupción dentro de sus propias administraciones.

Todo esto huele mal, Robert. Muy mal. Y voy a darte un consejo: ten cuidado.

—¿Qué quieres decir?

—Que puede que intenten cerrar esta investigación por las bravas; ya voy viendo algunos movimientos y presiones en ese sentido. Con unas elecciones tan cerca, a muchos les interesará que el asunto se enfríe y desaparezca de los titulares. Ya sabes cómo funciona esto.

—Sí, lo he pensado más de una vez. Entre otras razones, por eso he venido tan temprano. Te agradeceré que me mantengas informado de cualquier novedad.

—Lo haré.

Bradford permaneció unos instantes en silencio. Era consciente de que el tiempo jugaba en su contra. Aún quedaban demasiadas piezas ocultas y cada día que pasaba hacía menos probable descubrir quién movía realmente los hilos. Empezaba a temer que nunca se llegaría a saber.

En ese momento sonó el teléfono de su mesa.

—Señor Bradford. El presidente Warren quiere reunirse con usted en el Despacho Oval dentro de cinco minutos.

—Gracias, Alice. Voy enseguida.

Bradford recorrió los pasillos con la agenda bajo el brazo. Iba a ser su primera reunión con el nuevo presidente. No compartía con él la relación de confianza que había mantenido durante años con Whitmore, pero esperaba poder ayudarlo a reconstruir los puentes dañados con los aliados.

—Señor presidente, con su permiso.

—Pasa, Robert. Toma asiento, por favor.

Warren se mantuvo unos segundos en silencio, terminando de firmar unos documentos. Los revisó una última vez y los introdujo en una carpeta que dejó sobre la mesa antes de dirigirse a un Bradford que le observaba con extrañeza.

—Robert, he querido comunicártelo personalmente ahora para evitar malentendidos. Acabo de firmar tu cese inmediato como secretario de Defensa. A partir de mañana, Alex Parker asumirá el cargo.

Durante unos segundos, Bradford permaneció inmóvil, impactado por aquella decisión. Había contemplado la posibilidad de su cese desde la llegada de Warren a la presidencia, pero no esperaba que se produjera tan pronto.

—¿Puedo saber los motivos? —preguntó.

—Te seré sincero: alegaré falta de confianza. No tengo nada personal contra ti, pero necesito rodearme de gente cercana para afrontar los retos que tenemos por delante.

—¿Y qué ocurrirá con la investigación sobre la conspiración de Lucifer y la búsqueda del resto de involucrados?

Warren lo miró fijamente y con frialdad mientras entrelazaba los dedos de las manos sobre la mesa.

—Las decisiones que se adopten se comunicarán oficialmente en su debido momento. Por ahora, eso es todo.

Bradford sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Percibió algo extraño: un presentimiento que le atravesó la mente como una flecha y le impulsó a alejarse de allí cuanto antes.

Asintió sin decir una palabra más, se levantó y abandonó el despacho. Había imaginado muchos escenarios para aquella mañana, pero aquel no era uno de ellos.

Apenas la puerta se cerró a su espalda, Warren pulsó el intercomunicador y llamó a su secretaria.

—Alice, no me pase más llamadas y cancele todas las reuniones previstas para hoy.

—Enseguida, señor presidente.

Con el rostro imperturbable y una expresión calculadora, Warren observó desde su escritorio el retrato de George Washington suspendido sobre la chimenea de la pared opuesta. Su mirada permanecía inexpresiva, como si no hubiese un ápice de sentimiento tras ella.

Su mente viajó a un pasado remoto, lejos de aquel despacho, perdiéndose entre los paisajes helados de la cordillera Verjoyansk, en la inmensidad de la Siberia oriental.

Más de tres décadas atrás, un niño de apenas ocho años, al que la naturaleza había dotado de una extraordinaria inteligencia, fue arrancado con sangrienta crueldad de su familia para ser transformado en una herramienta al servicio del poder.

Su don fue utilizado para construir un arma perfecta con la que controlar el mundo.

Un arma de la que, secretamente, él se había hecho único dueño desde el principio.

Aquel niño, lleno de odio y resentimiento, supo esperar, manipular y ascender pacientemente bajo el cobijo de una poderosa organización criminal, hasta hacerse con su control absoluto.

Warren apartó por fin la mirada del retrato para dirigirla hacia la luminosa mañana que se dejaba ver tras los ventanales del Despacho Oval, mientras una siniestra sonrisa asomaba a sus labios. El mundo aún no lo sabía, pero ya había empezado a pertenecerle.