14. Cena informativa
La cerveza y la tapa de ensaladilla rusa que le sirvieron en la cantina le supieron a gloria. Tras una ducha reparadora en los aseos de tropa, Germán disfrutaba de unos minutos de tranquilidad esperando la hora de la cena y el reencuentro con el coronel.
El comedor, improvisado en una esquina de aquella inmensa nave industrial, ofrecía comida austera y reglamentaria. Como en la mayoría de los cuarteles que había conocido durante su etapa de militar profesional, no le costaría adaptar su paladar en absoluto.
Germán daba por hecho que pasaría la noche allí, aunque su intención era reanudar el viaje hacia Barcelona al día siguiente y lo antes posible. Aún le quedaban más de quinientos kilómetros por delante. Confiaba en recorrerlos mucho más rápido y tranquilo.
Pese a ser ya algo tarde, la actividad en la nave era frenética. Los soldados iban y venían cargando material, limpiando armas y preparando munición. Nadie permanecía ocioso.
Supongo que han recibido órdenes o alguna alerta. Esta gente parece estar preparándose para algo.
Germán giró su mirada hacia el fondo del pabellón. El coronel acababa de aparecer por la entrada al edificio anexo. Marcos se dirigió hasta él con gesto amable.
—¿Qué tal se encuentra ahora, señor García? ¿Ha recuperado fuerzas?
—No le diré lo contrario. La última ducha que me di fue hace tres días y con agua helada. Aquí tienen un buen calentador, por lo que he comprobado. Podrían pelar pollos con el agua caliente que sale de la ducha.
No abundaban los motivos para reír en aquella situación, pero el comentario hizo gracia al coronel.
—Tiene usted razón, ya sabe que en el ejército no suele haber demasiados matices. Todo es blanco o negro, caliente o frío…
—En eso debo discrepar, coronel. Los matices y la templanza son absolutamente esenciales en el ejército. Si no fuera así, creo que estaríamos en guerra permanentemente.
—Debo reconocer que tiene usted razón, señor García. Y me alegra que recupere el sentido del humor; creo que lo necesitamos todos en estos tiempos.
—Desde luego.
—¿Le parece bien que nos sentemos a comer aquí?
Tomaron asiento en una mesa algo apartada del bullicio de los soldados, lo que les permitía conversar con mayor facilidad, ya que el ruido ambiental era considerable.
—Sopa castellana… Veo que aquí empiezan fuerte la cena con el primer plato…
—Estamos en una zona elevada, rozando los mil metros de altitud. Aquí los días de invierno y principios de primavera son fríos y las noches, heladas. La sopa castellana es un buen antídoto contra los temblores.
—Y realmente deliciosa —dijo Germán, sirviéndose un poco más de vino en el vaso.
Tras un instante de silencio, Germán decidió abordar el tema que le inquietaba:
—Dígame, coronel, ¿cuáles son esas hipótesis que comentaba en su despacho sobre lo que está pasando?
Marcos, que esperaba esa pregunta, se incorporó levemente en la silla y observó a Germán con una cierta expresión de admiración y curiosidad.
—Por lo poco que llevo visto de usted, creo que es una persona muy inteligente y avispada. Seguro que ya se habrá preguntado qué hace un coronel de cincuenta años al frente de unidades tácticas en mitad de un páramo; una labor quizá para mandos más jóvenes y audaces.
—No le negaré que es más fácil imaginarlo a usted en un despacho de intendencia, al frente de un cuartel o incluso en el Estado Mayor, antes que aquí…
—Suele pasar a menudo. Al igual que me ha ocurrido con usted, lo que se percibe de las personas la primera vez que se las ve puede no corresponderse en absoluto con lo que realmente son ni con lo que hacen.
—¿A dónde quiere llegar?
—Verá, mi labor en este destacamento no es exactamente la que supongo que usted imagina. Mi trayectoria en el ejército ha estado ligada durante más de veinte años a la inteligencia militar y al CNI. Y sigue estándolo de manera intensa.
—Algo de eso también se me había pasado por la cabeza.
—¿Qué se lo hizo pensar?
—Al entrar en el despacho, pude ver el armario blindado que tiene al fondo. Sé muy bien qué contiene.
—¿Qué sabe de ese contenido exactamente?
—Sé que es un transmisor Hermes VLF; un dispositivo de comunicaciones que forma parte del proyecto satelital NG.
También sé que es capaz de transmitir en ultra baja frecuencia, que es totalmente autónomo y que sus comunicaciones son prácticamente imposibles de detectar o de interferir, lo que le permite funcionar incluso en situaciones de bloqueo radioeléctrico como las actuales.
Solo cinco países en el mundo han podido desarrollar algo parecido, y nosotros somos uno de ellos.
—Esa es una información clasificada como de alto secreto. ¿Cómo puede estar al corriente?
—Muy sencillo, coronel, porque yo estoy al frente del equipo que lo diseñó. Soy el responsable del desarrollo de este proyecto desde el mismo día que se inició.
El coronel abrió los ojos, sorprendido. No se esperaba aquella respuesta.
—Como ya le reconocí esta mañana, señor García, es usted una auténtica caja de sorpresas.
Germán sonrió con complicidad.
—Continúe, por favor. Me interesa mucho lo que estaba explicando antes sobre su verdadera misión aquí.
—Verá… tras detectar cerca de nuestras costas las transmisiones cifradas que fueron consideradas hostiles y ser denegada la activación del protocolo de seguridad, el Mando Operativo ordenó en secreto el despliegue de varias unidades de inteligencia y reconocimiento en puntos estratégicos.
El JEMIT me puso al frente de esa operación.
—¿El JEMIT?
—Sí…, el jefe del Estado Mayor de Inteligencia y Táctica. Es quien lidera y coordina la respuesta a esta amenaza. La general Isabel Corbos es quien ostenta esa posición. Es una vieja amiga personal y alguien a quien confiaría mi vida sin dudarlo.
—Corbos… ¿No fue quien estuvo al frente del mando operativo de la OTAN?
—Exactamente, es ella. Una persona extraordinariamente inteligente y capaz.
El coronel esperó a que los últimos soldados que pasaban junto a su mesa abandonaran el comedor y así evitar que pudieran escucharle.
—Tras la explosión de Trillo, la general Corbos ordenó el envío inmediato de un equipo NBQ para investigar la zona y buscar supervivientes. Poco después, cuando se estaban preparando para salir, canceló la misión y los hizo regresar.
—Supongo que tendría un buen motivo para cancelar esa orden. Entiendo que lo que había pasado requería una actuación urgente. ¿Qué la hizo cambiar de parecer?
—Fue una decisión que tomó sin dudarlo y ni la llegó a consultar con su equipo de mando. Según me transmitió, tras analizar las imágenes del satélite, tuvo la certeza de que el ataque no buscaba la destrucción directa, sino enviar un mensaje. Una advertencia siniestra.
—¿A qué se refiere?
—Me refiero a la sospecha de que, si alguien intenta contraatacar o intervenir, el enemigo podría realizar ataques similares, esta vez en zonas pobladas. Fue una intuición personal que, viniendo de Corbos, más vale seguirla. Ella cree que millones de personas están siendo utilizadas como rehenes.
—Debo decirle que yo también pensé en una posibilidad similar al venir hacia aquí; hay cientos de drones centinela sobrevolando amplias zonas y parecen estar armados con explosivos. Tras esa explosión sin sentido, el temor es que tengan más ojivas como la que han hecho explotar.
El coronel bajó la voz, mirando a Germán con seriedad:
—Mire…, no puedo confirmar ni descartar esa posibilidad, solo le diré que tengo absoluta confianza en la capacidad de la general para anticiparse a los movimientos del enemigo y descubrir si hay algo más detrás de todo esto que aún desconocemos. Encontrará la forma de averiguarlo.
—Esperemos que así sea, coronel. Ahora debo pasar a un asunto menos trascendente…
—Usted dirá.
—¿Dónde puedo encontrar un lugar donde descansar esta noche? Disculpe, estoy bastante cansado y necesito dormir unas horas.
—Contaba con ello. El teniente Torres ha habilitado una litera y un armario para usted en los dormitorios de oficiales. Le pedí que se acercara por aquí a esta hora para acompañarle. Debe estar al llegar.
—Se lo agradezco. Mañana tengo un largo trayecto hacia casa y quisiera salir lo antes posible.
El coronel temía este momento. Intentó responder con el mayor tacto posible:
—No se preocupe por eso ahora. Descanse; mañana hablaremos de ello. ¿Le parece bien que nos veamos en mi despacho a las 09:00, después del desayuno?
Germán tardó un instante en procesar la respuesta. Percibió algo que no supo identificar y que no le gustó.
—De acuerdo. Estaré en su despacho puntualmente.
—Ha sido un placer conversar con usted. Espero que la cena haya sido de su agrado.
—De las mejores cenas militares que he degustado. Muchas gracias por su amabilidad.
En ese momento apareció el teniente, que parecía haber esperado el instante oportuno para hacerlo:
—Buenas noches, mi coronel. Señor García…
—Hola, nos vemos de nuevo.
—Si me acompaña, le llevaré a los dormitorios. Sus pertenencias ya están allí.
—Se lo agradezco.
—Que tenga usted un buen descanso.
—Igualmente, coronel. Buenas noches.