12. Coronel Marcos
El coronel Marcos trataba de encontrar la mejor manera de explicarle a Germán el significado de la enorme explosión que había visto hacia el sur.
—¿Qué sabe usted sobre armas nucleares, señor García?
—Tengo algún conocimiento más allá de saber diferenciar una bomba atómica de fisión y una bomba termonuclear de fusión.
—Verá, la explosión que usted vio fue, afortunadamente, la de una bomba táctica de fisión —confirmó Marcos—, mucho menos potente que la termonuclear. Su potencia no habría llegado a los veinte kilotones; solo un poco más que la bomba de Hiroshima, pero obviamente muy destructiva.
—Sí… sobre todo si se lanza sobre una central nuclear.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Comprobé la posición en el mapa e hice mis cálculos.
Si no fue sobre las instalaciones, tuvo que estallar en un radio de menos de veinte kilómetros. A esa distancia, necesariamente deben haberse producido daños en la central y en los alrededores, sin contar los efectos de la radiación.
—En realidad, esos daños han sido mínimos, se lo puedo confirmar.
—Perdón, ¿cómo dice?
—La bomba fue detonada a una distancia aproximada a los veinte kilómetros, delante de una elevación de terreno de más de trescientos metros por encima del nivel de la central.
Usted vio la explosión en toda su dimensión, ya que ese lado estaba relativamente orientado hacia donde se encontraba en ese momento.
—¿Y los daños?
—Las imágenes de satélite muestran que son escasos: algunos cristales rotos y el obvio impacto psicológico que habrá sufrido la gente que está allí, poco más.
—No puedo ni imaginar lo que habrán sentido. Yo estaba a casi cuarenta kilómetros y me dejó sin respiración. ¿Qué puede decirme de los riesgos que afrontarán por la radiación?
—Sabemos que los vientos están ayudando a disiparla, aunque aún desconocemos el alcance real que pueda tener la contaminación en las zonas cercanas. Tenemos la esperanza de que sea el mínimo posible; esa zona está muy poco poblada, pero no podemos asegurar nada en estos momentos.
Germán sintió un alivio interior incompleto al escuchar esa información. Su mente de analista solía estar siempre atenta a los detalles, y hubo uno que le llamó la atención sobre el que quiso consultar:
—Quisiera preguntarle una cosa más en relación con esto.
—Usted dirá.
—¿Qué interés puede tener para el enemigo hacer una cosa así y cómo es posible que hayan conseguido una bomba nuclear? No creo que sea una tarea nada fácil…
—No…, evidentemente no lo es. Es prácticamente imposible.
—Eso es lo que pensaba. Dígame, ¿cree lógico que, siendo tan difícil conseguirla, la desperdicien de esta manera? Me falta alguna pieza en su explicación, coronel…
Marcos dejó escapar una sutil sonrisa, como si empezara a reconocer que aquel hombre sentado frente a él era demasiado inteligente como para omitirle cualquier detalle.
—Le aseguro que la razón tras este ataque me resulta más difícil de comprender de lo que se pueda pensar.
—¿A qué se refiere exactamente?
—A que todo lo que tenemos son hipótesis, y ninguna de ellas son lo suficientemente razonables para explicar lo que está ocurriendo. Le confieso que estoy deseando conocer su opinión sobre ellas, pero, si no le importa, hablaremos con más tranquilidad tras la cena.
Germán se encogió de hombros y asintió. No le iba a hacer ascos a la sugerencia, estaba hambriento.
—Si lo desea, puede darse una ducha, descansar y tomar algo en la cantina para hacer tiempo. Ordenaré a uno de los soldados que le lleve al almacén de campaña para que le proporcionen unas toallas y algún otro elemento de aseo. Nos veremos esta tarde en el comedor a las 19:30 h.
—Gracias, coronel. Allí estaré.
Abandonó el despacho bastante más tranquilo de cómo había entrado, deseando asearse y comer algo, aunque sin librarse de su sensación de angustia.
Tan pronto Germán salió por la puerta, Marcos hizo una llamada por el teléfono interior, ordenando al teniente Torres que se personara en su despacho.
—A sus órdenes, mi coronel.
—Pase y siéntese.
Marcos se quedó un instante pensativo, mirando fijamente la información sobre Germán que todavía tenía en pantalla antes de dar una nueva orden al teniente.
—Quiero que mantenga vigilancia permanente sobre la persona que trajo usted a este despacho y necesito que se haga con suma discreción, porque no quiero que se sienta agobiado, ni mucho menos que perciba que está siendo controlado.
—Lo haré, extremando las precauciones, por supuesto.
—Recuerde… el señor Germán García no se encuentra detenido aquí, no hay cargos contra él que lo justifiquen. Aun así, es de vital importancia que permanezca en estas instalaciones hasta que recibamos órdenes del Mando Táctico. ¿Me ha entendido, teniente?
—Con claridad, mi coronel.
—Manténgame informado ante cualquier circunstancia. Eso es todo. Puede retirarse.
—A sus órdenes.
El coronel intuía que Germán podía resultar muy valioso en las circunstancias que se estaban viviendo y que el Mando Táctico no querría perderlo. Debía informar cuanto antes y solicitar instrucciones.
Se levantó de su asiento y se dirigió a un pequeño armario blindado, colocado en el fondo del despacho. Introdujo una contraseña para abrirlo. El interior estaba protegido con un material especial contra pulsos electromagnéticos.
Sobre un soporte metálico descansaba un terminal compacto de comunicaciones estratégicas; un dispositivo capaz de establecer conexiones militares a través del nuevo sistema TritonSat NG, inmune al bloqueo del espectro radioeléctrico y única línea de comunicación disponible con el mando.
Bajo el soporte, junto a una pantalla abatible, un teclado le permitía escribir mensajes que iban cifrándose de forma instantánea. Marcos describió en detalle su conversación con Germán García y procedió a confirmar el envío.
—Ya está. Ahora queda esperar la respuesta del mando de Rioseta. Tengo la impresión de que esta información les interesará.