Capítulo dieciséis
Maxine estaba sentada a la mesa, con la mirada perdida en su taza de café mientras pensaba en lo que habían hecho la noche anterior.
Se preguntaba qué tenía Emery que la afectaba tanto. Nunca le habían faltado admiradoras; había salido con muchas mujeres atractivas y poderosas. Mujeres impresionantes dentro y fuera de la cama, pero aquellos romances siempre habían ardido con fuerza durante unas cuantas citas para luego apagarse.
¿Qué tenía de diferente Emery? ¿Sería porque había luchado contra ello, porque había intentado desesperadamente no desear a Maxine? ¿Había discutido consigo misma, racionalizado, establecido límites, y aun así había fracasado?
La idea hizo sonreír a Maxine. La estirada senadora había abordado la atracción como si fuera una negociación comercial, convencida de que debía existir una solución política sensata que la explicara. Por desgracia para ella, el deseo no se regía por la legislación.
Lo que sorprendió a Maxine no fue que hubieran terminado en la cama —ambas eran solteras y se atraían mutuamente—, sino cuánto estaba empezando a importarle.
Se suponía que el acuerdo de la cumbre era un trato de negocios.
Unas semanas en Canberra, algunas funciones diplomáticas, un cheque generoso, y después cada una volvería a su vida normal.
Simple.
Solo que en algún momento, entre las cenas en embajadas, las visitas a galerías y las largas conversaciones, las cosas habían dejado de ser sencillas. Ahora le importaba lo que Emery pensara, ansiaba verla para contarle su día y buscaba su aprobación.
Aquello empezaba a resultar muy incómodo.
No era así como solía comportarse. Normalmente era práctica. Su trabajo ocupaba todo su tiempo, así que sus relaciones nunca pretendían durar. Disfrutaba del sexo y sus amantes conocían las reglas. No fantaseaba con el futuro ni se preguntaba qué estaría haciendo alguien en ese preciso momento.
Y sin embargo, ahí estaba, preguntándose si en ese momento Emery estaría atendiendo a un informe o pensando en ella a escondidas.
Que Dios la ayudara. Estaba mucho más involucrada de lo que tenía derecho a estar después de solo diez días. Y por si fuera poco, sospechaba que Emery también.
La idea debería haberla asustado. En cambio, la llenó de una calidez que se instaló en su pecho y se negó a marcharse. Durante varios minutos se quedó allí sentada, sonriendo sin motivo alguno, hasta que por fin alargó la mano hacia el teléfono.
La pantalla se iluminó.
Había llegado un mensaje de Judy hacía veinte minutos. ¿Y bien?
Maxine se quedó mirando el mensaje unos segundos antes de teclear una respuesta. Anoche lo pasamos muy bien.
Aparecieron tres puntos. Desaparecieron y volvieron a aparecer. ¡Maxine! Eso no es una respuesta.
Maxine soltó una risita mientras escribía: No seas cotilla.
Guardó el teléfono en el bolso antes de que Judy pudiera continuar con el interrogatorio.
No tenía ningún sentido seguir con aquello.
Su hermana poseía la persistencia de una investigadora federal y, con el tiempo suficiente, acabaría sonsacándole hasta el último detalle.
Pero en ese momento Maxine no tenía ganas de compartir, y Emery no querría que hablara de algo tan íntimo.
Una hora después se unió a una de las excursiones de la cumbre, organizadas para las parejas de los asistentes, periodistas y diplomáticos que no estaban encerrados en salas de conferencias debatiendo sobre política comercial.
La excursión de hoy consistía en visitar varias instalaciones de investigación agrícola en las afueras de Canberra, para terminar con un almuerzo en un viñedo especializado en técnicas de agricultura sostenible.
Sonaba mucho más atractivo que pasarse el día deambulando por el hotel esperando a que Emery volviera, y a esas alturas Maxine había hecho suficientes amistades entre los asistentes a la cumbre como para que aquellas excursiones resultaran realmente agradables.
El autobús ya estaba lleno cuando subió.
Varios rostros conocidos la saludaron de inmediato y acabó sentada junto al marido de una diplomática danesa, mientras un agregado comercial canadiense en el asiento de enfrente les contaba una anécdota divertida sobre haberse perdido en la Casa del Parlamento a principios de semana.
Para cuando llegaron al primer centro de investigación, el ambiente se había vuelto relajado y alegre, más propio de una excursión universitaria que de una cumbre internacional.
La mañana pasó sorprendentemente rápido.
Los científicos mostraron variedades de cereales resistentes a la sequía, los investigadores hablaron de sistemas de riego diseñados para hacer frente a patrones climáticos cada vez más impredecibles, y varios expertos explicaron con entusiasmo innovaciones agrícolas que la mayoría de los visitantes solo entendieron a medias.
Maxine descubrió que estaba realmente interesada, a pesar de no saber casi nada de agricultura.
Había algo fascinante en escuchar a gente inteligente hablar de un tema que les apasionaba.
A la hora del almuerzo, el grupo se había trasladado a una bodega con vistas a colinas onduladas surcadas por hileras de vides, y los invitados se mezclaban en una amplia terraza.
Maxine acababa de escaparse con una copa de vino cuando una voz familiar sonó a su lado.
—Señora Smith.
Se volvió y se encontró con uno de los periodistas europeos. Lo había visto antes en una recepción, sonsacando información a la reticente esposa de un diplomático.
Era Henri Beaumont. Francés o belga, no recordaba, pero daba igual: era un problema.
—Henri —dijo con cortesía.
La sonrisa del hombre se ensanchó ligeramente.
—Esperaba encontrarla a solas.
Maxine se puso en guardia al instante. Esa frase rara vez conducía a nada bueno.
—No sé por qué.
—Curiosidad.
La respuesta fue demasiado ligera.
Durante varios minutos él mantuvo una conversación intrascendente, preguntando por la excursión, por Canberra y por cómo estaba disfrutando de la cumbre. Por suerte, Maxine había pasado suficientes años negociando contratos como para reconocer un intento de sonsacarle información.
Como era de esperar, la conversación fue derivando hacia el comercio. Luego hacia la agricultura, los aranceles y finalmente hacia Emery. La transición fue tan fluida que casi la admiró.
—Tengo entendido que la senadora Moreton se ha vuelto bastante influyente en las discusiones agrícolas —comentó Henri como quien no quiere la cosa.
Maxine dio un sorbo.
—Eso parece.
—¿Y qué cree que será su posición?
Ahí estaba, la verdadera pregunta. La razón por la que había pasado diez minutos fingiendo que le importaban los viñedos.
Maxine lo miró por encima del borde de la copa.
—No tengo la menor idea.
Henri sonrió.
—Seguramente ella comenta estos asuntos con usted.
La suposición la irritó al instante.
—No, no lo hace.
Él enarcó las cejas.
—Eso me parece extraño.
—¿Por qué?
—La mayoría de las parejas hablan del trabajo.
Maxine dejó la copa con cuidado.
—Henri, Emery está participando en negociaciones comerciales internacionales que mueven miles de millones de dólares. ¿Por qué demonios iba a comentar conmigo políticas gubernamentales confidenciales?
El periodista parpadeó. Por lo visto, esa no era la respuesta que esperaba.
—Solo pensé que...
—¿Que podría revelar accidentalmente algo útil?
Se le tiñeron levemente las mejillas.
A su alrededor, varios invitados cercanos empezaron a prestar atención.
Él probó otro enfoque.
—Existe un gran interés en la posición agrícola de Australia.
—Entonces quizás debería preguntarle a alguien del parlamento.
Maxine frunció los labios, molesta.
—Es usted periodista. Entreviste a la senadora o a sus asesores, pero no me acorrale durante el almuerzo porque cree que soy un atajo.
El silencio que siguió resultó muy satisfactorio.
Henri la miró un instante antes de inclinar la cabeza.
—Mis disculpas.
Maxine lo observó desaparecer entre la multitud y negó con la cabeza. Al hombre no le habían interesado sus opiniones. Ella solo había sido otro camino hacia Emery.
Por alguna razón, eso le molestó más de lo que estaba dispuesta a admitir. Al volverse hacia la terraza, descubrió que varias personas cercanas habían escuchado el intercambio.
Una de las esposas de los delegados daneses alzó su copa de vino.
—Bien manejado.
Maxine asintió y le dedicó una sonrisa.
Mientras la tarde avanzaba y se reanudaba el recorrido por el viñedo, se descubrió reflexionando sobre la conversación.
Hasta ahora, ser la acompañante de Emery la había mantenido extrañamente al margen de las realidades de la política.
La cumbre había consistido en recepciones, cenas e interminables eventos sociales.
Las preguntas de Henri le recordaron que Emery ocupaba un mundo donde cada amistad, cada relación y cada aparición pública estaba sujeta a escrutinio.
Sintió una punzada de inquietud. Tarde o temprano, podría ser reconocida, y dudaba mucho que Emery viera con buenos ojos que la hubieran engañado.
El autobús llegó por fin al hotel poco después de las cinco y Maxine estaba deseando entrar. La tarde había sido bastante agradable, pero ahora tenía ganas de ver a Emery.
Nada más atravesar las puertas giratorias del Hyatt, la vio sentada en el vestíbulo, mirando el móvil.
Verla allí esperándola le provocó un agradable cosquilleo en el estómago. Cuando se acercó, Emery levantó la vista y le dedicó una cálida sonrisa.
—Hola.
—Hola, extraña —dijo Maxine.
—¿Qué tal el día?
—Bien, pero te he echado de menos.
La respuesta le salió sin pensar, y notó que se sonrojaba. Maldita sea, estaba actuando como una adolescente enamorada. Estaba completamente perdida.
Emery se puso de pie y le tomó la mano.
—Yo también —susurró.
Otras dos personas entraron con ellas en el ascensor, y cuando las puertas se cerraron, Maxine fue absurdamente consciente de la presencia de Emery a su lado. Podía oler su perfume, ligero, con un toque de ámbar y almizcle.
Salieron del ascensor y caminaron juntas por el pasillo, aún sin tocarse. Emery abrió la puerta de la suite y se hizo a un lado para dejarla pasar.
Maxine apenas había dado dos pasos dentro cuando la mano de Emery se cerró en torno a su muñeca. No dijo una palabra; simplemente la empujó contra la pared y la besó.
No hubo nada de vacilación. Fue un beso profundo y apasionado, cargado con toda la frustración de un día separadas. Cuando por fin lograron separarse, ambas respiraban con dificultad.
Entonces Emery volvió a capturar su boca y Maxine se dejó caer contra ella, rodeándole el cuello con los brazos.
Tras explorar su boca con la lengua, Emery le succionó el lóbulo de la oreja.
Luego, mientras le mordisqueaba suavemente la línea de la mandíbula, le subió el vestido y deslizó la pierna entre sus muslos.
Cuando metió la mano bajo la ropa interior de encaje y empezó a acariciarla, Maxine gimió:
—Oh, joder, Emery. Qué bien se siente.
Detuvo la mano, aunque no la retiró.
—¿Quieres que continúe?
—No te atrevas a parar —dijo Maxine con voz ronca—. Te necesito. Por favor.
—He deseado hacer esto todo el día. No he podido pensar en otra cosa —dijo Emery con voz ronca, frotándose contra su muslo mientras la acariciaba.
La presión entre las piernas de Maxine aumentó.
—Dentro de mí, por favor... oh... qué bien... por favor.
Cuando Emery introdujo dos dedos y empezó a moverlos, Maxine sintió los primeros espasmos del orgasmo.
—Oh, joder —gritó cuando la alcanzó en una ola gigante y exquisita.
Emery gimió su nombre cuando su propio clímax llegó de inmediato.
Jadeando, Maxine se apartó de su abrazo cuando sus piernas volvieron a responderle.
—Bueno, yo diría que me has echado de menos.
Emery apoyó la frente contra la suya y se rio, una risa queda y algo entrecortada.
—¿Es tu valoración profesional?
—Las pruebas son abrumadoras.
—Paso una noche contigo y de repente soy una adicta al sexo.
Maxine sonrió.
—Que Dios me ayude.
—Creo que es un poco tarde para la intervención divina.
Durante unos momentos se quedaron allí sin más, abrazadas, mientras las luces de la ciudad empezaban a brillar tras las ventanas de la suite.
Una sonrisa se demoraba en el rostro de Emery mientras le apartaba un mechón rubio de la cara.
—¿Quieres salir a cenar?
Maxine negó con la cabeza.
—Cenemos aquí. Pero no pidas postre. Eso vendrá después, cuando te lleve a la cama.