La acompañante de la senadora Capítulo catorce
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Capítulo catorce

En cuanto la puerta de la suite se cerró tras Emery, Maxine dejó escapar un largo suspiro y se acercó a la ventana.

Bueno, aquello desde luego no había salido como esperaba.

Contempló el horizonte de Canberra mientras intentaba darle sentido a las últimas veinticuatro horas. Por desgracia, cuanto más pensaba en ello, menos lo entendía.

Emery prácticamente la había empujado contra una pared y la había besado.

Desde luego, no era la forma en que una mujer besaba a alguien que simplemente le parecía atractiva.

La había besado como una mujer que por fin había llegado al límite de su autocontrol y había descubierto que no le quedaba ni una gota más.

Y, que Dios la ayudara, a Maxine le había encantado.

El recuerdo por sí solo bastaba para hacer que una oleada de calor le recorriera el cuerpo.

La sorprendente fuerza bajo aquel exterior elegante, y la forma en que la había besado con una desesperación completamente opuesta a la mujer serena que pasaba sus días negociando acuerdos comerciales.

Sobre todo recordaba cómo se había sentido, porque esa era la parte verdaderamente inquietante. La habían besado muchísimas veces mujeres hermosas y poderosas, pero de algún modo un solo beso de una senadora siempre tan contenida había logrado afectarla más que cualquiera de sus relaciones.

Era irritante, la verdad.

Nunca había conocido a nadie como la senadora. Emery había pasado días intentando no tocarla, e incluso ahora estaba tratando aquella atracción como si fuera una crisis constitucional.

Maxine se rio por lo bajo. Cuando sugirió sexo sin compromisos, la mujer había salido pitando como alma que lleva el diablo. Realmente creía que no tenían futuro, no porque pensara que ella no era lo suficientemente buena, sino porque ya había decidido que sus mundos eran demasiado diferentes.

Y Maxine no podía decirle que no era una acompañante, sino una mujer de negocios cuya vida no era tan diferente de la suya.

Era frustrante, porque realmente se sentía atraída por Emery.

Le encantaba cómo se ponía adorablemente nerviosa cada vez que las conversaciones entraban en terreno personal, y luego la miraba en aquella pista de baile como si fuera la única mujer en el mundo.

Se preguntó qué estaría haciendo Emery en ese momento, y si estaría pensando en el beso tanto como ella.

La respuesta, sospechaba Maxine, era un rotundo sí.

Con una sonrisa, se apartó de la ventana y abrió el portátil para revisar el correo.

Habían llegado un puñado de mensajes durante la noche, la mayoría sin importancia.

Flavia había enviado una fotografía de una escultura moderna verdaderamente horrible que había encontrado en un evento para socios, con el pie de foto: Esto parece un búho estreñido.

Maxine se rio y le respondió con un emoji de pulgar arriba.

Entonces vio un nuevo correo en la bandeja de entrada y se le despertó la curiosidad.

Era de Patricia Gale. Emocionada, abrió el mensaje. Al llegar al segundo párrafo ya estaba sonriendo. Habían revisado su currículum y estarían muy interesados en reunirse con ella cuando regresara a Sídney.

Levantó el puño en señal de victoria y luego escribió su respuesta. Les agradeció el interés y sugirió una reunión en dos semanas si les venía bien.

Entonces cogió el teléfono y llamó a Judy.

Su hermana contestó al segundo tono.

—Ya era hora, Maxie.

Maxine sonrió.

—Hola a ti también.

—¿Tienes idea de cuánto tiempo llevo esperando a que llames?

—¿Unos diez segundos?

—Solo has llamado una vez y fue hace días. ¿Qué está pasando?

—He estado ocupada yendo de aquí para allá a eventos como acompañante de Emery.

—Espero que no vayas a fingir que te has pasado la última semana hablando de aranceles comerciales.

Maxine se rio.

—Pues la verdad es que se ha hablado sorprendentemente mucho de aranceles.

—Joder. Te has convertido en una de ellas.

—Qué va.

—Estás hablando como una maldita política.

—Mira quién fue a hablar, una mujer que cobra por horas.

Judy jadeó.

—Golpe bajo, hermanita.

—Pero certero.

—Soy una respetable mujer de negocios que ofrece soluciones de compañía.

Maxine resopló.

—Eso suena a servicio de fontanería.

Judy se rio.

—Analogía desafortunada. Ahora deja de irte por las ramas y cuéntame todos los detalles escabrosos.

—¿Sobre?

—Sabes perfectamente que estoy deseando que me cuentes lo de Emery. Después de esas fotos de prensa, algo tiene que haber pasado.

—No hay nada que contar.

—Estás mintiendo —dijo Judy con tono triunfal.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Porque si no hubiera pasado nada, me habrías llamado hace días para quejarte de ella.

Maxine puso los ojos en blanco. Era una lógica irritante, y Judy siempre sabía dónde tenía el punto débil.

Judy dio otro grito ahogado.

—Oh, Dios mío.

—¿Qué?

—Pasó algo.

—No pasó nada.

—¡Maxie!

El tono de advertencia era idéntico al que Judy usaba cuando eran adolescentes y pillaba a Maxine escabulléndose de casa.

—¿Te acostaste con ella?

—No.

Otra pausa.

—¿La besaste?

Bastó una vacilación. Un chillido casi le revienta el tímpano.

—¡Lo sabía!

—Qué va.

—Detalles, por favor.

Maxine se frotó la frente.

—Ella me besó.

Judy volvió a chillar.

—Descríbelo.

—No pienso contarte nada.

—¿Fue romántico?

—No.

—¿Apasionado?

Maxine guardó silencio.

—Dios mío. Lo fue.

—Fue… inesperado.

—¿Muy apasionado?

Maxine gimió.

—Eres imposible.

—No. Tengo razón.

Y lo fastidioso era que la tenía.

La voz de Judy bajó.

—¿Qué pasó después?

A Maxine le vino a la mente la imagen de Emery huyendo por el pasillo como si la persiguieran los gremlins.

—Entró en pánico.

Una carcajada resonó al otro lado de la línea.

—Oh, pobre Emery.

—Estás disfrutando de esto —la acusó Maxine.

—Tremendamente.

—Cree que somos completamente incompatibles. De mundos diferentes.

Judy volvió a reírse.

—Eres una abogada corporativa que pasó seis años negociando adquisiciones multimillonarias y ella cree que eres una acompañante. Es para morirse de risa.

—No me estás ayudando.

Maxine sonrió a pesar de sí misma y luego recordó el correo electrónico.

—Ah, antes de que se me olvide. Tengo una entrevista de trabajo. Un bufete de Sídney, Gale and Associates.

Judy cambió de tono al instante.

—¿Planeas vivir en Sídney, Maxie?

—Sí. Me gustaría estar más cerca de ti y de mamá.

—Oye, qué noticia tan buena. Mamá se va a poner contentísima. Te veo cuando vuelvas.

—Nos vemos, hermanita.

Con una sonrisa, Maxine colgó.

La exposición de arte ocupaba una de las galerías más prestigiosas de Canberra, un edificio de piedra arenisca bellamente restaurado con vistas al lago.

Su fachada resplandecía bajo los focos mientras un desfile continuo de periodistas, mecenas adinerados y amantes del arte subía la escalinata de entrada.

Cuando el coche se detuvo, Maxine miró por la ventanilla y reconoció de inmediato media docena de rostros de las funciones de la cumbre.

A su lado, Emery lucía impecable como siempre.

La senadora había vuelto a abandonar los vestidos en favor de un elegante traje pantalón plateado, tan perfectamente confeccionado que era evidente que no era de confección.

Llevaba el cabello oscuro recogido en un moño suelto en la nuca y unos pequeños pendientes de diamantes le brillaban en las orejas.

Cuando el conductor abrió la puerta, Emery salió primero y le ofreció la mano.

El gesto fue casual, pero el efecto que tuvo en Maxine no lo fue.

El corazón le dio un vuelco cuando Emery la ayudó a salir del coche, y fue muy consciente del calor de sus dedos y del aroma de su sutil perfume cuando se inclinó hacia ella.

Juntas subieron la escalinata de piedra hacia la entrada, pasando bajo los carteles de la exposición mientras los fotógrafos captaban imágenes de los invitados que llegaban.

Nada más entrar en el vestíbulo, una voz llamó desde el otro lado de la sala.

—Emery.

Una mujer de poco más de cuarenta años, con cabello rubio plateado cortado con estilo y enfundada en un vestido negro, se acercó a ellas.

—Blanche —dijo Emery con genuino afecto—. Qué alegría verte.

Después de besarse en las mejillas, Emery presentó a Maxine a su querida amiga Blanche Perry-White, la dueña de la galería.

Durante varios segundos, Blanche la observó, evaluándola como un coleccionista examinaría una obra de arte recién descubierta. Luego le estrechó la mano con calidez.

—Es un placer conocerte, Maxine.

—Hola, Blanche.

—Te has convertido en toda una celebridad, Maxine. Emery no había traído a nadie a actos oficiales desde que se quitó de encima aquella losa.

—¡Blanche! ¡Compórtate! —dijo Emery.

—¿Se conocen desde hace mucho? —preguntó Maxine.

—Fuimos juntas a la universidad, lo que significa que tengo suficientes historias embarazosas como para destruir su carrera política varias veces.

—No le creas ni una palabra —dijo Emery con una risita.

—Tendrías que haberla visto bailando encima de la mesa de un pub.

—Eso no pasó.

—Hubo una lista de chupitos de por medio.

Maxine soltó una carcajada. Por la expresión de derrota resignada en el rostro de Emery, aquella era una rutina conocida.

—Eso me gustaría verlo.

Blanche pareció encantada.

—Ya me caes bien. Necesita a alguien que la haga relajarse.

Le tomó el brazo a Maxine.

—Ven. Te haré la visita como es debido antes de que esto se llene de políticos fingiendo que entienden el arte moderno.

Las condujo a la primera galería, donde grandes paisajes australianos contemporáneos ocupaban la sala: enormes lienzos llenos de océanos oscuros como tormentas, desiertos rojos y vastos cielos representados en colores tan vívidos que brillaban bajo las luces.

Mientras recorrían la exposición, Blanche actuaba menos como dueña de galería y más como una directora entusiasta guiando a los invitados a través de su sinfonía favorita.

Conocía personalmente a cada artista, la historia de cada pintura y cada cotilleo relacionado con su creación.

Varias veces las presentó a artistas y coleccionistas, sin dejar de observarlas a ella y a Emery de cerca.

—Entonces —dijo Blanche mientras se detenían ante un dramático paisaje marino—, ¿cómo estás sobreviviendo a Canberra, Maxine?

—Mejor de lo que esperaba.

Antes de que Maxine pudiera añadir nada más, un artista interceptó a Blanche y se la llevó para hablar de un coleccionista que quería negociar el precio de una pintura.

—Tengo que irme —dijo Blanche mientras se la llevaban.

Maxine sonrió.

—Es maravillosa.

—Es agotadora —corrigió Emery.

Una vez que Blanche se marchó, continuaron por la galería a un ritmo más pausado, deteniéndose cuando algo les llamaba la atención.

Maxine se paró ante un gran retrato que colgaba solo, un óleo que representaba a una mujer sin hogar sentada en un cajón de leche en una calle en penumbra.

Llevaba varias capas de ropa gastada para protegerse del frío, tenía las manos ásperas y curtidas, pero eran sus ojos los que dominaban el lienzo.

Eran inteligentes y desgarradoramente orgullosos, y rechazaban la lástima del espectador a pesar de las evidentes penurias grabadas en cada línea de su rostro.

Durante varios instantes, ninguna de las dos habló.

Finalmente, Maxine dijo en voz baja:

—Esta es mi favorita hasta ahora.

Emery asintió.

—La mía también.

Maxine la miró de reojo.

—¿Qué ves tú?

Emery meditó la pregunta.

—Fortaleza. La mayoría vería la pobreza, pero no es eso lo que me llama la atención. Ha sobrevivido a algo difícil y aún se niega a renunciar a su dignidad.

Maxine contempló el retrato un momento más y luego asintió.

—Exactamente así lo veo yo.

La mirada que Emery le dirigió le provocó un calor inesperado en el pecho.

A partir de entonces continuaron juntas por la galería, deteniéndose ante las mismas obras. A ninguna le interesaban demasiado los lienzos abstractos que ocupaban el salón central, pero ambas se paraban ante paisajes, retratos y obras que narraban historias en lugar de lanzar proclamas.

En algún momento, Maxine se dio cuenta de que se habían ido acercando sin darse cuenta.

Lo bastante cerca como para percibir el perfume de Emery cada vez que giraba la cabeza, lo bastante cerca como para que sus hombros se rozaran de vez en cuando al detenerse frente a un cuadro.

Varias veces sorprendió a Emery mirándola cuando creía que no prestaba atención. Miradas que se demoraban y le aceleraban el pulso.

Cuando estaban listas para irse, Emery se disculpó para ir al baño, y Blanche apareció junto a Maxine.

La mirada de Blanche se desvió hacia el pasillo donde Emery había desaparecido.

—Le gustas.

Maxine sonrió, pero guardó silencio.

—Emery no sabe parar —continuó Blanche en voz baja—. Trabaja una barbaridad de horas, duerme muy poco, carga con los problemas de todos y está convencida de que el mundo se vendrá abajo si se toma una tarde libre. Todo el mundo la ve como la negociadora, la mujer que siempre tiene la respuesta.

—¿Y tú no?

—Yo veo a una amiga que no ha parado de verdad en veinte años.

Se volvió hacia Maxine.

—Cuídala, si puedes. Necesita a alguien que le recuerde que merece ser querida. Ese patético de Adrian se lo hizo pasar muy mal.

—Haré lo que pueda —dijo en voz baja—. Pero hace poco que nos conocemos.

Entonces Emery salió del pasillo, elegante y serena, y algo se contrajo de pronto en el pecho de Maxine. Se descubrió sonriendo antes de poder evitarlo.

Blanche le escrutó el rostro.

—Creo que ya has caído, Maxine.