La acompañante de la senadora
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Capítulo uno
Para cuando se inauguró la Cumbre Mundial de Comercio en Canberra, la senadora Emery Moreton ya quería despedir a la mitad de su equipo asesor.
El borrador del discurso que iba a presentar tenía tantos agujeros que le había costado tres noches sin dormir arreglarlo.
Era el discurso más importante de sus diez años en política, y estaba decidida a que fuera perfecto.
El comercio mundial podía sonar inofensivo para el público en general, pero todos en aquella sala conocían la verdad.
Aquello iba de poder. Australia llevaba tres años perdiendo terreno en el ámbito internacional, y Emery estaba decidida a frenar la caída.
Este acuerdo debía marcar un antes y un después.
Imprimió una copia del discurso y la guardó en el maletín, luego se acercó a la ventana de su suite. A sus pies, las calles cuidadas de Barton se extendían hacia el lago, y la Casa del Parlamento se alzaba a lo lejos. Hoy, aquel era su campo de batalla.
Miró el móvil. Actualizaciones del equipo de políticas y un mensaje breve y cifrado del primer ministro: No cedas en transparencia de auditorías. Dubois te pondrá a prueba pronto.
Resopló. Naturalmente, el cabrón lo haría.
A Claude Dubois le gustaba parecer flexible mientras destripaba acuerdos en silencio con exenciones ocultas.
El año anterior había dado una conferencia de prensa conmovedora sobre el apoyo a las familias rurales mientras presionaba en privado por una desregulación química que habría destrozado las leyes de seguridad alimentaria.
No confiaba en él, ni en nadie de aquella sala, a decir verdad. Todos defendían los intereses de su propio país.
Antes de vestirse, hizo una última llamada desde su teléfono privado. Cuando su asistente respondió al segundo tono, Emery dijo sin preámbulos:
—¿Contrataste a alguien para las dos semanas, Helen?
—Está organizado, Emery.
—¿La investigaste?
—Es de una agencia de Sídney muy discreta y de alto nivel. Nadie la conocerá. Cumple todos los requisitos. Llegó a Canberra esta mañana en avión.
—Bien. Envíame sus datos por correo y dile que esté en mi suite a las seis menos cuarto. Recálcale que espero puntualidad porque quiero repasar algunas cosas con ella antes de la cena.
Después de colgar, se acercó al armario y se vio reflejada en el espejo: cabello recogido en un moño severo, maquillaje sutil y preciso.
Un traje azul oscuro y una camisa blanca esperaban en el perchero, planchados de forma impecable.
Se vistió, se ajustó el cuello, se enderezó las hombreras.
La ropa adecuada imponía respeto en una sala antes de que se pronunciara una sola palabra.
Sentada en el borde de la cama, abrió la fina carpeta de cuero que contenía sus credenciales, con el pase diplomático guardado detrás de la acreditación.
El móvil vibró. Un mensaje de su ayudante, Henry: Vehículo abajo. Seguridad lista.
Se puso el reloj, se abrochó el último botón de la chaqueta y se calzó los tacones. Todo lo que necesitaba estaba en su cabeza y en el maletín.
Estaba lista para la batalla.
La seguridad en el centro era estricta aquella mañana.
Le revisaron la identificación dos veces, le escanearon el maletín, le confirmaron y reconfirmaron el nombre.
Dentro, el edificio bullía de tensión. Delegados de catorce naciones se movían entre salas laterales seguidos por asesores y responsables de prensa, todos convergiendo hacia la hora límite de las nueve.
Su jefa de gabinete, Rachel Connors, la recibió en cuanto pasó el control de seguridad.
Rachel llevaba casi ocho años trabajando para Emery y era una de las pocas personas en Canberra que no se sentía intimidada por ella.
Alta, de rasgos afilados y perpetuamente desbordada de trabajo, tenía una memoria formidable y un sentido del humor seco.
Años de campañas electorales y crisis parlamentarias habían convertido su relación laboral en algo más cercano a la amistad.
Rachel le puso una carpeta en las manos.
—Mucha suerte, jefa —dijo, y desapareció en la sala de prensa.
De camino al ala de comités, Emery frunció el ceño al vislumbrar a Claude Dubois a través del cristal. Estaba apoyado en el mostrador, coqueteando con la recepcionista rubia como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Henry la interceptó en la entrada.
—La sala se está llenando rápido, senadora. El presidente quiere empezar a las nueve en punto.
Cuando entró, hubo una breve pausa en el murmullo de conversaciones, y las miradas la siguieron mientras se dirigía hacia los asientos asignados a Australia. No dio muestras de advertirlo, consciente de que su reputación la precedía.
Arriba, en el entresuelo, la prensa se había congregado con los objetivos apuntando hacia abajo, probablemente a la espera de que tropezara con algo.
No alzó la vista. Sus ojos se centraron en la fila de banderas del fondo de la sala, donde la parafernalia de cooperación apenas lograba ocultar los cuchillos que había debajo.
Este acuerdo la encumbraría o la hundiría. Con eso bastaba.
Observó a Dubois cruzar la sala hacia su asiento.
Rondaba los cincuenta, era apuesto, con la constitución y la postura de un hombre que había vestido uniforme.
Se movía como si la sala le perteneciera, con el traje oscuro lo bastante entallado como para recordarle a todos cuánto disfrutaba siendo el centro de atención.
Su sonrisa era su verdadera arma: cálida, ligeramente torcida en una comisura, de esas que hacían que las mujeres se inclinaran hacia él sin darse cuenta.
Escuchaba bien, se reía con facilidad, recordaba nombres y el color de un vestido de hacía tres semanas.
Siempre dejaba la mano un instante de más en la parte baja de la espalda de alguien.
A Emery le parecía un baboso. Había dejado claro que la quería en su cama y parecía tomarse su rechazo como una especie de juego.
—Senadora Moreton —dijo con fingida calidez.
Ella le estrechó la mano sin sonreír.
—Ministro Dubois.
Se dirigió a su silla junto al presidente, se sirvió un vaso de agua y esperó.
Dubois se inclinó hacia ella.
—Sus subsidios a la carne de vacuno van a ser difíciles de vender en Francia.
Ella enarcó una ceja.
—Su gobierno quiere algo de mí hoy. Esa puerta no se abre a menos que yo obtenga algo a cambio.
Él abrió la boca para responder, pero el presidente ya estaba pidiendo orden en la sala, y lo que fuera que hubiera estado a punto de decir se le quedó en la garganta.
A media tarde, Emery estaba harta. Miró el reloj, aliviada de que la sesión por fin estuviera llegando a su fin.
Esa noche era la cena de gala, y todos se apresurarían a volver a sus hoteles para prepararse.
Desde su divorcio, hacía cuatro años, Emery había acudido sola a estos eventos, y había perfeccionado el arte de fulminar a un hombre antes de que terminara la primera frase.
Una mirada gélida desde el otro lado de la mesa solía bastar.
Los listos captaban la advertencia de inmediato.
Los arrogantes la confundían con un desafío. Despreciaba a unos y a otros por igual.
Aun así, la atención masculina la encontraba en bares de hoteles, salas de espera de aeropuertos, salas de juntas, atraída por su físico y su dinero a partes iguales.
Respondía con palabras cortantes y un silencio que hacía que los hombres se sintieran estúpidos por haber abierto la boca.
Dios sabía que otra relación era lo último que quería.
Había sido tan infeliz con Adrian durante la mayor parte de su matrimonio que tenía para el resto de su vida.
En esta cumbre, se había asegurado de que nadie se molestara siquiera en intentarlo.
Cerró la carpeta y dejó que el ruido de la sala se desvaneciera a su alrededor.
La Presidencia había dado por terminada la sesión, y los delegados se levantaban, recogían tabletas, murmuraban a sus asistentes.
Dubois se había ido primero, engreído y sin prisa, con un par de asesores jóvenes que lo seguían como un séquito. Otros lo siguieron.
Emery permaneció sentada. Hizo una anotación en el margen de la copia impresa, luego otra.
Pasó a la última página y reescribió un párrafo mientras la sala se vaciaba lentamente a su alrededor.
Levantó la vista al fin y vio que solo quedaban unos pocos.
La delegada brasileña, Flavia Da Silva, estaba de pie a unas sillas de distancia, charlando en portugués con uno de sus asistentes.
Flavia miró hacia ella y sonrió. Emery asintió y volvió la vista.
Aunque no tan molesta como Claude, Flavia era otra que dejaba claro su interés. Emery podría haberse sentido tentada a tener un romance con ella, de no ser porque la brasileña era una coqueta notoria y estaba casadísima.
Henry se inclinó a su lado.
—¿Quiere que pida el coche, senadora?
—Sí, por favor. Estoy lista para irme.
Cuando él se alejó para hacer la llamada, ella se levantó y se unió al hilo de personas que salían por el corredor este.
Henry sostuvo abierta la puerta trasera de la limusina negra, y ella se deslizó dentro y dejó el maletín en el asiento de al lado.
La puerta se cerró con un clic silencioso, y el conductor se incorporó al flujo del tráfico de Canberra.
La ciudad, al otro lado de las ventanas tintadas, parecía tranquila, como siempre.
Amplios bulevares, arquitectura cuidada y el lago capturando la luz de la tarde como plata dorada.
Canberra nunca le había parecido del todo real a Emery; era una ciudad diseñada, no crecida, y siempre había pensado que encajaba a la perfección con la política.
Cuando el teléfono vibró, vio que Helen había enviado el archivo.
Emery lo abrió y se recostó en el asiento de cuero.
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