CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
Esa tarde, un poco antes, Po Po y Liu ocupaban unos sillones frente a Gregory y Edith Chan en el mismo saloncito que Leslie había visitado el día anterior. Los Chan, por supuesto, no ofrecieron té.
—Debí saber que esto nos perseguiría —dijo el Sr. Chan en su lengua materna, sin molestarse en ocultar el desdén en su voz.
—¿Qué quieres decir con que os perseguirá? —exigió Liu.
—Conociéndoos a las dos —le espetó—. Gente como vosotras, con tentáculos que no paran de aferrarse a todo. Y tú, ¿qué pintas aquí? Esto no es asunto tuyo.
—Os creéis mucho mejores que los demás —escupió Liu—. Todavía no me cabe en la cabeza que vosotros dos tuvierais una hija que no tenía nada que ver con los monstruos que sois.
—¿Monstruos? —respondió la Sra. Chan con una risa sarcástica—. Nosotros no somos los que tenemos cadáveres escondidos en las paredes.
La Sra. Chan y Liu se enzarzaron en un intercambio de insultos que fue subiendo de tono hasta convertirse en un estridente cruce de voces destempladas.
—¡Basta! ¡Basta ya! —gritó el Sr. Chan. Interpuso un brazo ante el pecho de su esposa, que se había inclinado en la silla, lista para abalanzarse sobre Liu—. Con gritos no vamos a resolver nada.
La Sra. Chan se echó hacia atrás, pero su mirada penetrante dejaba claro que ni mucho menos había terminado con su ataque.
—Tiene razón —coincidió Po Po—. Tenemos que decidir qué hacer.
—¿Tenemos? —la voz del Sr. Chan subió una octava—. Tú eres quien tiene que decidir qué hacer.
—Ni siquiera estamos seguros de que sea el cuerpo de Rong. Nadie lo sabe —dijo Liu.
El Sr. Chan descartó la respuesta de Liu con un gesto desdeñoso mientras negaba con la cabeza.
—Vamos, no nos hagamos los tontos. Por supuesto que es el cuerpo de Rong.
—Eso no lo sabes —dijo Po Po con firmeza.
—¿Dónde está entonces? ¿Eh? ¿Alguna de vosotras lo ha visto, quizás ha almorzado con él? —Su mirada, con los ojos muy abiertos, iba de Po Po a Liu y viceversa—. Sí, eso me parecía. Nadie lo ha visto en casi quince años. No es coincidencia que desapareciera justo cuando se construyó ese edificio.
—Nosotras no lo pusimos ahí —dijo Po Po.
—Nosotros tampoco —replicó la Sra. Chan.
—Veréis, eso es lo que intento decir —dijo Po Po—.
Todos dimos por hecho que ese era su cuerpo en el edificio por su desaparición, pero ninguno lo sabía con certeza.
Admitidlo. Todos pensamos que Rong simplemente se había marchado de Hong Kong.
Ninguno pensó en serio que hubiera desaparecido porque lo hubieran matado.
El Sr. y la Sra. Chan permanecieron en silencio, hoscos en el sofá de dos plazas.
La verdad era exactamente lo que Po Po acababa de decir.
Los cuatro habían dado por hecho que Rong finalmente se había hartado de ambas familias y los había abandonado para siempre.
No fue hasta que se descubrió el cuerpo cuando alguno de ellos empezó a sospechar.
—Ethel, todo esto es culpa tuya —dijo el Sr. Chan con un gruñido bajo y gutural—. Si tu hijo no hubiera dejado embarazada a nuestra hija, no estaríamos aquí ahora mismo.
—Venga ya —dijo Liu—. Hablas como si Peng hubiera forzado a Mei.
—Tal vez lo hizo —sugirió la Sra. Chan.
—No se trata de echar culpas —interrumpió Po Po—. Ya es tarde para eso. El problema es ese cuerpo.
—Bueno, no creo que Edith y yo tengamos de qué preocuparnos —dijo el Sr. Chan encogiéndose de hombros con desdén—. Tú, Ethel, eres quien debería preocuparse. Rong es tu hijo.
—¿Por qué tenemos que hacer nada? —cuestionó la Sra. Chan—. Si no identifican el cuerpo, no hay de qué preocuparse, y todo esto acabará olvidándose. ¿Para qué ayudar a la policía?
—Y si identifican ese cuerpo, sabrán enseguida que vosotros dos y Ethel estabais mintiendo —dijo Liu, alzando los brazos con exasperación.
—Nosotros no. —La Sra. Chan se señaló a sí misma y a su esposo—. El cuerpo estaba en el edificio de Peng.
—Él no lo hizo —espetó Po Po.
—¿Tan segura estás de eso? —El Sr. Chan se inclinó hacia delante apoyando los brazos en los muslos—. Él dijo que se encargaría de Rong. Creo que sus palabras exactas fueron: «No os preocupéis. Puedo hacer que desaparezca».
—Sí, sí. Recuerdo que lo dijo —añadió la Sra. Chan, asintiendo con rapidez.
Po Po negó lentamente con la cabeza. Era innegable que Rong era su hijo, y Peng sí había dicho que se encargaría de él. A veces se arrepentía de haberle dicho a su hijo que se marchara y se preguntaba si había tomado la decisión correcta. ¿Podría haberse salvado Rong?
Durante la mayor parte de su infancia, Peng se había mantenido en el buen camino, sin seguir nunca los pasos de su hermano mayor.
Cuando Rong tenía diez años, entró a robar en el apartamento de un vecino y se llevó varias piezas de joyería de jade.
Lo pillaron con las manos en la masa, y los vecinos del edificio presionaron a Po Po hasta que se mudó.
Rong había sido, en gran medida, la razón de que se mudaran tanto.
Po Po intentó todo lo que se le ocurrió para enderezarlo, pero nada parecía funcionar. No le mostraba ningún respeto y hacía lo que le daba la gana. Era el vivo retrato de su padre.
Al final, Po Po le ordenó a Rong que se marchara y le dijo que no volviera a aparecer por allí. A Rong le dio exactamente igual. Se fue con una sonrisa, deseando hacer lo que le viniera en gana sin que nadie le juzgara.
Durante un tiempo, las cosas siguieron así, hasta que Rong se enteró de que Peng se había prometido con una chica de familia adinerada.
Como buen oportunista, decidió por su cuenta ir a decirles a los Chan que revelaría a todos sus amigos de la alta sociedad lo de la oveja negra que iba a unirse a su familia, a menos que le pagaran. Pero los Chan no cedieron al chantaje.
—Si vosotros dos le hubierais dado lo que pedía, todo se habría solucionado. Os lo podíais permitir —dijo Liu.
—Nunca habría terminado —la mirada sombría del Sr. Chan se posó en Liu—. En cuanto hubiera gastado todo ese dinero, habría vuelto a amenazar para sacar más.
—Gregory tiene razón —admitió Po Po a regañadientes, dirigiéndose a su amiga—. Rong nunca habría parado.
En aquel momento, Peng no tenía ni idea del perverso plan de Rong, pero cuando Po Po se lo contó, estalló en una furia como ella nunca había visto.
Cuando se dio cuenta de que quizás había cometido un error al contárselo, ya era demasiado tarde.
«No, madre, no puedes detenerme», le había dicho Peng.
«Rong no ha traído a esta familia más que problemas y vergüenza.
Informaré a los Chan de que yo me encargaré de Rong. Está decidido».
—Mira, Ethel, no puedes culparnos por pensar que Peng pudo haber hecho esto —dijo el Sr. Chan—. Después de que dijera que se encargaría del asunto, Rong desapareció. ¿Podemos estar todos de acuerdo en eso?
Recorrió la habitación con la mirada y nadie puso objeciones.
—Admito que Edith y yo no preguntamos cómo porque, sinceramente, no queríamos saberlo. ¿Para qué abrir la caja de Pandora si no hace falta? Solo queríamos que desapareciera de nuestras vidas. Y quizás en eso radica nuestra culpa.
Po Po mantuvo la cabeza gacha.
—Ethel, ¿sabes algo que el resto de nosotros ignoremos? —preguntó el Sr. Chan—. Porque ahora sería un buen momento para contárnoslo.
Se inclinó hacia delante en la silla.
—¿Sabes qué hizo Peng para que Rong desapareciera?