CAPÍTULO SEIS
Al día siguiente del terremoto, los niños ya estaban mucho mejor. Las réplicas ya no parecían asustar tanto a Ryan y Lucy como al principio. Seguían siendo frecuentes, pero menos intensas, con un vaivén más suave: la manera que tenía la Madre Naturaleza de recordarnos quién mandaba.
Después de hablar con Po Po, acordamos que ella se quedaría en casa con los niños y yo iría a la oficina unas horas.
Al principio dudé. ¿Cuánto me necesitaban realmente en el trabajo?
No tenía cobertura en el móvil, pero el fijo seguía funcionando.
Si hubiera surgido algo urgente, me habrían llamado, y no lo habían hecho.
Pero Po Po parecía tenerlo todo controlado, y sus nervios de acero habían vuelto.
Pensé que podía pasarme por allí unas horas.
La oficina del Buró Federal de Investigación estaba en Golden Gate Avenue, en el Edificio Federal Phillip Burton, justo al norte del Centro Cívico. El trayecto no estuvo mal. Normalmente iba por Chestnut Street hasta Polk. Desde allí era todo recto, sobre todo si pillaba los semáforos en verde.
En el vestíbulo, el detector de metales y la máquina de rayos X estaban operativos. Los del control de seguridad me aseguraron que habían revisado el ascensor y que funcionaba bien.
—¿Ha habido daños en el edificio? —le pregunté a un guardia mientras dejaba el bolso en la cinta y le entregaba el arma.
—Qué va, es sólido —dijo mientras llevaba mi arma al otro lado del detector de metales y me la devolvía—. Un par de jarrones rotos en el vestíbulo y algunas grietas en los escalones de fuera, pero nada más.
—Sí, lo vi al entrar. A ver cómo ha quedado mi escritorio —dije sonriendo mientras recogía el bolso.
Varios agentes conocidos se subieron conmigo en el ascensor para ir a la planta trece.
—Así que por fin te has estrenado con los terremotos, ¿eh, Kane? —el agente Anthony Fritz me miró apoyado en la pared del ascensor, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
—Tarde o temprano tenía que pasar —dije.
—¿Cómo lo llevaron los niños?
—Asustados, claro. Reconozco que el terremoto me sacudió en más de un sentido, pero lo superamos.
—Chica, menos mal que no estabas aquí en el 89. Aquello sí que fue un meneo —dijo Fritz tambaleándose con los brazos extendidos para mantener el equilibrio. Los demás agentes asintieron.
Todo el mundo con quien hablaba comparaba este terremoto con el de Loma Prieta. Por lo visto, ese era el listón.
Cuando se restableció la cobertura del móvil, me llamó una buena amiga, Tracy House, otra agente que trabajaba en la oficina de campo de Oakland.
Llamaba para ver si estábamos bien, sabiendo que este era nuestro primer «temblorcito», como ella lo llamaba.
Con los años, nuestra relación laboral se había convertido en una amistad de verdad, una de las pocas que tenía en San Francisco.
La otra persona de la que me había hecho amiga era un detective del Departamento de Policía de San Francisco.
Conocí al detective Kyle Kang de la forma más insólita.
Estando fuera de servicio, derribé de un brazo a un delincuente al que él perseguía por Chinatown.
A día de hoy, sigue negando mi contribución, pero yo nunca se lo dejo olvidar. Fue la siguiente llamada que recibí.
Esperaba haber tenido noticias de Greg Walker, un hombre con el que había salido unos meses. Quizá haber roto con él justificaba su silencio. En cualquier caso, me reconfortaba saber que había otras personas que se preocupaban por mi familia y por mí.
Sonó el ascensor y salimos. La mayoría de los agentes, yo incluida, teníamos escritorio en la zona diáfana.
Los despachos con ventana eran para los jefes.
El teléfono y algunos objetos personales se habían caído de mi escritorio.
La silla estaba volcada. Recogí mis cosas y la enderecé.
A mi alrededor, otros agentes ordenaban sus puestos de trabajo.
Antes de pasar a ver a mi supervisor, el agente especial Scott Reilly, fui a la sala de descanso a prepararme un té.
Una señora de la limpieza recogía los destrozos del suelo.
Entre lo que barría hacia el recogedor, reconocí trozos de mi taza, la que guardaba en el armario. Otra víctima del terremoto.
Cogí otra taza y saqué del bolso una latita que siempre llevaba llena de té oolong. El Tieguanyin era el único té que bebía siempre que podía. Dejé que las hojas reposaran un minuto antes de dar el primer sorbo. Ahhhh .
—Hola —dije asomándome por la puerta de Reilly.
—Abby, ¿cómo estás? ¿Qué tal la familia? ¿Todos bien? —se reclinó en su sillón ejecutivo de cuero. Sostenía un informe en la mano izquierda, con el codo derecho apoyado en el reposabrazos y la palma sosteniéndole la cabeza.
—Un poco sacudidos, pero bien. Gracias por preguntar.
Parece que aquí os las habéis arreglado bien —dije sentándome en la silla frente a su escritorio de cristal.
Había carpetas amarillas apiladas de cualquier manera por toda la superficie—.
Veo que el terremoto también hizo de las suyas en tu despacho.
—Sí, pero llegué pronto y ya lo recogí todo.
¿En serio? Pues no lo parece.
Las persianas metálicas de las ventanas que tenía detrás estaban subidas, algo que rara vez veía.
Reilly prefería tenerlas bajadas e inclinadas, lo que le permitía ver la calle.
Bajo la ventana había un aparador de madera con varias fotos enmarcadas.
Una era de su hija. Tenía veintidós años cuando desapareció sin dejar rastro.
—Hacía tiempo que no teníamos uno grande.
Supongo que nos tocaba —Reilly se quitó las gafas, se frotó los ojos y volvió a ponérselas.
Era mi supervisor desde el primer día. Siempre me había apoyado, y teníamos un arreglo especial.
Mis casos eran principalmente delitos de cuello blanco relacionados con fraude.
Pero dado mi historial como inspectora en la Policía de Hong Kong, especializada en crimen organizado y delitos violentos, sobre todo asesinos en serie, él se reservaba el derecho de asignarme casos de esa índole.
—¿Qué tal la casa? ¿Aguantó bien? Sé que hiciste reformas.
—Sí, salvo algunas cosas rotas. Está bien. Por suerte, los anteriores propietarios la habían reforzado contra terremotos antes de que la compráramos.
—Eso es importante. Muchos propietarios sufrieron daños enormes en el terremoto de Loma Prieta. Tío, ese todavía me pone los pelos de punta. Estaba en el tercer partido de la Serie Mundial, con una cerveza y un perrito caliente en la grada alta de Candlestick, cuando llegó.
Todavía no había conocido a ningún habitante de San Francisco que llamara a ese estadio por los nombres corporativos de las empresas que habían comprado los derechos, como 3Com o Monster Cable.
—Te puedes imaginar la influencia que teníamos.
No me di cuenta de la magnitud de los daños del terremoto hasta que salí del estadio y volví a la ciudad en coche.
Y entonces recibí una llamada sobre el derrumbe de la autopista —Reilly negó con la cabeza—.
Algo terrible lo que les pasó a esas personas.
—¿Intervino el FBI?
—Qué va. Estábamos hasta arriba con otro asunto relacionado con el terremoto. Justo al norte de Bolinas, el suelo se abrió y dejó al descubierto una fosa común enorme.
—¿Qué? ¿Cuerpos apilados, o un cementerio antiguo?
—Unos veinticinco años antes había una comuna hippie en ese terreno.
Por lo que sabemos, vivían aislados y eran completamente autosuficientes.
Cultivaban sus propios alimentos y se ocupaban ellos mismos de sus necesidades médicas.
Por eso pasaban desapercibidos fácilmente, teniendo en cuenta que estaban ocupando ilegalmente tierras federales.
—¿Entonces enterraban allí a sus muertos?
—Ojalá fuera tan sencillo. Nuestra investigación nos llevó a pensar lo contrario. Los informes toxicológicos confirmaron que las treinta y dos personas —hombres, mujeres, niños— habían muerto por envenenamiento con arsénico.
—Me recuerda al asesinato masivo de Guyana, el de aquel líder de secta. ¿Cómo se llamaba? —chasqueé los dedos repetidamente.
—Jim Jones.
Me di una palmada en el muslo.
—Sí, ese.
—Bueno, esto fue más bien una Jane Jones. Identificamos todos los cuerpos, pero ninguno resultó ser la mujer que dirigía la comuna. El caso sigue abierto. Nunca se resolvió.
—Espera, no estarás pensando en asignarme este caso frío, ¿verdad?
Reilly se removió en la silla mientras desestimaba mi comentario con un gesto de la mano.
—Tienes la agenda libre. Si no recuerdo mal, tienes unas vacaciones familiares a la vuelta de la esquina.
—Ah, sí. Eso. Bueno, estoy pensando en posponerlas.
—No lo hagas, Abby. Si hay un buen momento para salir de la ciudad, es ahora. ¿Adónde pensabas llevar a la familia? ¿A Disney World?
—Eso fue el año pasado. Este año toca cultura y patrimonio. Nos vamos a Hong Kong.