Kowloon Bay (Thriller del FBI de Abby Kane 6) CAPÍTULO UNO
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Kowloon Bay (Thriller del FBI de Abby Kane 6)

Kowloon Bay (Thriller del FBI de Abby Kane 6)

Por Ty Hutchinson

© inepub.com

CAPÍTULO UNO

Lester Wang murmuró una retahíla de posibles excusas antes de dar una calada al cigarrillo que sostenía entre sus dedos rechonchos.

La demolición del edificio que supervisaba iba dos días retrasada.

En otro proyecto quizá no habría sido gran cosa, pero los márgenes de beneficio en este eran tan ajustados que cualquier retraso repercutiría en las ganancias.

Como capataz, él y solo él era responsable de cumplir con el calendario.

La brisa salada de ese día mantenía la mayor parte de Hong Kong a unos veinticuatro grados constantes, incluso con el sol del mediodía que caía a plomo sobre el puerto Victoria y creaba un manto de destellos centelleantes en su superficie.

Wang estaba solo en el extremo más oriental del paseo marítimo de Tsim Sha Tsui, con la mirada perdida en las aguas tranquilas.

Dio otra calada al cigarrillo, con las mejillas hundiéndose, mientras se devanaba los sesos buscando una forma creativa de recuperar el tiempo perdido.

El petardeo de los juncos a diésel que transportaban pasajeros entre Kowloon y la isla de Hong Kong llenaba el aire.

Si a eso se le sumaban los graznidos de las gaviotas y los gritos ocasionales de los pescadores en los barcos cercanos, a Wang le costaba concentrarse en encontrar una solución.

Se pasó la mano por la cabeza calva y volvió al lugar de la obra.

Hasta entonces, la demolición había avanzado a buen ritmo, con los cinco pisos superiores ya derribados.

No se usaba maquinaria pesada ni bolas de demolición.

En su lugar, el edificio se desmantelaba a golpe de martillos neumáticos, mazos y pura fuerza bruta.

El golpeteo rítmico de los martillos contra las losas de hormigón evocaba las cuadrillas de presos picando en las vías del tren.

El promotor del proyecto debía llegar para que le informaran de los avances, y eso era lo que tenía a Wang tan nervioso ese día.

Dar malas noticias al jefe nunca era plato de buen gusto.

Les gritó a sus hombres que mantuvieran el ritmo, con la vana esperanza de que recuperaran al menos un día de trabajo en las próximas horas. Ilusiones.

Un obrero en el quinto piso arrastró un martillo neumático hasta una de las pocas paredes de carga que quedaban en ese nivel.

Se bajó los protectores auditivos y colocó la punta de cincel del martillo en ángulo contra la junta donde la pared se encontraba con el suelo.

Separó las piernas para afianzarse y se preparó antes de presionar con fuerza los mangos de la máquina.

La punta de acero fue mordiendo sin pausa, lanzando escombros en todas direcciones hasta que una parte de la pared se vino abajo.

Un trozo grande, del tamaño de una maleta de mano, se desprendió y cayó rodando por el borde del edificio.

Cayó quince metros y se estrelló contra la tierra blanda con un ruido sordo, a punto de aplastar a otro obrero.

El hombre delgado soltó un grito y saltó hacia atrás. Vestido con una camiseta azul de manga larga, vaqueros desteñidos, zapatillas negras y un casco amarillo, agitó el puño hacia el de arriba y le gritó en cantonés:

—¿Intentas matarme?

Cuando se dio la vuelta para marcharse, algo en el trozo de hormigón le llamó la atención.

Se agachó para verlo más de cerca y al instante cayó de espaldas, retrocediendo a gatas y casi torciéndose el tobillo.

Incrustadas en el hormigón, dos cuencas oculares ennegrecidas de un cráneo lo miraban fijamente.

«¿Y ahora qué?» , pensó Wang mientras se acercaba al trabajador angustiado, con su pequeña barriga rebotando al caminar sobre el terreno irregular. El cigarrillo todavía le colgaba de la comisura de la boca.

—¿Qué pasa? Tenemos un plazo que cumplir —dijo, dándose golpecitos en la muñeca como si llevara reloj.

—Míralo tú mismo. Eso es un esqueleto —dijo el joven obrero a la defensiva.

Wang resopló con desdén. Estaba acostumbrado a que los hombres se inventaran excusas absurdas para evitar trabajar más duro o más horas.

—¿De qué hablas? ¿Eh? Aquí no hay nada.

—Mira más de cerca —dijo el obrero, señalando con el índice.

Wang dio una última calada al cigarrillo antes de enterrar la colilla en la tierra con el tacón de la bota. Se agachó y examinó el trozo de hormigón, levantándolo un poco. Entrecerró los ojos hasta convertirlos en finas rendijas.

—Imposible. Esto es un animal. Un perro. Vuelve al trabajo.

Se incorporó y se sacudió el polvo de hormigón de las palmas.

—¿Estás de broma? Esa es la cabeza de alguien —dijo el obrero, desconcertado.

Para entonces, otros hombres de la obra se habían reunido alrededor del trozo de hormigón en cuestión, cada uno dando su opinión sobre si el cráneo era humano o animal.

Solo cuando el operador del martillo neumático que había desprendido el trozo de hormigón de la estructura gritó desde lo alto, todos guardaron silencio.

—¡Tiene razón!

—¿Tienes vista de lince? —gritó Wang, claramente irritado por aquel retraso innecesario.

«¿Planean estas gilipolleces o se las inventan sobre la marcha?»

—Desde ahí no puedes ver nada.

—No me hace falta, porque el resto del cuerpo está aquí arriba, en la pared.