Capítulo Uno #2
—Es un país libre —di un trago a mi whisky y lo dejé deslizarse suavemente por la garganta. El calor que me bajó al estómago compensó el frío que irradiaba la Reina de Hielo—. Me siento donde me da la gana. Ella no es mi tipo. Tú sí.
Eso me ganó una segunda mirada. Tragó saliva, sin duda buscando una réplica a la noticia. Choca esos cinco mental conmigo mismo. Por fin había conseguido dejarla sin palabras, cerrarle esa boquita lista y descarada.
No era ningún pervertido que acosara a mujeres en bares. Tampoco iba de masculinidad tóxica ni de acoso sexual. Con esa mierda, era un defensor a ultranza de los derechos de las mujeres. Esto era otra cosa.
Entre la Reina de Hielo y yo había surgido una química brutal durante la última semana, mientras nos tanteábamos cada noche. Se trataba de una atracción poderosa y mutua, un encuentro entre iguales que se reconocían como líderes de manada, un duelo casi silencioso entre alfas.
Yo la deseaba y ella me deseaba. En eso no había duda.
Mi confesión a las claras le descolocó la compostura. Jaque mate. Estaba harto de jugar a su juego. Tocaba jugar al mío.
Cuando por fin logró articular una respuesta, tiró de manual.
—A tu culo le debe joder toda la mierda que sale de tu boca. ¿Por qué no sigues a tu amigo lameculos y te l...?
—¿Largas? —arqueé las cejas—. ¿Eso ibas a decir? Te recomiendo encarecidamente que te lo pienses mejor.
—¿Ah, sí? —su labio se torció en la madre de todas las muecas—. ¿Y eso por qué, pastor de cabras?
—Señora, eres una fábrica de tacos. Seguro que alguien con tu talento para las guarradas puede encontrar alguna vulgaridad fresca y original para insultarme en lugar de «lárgate» —di otro trago para reforzar mi argumento—.
Has machacado tanto el término que todos los payasos de este hotel están inmunizados, y unas cuantas mujeres también.
Me fulminó con la mirada de reojo.
—¿Ah, sí?
—Pues sí —me apuntalé con una sonrisa burlona—. La verdad, empieza a sonar mucho a «estoy aburrida», «necesito un nuevo saco de boxeo» o «por favor, cómeme el coño».
Aspiró entre dientes y me clavó su mirada esmeralda.
—Para que lo sepas, yo nunca suplico.
—A mí no me importa suplicar —dije encogiéndome de hombros—. Eso nos hace totalmente compatibles para una fiesta de folleteo fenomenal.
—¿Alguna vez se callan en tu planeta? —Las comisuras de sus ojos se tensaron—. ¿Y tienes algún filtro en ese cerebrito tuyo?
—Mira quién fue a hablar. —Me reí—. No tengo filtros, pero tú tampoco. Resumiendo: no quieres que me vaya. Punto.
Sus ojos destellaron como diamantes verdes.
—¿Y qué tiene de especial el tío de la mierda de vaca?
—¿Con quién coño vas a hablar, si no es conmigo? —Le sostuve la mirada—. Soy el último payaso en pie, el único tío por aquí que no ha quedado hecho polvo ni destrozado psicológicamente por tu angustia existencial y tu insolencia.
Se echó hacia atrás, con los ojos algo abiertos de sorpresa. Era evidente que no estaba acostumbrada a que le cantaran las cuarenta, pero se recuperó de inmediato, inclinando la cabeza en un desafío perverso.
—Si soy tan grosera, ¿por qué vienes directo hacia mí cada vez que entras en este antro? ¿Por qué no dejas de buscarme?
—¿Qué quieres que te diga? —Ensanché la sonrisa—. Resulta que admiro tu audacia más de lo que me molesta tu impertinencia.
—Vaya. —Se le escapó un resoplido divertido—. Parece que he causado impresión.
—Sí, la has causado, así que a menos que quieras estar sola esta noche, tendrás que aguantarme.
—A mí no me digas lo que tengo que hacer, chico de granja. —El ácido de su tono me chamuscó los tímpanos—. ¿Qué te hace pensar que no quiero estar sola esta noche?
—Estás aquí, en este bar, vestida para matar y contoneándote sobre tacones. Si quisieras beber sola, tienes el servicio de habitaciones, el minibar de tu cuarto y la tienda de licores a la vuelta de la esquina.
—Puede que se me pasaran por alto las posibilidades.
—Rubita, no insultes mi inteligencia. Eres lista como el hambre y precisa como una calculadora humana.
No se te pasan por alto las posibilidades.
Observas, rastreas, calibras, recalibras.
Es lo que te hace tan interesante. Tienes los ojos más perspicaces y la mente más aguda de la sala. Por cierto, eso es un cumplido.
—No puedes llamarme Rubita —escupió entre dientes apretados.
Había mordido el anzuelo.
—¿Por qué no?
—Es degradante, por supuesto.
—Totalmente de acuerdo, así que te lo preguntaré otra vez, por sexta noche consecutiva: ¿cómo te llamas?
—Te lo diría, pero ya sabes lo que dicen —me provocó con una mueca burlona—. Cuanto más grande el sombrero, más pequeña la polla. No me interesa lo diminuto.
—Te invitaría a comprobarlo y desmentir el mito, pero estoy bastante seguro de que acabas de insultar mi mejor atributo como distracción. Si no quieres decirme tu nombre, vale, pero como es lo único que tengo, no te quejes cuando te llame Rubita.
Sus labios se crisparon.
—Karma —soltó—. Me llaman Karma.
Vaya apodo de la hostia para una personalidad de armas tomar.
—Entonces —aventuré—, ¿eres Karma bueno o Karma malo?
—¿Acaso tienes que preguntarlo? —La sonrisa perversa que exhibió me provocó una descarga de adrenalina—. Soy Karma malo hasta la médula.
—Me gusta cómo suena eso. —Le ofrecí la mano—. Soy Knox, Knox Lancaster.
Me miró los dedos como si fueran gusanos viscosos.
—Dame la mano, Karma —gruñí—. Lo que va, vuelve.
Sus labios lucharon contra una sonrisa, y esta vez detecté un leve atisbo de hoyuelos en su rostro mientras se dignaba a estrecharme la mano. La Reina de Hielo se estaba resquebrajando. Ahora solo tenía que averiguar si esos hoyuelos eran reales.
Tenía la mano áspera en la base de la palma.
Mis dedos tropezaron con el callo bien formado de su índice.
Su agarre era fuerte, firme, fiable. Aquellos ojos deslumbrantes seguían evaluándome.
El aura verdeazulada alrededor de sus pupilas me recordaba al hielo glacial milenario, pero también a la parte más caliente de la llama.
¿Cuál de las dos era?
Hora de averiguarlo.
—Bueno, ahora que los dos tenemos nombre, ¿podemos intentar conversar? —sugerí.
—¿Conversar? —Pareció pensárselo—. Sí, a vosotros los tipos expresivos, extrovertidos y parlanchines os encanta soltar palabras rebuscadas como forma alternativa de presumir de masa muscular.
Me llevé una mano al pecho, fingiendo estar ofendido.
—¿Me estás discriminando por mi amplio vocabulario?
—Estoy tentada —admitió—. Es bastante gracioso ver cómo tu cerebro lento intenta encajar todo tu vocabulario en una sola frase. Hablar es una pérdida de tiempo. Hacer, eso es lo que cuenta. Pero… —Apartó la mirada y se encogió de hombros con indiferencia—. Continúa si no te queda más remedio.
Continúa. Esa era una orden que podía acatar.
—Bien, allá voy. —Me froté las manos—. ¿A qué te dedicas?
Vaciló antes de responder.
—Estoy en el sector sanitario.
—¿Eres médica?
De nuevo, una pausa.
—Me dedico más a las intervenciones quirúrgicas. ¿Y tú?
—Servicios de emergencia. —Las medias verdades no contaban cuando mi trabajo era ultrasecreto.
—Déjame adivinar.
Entrecerró los ojos y me examinó, jugueteando con el moño que le recogía el pelo en la nuca, tomándose su tiempo, dejándome preguntarme qué largos serían los mechones lisos atrapados en ese recogido apretado y qué se sentiría al dejar que las hebras platinadas fluyeran entre mis dedos.
—¿Eres bombero? —preguntó finalmente.
—Buena deducción.
¿Por qué no? Apago incendios constantemente.
—¿Estás aquí por la convención?
—No voy a convenciones.
Clavó la mirada en su bebida.
—Estoy aquí para una formación. ¿Y tú?
—Entrevista de trabajo.
Asintió, pero no dijo nada más.
—A ver.
Tamborileé con los dedos sobre la superficie helada y fingí reflexionar intensamente.
—Si quisieras mantener la conversación, podrías preguntar algo como: «¿Cómo te fue en la entrevista?». De lo contrario, un tipo educado como yo podría pillar la indirecta y largarse.
—¿Pillar la indirecta?
Soltó una carcajada ronca que me puso la polla a tope.
—No pillarías una indirecta ni aunque te diera dos puñetazos en la cara.
—Tienes razón —admití—. Quizás con tres bastaría, pero ¿para qué llegar a eso? ¿Qué tal si seguimos con la conversación? ¿Me das una oportunidad a mí en vez de darme un golpe?
—Vale —resopló—. ¿Cómo te fue en la entrevista?
—Qué detalle por tu parte —la pinché con una sonrisa.
Su sonrisa se ensanchó y sí, los hoyuelos eran de verdad.
—Conseguí el trabajo —anuncié—. Me enteré hoy.
—¿Es esta la parte en la que se supone que debo quedarme impresionada?
Apoyó el codo en la barra y la barbilla en la mano.
—¿O debería fingir que me importa tres cojones?
—Es un logro importante.
No mentía en eso.
—Ahora, piensa en algo amable que decir.
—Lo siento.
Recorrió la multitud con la mirada.
—Aliméntate el ego tú solito. Tengo mejores cosas que hacer. No me van las cortesías ni los tíos que necesitan que les masajeen el ego para empalmarse.
—Muy amable de tu parte volver a pensar en mi polla.
Hice un gesto circular con la mano.
—Venga, encantadora Karma. Sé amable.
—¿Amable?
Se le atragantó el aire en la garganta.
—¿Quieres que yo sea amable?
Me eché hacia atrás.
—Era solo una sugerencia, ¿sabes? ¿Cortesía básica?
—Si buscas amabilidad, te has equivocado de persona.
Tragó saliva con fuerza, incapaz de ocultar su irritación.
—¿Sabes qué les pasa a las chicas amables?
—Eh…
Su reacción tan intensa me sorprendió y fascinó a partes iguales.
—¿Te refieres a que acaban las últimas, como los chicos buenos?
—¡Ja! —se mofó—. Ojalá. Las chicas amables ni siquiera llegan a terminar. De hecho, las pisotean y las trituran antes siquiera de empezar. No tienen ninguna oportunidad. Así que ser amable no es una opción. No puedo serlo, y no pienso serlo.
—¿Sabes qué?
Sopesé todo lo que había dicho, y también la pasión detrás de sus palabras.
—Tienes toda la razón. No seas amable. Sé tú misma. A mí me vale.
Se echó hacia atrás y me miró como si fuera un marciano.