Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7) Capítulo Uno
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Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7)

Knox (Romance militar de héroes alfa nº 7)

Por Anna del Mar

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Capítulo Uno

Hace dos años

Knox

The Nickel estaba a tope esta noche, y a juzgar por la multitud de tipos esperanzados apiñados alrededor de la barra, la belleza rubia de rojo era la responsable de que el local se hubiera animado tan pronto.

La verdad, los camareros deberían haberle pagado comisión, tan contentos como estaban.

Con tacones de aguja, pantalones negros que parecían pintados y un top halter de satén con un recorte en el centro, hacía que todos los tipos del lugar se giraran a mirarla dos veces.

Tenía pinta de dura, besable y follable: mi combinación perfecta.

El sexy halter dejaba ver no solo sus brazos tonificados y una generosa extensión de piel bronceada, sino también la forma de sus preciosos pechos.

Sin duda, ella era la atracción principal que atraía a una lucrativa multitud de bebedores, asistentes a convenciones y oficinistas del montón que abarrotaban el local.

¿La mejor noticia? Había vuelto. Sexta noche seguida.

De puta madre.

Conteniendo una sonrisa, apoyé las manos en las caderas y me planté en el umbral para hacer un reconocimiento básico.

Era temprano. Ninguno de los payasos de este elegante establecimiento había bebido suficiente coraje líquido como para intentar escalar la formidable fortaleza que separaba a su majestad rubia del resto de los mortales, pero era solo cuestión de tiempo antes de que algún idiota masoquista hiciera su jugada y se estrellara.

Iba a ser divertido.

Con la espalda pegada a la pared, se sentaba al final de la barra en forma de U, en la esquina del fondo, espantando a sus pretendientes con una mirada capaz de derretir la barra de hielo y fundir las monedas de cinco centavos que adornaban el mostrador de The Nickel.

Un escudo invisible la rodeaba y mantenía vacío el taburete de al lado, un perímetro de dos metros impuesto por sus hombros cuadrados y una boca que escupía mala hostia más rápido que un rifle de asalto AO-63.

Mi adicción al peligro y mi ansia interminable de adrenalina probablemente explicaban mi necesidad suicida de desafiar a la versión humana de una carabina de dos cañones capaz de disparar 6.

000 rondas por minuto. ¿Y qué si me gustaba el whisky fuerte y las mujeres feroces?

Nada como una poderosa diablesa con actitud para hacer que la sangre me hirviera y la mente se me acelerara.

Tal como yo lo veía, era hora de celebrar.

Después de meses de negociaciones y un agotador proceso de entrevistas, por fin había conseguido el trabajo de mis sueños. Podía hacer lo que mejor se me daba y hacerlo con un grupo de cracks de primera.

¿Cuánta suerte podía tener?

BB —abreviatura de Battle Brothers, Inc.— era la empresa de material de aventura más popular del país. Pero yo no estaba entrevistándome para un puesto de dependiente, qué va, ni de coña. Oculto tras la fachada de la startup, BB era la principal empresa de seguridad global del mundo.

Fundada por los hermanos Battleson, de propiedad y gestión privadas, BB estaba formada por operadores de élite reclutados de las fuerzas especiales. Estaba diseñada para llevar a cabo las misiones más difíciles y complejas del planeta, las que nadie más se atrevía a ejecutar.

Este era el trabajo de mis sueños.

Como el Tío Sam estaba fuera de la ecuación, no habría trabajo de oficina para un servidor, y por fin ganaría pasta de verdad. Y lo mejor de todo: podía hacer esto con mi mejor colega, Sebastian Aguilar, un Delta condecorado hasta las cejas que lideraba el Equipo Elite de BB.

Nada mal para unas pocas semanas de trabajo.

Los ojos esmeralda de la mujer se clavaron en mí y me mantuvieron en su punto de mira mientras seguía mi avance por la sala.

Era una cazadora en alerta máxima, de eso no cabía duda.

Cuanto más me acercaba, más radiactiva se volvía su mirada.

Cualquier otro tipo habría captado la advertencia y se habría largado con el rabo entre las piernas. Yo no.

Un poco de dolor no me asustaba.

Saludé a alguna cara conocida aquí y allá mientras me acercaba a ella sin prisa.

Tranquilo. Solo un tipo diferente a los demás.

Si el Stetson y las botas de piel de serpiente no me delataban, la corbata bolo debería dejarle claro que me había arreglado para la ocasión.

No pensaba echarme atrás a menos que me dijera que me largara, algo que aún no había hecho en los días que llevábamos rondándonos como luchadores de MMA en una jaula.

Parecía una reina presidiendo su corte. La luz azul que iluminaba la barra de hielo se reflejaba en sus rasgos, afilando sus pómulos altos y exagerando el tamaño de sus ojos almendrados.

Sus cejas rubias y perfiladas se fruncían sobre su nariz romana, una expresión severa que no logró disuadirme de mis intenciones.

Cuando su mirada me atravesó con tanta fuerza que mis ojos deberían haber explotado, le dediqué una sonrisa tranquila. Sus dedos se cerraron en torno a la base del vaso de chupito, pero en lugar de beber, se lamió los labios. Mi polla se estremeció y unas ondas sísmicas sacudieron mi compostura.

Que empiece el juego.

Uno de los trajes que rondaba a distancia segura se percató de que me acercaba. El pánico brilló en sus ojos. Lanzó una apresurada carga frontal y saltó hacia delante. Lo dejé pasar. Pobre imbécil. Me apoyé contra la pared y me quedé atrás, encantado de disfrutar del espectáculo.

—¿Puedo invitarte a una copa? —preguntó, haciéndose el galán.

—No. —La Reina de Hielo lo miró de arriba abajo como si fuera un camello enfermo arrastrado de los callejones de Kabul—. Lárgate.

—Debes de ser un punto de acceso wifi. —El imbécil soltó lo que sin duda era su frase de ligue favorita—. Porque cuando te vi, nuestras almas se conectaron.

—¿Nuestras almas? —Su garganta se contrajo con una arcada, e incluso a mí me dieron ganas de vomitar—. Te has equivocado de número, imbécil, y acabo de colgarte. —Agitó una mano regia en el aire—. Lárgate. No pienso pedírtelo con educación otra vez.

—Oye, cariño. —El idiota cometió el error de pasarle el brazo por el hombro e inclinarse hacia su oído—. ¿Por qué ser borde cuando puedes echar un polvo?

La mujer se irguió en su taburete. Sus ojos se entornaron casi imperceptiblemente mientras se desplazaban lentamente desde el brazo intruso hasta la cara del tipo.

Oh-oh.

Sabía lo que iba a pasar, así que inicié la cuenta atrás en mi cabeza.

Diez segundos era mucho tiempo para dejar a alguien colgando de la soga mientras se cagaba en los pantalones en pleno estertor de muerte de su ego, pero la admiré por su contención.

Él la había tocado sin su permiso. Tenía todo el derecho a partirle la cara si quería.

—Estás tan lleno de mierda que el váter tiene envidia —dijo, pronunciando cada palabra con deliberación—. Quítame las manos de encima.

El desgraciado tuvo la sensatez de apartar la mano, aunque sus labios empezaron a agitarse.

—Pero...

—Nada de peros —lo cortó ella—. Te pedí que te largaras, pero te quedaste pegado como un mosquito cojonero. Así que te lo voy a dejar clarito. Piérdete, capullo, y no vuelvas, a menos que quieras que te abra otro ojete.

Capullo. Original. Eso me hizo sonreír. El «piérdete» y la promesa del nuevo ojete eran clásicos de su repertorio. Cuando los imbéciles se pasaban de la raya, la Reina de Hielo no tenía piedad.

Delante de mí, la nuca del tipo se puso roja. Masculló algo acorde con la rabia que le apretaba los puños. Ella le soltó algo todavía más hiriente para su ego, calentando aún más el ambiente.

Oh, sí. Era una bruja buscabroncas que se moría por una pelea de bar más que un marine de permiso. Tocaba intervenir o iba a salirse con la suya.

—Oye, colega —me acerqué al tipo y le di una palmada amistosa en la espalda—.

¿Has oído eso de pedir permiso antes de tocar?

Es la regla de oro para los tíos que quieren conservar los huevos en su sitio.

Por tu bien, yo que tú me largaba. Si te sirve de consuelo, esta fierecilla machacapollas no discrimina.

¿Ves a la morena de allí? —señalé con la barbilla hacia el otro lado de la barra—.

Es maja, está libre y abierta a propuestas. Te curará las heridas del ego.

Le di la vuelta y lo empujé hacia la Señorita Simpatía al otro lado de la sala. Llevaba toda la semana beneficiándose de los rechazos de la Reina de Hielo y, por lo que se veía, se lo estaba pasando bomba.

El Señor Fracaso Total me lanzó una mirada perpleja, pero tuvo el sentido común de hacerme caso. Allá que fue, derecho a la morena. El ego masculino era tan frágil... Nada en este mundo necesitaba más mimos que una polla rechazada.

Respetando el espacio personal de la Reina de Hielo, me monté a horcajadas en el taburete vacío de al lado, busqué la mirada del camarero y di un golpecito en la barra helada.

—Stranahan's. Solo.

—Misma hora, misma copa —se tapó la boca con la mano y fingió bostezar—. Ha vuelto el Vaquero Penoso.

—No hace falta que lo disimules —le solté mi mejor sonrisa—. Te encanta volver a verme.

Se echó hacia atrás con un bufido.

—En tus sueños, follador de vacas.

—Nos llaman vaqueros, no folladores de vacas.

—¿Tengo pinta de que me importe? —ronroneó con su voz grave y ronca—. Te lo aclaro: me la suda. Por cierto, la tuya es la frase de ligue más patética que he oído en toda la noche.

—¿Quién ha dicho que yo quiera ligar contigo? —le lancé una mirada de fingida indignación—. Resulta que creo que eres tú la que quiere ligar conmigo.

—¡Ja! —me encantó el sonido de su resoplido despectivo, insolencia en estado puro—. ¿Estás flipando, pedazo de mierda? ¿Te has tomado la medicación hoy?

—Bésame el culo, polo de hielo —el camarero plantó un vaso delante de mí y le di las gracias con un gesto antes de mirar a la mujer y señalar el vaso con la barbilla—. ¿Un tío puede tomarse una copa aquí sin que le den caña?

—El universo es jodidamente enorme. ¿Por qué tienes que poner el culo justo en el taburete de al lado? —ladeó la cabeza hacia la morena al otro lado de la barra—. La empanada esa de allí es mucho más tu tipo.