Capítulo veintiséis #2
—Mi padre tenía una empresa de construcción —entrecerró los ojos mirando la pantalla—. Tengo licencia de contratista general en varios estados. Hay demasiados conductos y rejillas en esa propuesta. Y mira eso —señaló un punto en el plano—. Eso es una válvula. ¿Algún tipo de sistema de corte?
No tenía ni idea de qué hablaba. En la Agencia no había ninguna clase sobre sistemas de climatización. Pero mis instintos me decían que habíamos dado con algo.
—Espera —Marisol rebuscó en la pila de fotografías de satélite impresas que los hackers de Trev habían «conseguido» para nosotros—. ¿Ese es el lado sur de la casa?
—Creo que sí.
—Espera —fue pasando las fotografías, que estaban ordenadas cronológicamente—. Aquí está —levantó la foto hacia Trev—. ¿Puedes poner esta?
—Claro —la imagen apareció en la pantalla grande.
—¿Veis esa mancha marrón? —dijo Marisol—. Hace unos cuatro meses estaban moviendo mucha tierra en el lado sur de la casa.
—¿Construcción? —le pregunté a Seb arqueando las cejas.
—Sin duda.
—Hay un agujero grande ahí en la esquina —dijo Lexi—. ¿Para qué es?
—Es para un tanque —Blue fue pasando su pila de fotos impresas, que correspondían al siguiente paso del satélite—. Aquí está.
Ahora había un tanque en el agujero, uno enorme. Puse la foto de Marisol junto a la de Blue y vi la progresión. Cualquier otra obra que apareciera en la primera fotografía ya había terminado. La única marca en el suelo era la del tanque en el agujero.
—¿Para qué es ese tanque? —pregunté.
—Solo hay dos opciones: séptico o gas —dijo Seb—. ¿Puedes ampliar?
Trev abrió la imagen en su pantalla, la amplió y mejoró la definición.
—Tanque de gas —dijo Seb con total certeza—. Es raro, porque todas las instalaciones de suministros de la mansión están en el lado norte.
Entrecerré los ojos mirando las fotos.
—¿Dónde está el siguiente paso de este satélite?
Emme ya la estaba buscando en su pila.
—Aquí tienes.
Ni el agujero ni el tanque eran visibles ya, y una capa de césped verde y plantas recién colocadas cubrían el espacio. Estaba entrenada para convertir pistas en los peores escenarios posibles. Nuevos conductos de aire. Muchas rejillas de ventilación. Tanque de gas.
Se me erizó el vello de la nuca.
—Dios mío —jadeé—. ¡Es una cámara de gas!
El horror que congeló los rostros a mi alrededor me heló los huesos.
—Tienen que saberlo —dije con voz entrecortada, intentando no sonar desesperada, pero sin conseguirlo—. Tenemos que advertirles.
***
Kass
Cuando abrí los ojos, tardé un momento en averiguar dónde estaba. Almohadas. Colchón. Sábanas. Cama. Me dolía la cabeza. Fuera cual fuera el sedante que me habían dado, me había dejado fuera de combate.
Un sabor metálico persistía en mi boca y un olor distante a ozono me recordó los voltios que habían sacudido mi cuerpo. Mi primer pensamiento fue para Tee. Pensar que le habían dado descargas con una pistola eléctrica... Arturo estaba muerto, pero quería matarlo de nuevo.
Recurriendo a mi entrenamiento, comprobé mi estado. Tenía un par de puntos doloridos en las costillas, pero por lo demás, respiraba y podía moverme.
Todo bien.
No tenía ni idea de cuánto tiempo había estado inconsciente, pero Tee estaría preocupadísima.
Levanté la mano hacia el cuello de mi camisa y me quedé helado. Ya no llevaba mi camisa. Al palparme el pecho, descubrí que algún desgraciado me había hecho el gran desfavor de cambiarme y ponerme un ridículo pijama de seda.
Mierda. Se había ido mi última conexión con el exterior, con Tee.
Parpadeé para aclararme la vista y me senté en la cama.
Los débiles rayos de una luna menguante se filtraban por las ventanas, esparciendo sombras por toda la habitación y brillando sobre una esquina de la colcha de satén.
La luz tocaba un punto de la alfombra azul, se reflejaba en el borde de un espejo dorado y atravesaba el retrato que colgaba sobre la cómoda.
El retrato de mi madre.
El recuerdo me golpeó. Mi madre yaciendo muerta en esta habitación. Su vida desangrándose, empapando la alfombra. El olor de la sangre impregnándome hasta los poros. El terror.
El corazón se me disparó a galope, golpeándome el pecho. La cabeza me dio vueltas y se me entumecieron los dedos de las manos y los pies. El aliento salió de golpe y no volvió.
Estaba tumbado en la cama de mi madre, en la habitación donde la habían asesinado, a solo unos metros de donde había observado impotente cómo mi padre la mataba. Un pavor helado me congeló las entrañas, pero una capa de sudor me brotó en la frente.
Estás teniendo un ataque de pánico, tío. Así se siente esta mierda. Aguanta, Ice. No puedes perder el control. Piensa en tus hermanos. Sus vidas están en juego. Todos estamos en las entrañas de la bestia.
El flashback golpeó de nuevo. Entró en un bucle cerrado, reproduciéndose en mi cabeza. Una y otra vez me torturaba, tan vívido como el día en que sucedió, tan sangriento, tan aterrador.
Y entonces, tan repentinamente como había comenzado, el bucle se rompió y me encontré ante un silencio denso que unía los terribles recuerdos con las revelaciones que me golpeaban una tras otra.
Por primera vez en mi vida, comprendí quién era y por qué.
Mis compulsiones eran mi reacción a mi infancia, el férreo mecanismo de defensa que desarrollé para sobrevivir en casa de mi padre, y el cumplimiento de aquella promesa que me había hecho a mí mismo el terrible día en que mi padre mató a mi madre.
Todo tenía sentido ahora. Mi necesidad visceral de mantener a Tee a salvo y mi necesidad obsesiva de controlar cada aspecto de su vida y de la mía. Provenían de mis fracasos de niño al intentar proteger a mi madre y de mi terror a fracasar de nuevo, a perder a la mujer que amaba.
Mi mente calculadora, mi necesidad de acumular riqueza y poder, mi hipervigilancia y mi ética de guerrero: todo era mi forma de asegurarme de que nunca volvería a estar indefenso ante monstruos como lo había estado de niño.
Mi vacío emocional, mi incapacidad para confrontar mis miedos y mi reticencia a aceptar y expresar mis sentimientos, todo provenía de mi necesidad de sobrevivir a la crueldad de mi padre.