Kass (Romance militar de héroes alfa nº 5) Capítulo veinticinco
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Capítulo veinticinco

Kass

Un frío se me iba instalando en las entrañas con cada curva que tomaba mientras subíamos hacia lo alto de las estribaciones. Sabía exactamente adónde me llevaba Larson.

Con mi arma en su regazo, se relajó en su asiento mientras las puertas de la mansión se abrían ante el Maserati. Pensé en dar media vuelta. Pero la furgoneta que llevaba a mis hermanos ya había cruzado esas puertas.

Solo quedaba seguir adelante.

El motor del Maserati ronroneó cuando pisé el acelerador y crucé la frontera entre mi presente y mi pasado.

En el espejo retrovisor, las puertas se cerraron y me dejaron sin escapatoria posible, sin el futuro que me había atrevido a esperar.

No podía sacudirme la sensación de que iba a morir en el mismo lugar donde había nacido.

Me estaba volviendo un hijo de puta supersticioso en mi vejez.

Mientras conducía por el largo camino de entrada, los jardines cuidados se veían tal como los recordaba.

Algunas cosas saltaban a la vista: la valla eléctrica que reforzaba el muro de casi cuatro metros, los mercenarios fuertemente armados que patrullaban los terrenos y las medidas de seguridad actualizadas disimuladas a lo largo del camino.

Larson no dejaba nada al azar.

Al tomar la última curva, la enorme casa donde había pasado mi infancia de mierda apareció ante mí. Diseñada para satisfacer los delirios de grandeza de Larson, la mansión era un intento de recrear el estilo del famoso Palacio de Invierno de San Petersburgo.

El experimento había fracasado y el resultado era un engendro caótico de múltiples niveles y aspecto nauseabundo, con paredes verdes, columnas blancas y un exceso de detalles dorados que me recordaba a un pastel con un glaseado horroroso.

Desde que fui al reformatorio, solo había visto este lugar en mis pesadillas.

Hubo momentos en mi vida en que las pesadillas fueron tan terribles que consideré comprarlo y arrasarlo hasta los cimientos.

Pero cada vez que contactaba con la sociedad histórica de preservación sin ánimo de lucro que lo había adquirido cuando lo subastaron tras la condena de Larson, rechazaban mis propuestas.

Ahora sabía por qué.

Oculto tras sus sociedades pantalla anónimas, Larson había sido el cerebro y el dinero detrás de la falsa organización sin ánimo de lucro. Había conservado la propiedad desde el principio. El hijo de puta llevaba planeando este momento desde el día en que entró en la cárcel.

Tras aparcar en la explanada, seguí a Larson escaleras arriba y crucé las enormes puertas que habían importado de algún palacio europeo.

—¡Ah, sí! —Larson se metió mi arma en los pantalones y entregó su reloj a los mercenarios armados que se hicieron cargo de mí—. Qué bien se está en casa.

—¿Dónde están mis hermanos? —Lo fulminé con la mirada—. Quiero verlos ahora.

—Claro —Larson sonrió, demasiado complaciente para mi gusto—. Pero antes, necesito unas cuantas cosas de ti.

Rodeado por mis escoltas, Larson me llevó a su despacho. La habitación ornamentada con espejos no había cambiado ni un ápice. De niño, la había visto como una cueva dorada. De adulto, seguía viéndola igual.

Un hombre flaco como un cuervo se removía nervioso junto al portátil abierto sobre el enorme escritorio de Larson.

—Siéntate —Larson señaló la silla tapizada de terciopelo que había detrás del escritorio.

Era su silla y nunca había querido sentarme en ella. Pero mi orgullo era un precio insignificante con tanto en juego.

Forcé a mis rodillas a doblarse y me senté ante el portátil. No hacían falta explicaciones. Sabía lo que Larson quería. Con los brazos pesados como plomo, los dedos rígidos como el hierro, tecleé todas mis contraseñas y códigos de seguridad, los guardé en el ordenador y me recosté en la silla.

—Ya estás dentro —Me levanté de la maldita silla y me aparté—. Ahora te estás haciendo pasar por mí.

Larson asintió con la cabeza y el Hombre Cuervo se inclinó sobre el portátil y se puso a trabajar. El repiqueteo de sus dedos sobre las teclas era el único sonido en la habitación.

Mis hermanos y yo solo habíamos tenido unas pocas horas para prepararnos, pero contábamos con un equipo muy competente. Mi única esperanza era que el trabajo que habíamos iniciado durante la noche bastara para echar a rodar la bola.

En cuestión de minutos, el Hombre Cuervo levantó la vista hacia Larson y mostró sus largos dientes amarillentos.

—Tenemos acceso completo.

—Excelente —Larson hizo ademán de darme una palmada en la espalda, pero cambió de opinión cuando le lancé una mirada que prometía violencia si me tocaba.

—Mis hermanos —gruñí—. Ahora.

—No sé qué te atrajo de esos idiotas —dijo Larson—. Sin ti, no valen nada. Tú eres el cerebro de esta operación, el burro de carga que financia sus estilos de vida. Tú ganas todo el dinero. Ellos se lo pasan en grande. Pero eso está a punto de cambiar.

Solté un bufido.

—Porque ahora voy a ser tu mula.

—Kass, soy tu padre —dijo—. Sé lo que es mejor para ti.

Piénsalo. En cuanto esos imbéciles descubrieron que tenías el control de la empresa, se volvieron contra ti.

No te quieren. Ni siquiera les caes bien.

Te han utilizado todos estos años, y ahora que reclamas lo que te corresponde, están cabreados contigo.

—Y a ti te lo debo agradecer.

—Deja de centrarte en el pasado y céntrate en el futuro —dijo Larson—. Un día me lo agradecerás. Ya no necesitas a tus hermanos. Me tienes a mí.

—Claro, y también los tengo a ellos —Miré de reojo a mis guardias—. Este arreglo se parece menos a una sociedad y más a una condena de cárcel.

—Todo esto es temporal —Larson esbozó la falsa sonrisa paternal que me daba escalofríos—.

En los próximos días, tendrás muchas oportunidades de demostrarme tu lealtad.

Como mañana por la noche, por ejemplo. Hacer que me sienta un papá orgulloso delante de nuestros clientes contribuirá mucho a tu reintegración.

Reintegración. Ya. No la quería, y si conocía bien a Larson, nunca iba a producirse. Pero aún tenía que seguirle el juego.

—Toma y daca —le recordé—. Haré lo que me pidas siempre que no toques a mis hermanos y te mantengas lejos de mi familia.

—Tu antigua familia. ¿Recuerdas? Ya no te quieren.

—Bien. Pero igual que tú necesitas confiar en mí, yo necesito confiar en ti. Así que llévame con mis hermanos.

—Caleb te indicará el camino —dijo, señalando con la cabeza al jefe de mis guardias—. Será una visita breve, una cortesía de mi parte, para aliviar tus preocupaciones.

Mis preocupaciones no iban a desaparecer hasta que mis hermanos estuvieran libres, pero di media vuelta y salí pitando del despacho de Larson.

Con las armas en mano, Caleb y sus mercenarios me guiaron por la mansión.

Algunas de las salas públicas habían sido renovadas con comodidades modernas, pero en general, el lugar seguía igual que cuando yo era niño.

La ostentosa mansión contrastaba con las líneas limpias y el estilo moderno de la casa de Gustav Viklund en la isla. Aquello había sido una fachada. Por alguna razón, saberlo me produjo una oleada de alivio.

Larson había imitado mi estilo, no al revés. Este lugar demostraba que el señor Mequetrefe y yo éramos diferentes en todo. El rígido estilo barroco que tanto le gustaba años atrás seguía allí para torturar los ojos de cualquiera con una pizca de buen gusto.

Los mercenarios me llevaron por una de las escaleras traseras hasta el búnker de hormigón sobre el que se alzaba la mansión. Mientras mis pasos resonaban en los sinuosos corredores, me asaltó de pronto el recuerdo de haber estado encerrado aquí, en la oscuridad.

Mierda. Mi pasado estaba empezando a filtrarse. Nada bueno. Cerré a cal y canto los compartimentos de mi mente y me concentré en la misión.

Por fin llegamos a un ala del sótano que no recordaba. Seguramente esta parte había sido renovada en los últimos años, probablemente cuando Larson trazó su plan para atraparme.

La seguridad era férrea aquí abajo. Guardias, cámaras, detectores de movimiento, de todo. Abrir las puertas acorazadas requería un código numérico y el escaneo de la huella de Caleb, el cabecilla de la cuadrilla.

Larson no había escatimado en gastos.

La puerta de la bóveda se abrió a un espacio que parecía calcado de una prisión de máxima seguridad. Seis celdas se extendían en fila frente a mí. Cada una medía unos dos metros y medio por dos, con muros de bloques en tres lados y barrotes en el frente. Cuatro estaban ocupadas.

Por mis hermanos.

Esta vez mi pasado sí se filtró. Mi mente voló a aquel fatídico día, mucho tiempo atrás, en el infierno del reformatorio al que sarcásticamente llamábamos «la instalación».

Después de semanas de torturas, terror y palizas a manos de los matones que mandaban en el lugar, estaba harto. La única solución que se me ocurrió me hundía hasta el nivel asesino de mi padre.

Como no nos permitían tenedores ni cuchillos en la cafetería, había robado una cuchara y la había escondido en los calzoncillos.

La había convertido en un arma. La próxima vez que me atacaran, alguien iba a morir.

Iba a tener que convertirme en un asesino como mi padre para sobrevivir.

La rabia me hervía en las tripas. Al hijo de puta le encantaría.

Pero Leo se coló detrás de mí en la fila y me invitó a sentarme con él.

Otros cuatro chicos ya estaban en su mesa.

En aquel entonces todos teníamos nombres diferentes, pero como los habíamos abandonado al convertirnos en los Battleson, ya no usaba esos nombres manchados, ni siquiera en mis recuerdos.

Mientras Jax, Max, Troy, Apollo y yo devorábamos aquella comida de lata asquerosa, Leo nos preguntó si estábamos dispuestos a enfrentarnos a los matones para conseguir un rato en la sala de videojuegos.

Joder, sí, dijeron todos. Yo no estaba especialmente entusiasmado, pero no tenía nada que perder y no me importaba probar el plan de Leo.