Capítulo Veintiuno
Tee
El silencio en el barco solo lo rompía el gorgoteo y el chapoteo de las olas contra el casco. Los rostros a mi alrededor reflejaban la misma conmoción que yo sentía hasta la médula.
Kass se inclinó hacia delante, apoyó los codos en los muslos y entrelazó las manos. Su rostro era una máscara de absoluta inexpresividad.
Pero por mucho que intentara fingir que su impactante revelación no le había afectado, a mí no podía engañarme. La angustia que asomó a sus ojos me provocó un nudo en el estómago.
Intercambié una mirada atónita con los demás. Como el silencio se prolongaba, me levanté, crucé la cubierta y me senté a su lado.
—¿Kass? —aventuré—. Creía que tu padre estaba muerto, que lo habían matado en prisión hace años.
—Yo también. —Tragó saliva con dificultad—. Resulta que el hijo de puta fingió su muerte.
Hubo otro momento de silencio. Sospeché que, igual que yo, nadie sabía qué decir.
—¿Estás bien? —preguntó Apollo.
—Sí. —Eso fue todo lo que dijo Kass.
Pero no estaba bien. Ni mucho menos. Yo lo sabía, y sus hermanos también. Me acerqué y le tomé la mano. La tenía fría y sin vida entre mis dedos.
—A ver si lo entiendo —dijo Max mientras se frotaba la cara y se ajustaba el parche—. ¿Estás diciendo que tu progenitor biológico no murió en prisión, que todos estos años ha estado amasando dinero como Gustav Viklund, y que además es el mismo imbécil que nos ha estado persiguiendo?
Kass asintió.
—Eso es exactamente lo que estoy diciendo.
Max soltó un silbido.
—Menuda mierda.
—¿Te dijo por qué nos perseguía? —preguntó Troy.
—Quería llamar mi atención. —Kass mantuvo la expresión cerrada—. Quería atrapar a uno o más de vosotros para usaros como moneda de cambio y asegurarse de que escuchara su propuesta.
Jax frunció el ceño.
—¿Qué propuesta?
—No llegamos a esa parte —dijo Kass—. Todavía no. Pero...
Troy hizo un gesto circular con la mano, animándolo a continuar.
—¿Pero qué?
La mirada de Kass nos recorrió a todos, con la mandíbula apretada.
—Voy a llegar al fondo de esto.
—Antes de que vuelvas a meterte en la boca del lobo —gruñó Jax—, ¿quieres compartir alguna teoría?
—No sé qué tiene en mente, pero os lo digo ya: sea lo que sea, no es nada bueno. Debería saberlo. Es mi donante de esperma. Los dos venimos de la misma semilla podrida.
—Eso no es verdad. —Le apreté la mano—. No eres como tu padre.
—Sí lo soy. —Su voz se tiñó de tristeza y resignación—. Pensamos igual. Sé de lo que es capaz. Sea lo que sea lo que busca, no parará hasta conseguirlo.
Estuve a punto de decir que no lo sabíamos con certeza.
Quizás el hombre había cambiado con los años.
Pero entonces recordé que era el mismo asesino que había matado a la madre de Kass a sangre fría, que había destrozado su infancia y que había inculpado a su único hijo de un crimen que él mismo cometió.
También había contratado mercenarios para atacar a los hermanos de Kass y secuestrarme a mí. Me miré la mano vendada. Kass tenía razón. Lars Larson no tenía redención posible.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Larson era la única persona que conocía capaz de destruir al hombre que amaba.
—Nunca confiéis en nada de lo que diga Larson —dijo Kass en un tono extraño, casi didáctico—. Nunca le creáis. Y no permitáis jamás que se interponga entre vosotros.
La conmoción en los rostros de sus hermanos era tan evidente que tuve que intervenir.
—Kass, cariño, creo que ya lo saben.
—Solo es un recordatorio.
Un pitido en la consola del barco anunció una transmisión entrante. Troy abrió el mensaje codificado en la pantalla y lo leyó por encima.
—Confirmado: el avión aterrizará en sesenta minutos —informó—. Hay que ponerse en marcha si queremos llegar al punto de encuentro. Dejamos esta conversación para después. Vamos a casa.
Troy encendió los motores y aceleró. A medida que el barco ganaba velocidad, todos parecieron recibir con alivio la idea de volver a casa, yo incluida.
Trazar un plan para recuperar a Maria y Scott sería más fácil cuando tuviéramos acceso a todos los recursos de la base de operaciones de los Battleson.
Además, iba a ver a mis amigas de nuevo y a conocer a sus hijos, un rayo de luz en medio de tanta oscuridad.
También tenía que pensar en el trabajo. Aún me quedaban dos semanas de permiso, pero tarde o temprano tendría que ponerme en contacto con mis superiores e informar de nuestros hallazgos. Eso implicaba un debriefing. Tendría que responder preguntas difíciles.
No estaba preparada para eso.
El trabajo tendría que esperar. A mi jefe no le iba a hacer gracia, pero pensaba aplacarlo compartiendo la valiosa información que Kass y yo habíamos descubierto.
Mientras tanto, Kass me necesitaba. Los Battleson me necesitaban. No pensaba volver al trabajo hasta que estuvieran a salvo.
Troy se quedó al timón mientras Jax arrastraba al dormido Larson bajo cubierta y se ofrecía a vigilarlo.
Max y Apollo se tumbaron en los bancos de popa y no tardaron en quedarse dormidos.
Algo que había aprendido de tanto tratar con operadores especiales: daba igual lo mal que estuvieran las cosas, si tenían ocasión de echar una cabezada, siempre la aprovechaban.
Pero Kass no.
Durante el resto del viaje, permaneció sentado a mi lado, cada vez más distante con cada minuto que pasaba. Mientras el Bravo surcaba las olas rumbo al amanecer, él se encerró en sí mismo y echó el cerrojo.
No lograba ni imaginar lo que pasaba por su cabeza. Su silencio multiplicaba mis preocupaciones. ¿Ese dolor en la boca del estómago? Solo empeoraba.
***
Kass
Troy puso rumbo hacia las aguas cristalinas de Roatán.
Mientras el Bravo surcaba las olas, recurrí a mi frialdad emocional para apartar mis sentimientos y dediqué el viaje a procesar la información que había descubierto.
Mi supuesto padre estaba vivo. Era Zero Tango.
Había atacado a mis hermanos y secuestrado a mis padres adoptivos para llegar hasta mí. Tenía que resolver esto.
¿Cuál era su siguiente movimiento?
Al llegar a Roatán, un contacto local nos esperaba en una playa apartada, donde subimos a la furgoneta que nos llevó al aeropuerto y directamente a la pista.
Como ya habíamos untado a quien correspondía antes de llegar, abordamos el Bombardier de Battle Brothers junto con nuestra carga sin problemas con las autoridades locales.
Dejamos a Larson en la parte trasera del avión y encargamos a la tripulación que lo vigilara.
Nos turnamos para ducharnos. Tee fue la primera.
Yo fui el último. Tuve que frotar con fuerza para quitarme la arena y la sal que se me pegaban, y que escocían donde el traje de neopreno me había dejado la piel en carne viva.
Después, nos reunimos en torno a comida caliente y contundente que mi cuerpo agotado agradeció de verdad. Tee me buscaba la mirada a menudo, observándome como si estuviera controlando mis constantes vitales.
Hubo mucha discusión sobre qué hacer a continuación, mucha conversación entre los demás, mucho que pensar para mí.
La prioridad era recuperar a mamá y papá cuanto antes y sanos y salvos.
En eso, todos estábamos de acuerdo. Estarían a salvo mientras tuviéramos a Larson.
Mientras tanto, el hijo de puta dormía en la suite del Bombardier como un demonio sin preocupación alguna.
Seguía roncando cuando aterrizamos en Denver, cuatro horas y doce minutos después de salir de Roatán.
De camino al refugio del rascacielos de Battle Brothers, mientras atravesábamos las concurridas calles de la ciudad en un día despejado y radiante, parecía imposible que solo unas horas antes hubiéramos librado una lucha feroz para escapar de la isla EchoSat.
El bajón posterior al combate me golpeó como una patada en el estómago, no solo porque la transición de un soldado de la batalla a la vida cotidiana siempre resultaba desconcertante, sino también porque sabía lo que tenía que hacer. Solo había una salida y no me gustaba.
Instalamos a Larson en una de las unidades amuebladas que teníamos preparadas para invitados en la torre BB. Apollo lo examinó y determinó que era especialmente sensible a los sedantes. Eso explicaba por qué seguía durmiendo como un bebé en su cuna.
El rascacielos BB era nuestra fortaleza en medio de la ciudad. Capas de seguridad sofisticada que combinaban tecnología con pericia humana lo garantizaban. Pero conociendo a Larson, me aseguré de añadir algunas precauciones más.
Puse a Larson bajo la supervisión directa de Sebastian y sus hombres, que habían llegado a Denver el día anterior y conocían bien el tipo de enemigo al que nos enfrentábamos. Le dije a Seb que me llamara en cuanto Larson diera señales de despertar. La hora del ajuste de cuentas estaba cerca.
Hasta que tuviéramos una conversación a fondo con Larson, no podíamos hacer nada sin poner en mayor peligro a mamá y papá. Así que duplicamos la seguridad del edificio y subimos en el ascensor privado hasta el ático que nos servía de residencia cuando estábamos en la ciudad.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor, la mejor parte del equipo Battleson nos esperaba. Emme, Lexi, Marisol y Blue estaban en el vestíbulo, aunque todos habíamos acordado que nuestro pueblo en las Montañas Rocosas, Resurrection —Res, para abreviar— era el lugar más seguro en esos momentos.
Para ser justos, habían dejado a los niños en Res bajo estricta vigilancia. Pero una vez más, quedó demostrado uno de los principios básicos de nuestras vidas recién transformadas. ¿Las mujeres Battleson? No obedecían órdenes. De nadie. Punto.
Mis tímpanos vibraron y casi estallaron cuando Emme y Tee chocaron. Las dos mujeres se abrazaron y dieron saltitos, chillando como un par de cigarras en verano. Apoyado contra la pared, observé el reencuentro.
Claro, los Battleson teníamos todo tipo de problemas en ese momento. Los míos eran de los graves. Pero no podía negarme esto. Aparqué mis planes durante unos minutos para disfrutar del momento en que Tee llegaba a casa.