Capítulo dieciséis
Kass
Lars Larson estaba aquí. El bastardo que me había engendrado estaba vivo, de pie ante mí, con un traje elegante y esa sonrisa fría y traicionera que me helaba los huesos hasta la médula.
Era imposible.
Años atrás, para asegurarme de que el hijo de puta estaba muerto y enterrado, había interrogado a todos los reclusos que estaban en el patio cuando Larson fue apuñalado seis veces por otro preso, y después a todos los guardias que habían presenciado el incidente.
Contacté personalmente con los médicos de la prisión y los paramédicos que acudieron a la llamada. Vi su certificado de defunción. Joder, me aseguré de que su cuerpo quedara reducido a cenizas antes de tirarlas por el váter.
Y sin embargo, el bastardo estaba aquí, ahora, jodiéndome la cabeza.
Me negué a permitir que la conmoción que me recorría neutralizara mis capacidades. Era Fuerza Delta. Podía encajar un golpe y devolver otro al mismo tiempo. Me sacudí el impacto, me aferré al armazón de hielo en que se había convertido mi columna vertebral y me centré en mi enemigo.
Había cazado sociópatas, terroristas, narcotraficantes, lo que fuera. Y sin embargo, Larson era el monstruo más retorcido y peligroso que había conocido jamás. Lo único que quería era borrarle esa sonrisa fría y sarcástica de la cara de un disparo, en parte porque era tan parecida a la mía.
Larson ensanchó su mueca burlona.
—Reconoces a tu viejo, ¿verdad?
¿Cómo no iba a hacerlo?
Era mi vivo retrato: alto, de cara cuadrada, y todavía fuerte y fibroso a pesar de nuestra diferencia de edad. Su piel era tan pálida como la mía y llevaba un traje de seda fina que podría haber salido directamente de mi sastre.
El bastardo no está muerto. Está vivo. Vivo.
Asúmelo, Ice.
Me obligué a creer lo que veía, pero solo porque a los fantasmas no se les puede matar.
A sus sesenta y tantos, el pelo corto de Larson se había vuelto de un blanco puro.
Las arrugas de su rostro eran más profundas de lo que recordaba, pero podía ver cómo sería yo si llegaba a esa edad.
Lo más impactante era ver mis propios ojos en su cara.
Esos ojos azules fríos, crueles y calculadores habían dominado y atormentado mi infancia.
Como si las similitudes físicas entre nosotros no fueran suficientemente reveladoras, sus preferencias coincidían con las mías.
El espacio monocromático. Su gusto por el arte moderno, el orden absoluto y la geometría.
Joder, hasta su bebida favorita era la misma.
Me había pasado la vida entera intentando no ser como mi padre.
¿Había fracasado?
Era imposible negar que estábamos emparentados. Pero ya no era un niño. Era un hombre hecho y derecho, un operador especial y un Battleson. Estaba acostumbrado a lidiar con monstruos.
Clavé los pies en el suelo, anclándome a la realidad. La fortaleza mental era tan importante como la aptitud física en una batalla. No iba a caer ante esta versión mayor de mí mismo.
—¿Es tu hijo? —la mirada atónita de Arturo iba y venía entre su jefe y yo antes de posarse de nuevo en Larson—. ¿Cómo no lo vi antes? Sr. Viklund, ¿por qué no me lo dijo?
—Porque no necesitabas saberlo —dijo con su acento preciso—. Esto es un asunto de familia. Si te callas, te sientas en esa silla como un buen chico y no te metes, te dejaré vivir.
Arturo se mordió los labios y tomó asiento junto a la ventana. Su palidez igualaba el cuero crema de la silla. Parecía querer fundirse con el mueble. Pero hizo lo que le ordenaban. No le quedaba otra. Era el único hombre en la habitación sin arma.
Sin apartar los ojos de mí, Larson se movió despacio, dejó la pistola sobre el escritorio y colocó las manos a ambos lados, asegurándose de que la viera bien. El bastardo sabía que me costaría disparar a un hombre desarmado.
No cuentes con eso, imbécil. Hoy no.
¿Por qué no le disparé en cuanto lo vi?
Porque tenía preguntas, demasiadas, y necesitaba respuestas antes de mandar a este demonio al infierno.
Luché por controlar mis instintos, esos que me gritaban que Larson tenía que morir. Sus ojos azules relucientes se clavaron en mí, afilados y peligrosos como cuchillas.
Las preguntas se alinearon en mi cabeza. Tenía que saber cómo nos habían engañado a mí —y al mundo entero— para que creyéramos que Larson estaba muerto.
Mi voz salió como un gruñido.
—¿Cómo?
Ensanchó su sonrisa ladina.
—¿Me preguntas cómo sigo vivo y cómo he llegado a estar aquí, de pie ante ti, convertido en uno de los hombres más ricos del mundo?
—Sí.
Eso era exactamente lo que necesitaba saber.
—Al gran Kass Battleson le gusta hacer preguntas —mantuvo los ojos fijos en mí mientras se quitaba una pelusa de la solapa—. No dice: «Hola, papá, qué alegría verte». Ni «Me alegro tanto de que estés vivo». Ni siquiera un «¿Dónde has estado todo este tiempo?». No. Quiere saber cómo.
—Fingiste tu muerte —era la única explicación que encajaba—. Montaste todo el numerito para poder largarte de la cárcel.
—Excelente deducción —dijo—. Pero no todo fue falso.
Tuve que dejar que me dieran unas cuantas puñaladas superficiales para justificar la ambulancia que me llevó a la libertad.
Las bolsas de sangre que le compré al médico de la prisión ayudaron a que el apuñalamiento pareciera más real ante los testigos.
—Debió de costarte una fortuna.
—Fue caro —admitió—. Pero como sabes, el dinero nunca ha sido un problema para nosotros. Somos como Midas. Todo lo que tocamos se convierte en oro.
—Habla por ti —dije—. A mí déjame fuera de tus delirios.
—¿Por qué, porque no eres asquerosamente rico y jodidamente poderoso? —soltó una risita burlona—. Sí, lo sé todo sobre ti. He seguido tu carrera de cerca. Y estoy orgulloso de ti. Del magnate rico, poderoso y despiadado en el que te has convertido. Kristian Larson, eres sin duda mi hijo.
Kristian Larson. El nombre con el que había nacido, el nombre que detestaba, el que había matado y enterrado bajo un montón de mierda el día que me convertí en Kass Battleson.
—No me llames así —ordené, sin dejar de apuntarle—. Al margen de tus mediocres contribuciones biológicas, tú no eres mi padre.
—Ah, sí, supongo que también hablaremos de eso —dijo, con demasiada amabilidad.
Recordaba esa falsa amabilidad. Era parte de su personalidad depredadora. Siempre hablaba con suavidad, con educación, como si fuera un miembro civilizado de la alta sociedad y no un asesino violento.
Su buen aspecto y su refinada cortesía eran parte fundamental de su camuflaje, junto con la elegancia y la apariencia impecable. Todo eso ocultaba la víbora mortal que era y le permitía mezclarse con las ovejas y los leones.
Pero yo no me dejaba engañar.
—Entonces, si estás aquí —dije, porque tenía que saberlo—, ¿quién fue el pobre cabrón cuyas cenizas tiré por el váter?
—El váter, sí —asintió con aprobación—. Un método eficiente para deshacerse de las pruebas, pero una forma pésima de honrar a tu padre.
—Honrarte jamás se me pasó por la cabeza —escupí entre dientes apretados—. Responde a mi pregunta.
Hizo un gesto desdeñoso con la mano.
—El desgraciado que ocupó mi lugar en el incinerador fue un pobre vagabundo que encajaba con mi descripción, un indigente al que nadie echó de menos.
Sí, ese era mi donante de esperma, sin duda. La bestia no valoraba la vida ni respetaba el derecho de los demás a existir. Para él, la vida humana era una mercancía desechable.
—Siéntate —señaló con la barbilla una silla frente al escritorio y después hizo un gesto amplio hacia el bar bien surtido al otro lado de la habitación—. ¿Puedo ofrecerte algo de beber?
—No —aferré la carabina con más fuerza.
Siéntate. Toma algo. ¿Iba en serio?
Era consciente del paso del tiempo y de los peligros que suponía quedarme en aquella habitación. En algún lugar del continente, Tee estaría al borde de un ataque de nervios.
Pero también sabía que, desde la explosión, los mercenarios de Larson pululaban por la isla como hormigas en un hormiguero. Mis vías de escape estaban bloqueadas de momento. Tenía que esperar a que pasara la primera reacción de los mercenarios antes de poder largarme de allí.
Ahora que sabía que Zero Tango y mi donante de esperma eran la misma persona, también entendía que tenía que eliminarlo. Pero antes de matar al cabrón, necesitaba sacarle a Larson toda la información posible.
Con movimientos lentos, sin apartar de mí unos ojos que brillaban como el acero, Larson cogió el vaso y lo vació de un trago.
—Ah. Excelente —dejó el vaso junto al arma y se acomodó en su silla ejecutiva—. Espero que no te importe, pero me estoy haciendo viejo.
—Manos sobre la mesa —ladré—. Quiero verlas en todo momento.
Di dos pasos hacia delante sin dejar de apuntarle. No me tragaba nada de lo que decía, incluido el numerito del viejo.
Negó con la cabeza, fingiendo decepción, pero mantuvo las manos donde yo pudiera verlas.
—Tú y yo tenemos mucho de qué ponernos al día. Por favor, Kristian. Compláceme. Tenemos asuntos que tratar.
Me estremecí al oír mi antiguo nombre, pero sabía lo que pretendía.
Intentaba provocarme y distraerme a la vez, tratando de desarmarme con su numerito de «papá ha vuelto a casa».
En cuanto a lo de que teníamos asuntos que tratar, menuda sarta de gilipolleces.
Jamás haría ningún negocio con Papá Querido.
Jamás.
La vieja indignación recorrió mi cuerpo, se acumuló en la boca del estómago y coqueteó con mi dedo en el gatillo. Quería hacerle un agujero en medio de la frente.
Luché contra el debate furioso en mi cabeza. Debería estar muerto. Yo debería matarlo. Ahora. Eso acabaría con dos monstruos de un solo disparo: Zero Tango y Lars Larson. Tres hijos de puta, si añadías su identidad de Gustav Viklund a la trinidad del mal.
La tentación de disparar era abrumadora. Y sin embargo, si mataba a Larson ahora, no obtendría las respuestas que buscaba. Para garantizar la seguridad de mi familia, necesitaba entender sus motivos, el alcance total de sus planes y la extensión de su organización.