Kass (Romance militar de héroes alfa nº 5) Capítulo quince
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Capítulo quince

Tee

Escudriñé la isla con los prismáticos, desesperada por ver a Kass. Necesitaba comprobar con mis propios ojos que estaba entero y sano, no solo confiar en los escuetos clics de mi radio portátil.

Encaramada en lo alto de la colina, me tumbé boca abajo, oculta entre la maleza, envuelta en el aroma penetrante de tierra húmeda y hojas en descomposición.

Era un buen puesto. Apoyada sobre los codos, tenía un ángulo excelente de la ruta de Kass. Barrí la ensenada con los prismáticos. Pero a pesar de su avanzada visión nocturna y óptica térmica, no detecté ningún signo de movimiento ni de vida humana.

Buena señal. Si yo no podía ver a Kass, el enemigo tampoco. Era la prueba viviente de que los Delta dominaban la noche.

Aun así, no volvería a respirar tranquila hasta que estuviéramos juntos de nuevo. Aunque era uno de los operativos más hábiles y condecorados del mundo, temía por su seguridad.

Concéntrate, Titan. Tienes trabajo que hacer.

A través de los potentes prismáticos, recorrí la ruta planificada de Kass sobre las rocas. Cuando estuve segura de que no había amenazas en su camino, le di luz verde. Luego enfoqué la torre, vigilé a los guardias de la estación y esperé la cuenta atrás hasta medianoche.

A medianoche, una pareja de guardias de relevo cruzó el patio y subió las escaleras de madera. Al mismo tiempo, los guardias de la torre salieron del refugio acristalado y empezaron a bajar.

Pulsé el botón de la radio una vez y me puse a rezar.

Era la única vulnerabilidad real que habíamos detectado en las defensas de la isla, la única oportunidad que tenía Kass de engañar a las cámaras, burlar los detectores de movimiento y atravesar la valla electrificada que rodeaba las instalaciones de EchoSat.

Las cámaras y los detectores de movimiento no eran problema para alguien con las habilidades de Kass. Calculamos que, tras superarlos, solo tendría unos minutos para sortear la valla electrificada. Ya lo había hecho antes con la Fuerza Delta, más de una vez, según él.

También tenía las herramientas necesarias a mano, ya que él y Jax estaban a punto de infiltrarse en la misma instalación cuando se enteró de mi desaparición.

Pensaba colocar una manta de goma especializada sobre una pequeña sección de la valla y usar botas de goma y mangos aislantes para trepar.

Al dejar la red eléctrica intacta, su infiltración pasaría desapercibida.

Todo el plan era una locura, por no hablar de lo peligroso que era. Pero cuando se lo dije, Kass me miró y se echó a reír. ¡El muy idiota se echó a reír!

Eso me pasaba por enamorarme de un operador de élite que no entendía el significado de las palabras «locura» y «peligroso».

Apreté los dientes y empecé a contar los minutos mentalmente. La isla estaba mejor vigilada que una prisión de máxima seguridad. Allí no podía estar pasando nada bueno.

Parte de mí se sentía culpable por los ajustes que había introducido en los meticulosos planes de Kass. Pero al contemplar aquella auténtica fortaleza, la otra parte se sintió justificada.

Mi radio crepitó tres veces seguidas. Gracias a Dios. Kass estaba dentro.

Esta vez apunté los prismáticos al complejo residencial que se alzaba en el centro de la isla y, más concretamente, a la enorme casa moderna que presidía el conjunto.

La mansión de hormigón y cristal había sido el destino de Arturo cuando desembarcó del Quijote esa misma tarde. Kass y yo lo habíamos seguido mientras lo llevaban en un carrito de golf desde los muelles hasta la mansión. Todavía no lo habíamos visto salir.

Pasaron diez largos minutos antes de recibir otra señal de Kass.

Indicaba que había superado el muro que rodeaba la casa.

Tragué saliva con un nudo en la garganta.

Kass había alcanzado el punto medio de la operación y una de las partes más peligrosas, donde se enfrentaría a Zero Tango a solas en el territorio del hijo de puta.

A partir de ahora, los peligros para la vida de Kass aumentaban exponencialmente.

Peor aún, el margen de tiempo se estrechaba hasta poner en peligro su estrategia de salida.

Cada minuto de demora podía costarle la vida.

Si lo descubrían tan dentro de la guarida de Zero Tango, sus posibilidades de salir con vida eran mínimas.

—Una posibilidad baja es mejor que ninguna —había dicho cuando le señalé lo desfavorables que eran las probabilidades.

Incluso ahora volví a poner los ojos en blanco, pero el estómago se me encogió hasta el tamaño de una nuez.

Por favor, por favor, por favor. Date prisa.

Miré el móvil y observé cómo pasaban los minutos, cada uno tan largo como un siglo. Para colmo, la radio seguía en silencio. Mientras barría el complejo con los prismáticos, la noche calurosa se cernía sobre mí como una manta húmeda.

A medida que se acercaba el momento de la siguiente señal de Kass, una sensación de fatalidad se instaló en mi estómago.

Por mucho que lo intentara, no conseguía quitármela de encima.

Cuando el cronómetro superó la marca de los quince minutos, rompí a sudar.

La señal de Kass llevaba retraso oficial.

Tranquila. No te desmorones, Titan. Eres una profesional. Los retrasos pasan.

Pero Kass nunca llegaba tarde. Siempre era puntual al segundo. ¿Había salido algo mal?

Por eso no quería trabajar contigo. Porque sabía que dejarías que tus emociones anularan tu lógica. Por eso te mantuvo alejada de sus misiones y a oscuras. Porque sospechaba que el miedo nublaría tu juicio.

Cállate. Aferré los prismáticos con más fuerza y apreté los dientes. Es el miedo el que habla. Expulsa el terror, prepárate para la lucha y alístate para apretar el gatillo si hace falta. Sin errores.

No abandonaría a Kass cuando más me necesitaba.

Me obligué a inspirar hondo y solté el aire por la boca. Volví a enfocar los prismáticos en la casa. Vamos, Kass. Dame la señal. Dame la señal, idiota alfa engreído. ¡Ya!

Nada.

La brisa cálida trajo los primeros sonidos de fuego automático, que resonaban en la noche.

Pop, pop, pop.

Los disparos se multiplicaron.

Se me cayó el alma a los pies. Una alarma aulló desde el complejo, los focos giraron en la noche y más armas se sumaron al estruendo.

¿Qué demonios estaba pasando?

A través de los prismáticos, detecté las firmas térmicas de hombres armados que se desplegaban por todo el recinto.

Más focos rasgaron la noche, iluminando a los guardias que corrían de un lado a otro e inundando los muelles donde estaba amarrado el Quijote.

Destellos brillantes centellearon en la oscuridad; las armas disparaban contra qué o quién, no tenía ni idea.

Algo había salido mal. Lo presentía.

Cogí el móvil y pulsé el icono de llamada que parpadeaba en la pantalla. Nadie contestó. Golpeé el suelo con el puño. Tenía que hacer algo, pero ¿qué?

Empecé a levantarme, pero un peso repentino cayó sobre mí y me inmovilizó. Una mano enorme me tapó la boca y ahogó mi jadeo. Un escalofrío helado me recorrió la columna vertebral mientras el pánico se desataba.

—Ni un pío —retumbó una voz masculina grave en mi oído.

Fue entonces cuando el Quijote explotó.

***

Kass

La explosión sacudió el suelo bajo mis pies, hizo vibrar los cristales de la mansión y surcó la noche con el resplandor de un fuego furioso. También pilló desprevenido a mi oponente.

Ventaja para mí.

Aproveché para mandarlo al país de los sueños estampándole el cráneo contra la pared.

Dejando a un lado mi excelente técnica, se desmoronó como una galleta de mantequilla entre mis manos. Tuvo otro encuentro desafortunado con el suelo de mármol cuando lo solté. Con el hijo de puta despatarrado a mis pies, me detuve y agucé el oído.

¿Qué coño ha sido eso?

Desde luego, no era parte de mi plan. De eso estaba seguro.

Daba igual. Seguí avanzando por el largo pasillo. Nada iba a detenerme ahora. Estaba a un paso de Zero Tango. Joder, casi podía oler su hedor en el aire.

Después de que todo hubiera ido como un reloj toda la noche, me había topado con un pequeño bache que me retrasó.

No me gustaban los retrasos, pero había tenido que eliminar a los guardaespaldas de Zero Tango.

Estaban estratégicamente posicionados por toda la casa: diecisiete mercenarios altamente entrenados que no estaban en el menú.

Habían requerido un poco de atención personalizada, pero ya había acabado con ellos. Ahora tocaba el plato principal.

Sentía curiosidad por el origen de aquella explosión infernal y el tiroteo que la acompañaba.

Pero no podía permitirme un desvío. Como mínimo, la explosión atraería la atención de los mercenarios lejos de la casa, al menos de momento.

Tras infiltrarme en la guarida de Zero Tango sin disparar un solo tiro, aún contaba con el factor sorpresa.

Desenganché la carabina de la espalda y la calé contra el pecho. Me moví sin hacer ruido, con el dedo en el gatillo, doblé la siguiente esquina y barrí la zona.

Ningún enemigo a la vista.

Unas enormes puertas doradas se alzaban al final del pasillo ultrablanco. Qué extraño. Se me erizó el vello de la nuca y un escalofrío me recorrió la columna. Por un segundo, me sentí como si estuviera en un túnel, avanzando hacia la proverbial luz al final.

¿Un presagio de muerte?

Los soldados hablaban de esa mierda a veces.

Nunca entendí a qué se referían porque jamás había sentido escalofríos antes de entrar en combate.

Ahora que lo pensaba, había estado en situaciones mucho peores, pero nunca había tenido esta sensación tan intensa de mal agüero, como si algo muy jodido estuviera a punto de pasar.

Sacúdetelo, soldado.

Las respuestas me esperaban tras esa puerta. Respuestas que garantizarían la protección de nuestra familia y de mis hermanos. Tee me aguardaba al otro lado de este túnel, y con ella, mi única oportunidad de ser feliz.

Muévete, Ice.

Era hora de acabar con este puto juego del escondite. Zero Tango estaba ahí dentro. Podía sentirlo agazapado detrás de esas puertas. Aunque se congelara el infierno, no iba a desviarme de mi plan ni a irme sin mi presa.