Kass (Romance militar de héroes alfa nº 5) Capítulo Doce
44%

Capítulo Doce

Tee

Yacía en la tumbona doble junto a Kass, medio recostada sobre su cuerpo desnudo, lánguida, sin fuerzas, y sin embargo también llena de esperanza.

Su corazón latía con un ritmo constante contra mi oído y sus respiraciones profundas y acompasadas me acariciaban la mejilla, impregnadas del aroma de... bueno... de mí.

Habíamos hecho el amor una y otra vez, en la cama, en el escritorio, en el suelo, en la tumbona.

Era como si nuestros cuerpos celebraran el reencuentro con fuegos artificiales orgásmicos, como si necesitáramos darnos un atracón después de tantos años de hambruna.

El sexo había sido increíble, justo como lo recordaba... no, mejor de lo que lo recordaba.

¿Este momento? Hacía que cada sacrificio, cada segundo de anhelo y cada decisión difícil con la que había tenido que cargar merecieran la pena.

Descansábamos sobre un lecho de cojines en la terraza con mosquitera, disfrutando de nuestra mutua compañía en el silencio, la forma de comunicación favorita de Kass.

Por una vez, no necesitaba que me dijera nada. Esas emociones profundas que normalmente mantenía encerradas irradiaban hacia mí, intensas como el sol tropical.

Una tormenta ofrecía su espectáculo sobre el lago, electrificando el horizonte. Los truenos retumbaban a lo lejos y los relámpagos fracturaban las nubes color plomo, rayos blancos y gruesos que azotaban en todas direcciones.

Los destellos brillantes y dentados partían el cielo y se reflejaban en el lago, transformando la superficie oscura en algo semejante a un espejo roto.

Me encantaban las tormentas, el poder, el drama, el despliegue visual de un mundo estallando, los orgasmos del propio planeta.

Cuando estábamos en el instituto, solía arrastrar a Kass a perseguir tormentas en plena noche.

Él nunca lo admitió, pero yo sabía que disfrutaba de una buena tormenta tanto como yo.

Un rayo brillante rasgó la noche e imprimió sus líneas dentadas en mi retina.

Una oleada de voltaje cargó la atmósfera y zumbó en mis oídos, impregnando el aire con un toque picante de peligro.

Era un espectáculo magistral de la Madre Naturaleza que me recordó que, aunque Kass y yo estábamos juntos, nada estaba asegurado. Ni siquiera nuestra seguridad.

—¿Tee? —Kass se removió bajo mi mejilla—. ¿Estás despierta?

—Creo que estoy despierta —me froté los ojos para quitarme el sueño—. Aunque también es posible que esté teniendo el mejor sueño de mi vida.

—Yo también —su risa vibró en su pecho y ensanchó mi sonrisa.

—Los relámpagos de aquí son realmente espectaculares —murmuré.

—Se llama el relámpago del Catatumbo —dijo Kass—. Es un fenómeno atmosférico único de esta zona que produce la mayor concentración de relámpagos por kilómetro cuadrado del mundo.

—Sí, lo sé —me acurruqué más contra él—. La gente suele llamarlo la «tormenta eterna» porque los truenos y los relámpagos pueden durar muchísimo.

Kass guardó silencio. Sus dedos dibujaban pequeños círculos en mi espalda, infundiéndome una ternura que me calmaba y relajaba. Cuando levanté la vista, vi todos esos relámpagos reflejados en sus ojos.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo al cabo de un rato.

Le sonreí.

—¿Todavía no se te han acabado las preguntas?

—Contigo siempre tengo preguntas —me recorrió los labios con los dedos—. El problema es que muchas veces me dejas con la duda.

—Mira quién fue a hablar, el señor «Solo hablo si tengo algo que decir».

—Venga, reconóceme el mérito —subió la mano para acariciarme el pelo, enrollando y desenrollando uno de mis rizos en su dedo—. Soy yo quien ha empezado esta vez.

—Será porque estoy demasiado cansada para mover la boca.

—Tu boca se movía de maravilla hace solo unos minutos —observó, manteniendo la cara seria—. Extremadamente bien, si se me permite decirlo.

—Me alegra que lo hayas disfrutado —me lamí los labios con gesto provocador—. Dentro de unos minutos, puede que quiera repetir.

Soltó un gemido exagerado.

—Diablilla insaciable.

Sonreí.

—No te he oído quejarte.

—Qué va, ninguna queja por aquí —me lanzó una sonrisa pícara—. Un apetito sexual saludable es una virtud, en mi opinión. Sabía que había algo que me gustaba de ti.

—¿Una sola cosa?

—Vale, tres o cuatro —se inclinó sobre mí y me robó un beso que me hizo estremecer de pies a cabeza y me dejó lista para otra ronda.

—Espera —interrumpí lo que prometía ser un ardiente preludio del siguiente acto—. ¿No decías que tenías una pregunta?

—Ah —bajó la mirada hacia su regazo, donde, en una hazaña increíble de resistencia, su polla sobrehumana volvía a cobrar vida—. ¿Ves lo que le haces a mi cerebro?

—Eso no es tu cerebro, amigo, aunque está igual de exageradamente dotado que tu cerebro.

Estalló en carcajadas y me embriagué con la alegría de ese sonido.

—Ahora —dije—, tú y yo nos tomaremos un descanso de treinta segundos del libertinaje, le ahorraremos a ciertas partes de nuestra anatomía tener que reclamar una deducción fiscal por depreciación, y me harás tu pregunta antes de volver a lo nuestro.

—Estoy deseando —se incorporó apoyándose en los cojines y me miró con seriedad—. Tee, quiero saber. ¿De verdad tramaste todo para emparejar a mis hermanos con sus mujeres?

—Sobre eso... —me incorporé para sentarme a su lado, crucé las piernas en posición de loto y lo miré de frente—. ¿Tú qué crees?

Apoyó el brazo en mi rodilla y me dio un pequeño apretón.

—Creo que sí.

Arqueé las cejas.

—¿Y qué te hace pensar eso?

—Tramar y conspirar es muy tu estilo —hizo una pausa y me miró a los ojos—. Al fin y al cabo, eres una espía. Mis hermanos cayeron todos de cabeza y sin remedio. Creo que planeaste y ejecutaste un asalto en toda regla a sus corazones.

Me reí con su descripción.

—¿Y bien? —Levantó las cejas—. ¿Tengo razón?

—La tienes —dije—. No tiene sentido negar lo que Delta Kass ya sabe.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó.

—Sabes que quiero a tus hermanos casi tanto como te quiero a ti, ¿verdad?

—Bueno, mierda —masculló entre dientes—. Ahora voy a tener que eliminarlos, uno por uno.

Le di un manotazo juguetón en el fornido bíceps.

—¡Kass!

—Relájate. —Sonrió—. Sabes que yo también quiero a esos payasos.

—Sí, y siempre me ha encantado eso de ti.

—Me alegra saberlo. —Me llevó la mano a los labios y me besó los nudillos—. Y para que conste, mientras yo sea quien te arrope por las noches, dejaré vivir a los otros simios.

—Qué generoso de tu parte. —Me reí—. Todo un neandertal del siglo veintiuno.

—Ese soy yo. —Se puso serio y me lanzó otra mirada curiosa—. Pero no creo que hayas respondido del todo a mi pregunta. Déjame intentarlo yo.

—Vale, claro. —Vaya. Esto era otra novedad—. Adelante.

—Creo que en algún momento te diste cuenta de que encontrar el amor no era el fuerte de mis hermanos. —Las arrugas en las comisuras de los ojos se le acentuaron mientras miraba a lo lejos—. Es difícil encontrar el amor cuando no crees en él.

—Cierto.

—Nuestras infancias nos condicionaron a creer que el amor no existía —continuó, y me impresionó su disposición a hablar de esto—.

Pero tú sí creías en él. No me llevo bien con tu padre, pero recordaba a tus padres juntos.

Se adoraban. Aprendiste lo que era el amor viéndolo suceder. Y luego intentaste enseñármelo a mí.

—Pero el amor es mucho más fácil en teoría que en la práctica. —Miré hacia la tormenta—. Míranos. Hemos perdido un tiempo muy valioso.

—Y que lo digas, Titan. Y que lo digas —murmuró—. A decir verdad, tuviste un alumno difícil. Pero eres una buena maestra y una casamentera increíble. Cuatro de cuatro es un récord impecable.

—Oye, tontorrón. —Apoyé una mano en la cadera y le batí las pestañas—. Por si no te has dado cuenta, voy a por el cinco de cinco en esta empresa.

—Considéralo hecho. —Su sonrisa se ensanchó—. ¿Tus habilidades de casamentera? Son la caña.

Se inclinó y me plantó otro beso en los labios.

—¿Te he dicho alguna vez que eres un ser humano espectacular?

—Ay, para. —Fingí abanicarme la cara con la mano—. Me estás haciendo sonrojar.

—Lo digo en serio, Titan —dijo—. Pero creo que hay algo más detrás de todo esto.

Me eché hacia atrás.

—¿Qué quieres decir?

—Sé cómo piensas —dijo—. A largo plazo. Planeaste toda esta compleja operación para asegurarte de que mis hermanos y yo no estuviéramos solos ni faltos de amor, como cuando éramos niños.

Miré a Kass con asombro. Ya no era despistado. Ni distante. En cambio, era muy perspicaz y rebosaba de una lucidez que nunca antes había mostrado.

—Nunca, jamás quiero que vuelvas a sentirte así. —Alargué la mano y le apreté la suya.

—Es lo más bonito que nadie ha hecho nunca por mí.

El relámpago volvió a destellar en sus ojos.

Con un movimiento rápido, me levantó y me sentó a horcajadas sobre su regazo.

Con la mirada brillando con un desfile de emociones, me tomó el rostro entre las manos y me besó, un encuentro lento y tierno de labios y lenguas que llenó mi corazón de asombro.

—Pero sobre todo, hiciste esto por nosotros, por ti y por mí —murmuró entre besos—.

Todo este tiempo, has estado anticipando un futuro que acabaría por volver a unirnos.

Mientras yo era un idiota enfadado y ajeno a todo, tú creaste un mundo por adelantado.

Elegiste a las mejores personas y las juntaste para construirnos una familia y una comunidad donde todos pudiéramos prosperar.

Trabajaste duro para este día. Y yo, por mi parte, estoy muy agradecido de que lo hicieras.

Una sonrisa boba se dibujó en mis labios.

—¿Lo estás?

—Sí. —La sonrisa que me dedicó encendió el fuego azul en sus ojos—. Y necesito decirte algo más.

La curiosidad me quemaba por dentro.

—¿Qué?

Me rozó la frente con los labios y me sostuvo la barbilla hasta que nuestras miradas se encontraron.

—Que te quiero, Tee Titan, y que eres y siempre has sido la tormenta eterna de mi vida.

El corazón se me hinchó, poniendo a prueba los límites del pecho. Kass no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, me destrozaba.