Capítulo ocho
Kass
Iba de un lado a otro del baño dando pisotones mientras me ponía el uniforme de camuflaje, repasando mentalmente la operación que se avecinaba, tenso y a punto de explotar.
Tenía que ser mi maldita suerte que Arturo asomara su fea cabeza justo ahora, poco después de que Tee y yo hubiéramos vuelto a conectar, al menos en lo sexual.
Gracias a Dios, la había hecho correrse. Pero mi polla seguía en Defcon Uno. Me cabreaba hasta el infinito que, después de haberme desviado de mi plan, no hubiera tenido tiempo de volver del todo a su cama, a su cuerpo.
El hijo de puta de Arturo podría haber tenido la decencia de esperar hasta la mañana antes de salir pavoneándose de su escondite con una diana en la frente.
Ahora no tenía ni idea de en qué punto estábamos Tee y yo, estaba cargado como una batería de litio y mi energía sexual no tenía dónde descargarse.
Sopesé la idea de un rapidito, pero el momento se había esfumado, arruinado. Había querido decirle ciertas cosas a Tee, cosas que solo sabía expresar con mi cuerpo. Ya no había tiempo para eso.
Los informantes de Seb tenían localizado el paradero de Arturo, pero aún tenía que desplazarme para llegar hasta él. Si parpadeaba, se habría esfumado.
Salí del baño con paso furioso y encontré a Tee tan desnuda como la había dejado un momento antes, sentada al borde de la cama con la espalda muy recta y las piernas cruzadas.
Su piel brillaba con ese resplandor de después del orgasmo, el único que debería haber sido seguido por muchos más.
Mi polla se tensó. Joder, estaba tremendamente follable en ese momento.
—¿Por qué no me dijiste que estabas buscando a Arturo? —Sus ojos brillaban con un destello de enfado.
Uy. Alerta Titán.
—No preguntaste. —Me arrodillé y abrí la cremallera del petate—. Di por hecho que sabrías que no iba a dejar que ese hijo de puta me mandara a tomar por culo.
—¿Sí? —ladeó la cabeza de esa manera tan felina suya—. ¿Por qué?
—¿No es obvio? —Saqué el chaleco táctico del petate y alineé las armas en el suelo—. Arturo es la clave para resolver el problema de Zero Tango. Puede decirnos quién es Zero Tango, por qué nos persigue y dónde puedo encontrarlo.
—¿Así que esto no tiene nada que ver con venganza? —Levantó la mano vendada.
Me conocía tan condenadamente bien.
—La venganza viene después de que le saque la información. —Revisé el cargador de cada arma y me aseguré de que estuvieran todas cargadas, una por una.
—¿Oye, Kass? —Tee se levantó de la cama y se puso una camiseta de las estanterías, algo que debería haber ayudado a controlar mi empalmada descomunal, pero no fue así—.
¿Crees que es buena idea ir a por Arturo aquí y ahora, cuando sabemos que probablemente cuenta con el respaldo y los recursos del gobierno, además de los de Zero Tango?
—No hay mejor momento que el presente. —Pasé munición extra de la mochila al chaleco táctico, reponiendo reservas—. Sabemos dónde está. El hijo de puta cree que estamos huyendo en algún lugar al sur de la frontera. Es la situación perfecta. Vamos a por él.
—No tienes respaldo —dijo ella, vistiéndose mientras hablaba—. Si algo sale mal, estarás solo.
—No necesito respaldo. —Me enfundé las pistolas en sus sitios—. Además, Seb viene conmigo.
—Seb es un solo hombre —contraatacó ella.
—Tiene un equipo con algunos más.
—No es suficiente.
—Vamos, Tee. —Me giré sobre la rodilla y la miré de frente—.
Sabes lo importante que es esto. Mis hermanos y yo llevamos un año y medio cazando a Zero Tango.
Es una amenaza para nuestra familia, un peligro que hay que eliminar.
Tengo una pista sólida que puede acelerar esta caza y llevarme directo a su puerta. No puedo dejar pasar esta oportunidad.
—Créeme, entiendo lo importante que es atrapar a Zero Tango. —Se apoyó contra la pared y cruzó los brazos—. Pero estás en territorio hostil sin tu equipo habitual de apoyo.
—¿Qué se supone que significa eso? —Una chispa de rabia me calentó las entrañas y me hizo ponerme de pie—. ¿No confías en que tengo las habilidades para cumplir la misión?
—Por supuesto que las tienes —replicó ella—. Pero ¿no sería mejor contactar con tus hermanos y contarles lo que estás haciendo?
—No, negativo. —Levanté la mochila del suelo, la dejé en la cama y empecé a cerrar los bolsillos—. Eso no es una opción.
—Tus hermanos te cubren las espaldas, Kass —dijo Tee con ese tono suyo de estar exponiendo hechos que era regaño y lección a la vez—. Zero Tango también es problema de ellos. Como mínimo, pueden actuar como equipo de contingencia si algo sale mal.
—No voy a contactar con mis hermanos. —Saqué la bolsa de hidratación de la mochila, fui al lavabo y abrí el grifo con un giro brusco—. Y punto.
Me siguió hasta el lavabo y miró hacia abajo.
—Más te vale que sea agua filtrada.
—¿Crees que soy un puto novato? —Le lancé una mirada furiosa—. ¡Pues claro que lo es! Seb no va a mandar a sus clientes de vuelta con la versión amazonas de la cagalera. Y para tu información, esta bolsa de hidratación lleva un sistema de filtración de los buenos.
—Per-dó-na-me. —Puso los ojos en blanco, y cada vez se parecía más a la mujer que me había dejado plantado cuatro veces y menos a la amante que había estado gimiendo mi nombre hacía solo unos minutos—.
No pretendía insultar tu inteligencia. Solo me aseguraba de que tus tripas estén a la altura.
Volviendo a tus hermanos: ¿por qué no vas a contactar con ellos?
—¿Quieres razones? —Claro, la muy testaruda necesitaba razones—.
Vale, te daré razones. Primero, no los necesito para esta misión.
Segundo, no los quiero conmigo. No pienso arriesgar la vida de mis hermanos por información sin confirmar.
Ya perdimos a Leo. No voy a perder a nadie más.
Tercero, no pienso provocar un incidente internacional con un gobierno enemigo.
Un hombre en una misión personal es una cosa.
El equipo Battleson al completo rondando por un polvorín a punto de estallar es una pésima idea.
—Si ellos no deberían estar aquí, tú tampoco —insistió.
—Déjalo. —Cerré el grifo y sellé el depósito—. Sé lo que hago.
Se golpeteó los labios con los dedos y me miró con los ojos entrecerrados.
—Me pregunto...
—¿Qué?
—Creo que no quieres contactar con tus hermanos porque sabes que se van a poner furiosos contigo por ir a esto solo.
Tee se apuntaba un tanto. No se equivocaba. Pero había aprendido a priorizar, y el cabreo de mis hermanos era un problema para más adelante. Ahora mismo tenía que llegar hasta Arturo. Tenía que centrarme en cazar al cabrón.
Fui hasta mi petate y encajé el depósito de hidratación en su compartimento.
Por el rabillo del ojo vi que Tee curvaba los labios.
Aquella mueca no tenía nada de alegre, solo un saber amargo que la hacía parecer aún más infeliz que antes.
Seguía golpeteándose los labios con las yemas de los dedos, como si le diera vueltas a algo.
—Ya lo pillo —dijo por fin con ese tonillo de sabelotodo que me sacaba de quicio—. Crees que si atrapas a Arturo y resuelves el misterio de Zero Tango, tus hermanos te perdonarán haberlos dejado tirados.
Desenredé la manguera del agua, incapaz de admitir que volvía a tener razón.
—Pues te lo digo ya —dijo Tee—. Tus hermanos se van a poner hechos una furia, con todas las letras. Así que no te hagas ilusiones.
¿Por qué coño tenía que tener siempre razón?
—Aquí no estamos a salvo. —Tee me plantó cara desde el otro lado de la cama—. Ni tú ni yo vamos a recibir una bienvenida amistosa si las patrullas nos pillan. ¿No crees que lo mejor es largarnos de este país antes de que nos atrapen o nos maten?
—No nos van a pillar. —Eso era un hecho, y ella debería confiar lo suficiente en mí para saberlo—. Pero no te equivocas en lo de largarnos de aquí cuanto antes. Que es justo lo que tú vas a hacer ahora.
—¿Perdona?
—Ya lo tengo todo organizado. —Cerré la cremallera del petate y aseguré los bolsillos—. Mañana por la mañana vendrán a recogerte dos especialistas en extracción de la red local de Seb.
—¿Recogerme? —Su mirada me golpeó como ráfagas de vapor abrasador—. ¿Qué soy? ¿Un saco de harina o un pago atrasado?
—Tee, por favor, no me lo pongas difícil. —Hice un esfuerzo enorme por no perder los estribos—. Aquí estamos hablando de tu seguridad.
—¿Y qué pasa con tu seguridad?
—De eso me encargo yo. —Me calcé las botas—. Los hombres de Seb te pasarán la frontera de tapadillo. Te llevarán con mi contacto en Manaos.
—Sin ánimo de ofender —me miró con cara de pocos amigos—, pero lo haces sonar como si fuera una botella de ginebra pasándose de mano en mano en una convención de machotes.
—Negativo, eso no es así. —Me até los cordones con doble nudo—. Mañana por la tarde estarás camino de casa, por la noche como muy tarde.
—Kass... —Inspiró hondo y soltó el aire con un resoplido—. No quiero que me dejes atrás. Cualquiera diría que en una situación crítica como esta querrías contar con mi ayuda en vez de mandarme lejos.
—Es lo mejor que podemos hacer. —Me incorporé y me vi convertido en el blanco de su mirada furiosa.
—Es lo mejor que podemos hacer, dice Lord Delta Kass, Gran Decididor.
—Hizo una pausa para que calara su imitación de mi voz grave—.
¿Quién coño te ha nombrado señor y emperador?
No pienso ir a ninguna parte, y no me parece bien que organices mi vida.
Tengo habilidades. Y cerebro. Sé pensar por mí misma.
Suspiré y le cogí las manos.
—Tee, cariño, esto no tiene nada que ver con tu inteligencia ni con tus capacidades.
—¡No me vengas con cariños! —Me apartó las manos de un manotazo y fue hacia la ventana dando pisotones—.
Crees que soy inútil. Ni siquiera me preguntaste qué quería hacer ni cuál era mi opinión.
¿Se te ha ocurrido pensar que llevo operando en este país mucho más tiempo que tú y que tengo conocimientos y recursos que podrían venirte muy bien?
—Sí, de hecho, sí.
—Entonces voy contigo.
—No, negativo. —Me mantuve firme—. Eso no es posible.