Capítulo Siete
Kass
En cuanto tomé su boca con mis labios, no hubo vuelta atrás.
Impulsado por un hambre innegable, me apoderé de sus labios suculentos y hundí mi lengua en ella.
Me deleité con ella, con el intercambio de pasión que se desataba entre nosotros, una oleada de fuerza y nueva vida que me reponía mientras destruía mis resoluciones más arraigadas.
Esto no estaba en el plan. Nunca me desviaba de mi plan. Y eso significaba que iba a pagar un precio alto si seguía por este camino. Pero no podía cambiar esta trayectoria, por mucho que lo intentara. Estaba atrapado en el poder de Tee.
No tenía defensa contra sus labios, ninguna protección contra su pasión, ninguna forma de resistir su embestida.
La cautela que había mantenido hasta ese momento simplemente se esfumó.
Ya no me importaba si volvía a salir herido.
La ilusión era que yo tenía el control. No lo tenía.
Cuando se trataba de Tee, nunca lo había tenido.
¿Quería un juguetito? Podía tenerme. ¿Quería usarme? Que lo hiciera. ¿Pero este momento? No. No iba a renunciar a él, y al diablo con las consecuencias.
Sabía a calor, a dulzura, a frescura, como un destello concentrado de lo mejor de mi juventud. Los recuerdos de los millones de besos que habíamos compartido volvieron para avivar mi deseo y endurecerme la polla. Gruñí contra su boca, bebiendo su aliento, devorando su pasión, bañándome en su calor.
Ahora lo recordaba. ¿Besar a Tee? Era como saborear la luz del sol.
Sin dejar de besarla, me levanté de la silla y me arrodillé ante ella, encajando mi cuerpo entre sus piernas. La necesitaba desnuda. Ya. Le agarré la camiseta de tirantes por los extremos, se la saqué por los brazos y la cabeza, y la lancé a un lado.
Era tan hermosa, tan ella, tan suave y tersa e increíblemente cálida y viva bajo mis manos. Recorrí con la boca la línea de su hombro, rocé con los labios el hueco de su cuello y cubrí sus pechos de besos.
Sus pechos. Que me llevara el diablo. Siempre había amado sus pechos. Ahuequé la mano sobre uno de sus montículos y besé el lunar que tenía justo debajo de la areola derecha, un viejo rincón favorito que siempre la hacía suspirar de placer.
Dejó escapar ese suave suspiro que me gratificaba hasta la médula.
Le acaricié el pezón izquierdo con el pulgar mientras deslizaba la lengua sobre la piel suave que rodeaba el derecho, disfrutando de sus pequeños sonidos de placer, los jadeos y gemidos que me resonaban en la entrepierna y me tensaban los testículos.
Succioné con tirones firmes que estiraban su carne tierna en mi boca, lamiendo, mordisqueando y chupando con ansia desesperada. Sus gemidos me hincharon la polla con oleadas de necesidad fresca y urgente.
Luché contra la necesidad de apresurarme y le desabroché los pantalones cortos. Levantó las caderas de la cama y, haciendo una pausa en mi festín con sus fabulosos pezones, se los deslicé hasta los tobillos y los aparté. La abracé entera, suave, cálida y ansiosa en mis brazos.
Por fin. Tee estaba desnuda en mis brazos. Era mía de nuevo. Vale, quizá esto fuera pura chiripa, pero ¿a quién diablos le importaba cuando mi boca recorría los valles y crestas de su cuerpo desnudo?
Alternaba entre asaltar su boca y lamer y acariciar sus pechos mientras la recostaba en la cama. Sus rizos se desplegaron sobre las sábanas y su cuerpo se extendió ante mí como uno de los afluentes satinados del Amazonas.
Deslicé la mano entre sus pechos y por el centro de su cuerpo, disfrutando de cómo sus costillas y caderas enmarcaban su vientre plano, redescubriendo un paisaje que una vez había sido mi territorio exclusivo.
Su bajo vientre se agitaba bajo mi tacto.
Bajo su exquisita carne, incluso su útero había sido mío una vez.
Aquel había sido un lugar sagrado para mí, el sitio donde habíamos acordado que algún día concebiríamos a nuestros hijos.
La emoción posesiva de esa perspectiva volvió para atormentarme la polla.
Una necesidad obsesiva de depositar mi semilla en ella amenazaba con deshacer mi control.
Le rocé el vello púbico con los dedos, le separé las piernas y contemplé su sexo húmedo. Estaba lustroso, con ese brillo intenso que anunciaba que su necesidad igualaba la mía. El aroma embriagador de su excitación me mareó. La polla se me hinchó, ansiosa por explotar en su cuerpo.
Le besé los pliegues y le acaricié el clítoris hinchado con el pulgar.
Aspiró entre dientes y todo su cuerpo se tensó bajo mi tacto.
Sonreí con suficiencia mientras bajaba el rostro a su coño.
Antes de que esto terminara, iba a conseguir que hiciera algo más que sisear y tensarse.
Iba a hacer que se corriera gritando mi nombre.
Sin dejar de provocar y frotar con el pulgar la carne sensible alrededor de su clítoris regordete, pasé la lengua por la hendidura de su coño, luego profundicé, recorriéndola por sus superficies internas.
En un largo barrido, saboreé los intensos sabores de su cuerpo, deleitándome con su néctar. Enrollé la lengua alrededor de su pequeña abertura apretada, luego fui lamiendo hasta su clítoris y lo succioné hasta que se arqueó en la cama y empezó a murmurar mi nombre.
—Kass, por favor —jadeó, alzando las caderas del colchón y apretando el coño contra mi cara—. Te necesito. Te necesito ya.
—Paciencia, Titan —murmuré mientras seguía atiborrándome de ella.
Me deslicé sobre su humedad y le rocé la entrada con los dedos.
Su abertura empapada se tensó ante mi tacto y luego cedió a mis dedos.
Sus paredes se expandieron para aceptarme y después se contrajeron en un agarre apretado.
Envuelto en su aroma, atrapado por sus deseos, avivando su placer, luché por no correrme en los pantalones.
—Tee —murmuré, bombeando los dedos dentro y fuera de ella, aumentando el ritmo para igualar el tempo desesperado de su cuerpo—. Córrete, cariño. Córrete para mí.
Se arqueó en la cama y alcanzó el clímax, gritando mi nombre y devolviéndome la capacidad de creer en un viejo sueño que ahora volvía a ser nuevo.
***
Tee
Cuando volví de mi viaje al país de las maravillas del placer, encontré a Kass tumbado junto a mí en la cama, apoyado en el codo y mirándome con una sonrisa engreída.
Cuánto había echado de menos esa sonrisa sexy, perversa y triunfante.
Él estaba completamente vestido e imperturbable. Yo estaba desnuda, todavía sin aliento y vibrando con los últimos coletazos de placer. Kass era la única persona en el mundo capaz de hacerme lo que acababa de hacerme. Ese hombre había perfeccionado el arte del sexo oral.
Y lo sabía bien. Había sido su primera alumna, su voluntaria entusiasta y también su primera maestra. La ausencia había hecho crecer mi cariño. Y también había hecho que mi coño apreciara más sus talentos.
Le dediqué una sonrisa agradecida.
—Casi me matas con eso.
—Ese soy yo, el asesino del sexo oral —se rio entre dientes.
—Lo necesitaba con todas mis fuerzas.
—Lo sé.
—¿Ah, sí? —entrecerré los ojos mirándolo—. ¿Cómo?
—Llevas irradiando tensión sexual desde que salimos de ese campamento.
Me puse de lado y paseé dos dedos por su pecho, bajando lentamente. —¿Y tú también estás vibrando?
—Como una colonia de abejas asesinas.
—Puedo arreglar eso.
Con mi sonrisa más traviesa, moví los dedos en el aire, posé la mano sobre su erección y recorrí el contorno de su miembro por encima de los pantalones cortos.
Kass gruñó y su pecho se elevó con un jadeo.
Desabroché el botón de sus pantalones cortos, bajé la cremallera y dejé que el suave zumbido anunciara mis intenciones.
—Tee…
—¿Qué?
Bajé la parte delantera de sus bóxers, busqué el tesoro escondido y, sujetando su polla por la base, la liberé.
—Todo lo que tú me haces a mí, yo te lo puedo hacer a ti.
Bajé el rostro hacia su entrepierna y me lo tragué de un golpe, deslizando mis labios húmedos desde la punta del glande hasta la base. Tomé todo lo que pude de él.
Soltó un jadeo y todo su cuerpo se arqueó bajo mis caricias, empujando su polla hacia el fondo de mi boca. Sin darle tregua, le acaricié los testículos y cambié de dirección antes de hundir mis labios sobre su miembro otra vez.
—No duraré mucho si tú—
—Calla y disfruta —murmuré con la boca llena.
Su erección era tan impresionante como la recordaba. Me llenaba toda la boca y llegaba hasta el fondo de mi garganta. El sabor salado de unas gotas de líquido preseminal inundó mi boca e impregnó mis sentidos con su esencia.
—Tee —exclamó con voz ronca—. Sabes lo que pasará si sigues haciendo esto.
Me detuve un momento y, mientras lo amasaba entre mis dedos, encontré su mirada desconcertada.
—¿Qué pasará?
—Voy a correrme en tu boca, eso es lo que pasará.
—No tengo ninguna objeción.
Lo lamí de arriba abajo para demostrarlo.
—¿Tú sí?
—Oh, joder, no, pero…
Se incorporó y me sujetó la cabeza hasta que nuestras miradas se encontraron.
—Quiero correrme dentro de ti.
Un escalofrío de placer me erizó la piel, subió por mi columna y se concentró en mi coño. Estaba lista para correrme otra vez. Lo quería dentro de mí con la misma pasión que endurecía su sexo.
Estaba tomando anticonceptivos, así que la idea de que se deslizara dentro de mí, me llenara con su polla larga y gruesa y derramara su semilla en mis profundidades hizo que mi coño palpitara y me diera vueltas la cabeza.
—Te prometo que te dejaré correrte dentro de mí.
Pasé la lengua alrededor de su glande y lamí la gota que brotó de su abertura.
—Ahora —gruñó.
—Pronto.
Me lancé sobre él con todo lo que tenía. En cuestión de segundos, lo tenía jadeando y retorciéndose de placer. Nada me excitaba más que llevar la resistencia sobrehumana de Kass más allá de sus límites y desafiar su legendario autocontrol.
Deslicé las manos bajo su camiseta y acaricié su abdomen de acero. Mis dedos recorrieron los bordes definidos de sus abdominales y subieron, rodeando y tirando de los pequeños botones de sus pezones contraídos.
Deslicé las yemas de los dedos por la línea media de su cuerpo, sobre su vientre y hacia su entrepierna, y sonreí con la boca llena de polla. Su cuerpo había sido mi territorio de juego durante tanto tiempo. No había olvidado cómo complacerlo. Ni cómo volverlo loco.
Levantó la cabeza del colchón y, con el rostro sonrojado, encontró mi mirada.
—¿Tee?
—Sí, soy yo, Kass —murmuré entre lamidas—. Ya puedes dejarte ir.
Apretó los dedos alrededor de mis rizos, instándome a continuar.
Giré la cabeza y apreté los labios. Gimió y su sexo se sacudió entre mis dedos.
Mientras bombeaba en mi boca, deslizándose en una gruesa capa de mi saliva, era todo músculo y hombre, suculento, vital y delicioso para mis sentidos hambrientos.
Con un último beso húmedo, lo liberé de mis labios. Me puse a cuatro patas y, tras colocarme a horcajadas sobre sus piernas, me arrastré lentamente sobre su cuerpo, provocándole con el roce de mis pezones duros como piedras.
Alineé mi sexo con el suyo, me apoyé sobre las rodillas y me coloqué sobre él. Bajé la boca hacia la suya y le di un beso lento y profundo.
Me devolvió el beso, duro, caliente y rápido como solo Kass sabía besar, y liberó más del aceite sedoso que fluía entre mis pliegues.
Su respuesta me debilitó las rodillas, pero logré aferrarme a mi cordura. Con el pulso acelerado, bajé la parte más caliente de mí sobre la parte más dura de él. Me deslicé sobre mi propia humedad, moviéndome adelante y atrás sobre su erección palpitante.
Estaba sucediendo. Mi corazón iba a un millón de latidos por minuto. Quizá era demasiado pronto, pero lo estaba haciendo realidad.
Sus manos me rodearon la cintura, la punta de su polla presionó contra mi entrada y un gemido profundo brotó del fondo de su garganta.
—Tee, yo—
Golpearon la puerta, varios golpes fuertes que nos sobresaltaron a ambos. Di un respingo antes de quedarme paralizada sobre el regazo de Kass.
—¡Eh, hermano! —la voz de Seb se filtró a través de la puerta—. Abre. Necesito hablar contigo.
Las maldiciones que salieron de la boca de Kass fueron tan crudas como coloridas.
—Sea lo que sea, puede esperar —gritó Kass con voz áspera—. ¡Lárgate!
—Imposible —respondió Seb—. Tengo noticias y vas a querer escucharlas.
Kass soltó un suspiro monumental. Todavía maldiciendo entre dientes, me miró a los ojos.
—Lo siento, Titan.
Con los bíceps flexionados, me levantó de su regazo y me dejó a un lado en la cama.
—Vuelvo enseguida.
—Más te vale que sea una promesa —le grité, sintiendo la aguda decepción palpitar entre mis piernas.
—Puedes apostarlo.
Mientras caminaba hacia la puerta, se subió la cremallera, ocultando la obra maestra que había moldeado con mi boca. Impaciente, tiré de una sábana para cubrirme y, sujetándola contra el pecho, me incliné hacia adelante para escuchar.
Kass giró el pomo y abrió la puerta de un tirón.
—Más vale que sea bueno. ¿Qué pasa?
—Encontramos a Arturo —anunció Seb—. Tenemos que irnos. Ya.
—Mierda. —Kass me lanzó una mirada resignada.
Y tanto que lo era. Se había acabado el juego, dejando a Kass insatisfecho, de pie con una enorme erección que no cedía, y a mí, sin saber exactamente en qué punto estábamos, pero vibrando como un cable con corriente y deseando terminar lo que habíamos empezado.