Capítulo cuatro #2
—¿Qué te parece si hacemos algo al respecto?
Se me puso aún más dura al instante, aumentando mi sufrimiento y multiplicando mi agonía. Me mordí el interior de la mejilla y ahogué otro gemido.
Después de lo que Tee había pasado, debería estar sufriendo, exhausta y traumatizada. Y quizá lo estaba. Tras ejecutar muchas operaciones de rescate de rehenes, sabía que cualquier otra persona habría sido un desastre.
Pero Tee no.
Ni de coña.
No se desmoronaba bajo presión, ni perdía la cabeza, ni cedía a sus miedos. Nunca se paraba a lamerse las heridas ni a lamentar sus penas. Seguía adelante pasara lo que pasara, pisoteando sus traumas y con la vista al frente. Orgullosa, fuerte y tenaz, era la persona más resiliente que conocía.
¿Su mecanismo de defensa número uno y su actividad favorita para desahogarse?
El sexo.
Cuando volví a encontrar su mirada, arqueó las cejas, una insistencia silenciosa a su propuesta.
La furia me calentó la sangre. Cuando esta gata salvaje se proponía algo, no era de las que se echaban atrás.
Así era Tee, cien por cien, mi Jezabel personal, jugando conmigo como si fuera su juguete, para usarme o descartarme a su antojo.
—¿Kass?
Su voz, la forma en que alzó la barbilla con altivez, todo se reducía a una sola orden dirigida casi exclusivamente a mi polla.
Vaya si era una orden que ansiaba obedecer.
Pero no volvería a caer en sus redes.
—No, negativo.
Me incorporé y metí una pierna en mis bóxers ajustados, luego la otra, y me los subí embutiendo mi polla traidora en la entrepierna tirante.
—No vamos a hacer esto.
—¿Por qué no? —exigió con ese tono altivo suyo, sin hacer el menor ademán de vestirse.
—Porque no soy tu juguete —espeté, incapaz de controlar la rabia que me quemaba las entrañas—. No soy tu polvo a domicilio, al que llamas cuando te apetece y descartas según tus caprichos.
Se echó atrás como si le hubiera dado una bofetada. —¿De qué demonios estás hablando?
—Año uno después de romper —agarré unos pantalones cargo de la bolsa de plástico y me los subí—. Estaba de permiso en Virginia Beach y apareciste en mi puerta, desnuda bajo el abrigo. ¿Te acuerdas?
—Era tu cumpleaños —dijo como si eso significara algo para ella—. Quería celebrarlo contigo.
—Bueno, celebramos después de que aparecieras de la nada —solté un bufido amargo mientras me subía la cremallera—. ¿Recuerdas lo que dijiste cuando abrí la puerta?
Cambió el peso de un pie a otro. —Kass...
—Adelante, Tee —la reté con una mueca burlona—. Dilo.
Soltó un largo suspiro. —Nada de hablar, solo follar.
Lo recordaba.
Mi polla dio un tirón, recordándolo también.
—Dos días de fuegos artificiales —dije, recordando la fiebre sexual que nos consumió—. Te quedaste casi cuarenta y tres horas. Pensé que habías vuelto. Y entonces... puf. —Chasqueé los dedos—. Fui al gimnasio y cuando volví, te habías esfumado.
—Tenía que estar en un sitio a primera hora...
—Podrías haberlo dicho —saqué una camisa de pesca de la bolsa con un tirón furioso, luchando por contener mi ira creciente—. Pero no, Tee no da explicaciones. Se larga sin más y luego se niega a contestar mis llamadas durante semanas y meses.
—Me fui al extranjero y...
—Strike uno —me puse la camisa y luché con los botones—. Año cuatro DT: Después de Tee. Apareciste en aquella fiesta en la mansión del gobernador con ese vestidito rojo que debería estar prohibido en los cincuenta estados.
Puso los ojos en blanco. —No puedo creer que estemos teniendo esta conversación aquí y ahora.
—Yo tampoco, pero qué demonios —continué, aunque estábamos en medio de la nada y nos convenía más caminar que hablar—. En la mansión del gobernador, me follaste con los ojos durante la cena más larga de mi vida y luego me follaste de verdad en el tocador del gobernador, nada menos. ¿Te acuerdas?
Otro giro de ojos monumental. —¿Cómo iba a olvidarlo?
—Acordamos que iríamos a mi casa —le recordé—. Pero cuando llegué a la puerta después de recoger el Maserati del aparcacoches, te habías esfumado.
—Surgió algo —tuvo la decencia de removerse incómoda—. Te mandé un mensaje diciendo que tenía que salir pitando.
—Strike dos —se me agrió la boca con los recuerdos—. Tee Houdini se desmaterializa ante mis ojos. Avancemos al año seis Después de Tee. De la nada, apareciste en Res, para el funeral de Leo, nada menos. ¿Te acuerdas?
—Pero Kass —dijo sin aliento—. ¿Cómo no iba a aparecer en el funeral de Leo?
—Era mi hermano.
—También era mi amigo —espetó—. Tenía derecho a presentar mis respetos.
—Puede, pero una vez allí, te las ingeniaste para pillarme en mi peor momento.
—¡Eso no fue lo que pasó! —su mirada se suavizó—. Estabas tan triste y yo...
—Te aprovechaste de mi dolor.
—No —dijo—. Quería consolarte.
—Consolar, y una mierda.
—Kass, por favor, intenta entenderlo —empezó—. Nunca quise...
—Para —no iba a ceder ante esos ojos de ámbar líquido, ni ante los recuerdos de nuestros años juntos, ni ante esas estúpidas emociones que me oprimían el pecho. No iba a repetir mis errores, admitir mis debilidades ni sucumbir a sus encantos.
Sin arrepentimiento, sin rendición. Ese era mi lema Después de Tee. Pensaba cumplirlo.
—Vístete —metí los pies en las botas—. Ponte también el chaleco antibalas, al menos por ahora. Y no olvides recargar. —Saqué dos cargadores de mi chaleco y los dejé caer a sus pies—. Esa Sig Sauer no te servirá de nada sin munición.
Ignorando la mueca furiosa que le torció la boca, me puse a preparar la mochila.
Me maldije por haber perdido los nervios.
Mis jodidas emociones habían estado descontroladas durante toda la discusión, pero mi erección, tirante en los bóxers, había permanecido como un elemento constante, molesto e irritante.
—¿Kass? —empezó de nuevo con esa voz dulce que derretía mi hielo—. Yo...
—Se acabó la charla —metí los pantalones de camuflaje en la bolsa ya vacía y la dejé caer en la mochila—. ¿Quieres salir de aquí viva y volver con papá? Sigue mis instrucciones.
—Como quieras —levantó la barbilla con orgullo y asintió levemente—. Pero deberías saber que siempre tengo buenas razones para lo que hago.
—Tendré que fiarme de tu palabra. —Cerré la cremallera de la mochila y aseguré los bolsillos con varios tirones secos—. A menos, claro, que quieras contarme por qué apareciste tres veces después de romper y por qué te largaste cada una de ellas.
—No me has dado ningún motivo para contarte nada. —Su insolencia me quemó en la boca del estómago como un reflujo ácido de los malos.
—Vámonos. —Ya había tenido suficiente de esta conversación—. Papi nos espera.
—Que espere. —No se movió ni un milímetro—. Hay otras dos cosas que necesitas saber de mí.
Reprimí las ganas de poner los ojos en blanco. En vez de eso, me erguí, me di la vuelta y la miré de frente. —Dispara.
—Sé quién soy. —Sin apartar los ojos de los míos, expulsó el cargador vacío de la Sig Sauer, cogió uno de los que yo había dejado caer a sus pies y lo encajó en la pistola—. Y sé cuidarme sola.
Allí plantada, desnuda como vino al mundo, empuñando mi pistola con el agarre de una tiradora experta y desafiándome con la autoridad de una emperatriz, era la fantasía de cualquier soldado hecha realidad.
La polla me dio un tirón en la entrepierna, acusándome de despilfarro, fraude y abuso de recursos. Imposible ceder a mis impulsos. La decepción me retorció las tripas. No podía rendirme, no ahora, no a menos que...
Qué va. Tee nunca iba a dar ese paso.
¿Qué coño había esperado? ¿Que se disculpara por dejarme? ¿Que luchara por lo nuestro y prometiera no volver a separarse de mí? ¿Que estuviera tan consumida por su amor y su deseo que admitiera todos sus errores y se me tirara encima aquí mismo, ahora mismo?
¡Ja! No era tan imbécil.
Todo eso eran fantasías de mi cerebro enfermo. No me había arrastrado hasta aquí para que me pidiera perdón. Puede que Tee estuviera dispuesta a echar un polvo, pero ya no me quería, hacía mucho que no me quería.
Sin molestarse en disimular el ceño fruncido, se agachó, cogió la bolsa con cierre y, tras regalarme una última vista de sus pechos balanceándose suavemente, sacó la camiseta, se la pasó por la cabeza y tiró de ella hacia abajo, ocultando las mejores vistas del planeta.
Fue un alivio y un castigo a partes iguales.
Sin dejar de fulminarme con la mirada, Tee se puso los shorts vaqueros que le había traído. Mientras guardaba su vestido en mi mochila, caí en que no había metido ropa interior para ponerse debajo. ¿Lapsus freudiano o lo había hecho a propósito? ¿Y en beneficio de quién, de ella o mío?
A tomar por culo. Tenía que dominar el calentón y obligar a mi cerebro a hacer su puto trabajo.
Me puse el chaleco, ajusté las correas y me eché la mochila al hombro.
—Vámonos. —Cogí la carabina.
—¿Adónde? —preguntó Tee.
—Ya lo verás.
Con el M4 entre los brazos, me adentré en la selva, luchando por evitar que mi jodida cabeza me llevara por el camino equivocado. Dentro de los pantalones cortos, la polla seguía dura y los huevos a punto de reventar.
Quería darme de hostias por ser un puto soldado tan imbécil y salido, y encima en plena misión. Gemí para mis adentros. Este rescate iba a ser mi fin.