Capítulo cuatro
Kass
Los primeros indicios del amanecer nos impulsaron a remar aún más fuerte, esta vez río arriba. Respiré hondo al divisar el triple meandro y vislumbrar a lo lejos las viviendas indígenas encaramadas en la orilla este.
Llevaba una hora buscando esos rasgos en el paisaje, desde que dejamos el río Negro y remamos por uno de sus afluentes menores, el río Fresco. Estudié una vez más el mapa plastificado que tenía en el regazo.
Sí, este era el lugar.
Incliné el remo en el agua y dirigí la canoa hacia una ensenada donde, bajo el dosel verde, las aguas de un riachuelo pequeño y cristalino desembocaban en el río Fresco.
Excelente.
Varé la canoa en una diminuta franja de arena, salí a las aguas poco profundas y ayudé a Tee a bajar de la embarcación.
Las oscuras ojeras revelaban su agotamiento, y el pequeño gesto de dolor que delató su estoicismo al enderezarse me indicó que los analgésicos habían dejado de hacer efecto hacía rato.
Necesitaba medicamentos, descanso, comida e hidratación.
Iba a conseguir todo lo que necesitaba.
Habíamos pasado toda la noche en movimiento, esquivando patrullas y manteniendo el ritmo.
Sin mi GPS, navegar por estas aguas había sido complicado.
Guiarme por las estrellas no fue posible.
Nubes espesas y bajas nos escoltaron durante el viaje, y encontrar puntos de referencia había sido difícil dada la obstinada uniformidad de la selva tropical y su absoluta densidad.
Pero yo no era ningún novato, así que recurrí a lo tradicional. Mapa y brújula; tecnología antigua, pero fiable.
Ahora estábamos cerca de mi punto de encuentro secundario y era hora de adaptarme de nuevo.
Con todos mis sentidos alerta, evalué el entorno: tierra, cielo, agua. Una vez seguro de que no había depredadores cerca —humanos o de otro tipo—, dejé la mochila en el suelo, me quité el chaleco táctico, las botas y los calcetines.
Sin quitarme el resto de la ropa y con el arma conmigo, entré en las aguas cristalinas del arroyo, levanté el M4 por encima de la cabeza y sumergí todo el cuerpo, cabeza incluida.
Los Delta estábamos acostumbrados a hacer vigilancia, bañarnos y lavar la ropa, todo al mismo tiempo.
Ah, sí.
El cuerpo se me enfrió y los músculos se me relajaron bajo el refrescante flujo. Me enderecé en el agua, que me llegaba a la cintura, me froté la pintura y la sangre de la cara y me enjuagué toda la suciedad acumulada durante la caminata. Debí de quitarme diez kilos de barro incrustado.
De pie en la orilla, Tee me observaba con atención.
—¿Te importaría decirme qué estás haciendo?
—Preparándome para el papel —dije, sin bajar la guardia—. Deberías hacer lo mismo.
Se puso las manos en las caderas y arqueó las cejas.
—¿Prepararme para qué papel?
—El de turista tonta —le hice un gesto para que se acercara—. Entra aquí.
Con los labios apretados, me observó con esos ojos dorados suyos, como si intentara leerme el pensamiento. Debía de estar agotada porque, en lugar de discutir conmigo, se quitó el chaleco antibalas y las sandalias y entró en el río.
El agua se abrió para ella tan dócil como el mar Rojo debió de abrirse para Moisés. Mientras avanzaba, el río le empapó el vestido. La muselina se le pegó como una segunda piel, se moldeó a su figura y se convirtió en una película translúcida que ya no ocultaba los secretos de su cuerpo.
Cada parte de mí se puso en alerta, fascinado por la visión de ella acercándose. El algodón fino y empapado se le pegó a los pechos, revelando un par de areolas redondas coronadas por los pezones erectos que de repente ansiaba tener en la boca.
Había tenido sueños así todas las noches desde que se marchó. Para evitar que los brazos se me abrieran hacia ella, cerré los puños alrededor del arma. Apreté la mandíbula y aparté la mirada, pero la polla se negó a ablandarse. Palpitaba con mi explosiva necesidad de ella.
Tranquilo, muchacho. Sin arrepentimientos, sin rendición. Misión de rescate. Eso es todo.
Cuando Tee llegó a mi lado, mantuvo la mano vendada en alto y se hundió en el agua, desapareciendo bajo la superficie tan rápido como había desaparecido de mi vida. Tres veces había hecho eso, la bribona desalmada. Cuatro, si contaba la ruptura original.
El mero pensamiento de que volviera a hacerlo me hizo arder con la vieja rabia. De ninguna manera iba a pasar por eso otra vez. De ninguna. Puta. Manera.
Cuando salió a tomar aire, soltó un gran suspiro.
—Llevaba tanto tiempo deseando estar limpia —esbozó esa sonrisita boba que le torcía los labios y me derretía los huesos cada vez—. Soñaba con una colección de esos jaboncitos de hotel. Y champú, ya sabes, de esos con aroma floral que odias.
—No odio los champús florales —gruñí—. Simplemente prefiero tu olor natural.
Sus ojos se oscurecieron hasta el color del ámbar. El deseo que ardía en su mirada me prendió fuego. No podía creer que esos pensamientos sediciosos acabaran de escapar de mi boca, normalmente tan disciplinada. Aunque estaba en el agua, me consumía la lujuria que resplandecía en sus ojos.
La polla se me sacudió con tanta fuerza que me mareé. El hijo de puta no se rendía. No lo culpaba. Tee era la única mujer en el universo capaz de borrar toda lógica de mi mente y reducirme a un capullo andante, dolorido y palpitante.
Apreté los dientes y luché contra el impulso de tomarla en mis brazos, deslizarme en sus cálidas profundidades y follármela hasta dejarla sin sentido. Me costó todo lo que tenía resistir el tirón de su mirada melosa y la llamada de su cuerpo delicioso.
Lujuria, eso es todo. Mi calentura intentando secuestrar la misión. Recuerda la agonía cuando se marchó. Recuerda cómo apenas sobreviviste a su deserción.
Hora de ejecutar una huida limpia. Cuanto antes llegáramos a nuestro destino final, más segura estaría Tee. Mi jodido corazón también estaría más a salvo, pero eso era lo de menos comparado con los peligros que corría su vida.
Le di la espalda, salí del agua y me quité el uniforme de camuflaje mojado hasta quedar en cueros.
El sol de la mañana me lamió la espalda, anunciando la llegada de otro día caluroso y húmedo. Pero fue la mirada de Tee la que me ardió entre los omóplatos y evaporó los efectos refrescantes del agua. Debía de tener la nuca en llamas.
Para darme tiempo de secarme, hinqué una rodilla y abrí la cremallera de mi mochila. Rebusqué la ropa limpia que había metido para mi siguiente trabajo, sin bajar la guardia y con el arma a mano.
Menos mal que lo que Tee veía era mi culo y no mi polla dura. No hacía falta que supiera el efecto que tenía en mí ni darle más ventaja de la que ya tenía.
El chapoteo a mi espalda me indicó que salía del agua. Sus pasos crujieron sobre la arena hasta que se detuvo a mi lado.
Tap, tap, tap.
El agua goteaba de su vestido y salpicaba el suelo junto a mí. Cada centímetro de mi cuerpo percibía su presencia y vibraba con su energía. Atento a cada señal de su cuerpo, mi polla latía, proclamando mi deseo a los cuatro vientos.
¿Y si...?
No. Negativo. No actúes. Repito. No actúes. Es una orden, Ice.
Por el rabillo del ojo, vislumbré la forma perfecta de sus pies y los restos irregulares de esmalte rojo que aún manchaban sus uñas.
Apreté los dientes y saqué las bolsas de plástico que había metido, intentando olvidar cuántas veces había besado y chupado cada uno de esos dedos suculentos antes de subir hasta beber del manantial que brotaba entre sus piernas.
¿El manantial? ¿En serio? Me atraganté con mi propia saliva. Alerta: te estás rallando. Estás jodido de la cabeza, tío.
Tuve que echar mano de toda mi disciplina para mantenerme firme.
—Toma.
Le lancé una de las bolsas de plástico a los pies.
—Tendrás que ponerte eso.
—¿Por qué?
La autoridad en su voz me golpeó como un mazazo. Exigente. Decidida. Ofendida pero no derrotada, y claramente a la ofensiva.
—Porque tienes que parecer una turista —dije—. Haz lo que te digo... ¿por favor?
Eso último sonó demasiado a súplica. Ten un poco de dignidad, gilipollas.
Tee se quedó allí en silencio unos momentos mientras yo abría la cremallera de mi bolsa de plástico y sacaba mis bóxers de repuesto. Un suspiro resonó sobre mí y luego su vestido mojado cayó a mi lado como un guante arrojado, un desafío a duelo.
No mires, no mires, no mires...
Levanté la cabeza de golpe.
Joder.
Tee se erguía sobre mí, mojada, desnuda y espléndida como una Venus morena emergiendo de su concha.
Su largo cabello rizado le goteaba por la espalda, espeso, rebelde y exuberante, rivalizando con la belleza salvaje de la selva.
Sus piernas rectas se abrían en caderas generosas y se estrechaban en una cintura breve y un vientre plano rematado por sus suntuosos pechos.
Hostia puta.
Mi polla se puso firme como el acero. No habría podido apartar los ojos de ella ni queriendo. Sus curvas eclipsaban cualquier otro paisaje. Era como si el suelo fuera su pedestal y la selva existiera solo como telón de fondo para realzar su esplendor.
La luz dorada de un sol naciente se filtraba entre el dosel y centelleaba en las gotas que caían de sus rizos, resplandecía sobre sus pómulos altos y titilaba sobre su monte de Venus erizado. Esa misma luz moteaba su cuerpo, bañando su piel en ricos tonos cobrizos.
Mis labios ardían por recorrer esas motas de luz sobre su piel. Envidiaba los rayos del sol que la besaban. Debería haber sido mi boca la que lo hiciera.
Maldita sea. ¿Por qué cojones miré?
Ahora estaba atrapado en una visión que jamás olvidaría, con el cuerpo tenso, presa de una necesidad extrema que era una forma cruel de tortura.
No ayudaba que su mirada bajara hasta posarse en mi erección. Sobresalía entre mis piernas como una extremidad extra. Su lengüecita se deslizó por sus labios de un modo que me hizo tragarme un gemido.
Esbozó una pequeña sonrisa, un preludio erótico y una invitación descarada. Sabía el efecto que esa sonrisa tenía en mí. Estaba segura de sí misma, convencida de que ganaría mientras acariciaba mi polla con descaro con la mirada.
—Qué alegría para la vista.
Su sonrisa sugerente se ensanchó.