Capítulo cuarenta y nueve
Kai
A bordo del submarino, los chicos abarrotaban la pequeña enfermería.
Matt Ferranti, el enfermero del Equipo Rastreador, mi amigo de ojos verdes y pelo rizado, hizo equipo con el enfermero del submarino para curarme.
Medicado, suturado, hidratado, seco, caliente y alimentado, me sentía como nuevo.
El enfermero del submarino se marchó en cuanto llegaron Dagger y Bozeman.
En cuanto a Guzman, no había dejado de incordiarme desde que se coló a empujones en la habitación.
Apoyado en un par de almohadas reglamentarias, estaba sentado en el estrecho catre, recostado contra la pared, envuelto en el ronroneo de los motores. Sin ventanas, sin viento, ni siquiera un atisbo del océano. Menos mal que no era claustrofóbico.
A esta profundidad, el submarino se mantenía estable, aunque mi cuerpo percibía de algún modo el movimiento mientras navegaba a toda velocidad para dejarnos en tierra.
Llevaba un rato hablando con Dagger, respondiendo a sus preguntas e informando de los detalles de mi misión y nuestra lucha para derrotar a Levine. Ahora me tocaba preguntar a mí.
—¿Tenéis al cabrón bien asegurado? —pregunté.
—Empaquetado como atún en lata —respondió Guzman.
—He asignado una unidad entera al transporte —intervino Bozeman—. Cooper está con ellos. Tiene a Levine controlado.
Fin Cooper era el francotirador de nuestro equipo, un tipo fornido y rubio con una barba frondosa y aire de hombre de montaña. Un tirador excelente, Coop siempre disparaba a matar. Así que sí, no estaba preocupado.
—Cuando volvamos a tierra, tendremos unas cuantas charlas largas con el cabrón —dijo Dagger.
—Es una historia épica —Ferranti sonrió mientras me vendaba el pecho destrozado.
—Una para los anales —asintió Bozeman.
—¿Anales? —Fingí rascarme la cabeza—. ¿El Equipo Rastreador tiene anales?
—Permíteme traducir —bromeó Guzman—. Lo que Bozeman quiere decir es que el Equipo Rastreador tiene anos. Suena lógico. Tenemos un montón de gilipollas.
Todos se rieron, incluso el jefe.
—Deberías saber —dijo Dagger, con una expresión de satisfacción inusual hacia nosotros y hacia sí mismo— que el Serenity está en marcha y rumbo a puerto.
—Mahalo. —Me llevé la mano al pecho e incliné la cabeza. Mi equipo siempre me cubría las espaldas, y después de algunas reparaciones, el Serenity volvería a navegar.
—¿Cómo demonios os habéis montado todos en un submarino? —pregunté.
—Sí —secundó Guzman, mirando a Dagger—. Yo también quiero saberlo.
—Esa es información clasificada —anunció Bozeman con tono formal.
—Hice una llamada —Dagger me dejó de piedra al responder—. El NWO es una amenaza para la seguridad nacional. Se activaron los engranajes, las ruedas empezaron a girar, y la Marina y la Guardia Costera quisieron participar. El Presidente está agradecido por vuestro servicio al país.
—¿El Presidente? —Silbé—. Tienes amigos en las altas esferas.
—Siempre supe que eras de la jet set, jefe —bromeó Guzman—. Solo que no sabía hasta qué punto.
—Digamos que nuestro líder tiró de sus contactos y dejemos el tema —la sugerencia de Bozeman era una orden—. ¿Queda claro?
—Claro como el barro —bromeó Goof, y luego se volvió hacia mí mientras Ferranti aseguraba el vendaje y yo hacía una mueca de dolor—. ¿Necesitas que te coja la manita?
—Vete a la mierda. —Le di un empujón—. No tienes una cara bonita ni ojos azul pálido que me derritan por dentro. Ese es el único remedio que necesito.
Goof miró por encima del hombro y me arqueó las cejas.
—Estás de suerte. Tu medicina acaba de llegar.
Vi a Cece colarse por un estrecho hueco en la puerta y apretujarse en la diminuta habitación.
Estaba seca y a salvo, aunque las ojeras revelaban que seguía cansada.
El enfermero del submarino se había ocupado de ella, y Dagger se había asegurado de que estuviera caliente, hidratada y alimentada.
Vestía una camiseta enorme y unos pantalones de chándal que le bailaban en las caderas y las piernas, y me buscó con la mirada.
La sensación de paz interior que me había estado fallando últimamente volvió a llenarme. Ahora residía en los tonos pálidos de los ojos de Cece. La sonrisa íntima que me dedicó me atravesó y devolvió la luz de la luna a mi alma.
—Todos fuera —ordenó Dagger, y los demás salieron a toda prisa de la habitación. Mi jefe se detuvo en la puerta—. Hablaremos sobre tus obligaciones con Cece y la familia en un momento más adecuado.
—Oh, por favor. —Cece puso los ojos en blanco—. Kai no tiene ninguna obligación con la familia. Es mi elección, y nosotros dos nos las apañaremos como mejor nos parezca.
—Por supuesto —dijo Dagger, pero sus ojos me transmitían un mensaje muy distinto: hablaremos, no le hagas daño, y sufrirás mi ira si no la tratas bien.
—Hablaremos —le aseguré a mi jefe, apaciguando la advertencia de su mirada.
Cece tenía razón. Nuestra relación no era asunto de nadie. Pero Dagger también tenía razón al exigirme que me comportara honorablemente con Cece. Lo que no entendía era que su advertencia no hacía falta. Cece era la mujer a la que pensaba honrar el resto de mi vida. Punto final.
—Es muy quisquilloso con ser... bueno... quisquilloso —murmuró ella, cerrando la puerta tras él.
—Me cae bien de todos modos —le hice un gesto—. Ven aquí.
Le tomé la mano y tiré de ella hacia el catre.
—Debes estar agotada.
—Estoy tan cansada que mi cansancio está cansado —se acomodó a mi lado—. Parece que el agotamiento también ha afectado seriamente mi vocabulario.
Me reí y la acerqué a mi costado.
—¿Qué tal si echamos una siesta mientras los submarinistas nos llevan a tierra firme?
—Una siesta contigo suena genial.
Nos acurrucamos en el estrecho catre.
—¿Cómo te sientes, cariño?
—Los dos estamos vivos —dijo—. Con eso me basta, pero me siento mal por ti.
Ladeé la cabeza y la miré a los ojos.
—¿Por qué?
—Porque estoy enamorada de ti —posó una mano sobre mi pecho—. Yo. Enamorada. Si eso no son problemas, no sé qué lo es.
Negué con la cabeza, maravillado por mi buena suerte.
—No importa cuántas veces lo digas, el corazón me da un vuelco.
—Eso es porque eres un masoquista.
—O un hombre sabio que te adora —entrelacé mis dedos con los suyos y los apreté suavemente—. Puedes intentarlo todo lo que quieras, Cece, pero no vas a ahuyentarme.
—Hum —se le formaron las pequeñas arrugas verticales entre las cejas—. ¿Es eso lo que estoy haciendo?
—No voy a dejar que pase —dije—. Sé lo que quiero.
—Qué sabiduría, Obi-Kai Kenobi —me picó con la mirada—. Cuéntame.
—Quiero una vida contigo —le rocé los labios con los míos.
—Yo también quiero una vida contigo —sonrió—. ¿Cómo te lo imaginas?
—Significa tú y yo juntos, pase lo que pase.
—Todavía tengo mucho trabajo por delante —advirtió—. Largas horas. Mucha investigación. Un objetivo.
—Me parece bien —dije—. ¿A ti te parece bien lo mío y mi trabajo?
—Te encanta y eres el mejor en lo que haces, así que por supuesto que me parece bien —tragó saliva—. ¿Y el resto?
—Lo que tú quieras, me apunto —le di un beso en la coronilla—. Lo único que necesito es estar contigo. De verdad. Para siempre.
Se le abrieron los ojos de par en par.
—¿Me estás pidiendo que me case contigo?
—Te estoy diciendo que si alguna vez quieres que mis promesas queden por escrito, las tendrás —dije—. Sin presión. Podemos tomar otras decisiones sobre la marcha. A partir de ahora, vivimos el presente y disfrutamos el uno del otro.
Una sonrisa le iluminó el rostro sin esfuerzo.
—Me gusta cómo suena eso.
—¿Me dejas entonces hacerte una promesa?
—¿Tu promesa?
—Va así —tomé sus manos entre las mías—.
Cece Astor. Eres la viva imagen de la fortaleza.
Eres una luchadora, una superviviente, una mujer de armas tomar.
Nunca te rindes. Eres amable, fuerte, ardiente y apasionada, y amo todo de ti.
Eres la ola rebelde que sigo, la luna de mi sol, la victoria en mis derrotas y la luz en la oscuridad, mi propio faro personal. Aloha Aku No, Aloha Mai No.
—Suena precioso —susurró, con los ojos muy abiertos y brillantes de lágrimas—. ¿Qué significa?
Le rocé los labios con los míos.
—Te doy mi amor, tú me das tu amor.
***
Cece
Las cosas que este hombre decía me hacían suspirar y sorber la nariz como una tonta enamorada. Y sin embargo, si el amor era una enfermedad, como alguna vez creí, la había contraído. No tenía esperanza de recuperarme de una emoción tan dulce. Y me parecía bien.
El aura de Kai se desplegaba en todo su esplendor. El calor me lamía la piel, una sensación nueva que podría haber pasado por alto de no haber estado tan atenta al momento. Levanté el brazo y me miré la mano, parpadeando varias veces antes de reconocer la luz que irradiaba… de mí.
Solté un jadeo y giré el brazo de un lado a otro.
Kai arqueó las cejas.
—¿Qué pasa?
—¡Es mi aura! —exclamé maravillada—. ¡Mi energía vital! ¡Por primera vez puedo verla!
—¿De qué color es? —preguntó Kai—. No, espera. Déjame adivinar. Es… multicolor.
Tenía razón, y no podía apartar los ojos del suave resplandor. Un zumbido quedo me acarició los oídos, no muy diferente del que me cantaba cuando el aura de Kai hacía su aparición.
—Apuesto a que parece un arcoíris —dijo Kai—. ¿Por qué pareces tan sorprendida?
—Más bien impactada —me examiné las muñecas y los dedos—. He estado tan enfadada durante tanto tiempo que pensé que mi aura sería insulsa, ya sabes, marrón cremoso, quizá incluso negra.
—No me sorprende —dijo Kai—. Mientras Matt me atendía, le pregunté si sabía algo sobre las energías vitales.
Resulta que hizo un curso de sanación alternativa en la universidad.
Si lo entendí bien, las auras arcoíris son comunes en quienes pueden visualizar auras, trabajadores de la luz como tú, que perciben las energías de otras personas.
—¡Pero estoy brillando, Kai, y los colores son preciosos!
—Como tú —le besó la coronilla—. Apuesto a que la luz azul plateada que brilla en tus ojos perfila cada color de tu energía arcoíris. Todo resplandece como un faro potente. Y apuesto a que centellea. ¿Me equivoco?
—Vaya.
Lo había descrito a la perfección.
—¿Puedes verlo?
—No —admitió—. Pero puedo imaginarlo, y es tan radiante y luminoso como tú.
—Oh, Kai.
Sonreía tanto que me dolía la cara mientras mi energía vital me acariciaba con suavidad, iluminándome desde dentro.
—Después de toda una vida negando que el amor existe, resulta que estoy loca por ti. Lástima que no sepa decir palabras bonitas como tú. Ni cantarte una dulce canción de amor hawaiana al son del ukelele que no tocas.
Él se echó a reír.
—Siempre puedo aprender, ¿sabes?
—Podrías —me encogí de hombros—. O quizás puedas enseñarme un baile hula, ¿taparrabos opcional?
—Pequeña pícara.
Bajó el rostro hasta que quedamos nariz con nariz.
Nuestros ojos se encontraron y me rozó con la nariz con una ternura que me caló los huesos.
A pesar del olor clínico del antiséptico, su aroma me envolvió: brisa marina, hierba fresca e hibisco tropical.
Nuestros labios se fueron acercando hasta fundirse.
Cerré los párpados, bloqueé el resto del mundo y me permití sentirlo, solo a él.
Su boca era dominante y tierna a la vez. Su lengua entraba y salía, volviéndome loca. La piel me hormigueaba en todos los puntos sensibles. La humedad se acumuló entre mis piernas. Pasé de estar agotada a sentirme alerta y viva. Anhelaba que me llenara, amar y ser amada.
—Cuidado, marine —le rocé la comisura de la boca con los labios—. Estás reduciendo a cero la probabilidad de que ninguno de los dos duerma la siesta.
—¿Quieres unirte al club de la milla de profundidad conmigo? —preguntó mientras su boca se deslizaba por mi cuello.
—¿Como el club de la milla de altura, pero al revés?
—Exactamente.
—Estás herido —le recordé.
—Esta es una oportunidad única —me deslizó las manos arriba y abajo por los brazos, luego metió los dedos bajo mi camiseta y trazó un camino lento sobre mi piel—. ¿Cuándo vamos a tener otra oportunidad de hacerlo en un submarino?
—Seguro que va contra las normas de la Marina —murmuré entre besos.
—¿Estás en la Marina? —me deslizó la mano hacia arriba hasta cubrirme el pecho.
—No —jadeé y me arqueé hacia él.
—Yo tampoco, no oficialmente al menos —me acarició el pezón con el pulgar—. Entonces... ¿qué dices?
Mientras siguiera acariciándome, solo podía responder de una manera.
—Sí.
Cuando su boca volvió a la mía, íbamos camino de saltarnos las reglas y quedarnos sin descansar.
—Espera —susurré cuando nos separamos para respirar—. Tú me diste tu promesa. ¿Puedo darte la mía?
Su aura se encendió con el índigo más profundo y los dorados más brillantes de un atardecer hawaiano.
—Sí.
—De acuerdo.
Envuelta en la luz y el calor de nuestras auras combinadas, respiré hondo para calmarme y encontré las palabras.
—Kai King. Eres mi amor improbable, imposible, el que no estaba en las cartas hasta que mis hermanas hablaron contigo sobre una conexión extraña y tú luchaste para darnos una oportunidad.
Traes alegría a mi corazón, paz a mi alma y cordura a mi temperamento.
Eres mi océano, mi destino y mi sino. Te doy mi amor, tú me das tu amor. Mau loa.
—¿Mau loa? —Kai arqueó las cejas—. ¿Conoces las palabras?
—Hay un par de submarinistas hawaianos en este trasto. Hablé con uno de ellos.
—Entonces, ¿sabes lo que significa?
Asentí.
—Significa «para siempre».
—Mau loa, pues —me besó.
Mi aura se elevó, cantando en mi cabeza, una música tan dulce que el universo parecía una orquesta inmensa que irradiaba luz y melodía.
La energía de Kai también se encendió y se unió a la mía hasta que formamos un remolino de energía fusionada.
Entrelazados en los brazos del otro, iluminamos la pequeña habitación, brillando en las profundidades del mar como una supernova que resplandece en la noche.
Y eso que ni siquiera habíamos tenido sexo todavía.
—Estoy impresionado, Hechicera —la sonrisa de Kai me deslumbró—. Y yo que pensaba que no hablabas el idioma del romance.
Le devolví la sonrisa, me quité la camiseta y murmuré entre besos:
—Ahora sí.