Capítulo treinta y cuatro
Kai
Le había prometido a Cece que le haría el amor hasta que ella estuviera llena y yo vacío.
En los últimos días, había cumplido esa promesa.
Mi polla y yo habíamos pasado días y noches explorando el cuerpo de Cece, descubriendo lo que le gustaba, lo que la volvía loca, cómo hacerla gritar de placer. Resultó ser el Yin de mi Yang.
Era última hora de la tarde. Dos días después de hacer el amor por primera vez, lo habíamos hecho de todas las formas posibles.
El placer que podíamos darnos era increíble.
Los últimos días habían sido intensos. Nunca había tenido una pareja sexual tan exquisitamente en sintonía conmigo como Cece.
Me permitía mucha libertad creativa. Ella lo acogía todo con entusiasmo.
Era como si ahora se hubiera liberado para sentir.
Era tan feroz en la cama como en la vida, y quería —necesitaba— un amante feroz que igualara su resistencia, alguien que pudiera estar a su altura en lo caliente.
Esa persona era yo.
En ese preciso instante, tenía a Cece de rodillas.
Su frente descansaba sobre la almohada y los codos se le clavaban en el colchón.
Arrodillado detrás de ella, con su hermosa espalda profundamente arqueada y el trasero en alto, tenía el ángulo perfecto para saquear su bonito coño mientras disfrutaba de la vista de su culo y la sensación de su carne firme bajo mis manos.
Se acababa de correr hacía unos momentos, pero yo me había contenido.
Como quería hacerla correrse de nuevo, me obligué a mantenerme al borde, en un estado tortuoso.
No era fácil aguantar cuando mi polla se hundía en sus cálidas profundidades.
Me deleitaba con los gemidos y quejidos apagados que salían de ella, y con la vista erótica de mi semen de nuestros clímax anteriores derramándose y goteando por sus muslos.
—Eres tan sexy —murmuré, penetrándola con un ritmo constante y exigente—. Cada parte de ti es una delicia chupable y follable.
Gimió y cerró los puños en las sábanas arrugadas, empujando hacia atrás y restregando su sexo contra mí.
—¿Qué dices? —pregunté en tono amable—. ¿Quieres que pare?
Me fulminó con la mirada por encima del hombro.
—Ni se te ocurra.
No pude evitar soltar una risita. Llevábamos dos días pasando de un desafío a otro.
Metí la mano debajo de ella y le froté el clítoris. Maulló justo antes de estallar. Con una última embestida, enterré mi polla hasta el fondo en su coño, que me apretaba. Me corrí, disparando mi carga hasta quedar bizco y con las rodillas flojas como un cachorro recién nacido.
Nos desplomamos en mi cama, respirando con dificultad y enredados en los brazos del otro.
La presencia de Cece ardía contra la oscuridad de mis párpados cerrados.
En mis brazos, era calidez y luz, señal y dirección.
Como un barco en la oscuridad, me había dejado llevar hacia su resplandor, sabiendo que navegaba en aguas peligrosas y aun así dispuesto a surcar su pasión y su oscuridad, mis complejos y mis miedos.
El repiqueteo de la lluvia llegaba desde la cubierta superior.
Un sistema de baja presión nos había traído dos días de precipitaciones que habían anegado los senderos y los habían convertido en barro rojo.
También nos había regalado una hermosa vista de la única cascada que aparecía solo durante los períodos húmedos en la isla.
Cuando miré por la ventana, la cinta reluciente colgaba de uno de los acantilados frente a la cala, un tajo de blanco brumoso cortando el dosel esmeralda.
Los senderos resbaladizos habían complicado mis patrullas, pero dado que la seguridad de Cece era mi prioridad, las había mantenido, incluso cuando lo único que quería era estar con ella.
Revisaba mis sistemas a menudo, y también me aseguraba de que Cece descansara, comiera y conversara, además de disfrutar.
Habíamos hablado mucho, llenando los espacios en blanco de nuestras historias.
Cuando me recuperé del clímax, la atraje hacia mí y le cubrí el rostro de besos.
Abrió los ojos parpadeando, el cuerpo lánguido, la mirada somnolienta.
—¿A qué viene eso?
—Es mi Mahalo nui loa —le di un beso en la punta de la nariz—. Significa más que gratitud: respeto, admiración, alabanza. Gracias por darme los mejores días de mi vida.
Se le abrieron los ojos de golpe, de pronto alerta.
—¿Los mejores días de toda tu vida?
—Ajá —sonreí—. Sin duda.
—Difícil de creer —una chispa de escepticismo le marcó el ceño—. Puedo entender que sea cierto para mí, pero no para ti.
—¿Por qué?
—Porque ya tuviste un gran amor.
Tardé un momento en captar lo que quería decir.
—Ah.
Estaba pensando en Malia, en la relación de juventud que había tenido años atrás.
Reflexioné sobre mi respuesta. Era última hora de la tarde, y mañana por la noche zarparíamos para el encuentro. Ya había preparado el Serenity para el viaje. Nuestro tiempo a solas estaba llegando a su fin, y sin embargo quería borrar todas las dudas de su mente.
—Mi amor por Malia era inmaduro y quizás forzado por las circunstancias. Ni siquiera sabía lo que era el amor en aquel entonces. Pero ahora…
—¿Pero ahora?
—Sé lo que es el amor. No es un bien limitado ni limitante.
Brota de nuestras profundidades como una fuente infinita y es único para cada alma.
¿Este momento? Es todo lo que tenemos. ¿Mi presente?
Está justo aquí. Contigo. Tú, Cece Astor, eres mi presente y mi futuro, mi esperanza y mi salvación.
Llámame loco, pero creo que tú eres mi destino y yo soy el tuyo.
—Si sigues hablando así, voy a tener que follarte de nuevo.
—Me gusta cómo suena eso —dije—. Pero estás entornando los ojos, y llevas un rato haciéndolo. Estás mirando mi aura, ¿verdad?
Ella no lo negó.
—¿De qué color es?
—Azul —dijo ella—. Índigo y cobalto, con un brillo dorado en los extremos.
—Da la casualidad de que el azul es mi color favorito. ¿Qué te dice mi aura?
—Que eres honesto, valiente y perspicaz. Y…
—¿Y?
—Que me estás diciendo la verdad.
—Entonces tu percepción de mi aura es correcta. Confía en ella. Me encantaría ver tu aura.
—Si te sirve de consuelo, yo tampoco puedo ver mi propia aura.
—Me alegra que puedas ver la mía.
—Kai… —Dejó escapar un suspiro—. No sabía que existieran hombres como tú en este mundo. Y entonces apareciste tú. No puedo creer la suerte que tengo.
—Entonces cree en ti misma —dije—. Cree en nosotros.
Sus ojos pálidos brillaron con llamas gélidas que ardían con más fuerza que el mismísimo infierno. Estaba a punto de decir algo cuando el zumbido de un motor retumbó a lo lejos.
¿Un motor?
Salté de la cama, agarré los pantalones al pasar y subí corriendo las escaleras hasta mi centro de navegación.
Mientras estudiaba los monitores y me enfundaba a toda prisa el pantalón de chándal, las pantallas no daban ninguna alarma ni mostraban ninguna nave acercándose.
Ninguno de los rastreadores detectaba un barco cerca de nosotros. Pero ese sonido. Era inconfundible.
—Quédate dentro —le dije a Cece cuando apareció a mi lado, forcejeando con el pareo.
Agarré la carabina, le metí un cargador nuevo y salí corriendo, justo a tiempo para reconocer el rugido amenazador de una aeronave que sobrevolaba la cresta.