Capítulo veintitrés
Kai
—¿Qué pasa? —preguntó Cece mientras se quitaba de encima, dejando mi polla chorreando con sus flujos.
Agarré mi Tak y pulsé el icono de la alarma.
—Mierda.
Me levanté del suelo de un salto.
—Se ha caído.
—¿Qué se ha caído?
—El escudo —expliqué mientras me apresuraba a recoger nuestras cosas de playa—. Sin el escudo funcionando, somos vulnerables al tráfico aéreo y a las imágenes de satélite.
—¿Puedes arreglarlo? —Cece se puso un pareo mientras yo recogía nuestras cosas.
—Puedo intentarlo —llevé mi tabla de surf hasta la orilla, la solté en el agua y le ofrecí la correa—. Agárrate a esto. Chaleco salvavidas.
Cece cogió la correa, agarró el chaleco salvavidas y se lo puso.
—¿Puedes explicar mejor eso de «intentarlo»?
—Significa que somos los primeros en usar este prototipo —cargué nuestras cosas de playa en la tabla y las aseguré con una cuerda elástica—. Nadie ha tenido que arreglarlo todavía.
—Joder —hizo una mueca mientras yo rastrillaba la arena, borrando nuestras huellas de la playa.
—Y que lo digas —le pasé el rastrillo, enganché mi arnés a la tabla y le hice un gesto para que se subiera—. Vamos.
Fue el nado más rápido de mi vida. También se me hizo el más largo, porque me dio unos minutos para pensar en todas las putas cosas que podían salir mal.
La respuesta automática de mi cuerpo al nadar me llevó a mi Zen de batalla.
Moví brazos y piernas sin parar hasta que llegamos al Serenity.
Para entonces, ya tenía un plan en mente.
Después de ayudar a Cece a bajar de la tabla, descargué rápidamente, llevé mi tabla de surf a la cubierta de recreo y corrí a mi estación de navegación, donde me puse a teclear.
Cece se acercó por detrás y me ofreció el bañador.
—Toma.
—Tengo trabajo que hacer —gruñí mientras ejecutaba un diagnóstico.
—Lo sé —dijo ella—. Pero me distraes mucho cuando estás tan espléndidamente desnudo.
—¿Ah, sí? —no aparté los ojos de los monitores, pero esbocé una sonrisa—. En medio de este desastre, me has dado una buena noticia.
—Una buena noticia habría sido terminar lo que empezamos —una sonrisa se coló en su voz, a pesar de las circunstancias. Se arrodilló y dejó caer el bañador húmedo en la cubierta—. Venga, levanta el pie. Ahora el otro.
Me agaché, me subí el bañador de un tirón y mantuve toda mi atención en la pantalla.
—No me quejo, pero tus prioridades me dejan alucinado.
—Créeme, a mí también —dijo mientras se ponía de pie a mi lado—. Pero necesito concentrarme si quiero ayudar.
El sistema emitió un pitido y revisé los resultados.
—Tenemos un fallo en la fuente de alimentación.
—¿Qué significa eso?
—Que tenemos que restaurar la energía del escudo cuanto antes o nos arriesgamos a que nos detecten —señalé una serie de indicadores que brillaban en rojo en uno de los monitores—. Quédate aquí. Avísame si alguno se pone verde.
—Entendido —dijo.
Me dirigí a popa, abrí la escotilla de la sala de máquinas de babor y, tras desplegar la escalera, me deslicé por los asideros laterales y aterricé dentro.
Albergaba uno de los motores, un generador, bombas y el equipo especial instalado para alimentar el escudo.
La pantalla negra que tenía delante confirmó que las baterías del prototipo habían fallado. El escudo estaba muerto.
Abrí la carcasa, trasteé con los cables y grité:
—¿Algo?
—Nada —me gritó Cece—. Todo en rojo.
Desenrosqué y volví a conectar los cables principales.
—¿Y ahora?
—Sin cambios.
—Maldita sea.
Me llevaría un tiempo averiguar por qué las puñeteras baterías habían fallado. Y aún más reemplazar las baterías de última generación con las de respaldo que había traído. Si es que funcionaban. Mientras tanto, estábamos expuestos a los ojos de nuestros enemigos y vulnerables a un ataque.
Vale, vale. Piensa, K-man. Cuanto más tiempo permaneciéramos sin escudo, mayor era la probabilidad de que nos detectaran.
Sudando a mares en aquel compartimento que parecía un horno, accioné los interruptores y desconecté la energía de todas las áreas del Serenity excepto la nevera y los sistemas de vigilancia.
Odiaba hacer esto. Nos dejaba muertos en el agua.
Pero restaurar el escudo era prioritario.
Redirigí la energía a las baterías y las encendí.
Las baterías parpadearon, encendidas y apagadas. Esto no iba a funcionar. Con las baterías averiadas, la demanda de energía del escudo superaba la capacidad del Serenity.
—Se ha ido la luz —anunció Cece, de pie junto a la escotilla—. Hubo algo de verde durante unos segundos, pero ahora ha vuelto al rojo.
—Voy a meter el generador de respaldo —encontré su mirada preocupada y me sequé el sudor de la frente—. Avísame si algo cambia ahí arriba.
Me llevó varios intentos, además de consultar los manuales que había allí abajo, pero al final conseguí redirigir toda la energía a los sistemas del escudo.
—¡Verde! —gritó Cece desde arriba, su voz atravesó el estruendo del generador mientras reaparecía en el peldaño más alto de la escalera—. ¡Tenemos verde! ¡Lo has conseguido, Kai!
—Es un apaño —expliqué mientras subía las escaleras y respiraba aire fresco arriba—.
Ahora viene el trabajo de verdad. Tenemos que alimentar el escudo y el catamarán.
Ahora mismo, toda la energía va al escudo —abrí una escotilla de almacenamiento cercana y saqué una caja—. Voy a tener que cambiar las baterías.
—¿Y si no puedes?
—Lo conseguiré.
Era la única forma de volver a estar operativos, la única forma de mantener a Cece a salvo.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó, valiente como siempre.
—Voy a necesitar que vigiles los sistemas de vigilancia. No les quites ojo.
Dejé caer la caja en la cubierta, corrí a la estación de navegación y abrí los radares, las cámaras y los infrarrojos en las pantallas. Le mostré cómo ajustar los controles y hacer zoom.
—Avísame si alguna de estas alarmas se activa. No pierdas de vista estos.
Señalé los barcos de los mercenarios, los que estaba rastreando, y luego toqué la embarcación de Voz Atronadora.
—Especialmente este. Si alguno cambia de rumbo y viene hacia nosotros, necesito saberlo.
Agarré la caja y me dirigí de vuelta a la sala de máquinas.
—Esto va a llevar un rato.
Me llevó el resto de la tarde y la mitad de la noche cambiar las malditas baterías.
El diseño actual era engorroso y no funcionaba bien con otras fuentes de energía de la embarcación.
Cece bajó varias veces con botellas de agua fría, compresas de hielo para el cuello, una toalla para secarme el sudor que me empapaba el cuerpo, e incluso un par de sándwiches, que devoré en minutos, sentado en lo alto de la escalera.
Hacia la medianoche, noté lo exhausta que parecía. Entre las lecciones de natación y el estrés, estaba agotada. Yo estaba acostumbrado a pasar sin dormir durante mis misiones, pero ella llevaba demasiadas noches quedándose hasta tarde trabajando en el portátil, y ahora su energía decaía.
—Necesitas irte a la cama, Hechicera —sugerí cuando volví a subir a cubierta.
—¿Quién va a quedarse de guardia?
—Yo.
Toqué mi Tak y me dirigí de nuevo hacia los escalones.
—Han pasado horas desde que el escudo se cayó y no hemos detectado cambios en los patrones de búsqueda de los mercenarios. Parecen quietos por ahora. Puedo traer mi Tak aquí abajo y hacer varias cosas a la vez. Puedo encargarme de esto.
—Espera.
Me detuvo a mitad de la escalera y suavizó la voz.
—Tú también necesitas descansar.
—Me iré a la cama en cuanto termine aquí.
Arqueó las bonitas cejas.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Me escrutó como si intentara averiguar si le estaba diciendo la verdad.
—No descansaré tranquila a menos que sepa que tú también estás descansando —aventuró—. ¿Qué tal si vienes a mi camarote a pasar la noche cuando termines?
—Va a ser muy tarde...
—Estoy hablando de dormir, Kai —aclaró—. Quiero saber que sigues tu propio consejo. Trae tu Tak. Podemos hacer un trío si quieres.
Solté una carcajada.
—De acuerdo.
Le planté un beso rápido en los labios.
—¿Ahora vas a descansar un poco, por favor?
Con la mirada iluminada, desapareció en el camarote.
Para entonces, había restaurado el sistema parcialmente y ya había devuelto la energía a las áreas críticas de la embarcación, incluidos los motores, las velas y las bombas.
Eso me dio algo de tranquilidad. Si venían a por nosotros, podríamos huir.
***
Cece
Yacía en la cama, exhausta y sin embargo incapaz de conciliar el sueño.
Había sido un día largo, con muchos triunfos personales, pero también terror cuando el escudo se cayó y permaneció caído hasta que Kai improvisó algo.
Después de horas trabajando en la sala de máquinas, Kai me había señalado que estaba cansada.
No se equivocaba, pero él también necesitaba descansar.
El hombre era terco con T mayúscula. También era capaz, ingenioso, amable, dulce y puro sex appeal.
Los recuerdos de nuestro rato en la playa me vinieron a la mente. Había logrado nadar un poco, flotar incluso. Después de todo este tiempo, de verdad había progresado. ¡En natación, joder! Kai no se equivocaba. Era un instructor increíble, y quizá podría aprender a nadar después de todo.
También era un amante dotado. Se notaba, aunque aún no hubiéramos dado rienda suelta a nuestra lujuria. Entendía los riesgos de la misión, pero el escudo se había caído en el peor momento. Habíamos estado a punto. A punto, y luego... nada.
Vale, claro, había estado enfadada con él durante dos largos días.
Ahora que lo pensaba, esos días parecían una pérdida de tiempo.
Había luchado contra mi lujuria y había perdido.
Pero aunque no me gustara perder, cuando irrumpió en mi habitación con chocolate caliente y pan de plátano tibio, derribó mis barreras y me derritió el corazón.
Me había hecho sentir cuidada, como una flor floreciendo bajo el sol. Me había hecho sentir... mimada.