Kai (Romance militar de héroes alfa nº 13) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Cece

—¡Maldita sea! —me di un golpe con los codos en el escritorio, demasiado fuerte. Dos sacudidas me subieron por los brazos—. Ay.

Me froté las articulaciones doloridas y miré mi reflejo en el cristal de la ventana para echarme la bronca.

—Astor, eres tonta.

Hablar sola era un hábito. Mi forma de ejercitar las cuerdas vocales, tan poco usadas, y de romper el silencio que reinaba en mi espacio.

Aparté la mirada de la extraña agotada y anodina que me observaba desde el cristal, respiré hondo y volví a apoyar los antebrazos en el escritorio, esta vez con suavidad.

No tenía sentido irritar otra vez el nervio cubital.

Las sacudidas remitieron, pero la frustración que me tensaba la mandíbula seguía ahí como una tenia, alimentándose de mi energía.

Bajé la cabeza y me masajeé las sienes doloridas.

El estómago me rugía y los párpados me pesaban.

¿Cuánto hacía que no comía? ¿Cuántos días llevaba sin dormir más de un par de horas seguidas?

—Muy bien, Astor —murmuré, ya que las únicas conversaciones que había por aquí eran entre yo y yo misma—.

Eres el ejemplo perfecto de la teoría de que un CI alto y el trabajo duro solo te conseguirán un billete de ida a la tumba antes de tiempo.

Mátate a trabajar y muere sola sin haber logrado una mierda.

A padre le encantarían mis fracasos. Se los zamparía, los saborearía como caviar fino, y luego los regurgitaría como una vaca rumiando para vomitarlos sobre mi autoestima.

—Eso no va a pasar.

Respiré hondo para serenarme. Aunque padre nunca reconocería mis logros, algún día vería mi nombre en los libros de texto de ciencias junto a la palabra «cura».

Tenía el listón alto y podía parecer gruñona con los desconocidos, pero era más exigente conmigo misma, impaciente y tozuda como una mula con cabeza de cerdo, como mis hermanas habían señalado a menudo, mezclando animales para destacar mi extrema obstinación.

No se equivocaban. Era mi peor enemiga, la antagonista brutal de mi propio ego.

—Privada de sueño, hambrienta y atrapada en una prisión de tu propia creación —la culpa era solo mía—. Aislada, y tan sola que hasta el sonido de tu propia voz te sobresalta. Uf —gemí—. Sacúdetelo, Astor. La autocompasión no es tu amiga. No es que tengas amigas. Vuelve al trabajo.

Parpadeé para espantar el cansancio y volví a mirar por el microscopio. Había estado tan cerca de lograr la homeostasis esta vez. Pero la muestra se degradó. En un instante, mi experimento fracasó y mi hipótesis siguió sin demostrarse.

Esta sería una entrada más en mi diario de fracasos, un episodio más de lo que no hay que hacer. La risa exasperante de mi padre resonó en mi cabeza. El recuerdo de la última vez que lo vi volvió a atormentarme.

—¿Quieres curar el qué? —se había carcajeado en la mesa, ridiculizándome delante de todas mis hermanas—. Cersi, hay cientos de científicos más listos que tú, y no han encontrado la cura de una mierda, y mucho menos de la puta enfermedad que mató a tu madre.

—Pero mi enfoque...

—Me importa una mierda tu enfoque —dio un puñetazo en la mesa, haciendo temblar la vajilla de Limoges y las copas de Baccarat—.

Soy dueño de un montón de farmacéuticas.

No financiamos a mocosas mimadas que se creen que lo saben todo.

Producimos medicamentos que nos dan dinero.

Esa no eres tú, así que ¡déjate ya de gilipolleces científicas!

—La ciencia no es una puta inutilidad —gruñí. La prudencia nunca había sido lo mío, y la boca solía írseme antes que el cerebro—. Puedo marcar la diferencia. ¡Sé que lo haré!

—Métete esa actitud de mierda donde te quepa y encuentra una puta manera de controlar ese genio que tienes —refunfuñó padre entre sorbos de whisky—. Si no, ¿cómo vas a encontrar marido?

—¿Un marido? —me atraganté con la palabra—. ¡No quiero uno de esos!

—Entonces estás de suerte —padre esbozó su sonrisa maliciosa—. Ningún hombre en su sano juicio te va a aguantar jamás. A menos que cambies esa actitud atroz. Si lo haces, todavía te queda un poco de tiempo antes de convertirte en una vieja inútil. Consíguete un hombre como Dios manda.

—¿Un hombre como Dios manda? —inspiré indignada. El ceño se me frunció tanto que me dolía la cara. Padre era un cerdo misógino, pero ¿esta noche? Había cruzado una línea.

—¿Quién coño te crees que eres? —escupí—. ¿Un tirano medieval?

—Estoy intentando guiarte hacia el éxito —gruñó, pasándose los dedos por la espesa melena blanca—.

Necesitas un marido fuerte que te aplaste el genio y te quite los caprichos, niña.

Eres tan insoportablemente intensa con toda tu mierda científica que pareces un coñazo insufrible y una mocosa loca y mimada.

Apreté los dientes. Siempre daba en el blanco cuando me llamaba insufrible, loca y mimada. Los insultos me dolían en la boca del estómago. En mis peores días, sus palabras me hacían preguntarme si no tendría un poquitín de razón.

—Maridos —proclamó padre con voz atronadora—.

Eso es lo que necesitáis todas. Uno rico y con mano dura te vendría bien, Cersi.

Concéntrate en parir nietos y aportar a los genes de los Astor —blandió el tenedor de plata sobre la mesa, señalándonos a todas—.

Es lo mínimo que podéis hacer por esta familia, mocosas desagradecidas.

Mis hermanas y yo intercambiamos miradas cautelosas.

Padre estaba de malas. Joder, siempre estaba de malas con nosotras.

Thena, mi hermana mayor, me miró con los ojos muy abiertos, advirtiéndome que mantuviera la boca cerrada, pero vi el dolor en sus ojos grises.

Era el corazón del Grupo Astor, y sin embargo padre la trataba como a una criada.

No le reconocía el trabajo ni le daba mérito alguno.

Los ojos color chocolate de Missy se llenaron de lágrimas mientras me suplicaba con la mirada que no provocara a nuestro padre enfurecido. Le temblaba el labio inferior. Se me partió el alma por mi hermana pequeña. Era demasiado buena y sensible para ser una Astor.

Affie, la bruja irreverente, me dedicó una sonrisa feroz. Mi hermana temeraria no le tenía miedo a nada, le importaba todo una mierda y se crecía en el caos. Me había retado arqueando las cejas como diciendo: ¿Vas a poner en su sitio a padre, o lo hago yo?

Hace más de tres años, a los veintisiete, yo era una adulta hecha y derecha, igual que mis hermanas.

Aun así, nunca podía echarme atrás ante un desafío, especialmente si venía de Affie.

Apenas me llevaba un año, y las dos llevábamos la pelea en la sangre.

Como hijas del medio, ella y yo quedábamos encajadas entre la fabulosa compostura de Thena y la genuina dulzura de Missy.

Bueno, a la mierda con eso.

Affie y yo crecimos peleándonos por el título de la mejor, la más de lo más, la más borde, la arpía más cabrona de la casa.

El ranking cambiaba según el día, pero en general, los títulos de la mejor y la más cabrona se quedaban conmigo.

Si Affie era un demonio, yo sería el mismísimo diablo.

Con mucho gusto le enseñaría a Padre las trampas de ser un cerdo machista.

—¡Eres el cabrón más grande, más malo y más avaricioso que existe! —Mi boca descarada tomó el control—. Puedes coger tus malditos planes y metértelos por el culo. ¡No pienso hacer una mierda por ti! ¡Nunca!

—No te atrevas a hablarme así —gruñó a modo de advertencia.

—Me niego a esparcir tus asquerosos genes por ahí —me burlé—. El mundo ya apesta bastante contigo. Se acabó, hijo de puta. Nix está muerto. ¡Muerto! —Tragué un sollozo—. Me destroza que se haya ido, pero al menos ya no tiene que aguantar tu mierda.

—¡Basta! —Padre agarró su vaso y se apartó bruscamente de la mesa, haciendo que la silla cayera hacia atrás—. Eres un desperdicio de esperma, Cersi. ¿Quieres que te financien tu ridículo proyecto? No esperes ni un céntimo de mí. Estás loca si crees que voy a malgastar mi dinero en ti.

Giró sobre sus talones y salió pisando fuerte del ridículo comedor con aires de Versalles, dejándome como un gusano aplastado bajo su tacón, enfurecida hasta perder la razón, hasta que solo veía destellos de relámpagos rojos. Sin pensarlo, me levanté para seguirlo, pero Thena me agarró la mano.

—Ya se ha ido —dijo con suavidad.

En algún lugar del pasillo, la puerta del estudio de mi padre se cerró de un portazo. Las cuatro nos estremecimos al unísono.

—¿Cece? —Thena me apretó la mano—. ¿Por favor?

Me dejé caer en la silla, me solté de su agarre y fulminé con la mirada mi cena fría y reblandecida.

—Un final clásico para una comida familiar de los Astor —Affie se metió un tenedor lleno de ensalada en la boca y siguió hablando mientras masticaba—.

Él despotrica, hace sangre y luego huye.

Es lo que siempre hace —sus ojos chispeantes se posaron en mí—.

Lo hiciste bien, Cece. Siento que nuestro cabrón paternal te haya dado calabazas.

—No me ha dado calabazas —apreté las manos en mi regazo—. Solicitaré más becas. Usaré mi parte de la herencia de mamá para financiar mi investigación. Pero hay una pregunta que siempre me desconcierta: ¿por qué se casaría mamá con un pedazo de mierda como él?

—Debió de tener sus razones —Thena defendió las decisiones de nuestra madre, como siempre—. Y recuerda, todo el mundo dice que su personalidad cambió después de que ella muriera. Ya no está, así que es un misterio que quizás nunca resolvamos.

—Padre es un capullo —la furia que brillaba en los ojos de Affie podría haber arrasado ciudades enteras, pero esbozó una sonrisa burlona y, enseñando los restos de verdura entre los dientes, nos apuntó a cada una con el cuchillo—. Que ninguna de vosotras lo olvide jamás.

—No me encuentro muy bien —los ojos de Missy se pusieron en blanco y se desplomó hacia un lado de la silla.

—Oh, mi niña —Thena se levantó de un salto y corrió a su lado.

—Ahí va la que se nos va —Affie resopló, pero aun así abandonó su cena y rodeó la mesa, igual que yo.