Kai (Romance militar de héroes alfa nº 13) Capítulo Uno #2
2%

Capítulo Uno #2

El multimillonario nunca había sido un dechado de virtudes, pero el NWO no se había conformado con su asesinato.

También habían ido a por las hijas de Astor, desaparecidas hacía tres años cuando pasaron a la clandestinidad para escapar del puño de hierro de su padre.

El Equipo Rastreador ya había localizado a dos de las hermanas Astor: la primogénita, Athena Astor, alias Diosa; y la menor, Artemis Astor, alias Ángel.

Las mujeres, que se habían convertido en amigas íntimas, insistían en que las llamáramos por sus apodos, Thena y Missy. Odiaban los nombres que su imbécil de padre les había endilgado. El cabrón nunca había tenido el menor interés en la mitología griega. A Richard Astor solo le importaba el dinero.

Thena y Missy estaban a salvo en la Casa Astor, en Wyoming. Todos en el Equipo Rastreador, yo incluido, ansiábamos el día en que todas las hermanas estuvieran reunidas sanas y salvas. Por ahora, quedaban dos hermanas más por encontrar.

Mi misión de hoy, Operación Hechicera, tenía como objetivo localizar a una tercera hermana. Incluía los componentes habituales de cualquier operación especial. También implicaba algunos elementos peculiares. Y con eso quiero decir raros de cojones.

Deslizándome sobre las olas en mi tabla de surf, era el primero en reconocer lo extraña que era la fuente de información que me había traído aquí.

Thena y Missy habían usado lo que la mayoría en el Equipo Rastreador llamábamos escuetamente «métodos poco ortodoxos» para localizar a su hermana desaparecida.

Del mismo modo, las mujeres habían decidido que solo una persona del equipo podía rescatar a esa mujer. Esa persona era yo.

Solo yo.

Tras tomar esa decisión tan sorprendente, Thena y Missy me habían apartado y sentado en un rincón de la lujosa biblioteca de la Casa Astor, el mismo espacio que servía de cuartel general al Equipo Rastreador.

Me habían informado a fondo sobre su hermana desaparecida.

Me hablaron de su personalidad, sus manías y sus obsesiones.

Parecía todo un reto, y dura de pelar. Y después, porque lo poco ortodoxo era el sello de las hermanas Astor, sin rodeos ni titubeos, añadieron lo más extraño: creían que su hermana y yo teníamos algún tipo de conexión misteriosa.

Sí. Una conexión misteriosa. Eso fue lo que dijeron.

La revelación habría asustado a cualquier persona racional. Llamadme tonto, pero llevaba un tiempo tratando con estas mujeres. Conocía lo que yo llamaba sus «dones». En lugar de asustarme, sentí curiosidad.

Y después, como si la conversación no fuera ya bastante rara para un estadounidense corriente, me dijeron que no sabían qué implicaba esa «conexión». Dijeron que podía ser cualquier cosa, pero creían que el destino de su hermana y el mío estaban entrelazados de algún modo.

Mantuve mi expresión zen, pero no voy a mentir. Oscilaba entre un cauteloso «¿qué cojones?» y un racional «¿cómo coño?». Incluso me pregunté si me estaban tomando el pelo.

Y sin embargo, había precedentes que respaldaban las corazonadas de estas mujeres.

Tenía mis dudas sobre su teoría, pero no podía decirles que no a esas dos.

Había tanta esperanza en los ojos color chocolate de Missy, tanta emoción en la mirada gris perla de Thena.

Por separado, ambas eran fuerzas de la naturaleza, pero ¿juntas?

Jodidamente invencibles.

No tenía que creerme todo lo que decían para aceptar la misión.

Era vital para Thena y Missy, para el Equipo Rastreador y para nuestra seguridad nacional.

Así que dije que sí. En el momento en que acepté, oí el rugido de una ola gigante resonando en mis oídos y retumbando en lo más hondo de mi pecho, una advertencia tan fuerte y clara como si estuviera navegando en alta mar.

El sonido en mi cabeza me hizo detenerme. Solo ocurría cuando la cosa estaba a punto de irse a la mierda. Pero ¿esta ola gigante? Parecía inevitable.

La cautela y la emoción batallaron en mi cabeza, un choque de fuerzas opuestas que enfrentó al instante mi corazón con mi cerebro.

Era un Marine, lógico y centrado en la misión, pero las corazonadas y los presentimientos me habían salvado la vida muchas veces en el campo de batalla.

El sonido de esa ola gigante anunciaba que se avecinaba un cambio.

¿Qué tipo de cambio? ¿Bueno? ¿Malo? ¿Catastrófico?

Ni idea, pero desde entonces había estado en alerta máxima.

Esta noche no era una excepción.

Tenía que admitir que no era la primera vez que me soltaban palabras como «destino» y «sino» así, sin venir a cuento.

Quizás las creencias que venían con mi cincuenta por ciento de ADN de las islas del Pacífico me ayudaban a mantener la calma ante lo extraño.

Mi experiencia vital reforzaba mis puntos de vista.

La pérdida era una hija de puta, y había aprendido pronto que había cosas en el universo que los humanos no podíamos captar, y mucho menos comprender.

De eso culpaba a mi abuela.

Mi Tūtū Wahine había sido una sabia entre su gente. Su don era la intuición. Me había ayudado a sobrevivir el episodio más oscuro de mi vida. Ahora, mientras remaba sobre las olas, su voz ronca resonaba en mi mente al recordar las últimas palabras que me dijo.

Busca la luz, mi dulce y sabio niño; síguela, lucha por ella, guárdala cerca de tu corazón; porque hay una luna para tu sol, una victoria para tus derrotas, una luz en la oscuridad.

Quizás la influencia de mi abuela hacía que la peculiar sabiduría de Thena y Missy calara en mí. Por si acaso la razón pretendía arrojar sombras sobre los misterios de mi vida, aquí estaba, en plena madrugada, remando hacia… ¿qué si no?

Un faro.

Ajá.

Un puto faro.

Alcé la vista al cielo y esbocé una sonrisa burlona hacia la luna. —Hola, tūtū. Incluso para ti, esto es demasiado evidente.

Casi podía oír su risa ronca entre las olas.