Amethyst #2
Me alejo un poco de la multitud y salgo a tomar algo de aire para encender un cigarrillo.
Mientras el humo escapa de mi boca, no hago más que recordar cada cosa que viví con Alastor: cómo trajo tanta luz a mi vida en tan poco tiempo, cómo me cuidó y protegió siempre.
Siento el nudo en la garganta hacerse más tenso y no aguanto más; necesito llorar con tanta fuerza que duela.
Una mano se posa en mi hombro y me guía hacia su cuerpo. Es Caín, dándome un fuerte abrazo.
Todos los que estamos allí amamos a Alastor. Él es la luz de cada uno de nosotros y debe ponerse bien.
Pasan las horas y no nos dicen nada. Caín le dice a Isabella que vaya a darse un baño y comer algo; sigue manchada de sangre y eso la afecta más. Juls se ofrece a llevarla rápido en moto, así que de muy malas ganas acepta.
Estamos en el suelo del hospital bebiendo café. Ya es de madrugada y debemos luchar contra el sueño. Todos estamos algo distraídos cuando finalmente un médico sale. Nos ponemos de inmediato de pie.
—Díganos cómo está, por favor —comenta Alejandra.
—Estimados, logramos extraer todas las balas que impactaron su cuerpo.
Todos nos alegramos al oírlo, pero el hombre continúa hablando.
—Sin embargo, perdió demasiada sangre y la bala que impactó su cabeza es la que más daño provocó.
El daño neurológico fue extremadamente severo y su cerebro ya no está respondiendo como debería, por lo tanto...
—hizo una pausa y se quitó los guantes. —Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos y...
no me es nada fácil decir esto pero, pueden pasar a despedirse, puede irse en cualquier minuto.
Explotamos en llanto. No puede ser verdad lo que estamos escuchando. Todos estamos destruidos, pero la mirada de Caín cambia; se apaga otra vez. Él no quiere entrar, así que, al ver que nadie más lo hace, decido ir primero.
Es totalmente chocante verlo lleno de tubos.
—Pensar que nuestra unión comenzó por un pescado… —digo entre lágrimas, pero sonriendo—. Alastor, por favor, debes salir de esta. No puede ser una despedida y lo sabes. ¿Quién tiene más vida que tú?
Tomo su mano.
—Te llevaste uno de mis más grandes infiernos y aún no termino de agradecerte por ello. Al menos debo invitarte un par de botellas de vodka negro y dejaré que me muerdas las mejillas las veces que quieras…
Una sonrisa se forma en su rostro. Una mínima, frágil, milagrosa cuota de esperanza.
—Son reflejos inconscientes —dice una enfermera que está allí.
—No. Yo sé que está ahí todavía. Nos está jugando una mala broma.
Después de mí entra Alejandra y luego Caín. Fátima se niega a hacerlo. Poco después llega Tyr, quien también logra entrar. Las chicas deben estar por volver. Salgo por un café mientras mil pensamientos corren al mismo tiempo dentro de mi cabeza, chocando unos contra otros sin orden ni piedad.
Cuando regreso, Caín habla con Isabella y ella enseguida entra junto a Juls.
No se escucha mucho y decidimos darles privacidad. Pasan varios minutos hasta que, de pronto, los gritos de Isabella rompen el aire.
¿Qué pasó?
Nos acercamos al cuarto y entonces lo escucho.
Ese sonido.
El pitido eterno que jamás se calla.
Una enfermera entra corriendo con un desfibrilador. Los segundos se vuelven infinitos mientras le dan descargas eléctricas una y otra vez. Observamos desde la ventanilla, sosteniendo toda nuestra esperanza en las manos de ese hombre desconocido que pelea contra algo imposible.
Finalmente, deja la máquina a un lado y se quita los guantes.
—Hora de muerte… 04:30 am.
—No… ¿qué está diciendo? —grito.
Isabella exige entre gritos que sigan intentándolo, mientras Caín… se ríe.
Suspiro y me acerco.
—¿Qué es lo gracioso?
—Cuatro treinta de la madrugada… —dice con calma—. Alastor siempre pierde la conciencia a esa hora por beber tanto alcohol y siempre debo ir a acostarlo para que duerma… así que debo ir a arroparlo o se va a molestar… y debo dejarlo de lado por si desea vomitar.
—Caín…
Quiero sacarlo de su fantasía, pero ¿quién soy yo para quitarle su única forma de escapar? Si él elige la negación, yo prefiero algo que me borre por completo.
Dejo un beso en su mejilla.
—Cuida que no se vaya a vomitar la camisa… recuerda que ama sus camisas.
Intento sonreírle, pero el llanto me vence y salgo de allí completamente deshecha.
No sé cómo afrontar la muerte de un ser querido. No sé qué se hace. No sé cómo se supera. Jamás he perdido a alguien que haya amado.
Me aferro al recuerdo donde cantamos la canción de Bon Jovi en el bote y decido que ahí está Alastor ahora mismo, todavía intentando pescar el almuerzo. Se va a tardar mucho en traerlo… será mejor esperarlo en otra parte.
Creo que la negación funciona.
Pero yo no puedo.
Duele demasiado.
Maldición… anhelaba sentir algo, pero jamás pensé que sería este dolor tan grande. Alastor nos llenaba de vida y ahora nos deja completamente vacíos.
Sigo caminando sin rumbo, rota, respirando apenas, hasta que finalmente tomo una decisión.
No puedo con este dolor.
No puedo con la vida aquí en Graydale.
No puedo con nada.
Lo único que quiero es huir.
Y eso es exactamente lo que voy a hacer.
Flashback
Skyfall - Adele
El día del asado en mi casa, Alastor y yo nos habíamos escapado al techo para mirar las estrellas y conversar un rato.
—¿Sabes algo, cereza?
—¿Qué?
—No me arrepiento de haber matado a tu padre, no es que me guste matar, de hecho me daba asco la sangre, pero ver que por fin ya no tienes miedo, eso paga cualquier cosa.
—Eres el mejor ¿Lo sabías?
—Por supuesto —dijo riendo.
Lo abracé con fuerza. —Si en algún momento puedo hacer algo por ti, dímelo por favor, lo que sea.
Alastor se quedó pensando. —Mmm… si algún día no estoy, cómprate un peluche de un pato y durante la noche más estrellada que veas lo subes al techo y le cuentas todos los chismes que hayan pasado como si fuera yo.
Me largué a reír. —Joder, eso jamás pasará, tú siempre estarás a nuestro lado.
—Promételo, cereza, es lo único que te estoy pidiendo.
—Lo prometo —le di un apretón de manos—. Promesa del team zanahoria.
—Gracias por eso —sonrió mientras su mirada se iluminaba.
—Oye ¿por qué debe ser solo en la noche más estrellada? —pregunté con curiosidad.
Él dejó escapar un suspiro y miró hacia el cielo, sonriendo ampliamente.
—Porque las estrellas no aparecen a pesar de la oscuridad. Aparecen gracias a ella. Si el cielo nunca se oscureciera, jamás podríamos verlas. Ninguna oscuridad es eterna mientras exista alguien dispuesto a encender una luz.
FIN