26. Afon
AFON
Se queda dormida antes que yo.
Siempre pasa lo mismo. Habla y habla, y luego, en medio de una frase, las palabras se ralentizan, su respiración cambia y se queda dormida. Se apaga como una luz. Como si ahora confiara en la oscuridad.
La nieve ha amainado un poco, el viento se ha reducido a un suave susurro entre las píceas. El aliento de Caroline me calienta la piel. Me quedo tumbado con su mejilla sobre mi pecho y su mano entre las mías. Es un capricho, pero qué coño, esta noche me lo voy a permitir.
Solo esta vez. Solo por un rato.
No duermo. No quiero hacerlo. Dormir lo echaría a perder.
Durante una hora, me permito ser un hombre que tiene esto. Es el tiempo más largo que he pasado sin pensar en Reznik en tres semanas.
Luego, la hora se acaba. Las cosas buenas siempre se acaban.
El temor vuelve igual que vuelve el frío cuando se apaga el fuego: despacio al principio, y luego de golpe.
No sirve de nada luchar contra él. Además, tengo cosas que hacer.
No muy lejos de aquí, en un destartalado campamento maderero, un hombre muerto con un abrigo largo está al mando de un ejército cada vez mayor de asesinos que tienen nuestro olor en la nariz.
No he oído el zumbido de las motos de nieve desde que nos acostamos, pero estoy preparado para que rompan el silencio de la noche en cualquier momento.
Lo cual no quiere decir que vayan a venir necesariamente. Ellos tienen tiempo y el lujo de la paciencia. Yo no tengo ni lo uno ni lo otro.
Pero la cuenta atrás de la llegada de Reznik no es lo único que se cierne sobre mi cabeza. También hay otras dos partes de la historia que le debo a Caroline. No puedo dejar de pensar en lo que pasará cuando la cruda verdad salga por fin de mi boca.
Ella juró por todos los cielos que, diga lo que diga, no cambiará de opinión sobre mí. De verdad lo cree. Yo también casi me lo creo, mientras esté aquí tumbado.
Pero ella aún no sabe hasta qué punto es profundo el agujero del conejo.
Espero hasta que el cielo pasa de negro a gris.
Me aparto poco a poco de debajo de Caroline.
Ella suelta un gemido de decepción y trata de alcanzar el sitio calentito que he dejado vacío, pero luego vuelve a sumirse en la fase REM.
Le subo la manta por encima del hombro, me levanto y me pongo la ropa.
Me duele y me arde la cadera, justo donde se me abrió la rozadura anoche, pero ya se ha cerrado casi del todo. Una mierda. Aguantará.
Wolf levanta la cabeza y me mira en busca de orientación.
—Quédate —le ordeno—. Cuídala.
Vuelve a bajar la cabeza entre las patas, pero mantiene los ojos abiertos, fijos en el bulto de la manta donde duerme Caroline. Buen perro.
Cojo la Remington y los prismáticos y empiezo a subir.
Mientras bajábamos ayer, tomé nota de un mirador situado a unos cuarenta minutos subiendo por la cresta desde el campamento.
Ahora subo hasta allí en el amanecer gris, pisando la nieve recién caída, con mi aliento formando una nube de vapor delante de mí.
El mundo entero está limpio, blanco y en silencio.
El sol aún no ha salido, pero el cielo se ha aclarado lo suficiente como para ver.
Cuando llego al mirador, me agacho detrás de una roca y levanto los prismáticos. El valle se extiende a mis pies. Primero diviso el camino forestal, una franja gris entre los árboles, y luego sigo hacia el sur por él hasta encontrar el campamento.
Tardo un segundo en comprender lo que estoy viendo.
El barracón está ahí, tal y como lo recuerdo.
El cobertizo, la grúa oxidada, el bloque de hormigón, todo.
Pero los camiones han desaparecido. La furgoneta ha desaparecido.
Las dos motos de nieve que ayer estaban listas para arrancar, el vigía, los ocho hombres, el hombre del abrigo largo…
desaparecidos. Todo el campamento está vacío en la nieve, el generador en silencio, sin humo, sin movimiento.
Una única lona ondea suelta donde antes estaba la moto de nieve.
Me bajo las gafas y parpadeo, convencido de que lo he entendido mal.
Entonces me las vuelvo a subir y miro con más atención.
Pero no.
Vacío.
Se han ido.
Me quedo agachado allí un buen rato y dejo que el frío se me meta en las rodillas mientras pienso en lo que esto significa.
Un campamento vacío es peor que uno lleno. Si fuera un campamento lleno, sabría dónde están. Un campamento lleno significa que puedo vigilarlo, contarlo, planificar en función de él. Un campamento lleno es un problema que puedo controlar.
Un campamento vacío, sin embargo… eso significa que se han movido. Significa que el hombre del abrigo largo decidió que era hora de cambiar de estrategia. Están cazando.
Y no sé lo cerca que pueden estar.
Podrían estar en cualquier lugar de esta montaña.
Mierda, podrían estar ahora mismo en Pike Hollow, sentados en la cafetería de Barb, preguntándole al trampero del gorro de lana si ha visto a un hombre y a una mujer bajar de la cresta.
Podrían estar apostados en la carretera que tendríamos que cruzar para llegar a la autopista y largarnos de aquí de una vez.
Debería haberlo visto venir. La tormenta les sirvió de cobertura. Todo lo que pudiera haberlos delatado, huellas, ruidos, humo, queda sepultado bajo la nieve. La misma tormenta que yo pensaba aprovechar para escapar, ellos la usaron para desaparecer.
Me paso una mano por la cara y noto el sudor frío a pesar del frío.
Lo más inteligente habría sido salir en la oscuridad, en medio de la tormenta, en cuanto salimos de la cafetería. Sin fuego. Sin acampada. Sin paradas. Lo sabía. Y, sin embargo, encendí una hoguera de todos modos, porque ella temblaba y yo soy un idiota.
Y porque, por una noche, quería ser un hombre en lugar de un arma.
Me permití tenerla.
Y mientras la tenía, dejé de vigilar la montaña.
Esto es algo que siempre he sabido, y por mucho que intentara explicárselo a Caroline, ella no me escuchaba: no se pueden tener las dos cosas.
No puedes tener algo y mantenerlo a salvo al mismo tiempo.
El deseo te ciega. Lo sé desde hace veinte años.
Lo aprendí en una carretera comarcal a las afueras de Saratoga Springs.
Pero fui y lo hice de todos modos.
Recorro con la mirada el valle una vez más, despacio, cada pliegue y cada hueco, y no encuentro nada. Reznik, ese fantasma inmortal, ha vuelto a desaparecer. Quién coño sabe dónde aparecerá la próxima vez.
Entonces me levanto y empiezo a bajar.
Está despierta cuando vuelvo al campamento.
Caroline está sentada con la manta sobre los hombros y la camisola de franela debajo.
Lleva el pelo hecho un desastre, pero con la cabeza de Wolf en su regazo, no parece que le importe lo más mínimo.
Está sonriendo y balbuceando tonterías infantiles al perro, algo que yo detesto y que sé que a él le encanta, a ese cabrón peludo y mimado.
Pero no puedo culparlo del todo por dejarse llevar, porque cuando ella se gira y me dirige esa misma sonrisa radiante, me derrito casi tan rápido como él.
Esa sonrisa me hace algo. Cada maldita vez. Una kriptonita que no sabía que tenía.
—Ya has vuelto —dice ella—. Me desperté y te habías ido. Wolf no quiso decirme adónde. Es muy reservado para ser un tipo cuyo pasatiempo favorito es lamerse la entrepierna.
Me muero de ganas de bromear y reírme con ella. Pero esta mañana no es momento para bromas. —He subido a echar un vistazo a la cresta.
Su sonrisa se apaga un poco. Ya me conoce lo suficiente como para leer entre líneas. —Eso no suena como el comienzo de una buena noticia.
Me agacho junto al fuego frío y empiezo a reavivarlo, porque mis manos necesitan algo que hacer.
—El campamento está vacío —digo—. Se marcharon por la noche. Camiones, hombres, todo.
—Eso es bueno, ¿no? —dice. Pero lo dice como se dice algo que ya sabes que no es cierto—. ¿Se han ido? ¿Quizá se han rendido?
—No se han ido. Se han trasladado —Prendo la leña y protejo la llama con las manos—. Un campamento vacío significa que no sé dónde están. Eso es peor.
Frunce el ceño mientras reflexiona. —¿Peor que ocho tipos armados a seis kilómetros de distancia?
—Prefiero tener un problema que puedo ver a uno que no puedo ver.
Se ajusta la manta con más fuerza. Wolf le da un golpecito en la mano y ella le rasca sin mirar, con los ojos fijos en mí. —Así que podrían estar en cualquier sitio —dice—. Por ejemplo, en el pueblo. O vigilando las salidas.
—Exactamente.
No es tonta. Puede que sea nueva en este mundo, pero aprende rápido. Además, lo lleva en la sangre. Bill siempre tuvo un don para este tipo de cosas.
Exhala un largo suspiro. Y luego, como es ella, dice—: Bueno. Genial. Me encanta que nos pase esto.
Casi me echo a reír. No sé muy bien cómo lo hace: cómo coge algo que debería aplastarla, le da la vuelta y lo reduce lo suficiente como para poder manejarlo. Llevo toda la vida dedicándome a esto y nunca he aprendido ese truco. Siempre he tenido la sensación de que cada misión sería la última.
—¿Qué hacemos? —pregunta.
Y ahí está otra vez. Hacemos, en plural. La enormidad de esa distinción tan tonta.
—Aún no lo sé —le digo con sinceridad—. Necesito pensar.
Pero, por curioso que parezca, “pensar” es lo último que tengo en la cabeza ahora mismo.
En lugar de trazar un mapa de la montaña y evaluar las rutas de escape, o intentar descifrar los patrones de la tormenta para ver qué nos puede estar esperando, estoy mirando a Caroline y sintiendo cómo un hambre familiar se va acumulando en mi estómago.
La camisa de franela colgando de un hombro.
La marca que le dejé en el cuello, apenas visible por encima del cuello de la camisa.
El calor de sus ojos, que se hace eco del mío.
—Tienes esa cara —dice ella con recelo—. La cara de quien se mata pensando.
—Sí, bueno, hay mucho en qué pensar.
—Siempre lo hay —Levanta una esquina de la manta. Una invitación—. Seguirá ahí dentro de unos minutos.
Lo sé muy bien. Esto es lo que lleva a la gente a la muerte. Es este deseo que me ciega, igual que anoche.
Pero a la mierda.
Me acerco a ella de todos modos.