CAPÍTULO 17 – Damir #2
—Esto es lo que él me hizo. Mientras tú me tienes atrapada en tu jaula dorada, arrancada de mi vida y de todos los que amo.
Estoy atrapada bajo tu techo. Aquí para leer tus libros y comer tu comida.
Me arrastraste a esa casa, dejaste que esa hermosa niña te convenciera cuando es ella la que no entiende.
.. No me digas que lo deje estar. Si es demasiado tarde para mí, no puedo hacer nada al respecto, pero. ..
Aprieto la mandíbula, los dientes rechinan tan fuerte que juro que puedo oírlo.
Los ojos cálidos de Seraphina relucen con un velo húmedo que lucha a muerte por no dejar caer. Como si hubiera olvidado las veces que se ha derrumbado frente a mí. Así es como terminó en mi jodido ático. Cómo terminé sabiendo a qué sabe ella, sus besos ardientes y hambrientos.
Niego con la cabeza.
—Dices eso. Pero he hecho cosas peores. He arrancado mucho más que una uña. ¿Es un monstruo mejor que otro?
—Tú no eres...
¿Qué coño le pasa?
—Despierta de una puta vez, Seraphina —le chasqueo los dedos en la cara, como si realmente pudiera hacerla reaccionar—.
Esto no es un cuento de hadas. No estamos jugando a La Bella y la Bestia.
No vas a domarme y convertirme en un príncipe solo porque quieras convertir tu trauma en un final feliz.
Lo único que puedo darle es ignorancia. La ignorancia es felicidad, y va a seguir siéndolo mientras yo pueda evitarlo.
—Crees que la estás protegiendo y no es así —argumenta Seraphina.
—La estoy protegiendo.
—Le estás mintiendo.
—Es la misma jodida cosa.
—No —dice, con la voz vuelta suplicante—, no lo es.
—No lo entiendes. No lo entenderás —exhalo, el agotamiento me palpita en las sienes. Me aparto de ella, vuelvo hacia la puerta.
Como si lo presintiera, se desliza entre la puerta y yo. Sus manos se extienden hacia mí, hacia mi rostro, y lo enmarcan con las palmas, sin manchas de tinta por una vez.
—¿No significa nada que lo esté intentando?
Mierda, está demasiado jodidamente cerca. No hay adónde ir.
Ni siquiera recuerdo haber cruzado la distancia entre nosotros, pero de alguna manera, mis manos terminan apoyadas contra la madera a cada lado de su cabeza. Su espalda casi roza el marco de la puerta. Sus labios se entreabren como si fuera a decir algo más.
No le doy la oportunidad.
Dejo caer la cabeza y hundo el rostro en su cuello. Inhalo el perfume de su piel, la fragancia cálida y dulce, como nubes de azúcar y cacao.
—Nunca debí llevarte allí —susurro contra su piel.
—¿Por qué lo hiciste? —susurra ella.
—No lo sé, joder.
Una mentira.
Respira entrecortadamente. Como si hubiéramos corrido una maratón para llegar a este punto muerto, y solo quedara decidir quién se derrumba primero.
—Dime la verdad —dice, y odio cuánto deseo dársela—. Sobre él. Sobre ti. Sobre lo que se avecina.
—No puedo —digo.
—Entonces, ¿qué puedes hacer?
No pienso. Reacciono.
Estampo la mano contra la puerta detrás de ella, con la fuerza suficiente para que la vibración haga temblar el pomo. Su jadeo no es de miedo: es furia, calor, y algo más profundo que no me atrevo a nombrar.
Me inclino. Tan cerca que puedo saborear el desafío en su aliento.
—Deja que te lo demuestre, Sera.
Bajo la mano, giro el pomo y empujo la puerta, obligándola a retroceder hacia la oscuridad.
Mi oscuridad.
Mi espacio.
Y la sigo.
La puerta se cierra tras nosotros con un clic que suena demasiado a punto de no retorno.
No enciendo la luz.
El tenue resplandor de la ciudad se filtra por los ventanales, derramándose en franjas plateadas sobre el suelo de madera. Proyecta su silueta en algo etéreo. Sobrenatural. El dobladillo de su vestido ondea cuando retrocede, insegura, el pecho agitándose como si hubiera olvidado cómo respirar.
Bien.
Avanzo. Lento. Deliberado. Observando cómo se separan sus labios. Cómo aletean sus pestañas. Cada respiración suya es ahora un reto, retándome a cruzar el umbral de quien he fingido ser y convertirme en lo que ambos queremos, joder.
Vuelve a buscarme. Sus manos suben, suaves y temblorosas, rozándome la mandíbula, las yemas ligeras como plumas, como si creyera que debe tratarme con cuidado. Como si no hubiera visto de lo que soy capaz.
Le agarro las muñecas. No con fuerza, solo lo justo. Y le aparto las manos de la cara.
Jadea, pero no retrocede.
Chica lista.
La giro. Lentamente. Ahora me da la espalda, la columna larga y recta, los hombros cuadrados como si esperara que la arrojaran a los lobos pero se negara a inmutarse.
Le toco el pelo.
Ese pelo magnífico, imposible, que me atormenta desde la primera vez que la vi en mi biblioteca, con los ojos muy abiertos y furiosa.
Ahora está rizado y espeso, brillando en la tenue luz como una promesa que nunca merecí.
Lo recojo todo en una mano, envuelvo la masa aterciopelada en la palma y la retuerzo hasta que se anuda en mi puño como una correa.
Se le entrecorta la respiración.
Me inclino, rozando con los labios la columna de su garganta, dejando que el roce áspero de la barba incipiente torture la suavidad de su piel. Está cálida. Viva. Su pulso late con fuerza bajo mi boca, marcando un ritmo que hace que el mío se tambalee intentando seguirle el paso.
La beso ahí. Justo debajo de la oreja. Lento. Posesivo. Mis labios se separan y la saboreo. El aroma de su piel es dulce, como calor y memoria, azúcar entretejido con fuego.
—¿Te he dicho —murmuro contra su piel— que estás jodidamente deslumbrante esta noche?
No habla. No necesita hacerlo. El escalofrío que la recorre es respuesta suficiente.
Mi mano libre sube, deslizándose sobre su cadera.
Encuentro la curva de su pecho, lleno y alto, y lo acuno.
Aprieto. Se arquea hacia atrás contra mí, su cuerpo traicionándola antes que su boca.
La acaricio lentamente, el pulgar rozando el pezón hasta que se endurece bajo mi palma.
Aun así, lo único que hace es jadear: pequeñas respiraciones indefensas y entrecortadas que empañan el aire entre nosotros.
Pero necesito más. Quiero el sonido que no he escuchado desde nuestro beso. Ese en el que no he dejado de pensar, joder.
Me pego más a ella por detrás, la voz convertida en un gruñido.
—Bájate la cremallera.
Se pone rígida, no por miedo sino por el peso de la orden.
Le tiemblan los dedos mientras los sube a la espalda, encuentra la lengüeta de la cremallera y empieza a bajarla.
Lo oigo: un deslizamiento lento y susurrante que suena a rendición.
Centímetro a centímetro, su columna queda al descubierto, el vestido desprendiéndose como pétalos.
El terciopelo se desliza más abajo. Mi mano se desliza debajo.
Piel contra piel.
Gimo contra su cuello mientras le acaricio el pecho como es debido, el pezón endureciéndose bajo mi tacto.
—He estado pensando en estas tetas, Sera —le digo la verdad que puedo—. Necesito saciarme de ellas, aunque odio esperar. He pensado en cómo sabrá ese coño. Si es tan ávido como esa boquita tuya.
Tiembla contra mí, y aun así, sus caderas se restriegan hacia atrás.
—No tienes que esperar —jadea.
No me da tiempo a responder antes de que sus manos se muevan: una baja, deja caer el vestido arrugado en sus caderas y se desliza entre sus muslos. Se me entrecorta la respiración cuando gime en voz baja, los dedos encontrando calor. Se gira, lo justo para encontrar mi mirada por encima del hombro.
Su mano se alza. Húmeda. Temblorosa.
Y la presiona contra mi boca.
—Aquí —susurra—. Prueba... Papi.
No rompo el contacto visual.
Me llevo sus dedos a la boca.
Y joder, su sabor —dulce, embriagador, adictivo— me hace querer arruinarla.
Chupo lento y profundo, la lengua enroscándose en sus nudillos, saboreando cada gota.
Gime, ronco y estrangulado, observándome como si no pudiera creer lo que ha hecho.
Como si no pudiera creer lo que estoy a punto de hacer.
Le saco la mano de mi boca con un chasquido húmedo, le agarro las caderas y la giro hacia la cama.
—Inclínate —digo con voz áspera.
Obedece sin dudarlo, mucho más sumisa de lo que había imaginado.
Apoya las manos en el borde del colchón, la espalda arqueada como si supiera exactamente lo que necesito ver.
Su culo, redondo y perfecto, al descubierto.
Los muslos le brillan. Ya está empapada, y ni siquiera la he tocado de verdad todavía.
Me arrodillo.
Jadea cuando mi boca la toca.
La lamo por detrás, despacio al principio, con largas lamidas lánguidas que le hacen temblar las piernas.
Agarra las sábanas con los puños, la cabeza colgando, gimiendo sin contenerse.
Mis manos la abren más y me hundo en ella.
Mi lengua rodea su clítoris, luego lo roza. Su cuerpo se sacude. Gruño contra ella.
—Estás tan jodidamente preciosa así —digo, apartándome para verla estremecerse—. Tu coño… Joder, Sera. Es perfecto.
—Damir —gime.
—No. Inténtalo de nuevo.
Se ahoga con un gemido.
—Papi.
—Eso es.
Le succiono el clítoris y grita, ronca y desesperada. Sus caderas empujan hacia atrás contra mí y le doy más, lamiéndola sin piedad. Sabe a pecado y salvación. No paro hasta que está temblando. Hundo dos dedos en ella y se contrae tan fuerte que gruño.
—Tan jodidamente estrecha —digo entre dientes, curvando los dedos—. ¿Siempre eres tan codiciosa, nena? ¿O solo conmigo?
Se mece hacia atrás sobre mi mano, gimoteando.
—Solo contigo.
—¿Sí?
—Gracias, papi —jadea, y la forma en que lo dice, suave y sin aliento, como un regalo, me hace querer tenerla aquí para siempre. Justo así. Deshaciéndose para mí.
Sus caderas empujan hacia atrás hasta que saco los dedos y la tumbo de nuevo en la cama, brusco con ella porque lo aguanta de maravilla, la espalda arqueada y el culo en alto como si hubiera nacido para esto.
Su coño brilla en la luz tenue, y cuando la abro con los pulgares, el calor que desprende casi me abrasa.
—Tan jodidamente preciosa —la alabo, con los labios rozando justo donde gotea para mí—. ¿Lo sabes, cariño? Un coñito precioso como este, dulce, hinchado, desesperado.
Gime, grave y rota.
—Por favor, papi.