Capítulo 40
Destrozar el mundo
Dante
—¿ D ónde coño la tiene metida? —le ladré a Nico, paseándome de un lado a otro del salón privado de Leo como un animal enjaulado. Tenía cada músculo del cuerpo tan tenso que estaba a punto de romperse.
Evelyn estaba en algún lugar ahí fuera, a merced de ese loco, y Valentina acababa de empujarlo al puto abismo.
—Ahora sabe que está acabado, no tiene nada que perder —le dije, desahogando parte de mi furia. La inactividad me estaba volviendo loco. Tenía que hacer algo. Tenía que llegar a ella.
—Cálmate, Dante. —Su voz era como una brisa ártica proveniente de los casquetes polares—. Vincent Calabria no va a matar a Evelyn, tiene suficiente de qué preocuparse con el cartel y con Malakov persiguiéndolo. No va a querer añadirte a ti a esa lista.
—¿Cómo lo sabes? —gruñí.
—Porque lo conozco. Puede que sea una mierda, pero también es un superviviente. Cogerá el dinero que le quede y huirá. Recuerda mis palabras.
Yo no estaba tan seguro. Había sonado como si hablara en serio y mi madre tenía una forma de empujar a la gente al límite. Sabía bien qué se sentía.
—Mi equipo está revisando todas las propiedades vinculadas a Vincent —dijo Marco desde la mesa del comedor, con la mano sobre el receptor de uno de sus tres teléfonos móviles—. Apartamentos, empresas pantalla, almacenes, naves industriales.
Su equipo era un grupo de esbirros a sueldo que se sumergían en las vidas secretas de los candidatos a los que quería destruir o manipular. Mi hermano tenía el poder de arruinar muchas carreras, si así lo decidía. Y a menudo lo hacía.
—Estoy rastreando el número que ha usado para llamarnos. —Nico se rascó la cabeza—. La señal estaba codificada y ha rebotado por múltiples torres. Sigo intentando acotarla.
¿Por qué no me sorprendía? Vincent sabía lo que hacía. Había tenido tiempo para planear esto. Y ahora tenía a Evelyn.
Me pasé ambas manos por el pelo, con la mandíbula dolorida de tanto apretarla. —Tiene que haber alguna forma de rastrearla.
Nico me lanzó una mirada molesta. —Hago todo lo que puedo.
Sabía que lo hacía, pero en este momento apenas podía contener el miedo que sentía por Evelyn. Estaba tan furioso que quería traspasar la pared más cercana de un puñetazo.
—¿Por qué no lo vimos venir? —dije, girándome para enfrentarme a mi madre—. Pensaba que vosotros dos erais amigos.
—Lo éramos —dijo ella en voz baja—. Hace mucho tiempo.
—Bueno, ¿qué coño ha pasado? —exigí.
Me lanzó una mirada mordaz. —No me hables con tacos, Dante.
Solté un gruñido y me metí las manos en los bolsillos. —Lo siento.
Nico sonrió con sorna. Mi madre no toleraba las faltas de respeto, y con razón. No debería haberle hablado así, pero estaba tan jodidamente frustrado que no sabía qué hacer conmigo mismo.
Daría la vuelta al mundo hasta encontrarla. Nada iba a detenerme. Y cuando lo hiciera, no volvería a dejarla marchar.
Era culpa mía que se hubiera ido sin estar preparada. Culpa mía que se la hubieran llevado. Si no la hubiera secuestrado, si no me hubiera enamorado de ella y no la hubiera llevado a vivir a mi apartamento, Vincent no la estaría usando para llegar a nosotros.
Al hacerla mía, la había convertido en un objetivo. Lo que más temía había ocurrido. Un enemigo había encontrado mi punto débil y lo estaba usando contra mí. Y ahora Evelyn estaba pagando el precio.
—Debe de haber estado muy descontento para recurrir a este nivel de traición —señaló Marco.
—¿Tú crees? —dijo Izzy con irritación.
Todos tenían los nervios a flor de piel.
—Dante tiene razón. Deberíamos haberlo visto venir —dijo Leo, hablando por primera vez. Estaba sentado en su sillón, con el bastón apoyado en la rodilla. Aunque se mantenía erguido, parecía más viejo de algún modo. Más cansado.
—¿Cómo íbamos a hacerlo? No dio ningún indicio de que nos estuviera vendiendo al puto cartel —replicó Marco.
—Nico, necesito ver sus extractos bancarios —dijo Valentina en voz baja.
Parecía ser la única persona calmada en la habitación.
Estaba sentada en el sofá con una pierna cruzada sobre la otra, tomando un café solo.
Para cualquiera que no la conociera, podría parecer relajada, pero todos reconocíamos el peligro en esa compostura. Estaba furiosa.
No emocionalmente. Mi madre nunca se mostraba emocional externamente. Lo suyo era una furia fría y despiadada que solía resultar en el fin abrupto de los negocios, el sustento o la vida de alguien. En este caso, suponía que serían las tres cosas. Pero definitivamente esa última.
—Incluida la cuenta en Zúrich que él cree que no conozco.
Izzy me arqueó las cejas.
No me sorprendía. Valentina siempre iba un paso por delante de todos.
—No podré entrar desde aquí —dijo él, cerrando su portátil con un chasquido—. ¿Pero tal vez en su oficina...? —Se volvió hacia mí.
—Bien, vamos —dije. Era sábado, así que Chloe estaría allí gestionando el lugar.
De todos modos, no aguantaba ni un segundo más sentado allí sin hacer nada.
—Llevaos seguridad —dijo Marco.
Ambos lo ignoramos y salimos.
La Agora Gallery seguía abierta cuando llegamos, aunque las elegantes puertas de cristal estaban cerradas frente al caos empapado por la lluvia de SoHo.
El agua corría por los ventanales delanteros en riachuelos brillantes, distorsionando el tenue resplandor del vestíbulo en borrosas estelas doradas sobre el pavimento.
El tráfico siseaba por las calles mojadas mientras, en algún lugar a lo lejos, una sirena aullaba por el bajo Manhattan como un presagio.
Llamé, apenas notando nada de eso. Nico estaba en silencio a mi lado, con la capucha puesta contra el diluvio.
Todo mi cuerpo vibraba con una energía violenta e inquieta que no tenía adónde ir. Cada segundo que Evelyn permanecía fuera se sentía como una cuchilla deslizándose más profundamente bajo mis costillas. No podía dejar de imaginarla atada en algún lugar, esperando a que fuera a buscarla.
El pensamiento me estaba volviendo loco poco a poco.
Entré en la galería en cuanto Chloe me abrió.
La joven recepcionista levantó la vista desde detrás de su escritorio de mármol.
—Señor Marcelli. ¿Qué hace usted aquí? —Miró de mí a mi hermano y viceversa—. ¿Pasa algo malo?
—¿Dónde está el despacho de Vincent? —ladré.
Chloe se estremeció visiblemente. —Está a mitad del pasillo, a la izquierda. ¿Qué... qué ha pasado?
—Se han llevado a Evelyn —dijo Nico, poniéndola al corriente.
—Oh, Dios mío. ¿Está...? ¿Está bien?
—No lo sabemos. —Él caminó por el pasillo siguiéndome.
Llegamos al despacho de Vincent y Nico se sentó a su escritorio, sobre el cual había un ordenador de pantalla plana. —Si ha accedido a su banco online desde esta máquina, podré piratearla —dijo tajante.
Rogué a Dios que pudiera.
Dejándolo a lo suyo, centré mi atención en los archivadores y carpetas apilados en los estantes al lado opuesto del despacho. Estaban etiquetados según el año fiscal y se remontaban a cinco años atrás. Todo el tiempo que Vincent había estado trabajando como autónomo en la Agora.
Miré unos cuantos solo para descubrir que eran declaraciones de impuestos legítimas, documentación de apoyo y facturas impresas. Nada útil.
Al ojear las otras carpetas, vi que todo era negocios de la galería. Nada que ver con la vida personal de Vincent y ningún indicio en absoluto de adónde podría haber llevado a Evelyn.
—He entrado en una de sus cuentas —anunció Nico, echando mano del teléfono fijo—. Voy a llamar a Valentina. Ella quiere los detalles.
Asentí rígidamente y volví a la parte principal de la galería, donde oía a Chloe hablando con un cliente. Cuando doblé la esquina y entré en la sala, vi que era Mikhail Orlov.
¿Qué coño hacía él aquí?
Me vio al mismo tiempo y su rostro se transformó en una expresión de amenaza controlada. Vi cómo su mano se movía hacia el bolsillo interior de su americana y supuse que llevaba un arma oculta.
No importaba. Yo también.
Sin embargo, no hice ademán de cogerla y, tras un instante, Orlov dejó caer la mano a su lado.
—Marcelli. Estoy aquí para ver a Evelyn. Tengo entendido que no está disponible ahora mismo. —Hizo un gesto hacia Chloe, cuyo rostro estaba pálido y manchado de llorar, con el rímel corrido bajo sus ojos asustados.
—No. No lo está. —No di más detalles. Orlov podía ser amigo de Evelyn, pero para mí no era nada. Menos que nada.
Noté que su pelo plateado estaba desaliñado, como si se hubiera pasado la mano por él demasiadas veces. Su abrigo de lana oscura estaba húmedo por la lluvia y tenía ojeras bajo los ojos.
La guerra de territorios también le estaba pasando factura a él.
—¿Cuánto tiempo hace que ha desaparecido? —preguntó.
Miré con dureza a Chloe. Ella tragó saliva y se miró las manos.
Orlov clavó su mirada en mí. —¿Sabe quién se la ha llevado?
Le fruncí el ceño. —No es asunto suyo.
—En realidad, si tiene que ver con Los Santos Rotos, es muy asunto mío.
—No son ellos —dije, cediendo y dándole algo. No necesitaba a la puta Bratva encima por esto.
—¿Entonces quién? —Sus ojos se entornaron.
Vacilé. Iba en contra de cada instinto que poseía dar a un consigliere de la Bratva rusa información tan sensible.
En circunstancias normales, le habría dicho que se fuera a la mierda y se ocupara de sus asuntos, pero estaba bien conectado en los círculos artísticos y podría saber algo que me ayudara a encontrarla.
—Vincent Calabria.
Chloe ahogó un grito. —¿Vincent? De ninguna manera. Eso es imposible. Vincent nunca...—
La silencié con una mirada.
Emitiendo algo que sonaba como un cruce entre un sollozo y un jadeo, se desplomó tras su gran escritorio de mármol.
Durante un largo momento, Orlov se limitó a mirarme fijamente, luego su expresión se ensombreció. —¿Cuándo?
—Hoy, alrededor del mediodía.
Miró su reloj. —Hace cuatro horas.
Asentí, sabiendo que estaba calculando mentalmente las probabilidades de encontrar a Evelyn viva. Yo llevaba haciendo eso desde el momento en que me enteré de que se la habían llevado.
—Vincent era una rata. Estaba vendiendo información al cartel para beneficio económico —expliqué, con un tono tenso. Orlov seguía siendo mi enemigo, pero ahora teníamos un problema mayor.
La comprensión se extendió por el rostro del ruso. —¿El cartel robó vuestro cargamento?
Asentí brevemente. Me fastidiaba admitirlo ante el rival de mi familia, pero así eran las cosas.
—Probablemente os ha estado haciendo lo mismo a vosotros —dije.
No tenía pruebas de ello, pero necesitaba que Orlov se centrara en Vincent y el cartel, no en nosotros—.
Vincent ha estado ayudando al cartel a desestabilizar tanto a la Bratva como a los Marcelli para que puedan entrar en la ciudad mientras nosotros nos despedazamos entre nosotros.
Un silencio pesado se instaló entre nosotros.
—Ya estamos en guerra —dijo Orlov en voz baja, pero oí el acero que ocultaba.
La lluvia golpeaba los ventanales tras él, el sonido llenaba la galería como aplausos distantes.
—Lo sé.
El silencio se prolongó. Orlov miraba más allá de mí a una de las instalaciones de Evelyn, un enorme óleo abstracto en carmesí y negro, pero me dio la sensación de que no lo estaba viendo realmente.
Finalmente, frunció los labios y se volvió hacia mí. —¿Qué estáis haciendo para recuperarla?
No lo suficiente.
—Estamos buscando pistas. Algún lugar al que pueda haberla llevado. Hasta ahora, no hemos encontrado nada.
Orlov frunció el ceño. —Cuando le cuente a Sergei lo que ha dicho, removerá cielo y tierra en Nueva York buscando a ese hombre.
—Tendrá que ponerse a la cola —gruñí. Iba a ser yo quien rompiera a Vincent con mis putas manos. Luego iba a acabar con hasta el último miembro del cartel en mi ciudad y a reducir su puta organización a cenizas.
Orlov me estudió. —Me parece que ambos queremos lo mismo.
Le fruncí el ceño. —¿Y?
—Propongo una alianza temporal. Unimos fuerzas para recuperar a Evelyn y... —Sus ojos pálidos se volvieron gélidos— destruir a Los Santos Rotos.
Me quedé mirándolo. Jamás en la historia de la organización de mi familia la Bratva y los Marcelli habían unido fuerzas. Era algo inaudito.
Pero esto era potencialmente el fin para nosotros si no lo llevábamos hasta el final. Dadas las circunstancias, había que hacer excepciones. Estaba seguro de que Valentina lo entendería.
Asentí con gravedad y le tendí la mano. —Hecho.
Su apretón fue firme. Dos depredadores firmando la paz en aras de la guerra.
En cuanto le solté la mano, él echó mano de su teléfono e hizo una llamada. Habló rápido en ruso y no podía estar seguro, pero supuse que estaba informando a Malakov de lo sucedido.
Yo no llamé a nadie.
En su lugar, esperé. Mis sospechas se confirmaron cuando dijo: —Sergei está de acuerdo. Él también está preocupado por el bienestar de Evelyn y hará todo lo que esté en su mano para ayudarte a encontrarla.
Gruñí. —Solo recuerda que Vincent es mío.
Orlov asintió secamente. —Puedo aceptar eso.
* * *
Seguíamos de pie en medio de la galería cuando Nico entró en la sala a grandes zancadas.
Ambos hombres se quedaron helados.
—Perdona —le dije a Orlov y me acerqué a mi hermano. Le puse una mano en el hombro—. ¿Qué tienes?
Nico miró a Orlov por encima de mi hombro. —¿Qué coño hace él aquí?
—Tiene un interés personal —murmuré—. ¿Qué tienes?
Nico me agarró del brazo y me arrastró al pasillo, fuera de la vista. —¿Te has vuelto loco de remate?
—Por el amor de Dios, Orlov nos va a ayudar a encontrar a Vincent.
—Sí, claro. ¿Qué le importa a él que Vincent tenga a Evelyn?
—Porque quiere a Los Santos Rotos y Vincent sabe cómo llegar a ellos. Confía en mí. Está todo bajo control.
Nico me frunció el ceño. —Que conste que no me gusta un pelo.
—No tiene por qué gustarte. Ahora dime qué sabes.
—Madre mía. A mamá le va a encantar esto.
—Nico —le espeté. No tenía tiempo para esto. La vida de Evelyn pendía de un hilo.
—El rastreador del reloj vuelve a estar operativo —dijo de mal humor.
La adrenalina me recorrió. —¿Ah, sí? ¿Dónde?
—La señal viene de los muelles de Brooklyn. Parece la zona de los antiguos almacenes cerca de Red Hook.
Los muelles. Una zona industrial aislada en la que no se aventura mucha gente, sobre todo a estas horas de la noche. Tragué saliva. Era fácil que alguien desapareciera allí.
—Pásame las coordenadas.
Nico asintió secamente y se alejó por el pasillo.
Volví con Orlov.
—Tenemos una posible ubicación para Evelyn —le dije, pasando directamente por su lado hacia la puerta principal. No había ni un momento que perder—. El distrito de almacenes cerca de los muelles.
Orlov dio media vuelta y me siguió, sacando su teléfono. Ladró instrucciones a alguien al otro lado en ruso.
Abrí la puerta de la galería y la lluvia nos golpeó inmediatamente en la cara. Fragmentos diagonales y afilados que escocían al impactar. En algún lugar sobre Manhattan, retumbó un trueno.
—¿Me avisaréis? —suplicó Chloe, levantándose tras el mostrador de recepción—. Ya sabéis, si la encontráis.
Cuando , no si.
Asentí, y luego Orlov y yo salimos juntos a la tormenta.