Capítulo 35
Reino de pecado
Dante
—¿ H as sido tú? —me preguntó Evelyn mientras volvíamos a mi casa en coche. Su voz era suave, pero tenía un punto cortante.
La miré de reojo. —¿De verdad quieres que te responda a eso?
Cerró la boca.
Suspiré. No era momento para tener un ataque de conciencia.
—Estos eran los hombres que mandaron a matarte —le recordé—. Se merecían lo que les ha pasado.
Se mordisqueó el labio, atrayendo mi mirada. Me pregunté qué sentiría si me inclinara y le hiciera lo mismo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Porque llegaron unos días antes del allanamiento, se alojaron en un hotel cercano y, según las grabaciones de las cámaras de seguridad de la fachada, se fueron a las dos de la madrugada la noche después de que yo… te cogiera. Creo que es seguro suponer que se dirigían a tu casa.
No le dije que también los habían fichado comprando láminas de plástico, cinta americana y lejía en una ferretería ese mismo día, ni que aparecían en unas grabaciones de Los Santos Rotos que Marco había conseguido de una fuente en Bogotá. No necesitaba saber lo cerca que había estado de la muerte.
Solo pensarlo hacía que me hirviera la sangre, y sentí otra oleada de placer por la suerte que habían corrido.
En mi opinión, se habían librado fácilmente. Rocco y yo les habíamos pegado un tiro en lugar de hacerlos sufrir, que era lo que ambos habríamos preferido. Solo que intentábamos que pareciera que los hombres de Malakov habían hecho el trabajo sucio, y la Bratva no era conocida por su creatividad.
—¿Hackeaste las cámaras de seguridad de su hotel? —Sus ojos parecían enormes con la tenue luz de la parte trasera del todoterreno.
—Técnicamente, fue Nico —la corregí—. Pero eso son solo tecnicismos.
Inspiró hondo y vi cómo se le hinchaba el pecho. Como siempre, estaba preciosa y jodidamente sexi con un traje de pantalón entallado de color crema y una camiseta de tirantes azul marino ceñida al cuerpo debajo. No veía el momento de quitárselo.
Anoche, después del tiroteo en el garaje, le había hecho el amor de una forma que nunca pensé que lo haría. Había sido más tierno, más reverente, con el pensamiento de perderla todavía reciente en mi mente.
Ella había respondido de la misma manera, adorando mi cuerpo con una urgencia que no le había visto antes.
Como si tampoco pudiera soportar perderme.
Como si valiera la pena salvarme. Era jodidamente embriagador, y si no hubiera estado tan aliviado de que estuviera viva, podría haberme tomado un momento para pensar en ello.
Mi Ophelia. No tan trágica, después de todo.
Llevaba el pelo recogido en un moño pulcro que hacía que su cuello pareciera aún más largo. En las orejas llevaba dos pendientes de diamantes de imitación, probablemente circonitas a juzgar por la calidad, pero brillaban con elegancia.
Me prometí que algún día le compraría los de verdad. Llevaría mis diamantes en los lóbulos.
Noté que se me removía algo y corregí mi postura. Estaba permanentemente excitado y a media asta cuando ella estaba cerca de mí. Como si mi cuerpo se negara a comportarse con normalidad.
—Entonces, ¿de verdad eran ellos? —preguntó, ajena al efecto que me estaba causando. El que siempre me causaba.
Asentí con rotundidad. —También fueron los que abrieron fuego contra nosotros en el garaje ayer.
Soltó un grito ahogado. —¿Cómo lo sabes? ¿Más cámaras de seguridad?
—Nuestras cámaras de vigilancia de la salida del garaje los grabaron.
—Las imágenes eran borrosas, pero suficientes para un reconocimiento facial.
Nico había hecho lo que mejor se le daba y los había emparejado con los dos que se habían ido del hotel—.
Parece que el intermediario, Ricardo, era mucho más que un simple comprador de arte.
Lo que no le dije fue que Nico también había detectado a un tercer hombre en el coche de los tiradores. Había estado sentado en el asiento trasero, no había salido en ningún momento, y la grabación estaba demasiado oscura para ver sus rasgos.
Sabía que ella buscaba formas de justificar un asesinato, pero se llevaría una decepción. No las había. Podría no haber apretado el gatillo, pero sabía que esto iba a pasar, y no había hecho nada para detenerlo.
Recordé cuando descubrí por primera vez que mi padre había matado a alguien. Me sentí contaminado por asociación. Consumido por la culpa de no haberlo detenido. Por haber dejado que sucediera.
Se hizo más fácil con el paso de los años, y más fácil aún cuando me entrenaron para matar en el campo de batalla, pero siempre había consecuencias psicológicas.
Esa fue la vida que elegí. La vida que sigo eligiendo. Y por eso tengo que vivir con ella.
Entramos en el garaje subterráneo y vi a Evelyn tensarse, con el ataque de anoche todavía reciente en su mente. Miró a su alrededor con nerviosismo.
Max tenía un dedo en el auricular y, aunque no podíamos oír a través de la mampara, sabía que había despejado el espacio con un compañero antes incluso de entrar. Aunque ambos tiradores estaban muertos, no nos arriesgábamos.
—Está despejado —la tranquilicé—. Max lo ha comprobado.
Sus hombros se relajaron con alivio.
Sin embargo, Evelyn no era como yo. Este no era su mundo. Era mi reino de pecado.
Todo por lo que estaba pasando era porque gente como yo la había utilizado. Malakov, el cártel. Éramos todos iguales.
Los colombianos eran nuestro problema, y yo la había arrastrado a nuestra guerra. Ahora miraba constantemente por encima del hombro. La noche en que entré en su galería, había cambiado la trayectoria de su vida.
Eso no me sentaba bien.
Solo que ya estábamos demasiado metidos. Los acontecimientos se habían puesto en marcha y no teníamos más remedio que llegar hasta el final. Ambos.
Después de eso, una vez que hubiéramos saldado cuentas y recuperado el control de nuestra ruta de contrabando y nuestra red de blanqueo de dinero, entonces sería libre.
Una punzada aguda me golpeó en las entrañas. Vale, no exactamente libre. Pero al menos ya no tendría que mirar por encima del hombro.
Max detuvo el todoterreno y apagó el motor. Salí y le abrí la puerta a Evelyn. Más adelante, uno de mis hombres me levantó el pulgar. Estábamos a salvo.
—Venga, vamos adentro —le dije.
No quería demorarme, a pesar de nuestra victoria provisional. Siempre había más sicarios, siempre más amenazas. Y aún no habíamos identificado al tercer hombre.
Me atrevería a decir que Los Santos Rotos estaban más preocupados por sus homólogos rusos que por nosotros en este momento. Tal y como habíamos planeado.
—Espera aquí —le dije, haciendo un gesto con la cabeza al guardia del pasillo antes de abrir la puerta de mi piso. Eché un vistazo dentro del apartamento y luego le hice una seña para que entrara.
—He hablado hoy con Orlov —dijo, entrando y quitándose los zapatos.
—Cuéntame —le dije.
Dejó el bolso en la consola y se giró para mirarme.
—Vino a la galería con ganas de hablar. Dijo que últimamente las cosas no funcionaban tan bien entre nosotros. Le expliqué lo del allanamiento, incluso lo del ataque.
Fruncí el ceño. —¿Le contaste eso?
Se encogió de hombros. —Tenía sentido. Encajaba con todo el rollo de «vienen a por mí», ¿no?
Incapaz de contenerme, alargué la mano y le aparté un mechón de pelo suelto de la cara. Sus ojos se abrieron de sorpresa. Para ser justos, las muestras involuntarias de afecto no eran lo mío. Aunque las viejas reglas no parecían aplicarse cuando ella estaba cerca.
Bajé la mano. —Ha sido inteligente. Ahora estará preocupado.
—Creo que lo estaba. —Se dio la vuelta y se dirigió a la cocina. Abrió la nevera y sacó una botella de chardonnay fría—. ¿Quieres una copa?
Casi se me escapó una sonrisa, pero me contuve.
La imagen de ella sintiéndose como en casa en mi apartamento era algo a lo que todavía no estaba acostumbrado.
Este siempre había sido mi espacio, mi santuario.
Siempre había supuesto que odiaría compartirlo con nadie, pero sorprendentemente, no odiaba que ella estuviera aquí.
Aunque la había forzado a entrar en mi mundo, empezaba a actuar como si perteneciera a él.
Incliné la cabeza. Sirvió dos copas y me dio una.
—Cuando se fue, estaba claramente preocupado. Nunca lo había visto así. —Vaciló—. Me pregunto qué pensarán él y Sergei después de… lo que ha pasado hoy.
Todavía no podía pronunciar las palabras.
Después de que mataras a esos hombres.
—Al principio no le darán importancia —le dije. Sabía cómo se desarrollaría esto. Los conocía—. Como Malakov no estuvo involucrado, pensarán que fue alguien que usó armas rusas. No es difícil conseguir AK, si sabes dónde buscar. Todo se irá a la mierda cuando el cártel tome represalias.
—¿Cuándo crees que será eso? —Agarró el pie de su copa de vino con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Me encogí de hombros. —¿Quién sabe? Hoy. Mañana. —Lo único que me importaba era que los hombres que habían ido a por ella, que nos habían atacado, estuvieran muertos.
Volvió a morderse el labio, con la fuerza suficiente para dejar una marca.
—¿Por qué no pedimos comida esta noche? —sugerí, sintiendo la tensión que irradiaba de ella. No me apetecía cocinar y Evelyn no estaba para ello.
—Claro. Si es lo que quieres.
Acorté la distancia entre nosotros, dejando mi copa de vino en la encimera.
—No es lo único que quiero.
Su respiración se entrecortó cuando extendí la mano y le quité el broche que le sujetaba el pelo. Suaves mechones rojos cayeron en cascada sobre sus hombros.
—Así está mejor —murmuré, enroscándome un mechón en los dedos, maravillándome de su tacto. Era toda curvas exuberantes y suavidad empaquetada en una figura menuda.
Evelyn no se movió, pero esos grandes ojos esmeralda se limitaron a mirarme. Leí en ellos excitación y deseo, pero también miedo. Estaba asustada e intentaba no demostrarlo.
—Todo va a salir bien —murmuré, rozándole la cara con el dorso de la mano.
—¿Y si no es así? —dijo con voz ahogada—. ¿Y si algo sale mal y descubren lo que hemos hecho?
—¿Quién? ¿Los Santos Rotos?
—No, Sergei.
—No lo hará.