Capítulo 34
Un mensaje de sangre
Evelyn
— B onito reloj —dijo Chloe cuando llegué al trabajo a la mañana siguiente.
Me puse colorada, pero giré la muñeca bajo las luces del estudio para admirarlo. —¿A que lo es?
Ella sonrió, pero fue algo fugaz. Sus ojos marrones se llenaron de preocupación.
—Sé que es absolutamente espectacular, pero estás teniendo cuidado, ¿verdad, Evie?
Fruncí el ceño. No. No lo estaba teniendo. En realidad, no. Para nada. Ya estaba enamorada hasta las trancas y, aunque sabía que él no me convenía, que no había futuro para nosotros, parecía incapaz de bajarme de la montaña rusa.
Pero no le dije nada de eso a mi amiga. Solo serviría para que se preocupara más.
—Estoy haciendo lo que tengo que hacer —le dije con firmeza—. Para recuperar mi galería.
Ella no conocía la historia completa, solo que el cártel intentaba apoderarse del Agora y que yo estaba colaborando con los Marcelli para detenerlos.
Me puso una mano en el brazo. —Es que odio la idea de que salgas herida.
Agradecí el sentimiento. Ni siquiera estaba en desacuerdo. Sobre el papel, era una locura. Involucrarse con un capo del crimen, incluso con uno tan guapo como Dante.
—No saldré herida —le dije, forzando una sonrisa.
Ella asintió y de pronto se le iluminó la mirada. —Hablando de hombres espectaculares, anoche vino un chico después de que te fueras. Ruso, creo. Dijo que te había conocido en la gala del Guggenheim y que quería echar un vistazo a las piezas que teníamos expuestas.
Alexei .
—Es el sobrino de Sergei —expliqué con una ligera sonrisa—. Me dijo que quizá se pasaría. Lástima que yo no estuviera.
—También es totalmente guapísimo —suspiró ella con los ojos brillantes.
Se me cayó el alma a los pies.
—Oh, no. Chlo, créeme. Los Malakov son tan malos como los Marcelli.
—Lo sé. Es una auténtica pena. —Se llevó la mano al pecho—. ¡Vaya pómulos!
Sacudí la cabeza. —Ni lo pienses.
Ella arqueó una ceja. —¿Eso me lo dice la mujer que vive actualmente con un Marcelli?
—Eso es distinto. Es por mi propia protección.
—Ya, ya. Seguro que sí.
Le puse los ojos en blanco.
Entró un cliente, tras pasar el filtro de los guardias de seguridad de Dante, así que ella fue a atenderlo. Vincent me acorraló de camino a mi despacho.
—¿Has conocido ya a la familia? —preguntó, dejándose caer en el asiento vacío frente a mi mesa.
Levanté la vista, sorprendida. No podía saber lo de la reunión familiar de anoche, ¿verdad? Dante me había dicho que él no estaba implicado en el plan de venganza, aunque su trabajo fuera organizar el blanqueo de dinero y los envíos.
Según Valentina, cuanta menos gente lo supiera, mejor; y yo tenía que estar de acuerdo.
—Pues sí —dije con una sonrisa prudente—. Son un grupo interesante.
Él sonrió con sorna. —¿Y qué hay de Leo?
—Llegué a conocerlo —admití—. De hecho, me ha invitado a tomar el té mañana. ¿Te lo puedes creer?
Se rio entre dientes. —En realidad, sí. Cuando conocí a Filippo, Il Lupo era el Don. Por aquel entonces era una figura formidable. Gobernaba con puño de hierro.
—Me resulta extraño pensarlo así —reflexioné, recordando al anciano que me había cogido del brazo mientras caminábamos hacia el ascensor anoche. Podía sentir su poder y veía cómo los demás lo respetaban, pero ahora no parecía ni de lejos tan temible como debió de serlo entonces.
—Sigue teniendo mucha influencia —me advirtió Vincent—. Un consejo: procura que esté de tu parte.
—Oh, eso pienso hacer —dije justo cuando llamaron a la puerta de la galería. Habíamos empezado a mantenerla cerrada con llave durante el horario comercial, al menos hasta que las cosas volvieran a la normalidad. Órdenes de Dante. Tras el ataque de ayer, no había discutido.
Apenas había pegado ojo anoche después del tiroteo. Cada vez que me quedaba dormida, me encontraba de nuevo en aquel garaje subterráneo con las balas rebotando en el hormigón a nuestro alrededor.
Al parecer, había estado gritando el nombre de Dante, porque él me había abrazado con fuerza y me había dicho que ya no tenía que preocuparme. Que me cubría las espaldas.
Racionalmente, sabía que era solo por él, y por gente como él, por lo que estaba en esta situación para empezar. Pero, irracionalmente, sus palabras me consolaron. Nunca antes había tenido a nadie que me guardara las espaldas, y me sentaba bien.
No estaba segura de querer renunciar a eso, ni siquiera cuando todo esto terminara.
Levanté la vista y vi a Mikhail Orlov fuera de la entrada de cristal, con una expresión tan sombría que supe de inmediato que no era una visita de cortesía.
—Mikhail. —Forcé una sonrisa mientras abría la puerta—. Me alegro de verte.
—¿Podemos hablar en privado, Evelyn?
Algo en su tono hizo que se me encogiera el estómago.
—Por supuesto.
Lo guié por el pasillo corto hacia mi despacho, consciente de que Chloe nos observaba con curiosidad desde el mostrador de recepción. El despacho de contabilidad de Vincent estaba una puerta más allá, y tras él, la sala de almacenamiento.
—Por favor —dije en voz baja, señalando la silla frente a mi escritorio—. Siéntate.
Orlov tomó asiento, estudiándome con detenimiento antes de hablar.
—He recibido cierta información preocupante —dijo por fin.
Se me oprimió el pecho. —¿No les habrá pasado nada a Sergei ni a Alexei?
—No, no. Están bien —me dijo, suavizando el gesto ante mi preocupación—. Es simplemente que los asuntos entre nosotros se han vuelto… complicados últimamente. Me preguntaba si había alguna razón para ello.
Aparté la mirada, dejando que el silencio se prolongara lo justo para parecer reacia.
—Evelyn —dijo él en voz más baja, inclinándose hacia delante—. ¿Hay algo que necesites contarme?
Inspiré temblorosa.
—Me están chantajeando —susurré.
Me miró fijamente.
—¿Chantajeada? ¿Quién? ¿Los Marcelli?
—No, Dante no. —Tragué saliva—. Son los colombianos. Creo que están vinculados al cártel.
Incluso decirlo en voz alta hizo que se me disparara el pulso.
Este era el punto de no retorno. Detestaba mentir a Mikhail. Antes de todo esto, me caía genuinamente bien. Incluso confiaba en él. Pero la confianza se había convertido en un lujo que ya no podía permitirme. Si no hacía esto, lo perdería todo. Quizá hasta la vida.
Ahora me estaba tomando la revancha. Era un acto de preservación, me dije a mí misma. Si no hacía algo, iba a morir en una lluvia de balas como en mi sueño o perdería mi galería. Probablemente ambas cosas. Y maldita sea si iba a permitir que eso ocurriera.
—¿Por qué dices eso?
—Ese hombre vino a la galería hace un par de meses y me preguntó si quería vender. Dije que no, obviamente. —Le miré fijamente a través del escritorio—. Sabes lo mucho que he trabajado para llevar el Agora hasta donde está hoy. De ninguna manera iba a vender.
Orlov me lanzó una mirada inquisitiva. —¿Y eso te hizo sospechar?
—No por sí solo. —Hice una pausa lo suficientemente larga para dar peso a lo siguiente que iba a decir—. Pero entraron en mi apartamento. Por suerte yo no estaba en casa, me había… ido fuera el fin de semana.
Él entrecerró los ojos. —¿Se llevaron algo?
—No —susurré—. A eso me refiero. No estaban allí para robar. Creo que me buscaban a mí, Mikhail.
Un largo silencio se instaló entre nosotros.
—¿Se lo has dicho a Marcelli? —preguntó en voz baja.
—Sí, claro. Fue entonces cuando sugirió que me mudara con él. —Vacilé—. Temporalmente, por supuesto.
Orlov asintió, como si todo encajara. —Entiendo.
Me incliné hacia delante, bajando la voz. —Pero ayer nos dispararon en el garaje subterráneo de su bloque de apartamentos. Había dos tiradores. Parecía que podían ser colombianos, pero no estoy segura.
Levantó la cabeza de golpe. —¿Estás bien?
Asentí. —Solo asustada, pero sí.
—¿Qué hizo Marcelli?
No «qué hice yo». Sino «qué hizo Dante».
—Me puso a cubierto y pidió refuerzos. —Incluso ahora, recordar el sonido de los disparos hacía que se me revolviera el estómago—. Los tiradores escaparon antes de que llegara el apoyo.
Orlov se recostó en la silla, con el gesto endurecido. —¿Qué crees que querían?
—Mi galería —susurré—. O acceso a ella.
—¿Por qué dices eso?
—Porque han estado comprando mis mejores piezas —le dije—. Sé que tú también has salido perdiendo frente a ellos. —Hice una pausa, frunciendo el ceño—. Es casi como si intentaran tomar el control y echarme.
Él aspiró aire con fuerza. —¿Qué piensa Marcelli de todo esto?
—Me ha asignado seguridad. —Señalé con la cabeza hacia la sala de la galería—. Por eso las puertas permanecen cerradas ahora.
Orlov siguió mi mirada a través de la pared de cristal hacia el frente de la galería, donde dos de los hombres de Dante vigilaban cerca de la entrada; su mandíbula se tensó.
—Lo siento —susurré—. Todo se está saliendo de control.
Durante varios segundos no dijo nada, luego se puso de pie.
—Hablaré con Sergei —dijo finalmente—. Mientras tanto, quédate cerca de Marcelli.
El hecho de que considerara a Dante como la opción más segura me decía todo lo que necesitaba saber.
Lo acompañé hasta la entrada principal y volví a disculparme, con un tono de sinceridad en la voz. Para mi sorpresa, me di cuenta de que lo decía de verdad.
Porque no todo había sido mentira.
Estaba siendo amenazada. El cártel estaba fijando su objetivo en el Agora. Y si lograban entrar por la fuerza en la escena artística de Nueva York, sin duda afectaría a los intereses comerciales de Malakov.
Yo simplemente… le estaba informando.
Advirtiéndole.
Al menos, esa era la versión que me contaba a mí misma mientras veía a Mikhail desaparecer por la acera del SoHo, con expresión distante y preocupada.
Solo cuando la puerta se cerró tras él, solté por fin el aire.
El anzuelo ya estaba mordido.
* * *
El resto de la tarde transcurrió en un torbellino de correos electrónicos, llamadas de clientes y comprobaciones de inventario, pero, bajo todo aquello, la tensión se enroscaba cada vez más en mi estómago.
Cada vez que se abría la puerta principal, me sobresaltaba. Cada vez que un coche reducía la velocidad ante los ventanales de la galería, se me disparaba el pulso.