Capítulo 27
El capullo
Dante
A brí los ojos y me encontré con la mirada de dos pozos de color verde esmeralda nublados por el deseo. Evelyn se aferraba a mí, con el cuerpo aún temblando por el orgasmo. Su piel pálida brillaba bajo la lámpara de la mesilla y juro que nunca había visto nada tan malditamente hermoso.
Mi cerebro intentaba, sin éxito, procesar el explosivo clímax que acababa de experimentar. Las endorfinas recorrían mi cuerpo, el corazón me latía con fuerza como si estuviera a punto de entrar en combate y me sentía eufórico y tenso, pero agotado al mismo tiempo.
Y, en mi interior, sentía una calidez que no había experimentado antes.
A medida que ambos volvíamos a la tierra, me vi observándola, sin saber qué decir. No era un problema al que estuviera acostumbrado. Ella aún respiraba con dificultad, pero su mirada ocultaba preguntas. El problema era que yo no tenía las respuestas.
No sabía por qué la deseaba tanto ni por qué había cedido al anhelo. Otra vez. De lo único que estaba seguro era de que el sexo con Evelyn solo iba a mejor cada vez que lo hacíamos. Era todo lo contrario a lo que solía ocurrir.
Quizá fuera por la forma en que me miraba, como si me necesitara. Como si fuera alguien que vale la pena tener. Joder.
Lentamente, la aparté de encima y la senté con suavidad en el sofá.
—Dante… —susurró, pero no podía hablar con ella en este momento. Necesitaba tiempo para procesar lo que fuera que había sido aquello. Estaba aturdido por el deseo, la necesidad, el whisky y la maldita imagen de ella rompiéndose sobre mi polla.
—Hablemos por la mañana —dije mientras me levantaba y me subía los vaqueros, con la voz demasiado ronca.
Ella asintió con rigidez y, aunque quise inclinarme y plantarle un beso en la frente, no lo hice.
Había estado tan jodidamente guapa, se había sentido tan de puta madre envuelta a mi alrededor, que una parte de mí no quería marcharse.
Esa misma parte estúpida quería llevarla a la cama y quedarse dormido con sus curvas pegadas a mi costado.
Para que, cuando me despertara por la mañana, pudiera volver a hacerlo todo de nuevo.
Jesucristo.
Me pasé una mano por el pelo. —Me voy a la cama.
Y, como el capullo que era, la dejé allí, temblando y desnuda, viéndome marchar.
* * *
El sol brillaba demasiado. Entraba por las persianas que había olvidado cerrar cuando me desplomé en la cama, odiándome a mí mismo. Ahora me daba de lleno en la cara, provocándome un dolor de cabeza instantáneo.
Me lo merecía.
¿Por qué cojones no podía mantener las manos quietas con esa mujer? ¿Qué parte de «la última vez» no entendía mi estúpido cerebro de neandertal?
Pero entonces había entrado descalza en el salón con aquel camisón de seda, con sus preciosos pechos a la vista, y mi resistencia se había ido al garete. Vale, puede que el whisky tuviera algo que ver, pero yo solía tener más control que eso, incluso borracho.
Apenas había pegado ojo, atormentado por lo que había pasado entre nosotros. Había sido algo más que sexo, ahora lo sabía. Cuánto más, no sabría decirlo.
Y tampoco estaba seguro de querer averiguarlo.
Me incorporé y me quedé mirando fijamente el cuadro al óleo de un pequeño pesquero balanceándose en un mar turbulento que tenía delante. Había sido un regalo de Leo antes de que me fuera a mi última misión en Oriente Medio.
Creo que intentaba decirme que podía capear cualquier tormenta, o quizá predijo la monumental cagada que vendría después. En cualquier caso, era una pieza melancólica y atmosférica que siempre despertaba algo profundo en mi interior. Nunca me había parecido más apropiada.
La cruda realidad era que no había lugar en mi vida para una mujer. No en mi familia. Yo no aceptaba lealtades divididas, no quería compromisos. Me gustaba vivir solo.
Una mujer lo alteraría todo.
¿Acaso no había vuelto ya a su apartamento para recoger sus pertenencias? ¿No la había puesto bajo mi protección? ¿No la había defendido ante mi familia? Ahora vivía en mi puta casa.
Y ni siquiera teníamos una relación.
El problema era que me gustaba verla caminar descalza con esa excusa sedosa de camisón. Me gustaba ver su pelo cobrizo suelto, su hermoso rostro sin maquillaje. Me había gustado poder sentarla en mi regazo y sentir lo mojada que estaba por mí, como si fuera lo más natural del mundo.
Maldije entre dientes. Siempre había intentado limitar mis relaciones a breves aventuras de una noche para que nadie pudiera ver quién era yo en realidad.
Excepto que Evelyn lo sabía.
Había visto el monstruo que podía llegar a ser. La había interrogado, por el amor de Dios. La había retenido contra su voluntad. La había amenazado. La había castigado y la había obligado a suplicar.
Sí. Sabía exactamente qué era yo.
Y aun así, todavía me deseaba. Todavía me miraba con asombro, como si la hubiera hecho sentir algo que nadie más había logrado. Todavía gritaba mi nombre cuando llegaba al orgasmo.
Nunca podré decirle lo que eso me hacía sentir. Cómo me hacía sentir el puto rey del universo.
Y luego, después de que se me entregara, la había dejado sola en el sofá, como el bastardo que era.
Suspiré y salí de la cama. Me sorprendería que quisiera volver a saber algo de mí después de lo de anoche.
Probablemente fuera algo bueno, pensé mientras me vestía. Sin el sexo de por medio, podríamos volver a ceñirnos a nuestro acuerdo.
Evelyn interpretaría su papel mientras mi familia le proporcionaba protección y, juntos, acabaríamos con el cártel. Recuperaría su galería y los Marcelli la ayudarían a gestionarla. A nuestra manera. Yo podría volver a mi vida tal como era antes de conocer a la Ophelia de cabellos de fuego.
Sintiéndome más estable, abrí la puerta de mi dormitorio y me dirigí a la cocina. Para mi sorpresa, encontré a Evelyn sentada a la mesa del comedor, leyendo algo en su teléfono con una taza de café a medio terminar a su lado.
Levantó la vista cuando entré, pero no dijo nada. Por sus mejillas sonrojadas, su expresión hostil y su postura rígida, supe que seguía enfadada conmigo. Sin decir palabra, me serví una taza de café de la cafetera y me senté frente a ella.
Se levantó en el momento en que me senté, y su silla chirrió contra el suelo de mármol.
—¿A dónde vas? —pregunté, sorprendido por su comportamiento abrupto.
Tras apurar el resto del café, dejó la taza vacía sobre la mesa y me fulminó con la mirada. —A trabajar. Me voy a trabajar. Tenemos un cártel de la droga que destruir. ¿Te acuerdas?
Como si pudiera olvidarlo.
—Kyle te llevará —dije.
—Soy perfectamente capaz…—
—No es negociable, Evelyn.
Cerró la boca, se dio la vuelta y se fue furiosa a su habitación.
* * *
Cerré los puños mientras caminaba impaciente frente a la puerta del dormitorio.
—Evelyn, vamos a llegar tarde.
Llevaba allí encerrada desde que volvió del trabajo. No me importaba, pero la gala empezaba en una hora y no quería llegar tarde.
Normalmente, no me importaría llegar una vez comenzada la gala.
La gente no solía prohibirme la entrada en ningún sitio.
Pero en este caso, con el financiero de Malakov, Mikhail Orlov, entre los asistentes, quería estar allí para las charlas triviales antes del evento principal.
Ahí sería cuando Evelyn plantaría la semilla.
También quería entrar con aquella belleza de fuego del brazo y observar las reacciones. La sociedad neoyorquina se quedaría atónita e intrigada a la vez. Nunca antes me había presentado en público con alguien que no fuera un miembro de mi familia.
Dante Marcelli era conocido como la oveja negra de la familia. El hijo menor que se fue a la guerra y regresó con cicatrices y dañado. El ejecutor despiadado con el que nadie se atrevía a meterse. El hombre que podía firmar tu sentencia de muerte con una sola mirada.
Eso es lo que decían de mí a mis espaldas, no es que me importara un bledo. Pero mi reputación me precedía, y eso salpicaría a Evelyn.
La gente la miraría de forma diferente después de esta noche. Se preguntarían qué clase de mujer podría lidiar con un hombre como yo. Qué clase de mujer lo desearía.
La puerta del dormitorio se abrió y Evelyn salió con un vestido de color burdeos intenso que se ceñía tentadoramente a sus curvas.
El color intenso contrastaba a la perfección con su tez pálida.
Un escote atrevido revelaba un generoso pecho, mientras que el cuerpo entallado se estrechaba en la cintura antes de caer en suaves pliegues ondulados alrededor de sus piernas.
Solo me hizo falta una mirada para ponerme duro al instante.
Debía de estar mirándola fijamente, porque vaciló en el umbral. —¿Estoy bien?
¿Estaba de guasa? Estaba increíble. De hecho, se veía tan condenadamente deseable que no estaba seguro de querer que saliera así. Luché contra el impulso muy masculino de empujarla de nuevo al dormitorio y arrancarle aquella creación de diseño de su precioso cuerpo.
Asentí con rudeza y aparté la mirada, sobre todo para que no viera mi erección.
—Das el pego. —Las palabras salieron frías. Deliberadas. La distancia era la única arma que me quedaba contra ella. —Vámonos. El chófer está esperando.
Abrí la puerta y ella pasó por mi lado. Llevaba un bolso de mano brillante en una mano y una fina pulsera de diamantes en la otra muñeca. Con celos, me pregunté quién se la habría regalado.
Esperamos en el rellano a que llegara el ascensor.
—No hace falta que seas tan gilipollas todo el tiempo, ¿sabes? —dijo ella en voz baja. Miraba directamente al frente, con su elegante cuello y sus hombros rígidos por la tensión. Una tensión que yo había provocado. Quería masajearla para que desapareciera, pero, por supuesto, no lo hice.
En su lugar, me reafirmé.
—Es mejor que mantengamos nuestra… relación de forma impersonal de ahora en adelante.
Me lanzó una mirada de fastidio.
—El sexo no equivale a una relación. Pero eso no significa que no podamos ser amables el uno con el otro. Si vamos a trabajar juntos…—
¿Trabajar juntos? Qué tierno. De verdad creía que tenía voz y voto en todo esto. Resistí el amargo bufido que tenía en la punta de la lengua. Cuanto más conociera a mi familia, y a Valentina, más se daría cuenta de lo ingenuo que sonaba aquello.
Pero se lo permití, por ahora.
—…al menos podrías hacer un esfuerzo por ser agradable —terminó ella, con un movimiento de cabeza. Llevaba el pelo medio recogido con un clip de brillantes, y unos mechones de fuego rozaban sus hombros de nácar.
Quería besarlos.
En su lugar, saqué una caja roja y estrecha del bolsillo de mi chaqueta. —Tengo algo que me gustaría que te pusieras.
Me miró con recelo. —¿No has escuchado nada de lo que acabo de decir?
—Te he oído.
Inspiró por la nariz y me di cuenta de que luchaba por mantener la calma. —¿Qué hay en la caja?
—Un collar.
Abrió mucho los ojos y, por un momento, vi cómo se iluminaban.
—No es lo que piensas —dije rápidamente, antes de que se hiciera una idea equivocada.
La luz se desvaneció y sentí una punzada de arrepentimiento. Me pregunté brevemente qué se sentiría al comprarle diamantes de verdad. Ver esos ojos verdes bailar de alegría mientras los sacaba de la caja. Sentirla temblar mientras se los colgaba al cuello.
Pero ese nunca sería yo.
—Son las joyas de la familia. Al llevarlas, todo el mundo sabrá que estás bajo nuestra protección.
Ella ahogó un grito de asombro mientras yo las levantaba del forro de terciopelo rojo y las desabrochaba.
—Date la vuelta.
Lo hizo, sujetándose el pelo hacia arriba.
Mientras le abrochaba el cierre, se llevó la mano para tocarlas. —¿Cuánto valen?
—Mucho.
Soltó un suspiro nervioso.
—Estarás bien —dije, justo cuando el ascensor llegó y la puerta sonó al abrirse—. Estaré a tu lado todo el tiempo.