Juramento de fuego (Blood and Vows 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Hechizo de locura

Dante

E staba perdiendo los papeles. Ahogándome en su beso, cayendo por ella de una forma que nunca me había pasado con otras mujeres. Lo sabía, pero no podía hacer ni una maldita cosa para evitarlo.

Su pelo olía a vainilla, sus labios sabían a cereza y su cuerpo… Dios, su cuerpo era como un regalo del cielo. Todo curvas suaves, pechos turgentes y pezones duros que se erizaban solo para mí.

Su piel era suave —nunca había sentido nada igual— y el modo en que se inclinaba hacia mí… La forma en que se aferraba a mí como si fuera el único hombre que quedaba en la tierra…

Joder. Me hacía sentir como un dios.

Ya estaba duro, pero cuando me tocó la polla, me convertí en granito.

Por eso me había apartado. Normalmente no me dejaba llevar por mis instintos más básicos. Mi control era legendario. Pero estas emociones desbocadas me resultaban ajenas.

Fuera lo que fuese esto, de repente parecía demasiado real. Demasiado crudo.

Necesitaba pensar, reagruparme, intentar recuperar un poco de puta perspectiva. Excepto que mi cerebro lógico se había apagado y un instinto más profundo y primitivo había tomado el mando.

Lo que quería hacer era cogerla en brazos y llevarla al dormitorio. Luego quería desnudarla y explorar cada recoveco de su cuerpo. Quería deleitarme con sus pezones, sentir sus delicados pliegues estremecerse a mi alrededor, pero esta vez no usaría solo la mano.

Quería saborearla, hacer que se corriese con mi lengua, y luego otra vez, cuando me introdujera en su delicioso calor. Quería oírla gritar mi nombre mientras perdía el control, rompiéndose bajo mi cuerpo.

Tenía los ojos nublados por el deseo, y eran tan jodidamente verdes que no parecían reales.

—Ojos de bruja —murmuré, incoherentemente.

—¿Qué? —Me lanzó una mirada interrogante, como preguntándome por qué había parado. ¿Por qué había roto el beso?

—Nada. Ophelia, yo... —

Su mirada bajó a mi boca y sentí que su pezón se endurecía bajo mi mano.

Joder, estaba perdiendo esta batalla.

Sus manos bajaron a mi cintura y sentí que desabrochaba el botón de mis vaqueros. —Ophelia... —le advertí—. Si haces eso, no voy a poder contenerme.

—No quiero que te contengas —susurró ella.

Dios, ¿acaso sabía lo que me estaba haciendo? El botón saltó y la punta de mi polla asomó de golpe. El alivio fue intenso.

Lentamente, bajó la cremallera, sin apartar los ojos de mi cara ni un segundo.

—Jesús —mascullé al sentir una gota caliente de líquido preseminal escapándose de la punta.

Incapaz de evitarlo, mi mano se deslizó por su vientre y se metió bajo la cinturilla de sus mallas. Sentí las bragas de seda que llevaba y gemí ante aquella dulce tortura.

Bajé más hasta que mis dedos tocaron el suave vello entre sus piernas. Deslicé un dedo entre sus labios y sentí que se estremecía.

—Maldita sea —murmuré al sentir lo mojada que estaba por mí. Los recuerdos de ella cabalgando sobre mi mano regresaron y no pude evitar fantasear con ella haciendo eso mismo sobre mi polla.

Se inclinó hacia delante y me besó la mandíbula, pasando sus labios por mi barba de un par de días. Luego por mi labio inferior y, finalmente, un beso pleno en la boca.

Alargué la mano y le agarré la cabeza, estrechándola contra mí. Me estaba destruyendo. Cualquier pensamiento que tuviera de distanciarme se desvaneció al sentir que me daba un mordisquito en el labio inferior; no fue tan fuerte como el que yo le había dado a ella, pero aun así sentí el aguijonazo.

Con un gruñido bajo, la cogí en brazos y la llevé al dormitorio.

Estaba oscuro, así que la dejé sobre la cama y me incliné sobre ella para encender la lámpara de la mesilla. Quería apreciar cada centímetro de su magnífico cuerpo y observar cómo se desmoronaba bajo el mío.

Me quité los vaqueros, siseando cuando mi polla quedó totalmente libre. Joder, qué bien se sentía. Estaba tan jodidamente duro que podía sentir el pulso en lo más profundo de mi ingle.

—Tienes exactamente cinco segundos para quitarte esa sudadera antes de que la haga jirones —le advertí.

Se la quitó y estaba a punto de desabrocharse el sujetador de encaje cuando negué con la cabeza.

—Eso no. —Quería ser yo quien lo hiciera.

Pero todavía no.

Empujándola hacia atrás, tomé su pezón erecto en mi boca y lo succioné a través de la fina tela.

—¡Oh! —Echó la cabeza hacia un lado.

Succioné y mordisqueé su yema hinchada hasta que la tela estuvo empapada. Emitía suaves maullidos y pude ver cómo los músculos de su abdomen temblaban mientras se tensaban, se relajaban y volvían a tensarse.

Recuperando su boca con la mía, la besé larga y profundamente, mientras le bajaba las mallas junto con la ropa interior. Conseguí bajárselas hasta la mitad antes de que ella terminara de quitárselas de una patada.

Entonces sus piernas se enredaron con las mías, su cuerpo apretado contra el mío, suave y curvilíneo en los lugares exactos. Dios, se sentía tan bien. Mi polla empujaba contra su sexo, ansiosa por ser envuelta en su calor.

—Necesito estar dentro de ti —dije con los dientes apretados, apartándome de su boca. Mi plan había sido tomarme mi tiempo y disfrutar de su cuerpo, pero ambos necesitábamos liberar esta tensión.

Y yo estaba demasiado jodidamente perdido para echarme atrás ahora. Sabía sin ninguna duda que no sería capaz de controlarme si bajaba a lamerla. Un solo sabor de ese dulce coño y me correría aquí mismo, y quería estar dentro de ella cuando eso sucediera. Muy adentro.

Ya habría tiempo de saborearla luego, después de habernos saciado. Cuando nuestra necesidad no fuera tan urgente.

Estaba a punto de hundirme en ella cuando me acordé de la protección. Dios, ¿cómo he podido olvidar eso?

—Mierda, el condón —murmuré, separándome.

Ella gimió, pero solo por la repentina falta de contacto entre nosotros. Metí la mano en el bolsillo de mis vaqueros para buscar la cartera y saqué un preservativo. Con un gruñido de frustración, lo abrí y lo deslicé sobre mi polla tensa.

Vi cómo se le dilataban las pupilas al ver mi miembro y sentí una necesidad tan primitiva que no podía explicar con palabras. Solo sabía que tenía que estar dentro de esta mujer. Ya.

Tenía que poseerla con cada puñetera pulgada de mi ser, tenía que llevarla a cumbres de placer que nunca hubiera experimentado antes, y tenía que vaciarme en lo más profundo de su funda caliente y húmeda.

Solo cuando hubiera hecho eso, sería capaz de librarme de este hechizo de locura que ella había lanzado sobre mí.

Me alineé en su apertura cálida y húmeda y la miré. Dios, estaba preciosa, con el pelo esparcido detrás de ella, su piel pálida brillando bajo la luz de la lámpara, esos deliciosos labios carnosos abriéndose solo para mí.

Bajando mi cuerpo sobre el suyo, reclamé su boca con la mía al mismo tiempo que deslizaba mi polla en su interior. Estaba tan jodidamente estrecha que apenas podía respirar. Sentí que se ponía rígida y que sus piernas me apretaban con fuerza.

—Relájate, cielo —susurré en su oído—. Respira para mí.

Aún no estaba totalmente dentro, y ya podía sentir sus paredes internas cerrándose a mi alrededor.

Soltó un largo suspiro y sentí que se relajaba lo suficiente para que yo pudiera entrar del todo.

—Esa es mi chica.

Un temblor recorrió su cuerpo mientras yo la poseía por completo.

—Oh, Dios. Dante. Se siente tan bien —gimió, arqueando las caderas.

—Joder —murmuré, cerrando los ojos. «Bien» ni siquiera empezaba a describirlo. Su estrechez suave y aterciopelada apretaba mi polla en toda su longitud y sentí que me hinchaba aún más, la presión acumulándose tensa y baja. Necesitaba moverme, poseerla una y otra vez.

Me retiré y volví a empujar, y esta vez no hubo resistencia. Su cuerpo estaba preparado y abierto para mí, aceptándome hasta el fondo. Gemí y repetí el movimiento. Ella levantaba las caderas, recibiendo mis embestidas, hasta que establecimos un ritmo frenético.

Me hundía cada vez más profundo, maravillado por la magnificencia de su cuerpo. Cómo brillaba su piel suave por el sudor, cómo botaban sus pechos con cada embestida forzada y cómo gritaba mi nombre a medida que se acercaba al orgasmo.

Era la cosa más jodidamente hermosa que había visto en mi vida.

Me enterré profundamente, tambaleándome en el borde. Estaba tan cerca de explotar, pero la necesitaba allí conmigo.

Reclamando su boca de nuevo, arremetí y succioné, con los codos apoyados en la almohada junto a su cabeza.

El cabecero golpeaba contra la pared mientras ella se agitaba con más salvajismo.

Entonces lo sentí, el aleteo de sus músculos internos cuando le llegó el orgasmo.

Se cerraron con fuerza a mi alrededor mientras ella gritaba y echaba la cabeza hacia atrás, rompiendo el beso.

Los espasmos desencadenaron mi orgasmo y me tensé mientras un volcán de calor explotaba desde mis huevos. Subió por mi miembro y estalló en una oleada de fuego.

—Joder. Joder. Joder —desvarié mientras me dejaba llevar, catapultándome al vacío con ella. Me hundí en ella sin pudor, mientras ella se retorcía bajo mi cuerpo. Teníamos la piel resbaladiza por el sudor, pero seguimos adelante mientras las olas seguían bañándonos.

Solo cuando estuve totalmente agotado, dejé de embestir.

—Cielo santo, Ophelia —jadeé, cuando finalmente regresé a la tierra. Aún estaba dentro de ella, pero no podía moverme. Era como si me hubiera sorbido hasta la última gota de energía.

Me miraba con algo parecido a la admiración. Me sentía de maravilla, como si fuera invencible. Pero también estaba jodidamente aterrado, porque sabía que una sola vez con esta mujer nunca iba a ser suficiente.