Capítulo 21
Adentrándose en las sombras
Evelyn
M e desperté cuando se abrió la puerta. Estaba oscuro; la única luz provenía de una luna creciente que brillaba a través de una ventana de lamas. Durante un instante de pánico, no supe dónde estaba. Nada me resultaba familiar.
Entonces, a medida que mis ojos se adaptaban a la penumbra, reconocí el interior de la cabaña y todo el sórdido embrollo volvió a golpearme. Casi me estremecí ante la crudeza del asalto.
Dante se acercó y encendió la lámpara.
—¿Por qué sigues despierta?
En realidad, me había quedado dormida en el sofá.
El dormitorio me había parecido extrañamente frío y solitario, y la cabaña, muy vacía sin él.
Los guardias seguían fuera, patrullando.
Les había visto a través de las ventanas cuando estaba leyendo.
Eran tipos nuevos y no los reconocí. Más contactos militares de Dante, supuse.
Sabía que me estaban reteniendo allí, pero también me estaban protegiendo. Era una situación jodidamente retorcida en la que me había metido, y no tenía ni idea de cómo diablos iba a salir de ella.
Si es que iba a salir de ella.
Me sorprendió haberme dormido, teniendo en cuenta las hipótesis más funestas que habían estado rondando por mi cabeza desde que Dante se había marchado.
—¿Qué hora es? —pregunté, adormilada.
—Tarde.
Me di cuenta de que iba armado. Llevaba un arma de fuego metida en la parte delantera de los vaqueros. Eso era nuevo. Vio que la estaba mirando.
—No sirve de mucho en la guantera —masculló.
Parecía diferente, de alguna manera. Alterado, si es que eso era posible en un hombre como Dante. Tenía el pelo revuelto, como si se hubiera pasado la mano por él demasiadas veces, y unas sombras moradas bajo los ojos. Sus anchos hombros estaban tensos y se le marcaban las venas del cuello.
—¿Qué ha pasado? —dije, poniéndome lentamente en pie.
—Nada —contestó sin mirarme a los ojos.
Lo miré fijamente. Me estaba mintiendo, lo notaba. Lo llevaba escrito en su atractivo rostro.
—¿Dante, qué ha pasado? ¿Adónde has ido esta noche?
Suspiró y miró hacia la ventana. Por el movimiento errático de sus ojos me di cuenta de que estaba tenso. Al acecho de algo.
—¿Corremos peligro? —pregunté, siguiendo su mirada.
Se inmutó.
Tenía razón. Lo agarré del brazo para llamar su atención. Su cabeza se volvió hacia mí.
—Dante. Habla conmigo. Si esto me concierne, tengo derecho a saberlo.
Se quedó mirando mi mano en su brazo como si le sorprendiera que me hubiera atrevido a tocarlo, pero no se la quitó de encima. Lo solté, pero solo porque quería una respuesta.
—Fui a casa de mi madre en Manhattan. Tuvimos una reunión. —Oí el cansancio en su voz.
—¿Has conducido hasta Nueva York?
Asintió con rigidez.
—Parece que nos han descubierto. Puede que sepan que te tengo yo.
Negué con la cabeza, mi cerebro adormilado esforzándose por seguir el ritmo.
—¿Quién? ¿Quién puede saberlo? ¿Los colombianos?
Asintió.
—Alberto ha aparecido muerto hoy.
Solté un grito ahogado.
—Oh, Dios mío. —Me cubrí la boca con la mano. Por un momento, no pude hablar. Pasó un largo instante mientras todo tipo de aterradoras escenas de asesinato se reproducían en mi cabeza.
Cuando por fin procesé lo que había dicho, susurré:
—¿Cómo?
—Lo han matado a tiros. Es todo lo que sabemos. Mi hermano lo está investigando.
—¿Nico?
—No, mi hermano mayor. Marco. —Noté que su frente se arrugaba ligeramente al decir el nombre.
—Pero ¿por qué…? ¿Por qué iba a querer alguien matar a Alberto? —pregunté—. Aparte de tu familia, claro.
Me fulminó con la mirada.
—Nosotros no hemos sido. Fue un trabajo profesional. Probablemente un sicario del cártel. Obviamente, Alberto les dio la información de los cargamentos.
Me masajeé la frente.
—¿Alberto trabajaba para un cártel colombiano?
—O lo sobornaron. En cualquier caso, sabía demasiado y tenía que desaparecer. Como tú.
Contuve el aliento.
Seguía con el ceño fruncido, pero podía sentir la tensión que irradiaba de él.
—¿Como yo? —susurré, atando cabos—. ¿Crees que Alberto les dijo dónde vivía?
—Alberto me dio tu nombre —dijo con gravedad—. Además, lo torturaron. Solo hay una razón para torturar a alguien, y es para sacarle algo. Creo que ese algo eras tú.
Retrocedí tambaleándome hasta que la parte de atrás de mis piernas chocó contra el sofá. Entonces me desplomé al fallarme las rodillas. Lo miré, horrorizada.
—Entonces… ¿saben que estoy aquí?
—Aquí no. Pero ahora saben que estás bajo la protección de la familia Marcelli. Eso significa que la cosa se va a poner muy seria.
Como si no lo estuviera ya.
—¿Y si descubren dónde estoy? —susurré.
Asintió como si dijera que ya se lo esperaba.
—Esta cabaña es segura. No hay ningún registro de ella en ninguna parte.
Tragué saliva para deshacer un nudo en la garganta.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro. Este es el lugar más seguro para ti en este momento. Intenta mantener la calma.
Excepto que él parecía de todo menos tranquilo. Cada uno de los marcados músculos de su precioso cuerpo estaba en tensión y su mandíbula chasqueaba de la tirantez.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Nico está vigilando la carretera de acceso —dijo—. Hay una cámara de lectura de matrículas en la autopista, antes del desvío a la cabaña. Si ve problemas, me avisará.
Solté un silencioso suspiro de alivio. Al menos eso era algo.
—He informado a mis hombres de fuera. Saben que tienen que estar atentos a cualquier cosa sospechosa.
Debía admitir que parecía que se había encargado de todo. Aunque no quería quedarme esperando a que un escuadrón de sicarios del cártel descubriera dónde estaba y viniera a por mí.
—Duerme un poco, Ophelia —dijo Dante en voz baja—. Pareces cansada.
No tanto como él. El cansancio estaba grabado en las finas líneas de su rostro, en el profundo surco de su frente y en las sombras bajo sus ojos.
—Si aquí estoy a salvo, ¿por qué has vuelto? —pregunté, sin apartar la vista de él—. ¿Por qué no te has quedado en la ciudad esta noche?
No respondió.
—Dante —murmuré, poniéndome de nuevo en pie—. ¿Por qué has vuelto?
Podría haberle ordenado a uno de los guardias que me trasladara mañana. No necesitaba conducir durante horas en mitad de la noche para volver aquí.
Su mirada se encontró entonces con la mía y algo dentro de mí se tensó. Aquel beso también le había afectado.
—¿Ha sido por mí? —susurré.
Una parte de mí necesitaba saberlo, pero la otra, más sensata, me gritaba que me callara la puta boca. Que no lo presionara. ¿De verdad quería saber la respuesta?
Dante Marcelli vivía en las sombras. Era un hombre peligroso y violento, y sabía que debía dejarlo en paz. Pero ahora estaba metida en esto y, que Dios me perdone, quería seguirlo hasta esas sombras.
Finalmente, gruñó:
—He vuelto… porque la idea de que te toquen me provoca instintos homicidas.
De repente, me costaba respirar. La habitación pareció inclinarse y tuve que inspirar hondo para recuperar el equilibrio.
Había conducido de vuelta en mitad de la noche solo para estar aquí.
Por mí .
—Nadie ha vuelto nunca a por mí —susurré, mirándolo.
Vi cómo se le tensaba la mandíbula, como si intentara aferrarse a la última pizca de contención que le quedaba.
—Joder, Ophelia. No me mires así.
—¿Así cómo?
Contuve las lágrimas.
—Y ni se te ocurra llorar.
—No estoy llorando.
—Joder —gruñó, atrayéndome hacia él. Mi cuerpo se aplastó contra el suyo y sentí cada centímetro de su pecho duro y tenso. Todavía estaba aturdida cuando sus labios se posaron sobre los míos.
Nada me había preparado para la forma en que Dante me estaba besando ahora. La primera vez había sido una mordaz demostración de dominio, un castigo. Había querido hacerme suplicar. La segunda, cuando se había agachado frente a mi silla… no estaba segura de qué había sido aquello.
Pero ninguna de las dos se acercaba a esto.
Su boca estaba caliente y hambrienta, y me abrí a él casi de inmediato. Sentí, más que oí, el gruñido en su garganta mientras metía la lengua en mi boca.
Tampoco había nada de gentileza en este beso. Era desesperado y febril, y me encantó cada segundo.
Inhalé su aroma mientras su mano se deslizaba por mi espalda y se enredaba en mi pelo. Me ahuecó la cabeza y me sujetó con firmeza, para poder ahondar una y otra vez hasta que no pude pensar con claridad. No pude pensar en absoluto.
Lo único que podía hacer era sentir.
Me sostuvo cerca, con su otra mano presionando la parte baja de mi espalda, de modo que mi vientre quedó pegado al suyo. Sentí los duros abdominales bajo su camisa moverse mientras me apretaba contra él.
Mis pechos se aplastaron contra su torso, sensibles bajo mi camiseta. Estaba en llamas. El calor fluía de su boca, bajaba por mi cuerpo y se enroscaba en un nudo apretado en la parte baja de mi cuerpo. Estaba tan mojada por él.
Dios, lo deseaba.
Le devolví el beso con todo lo que tenía. Correspondiendo a cada embestida de su lengua, bebiéndolo con la misma sed con la que él me consumía. Eso nos espoleó a ambos.
Su mano derecha se cerró en mi pelo mientras la izquierda recorría mi sudadera, deteniéndose en mi dolorido seno. Temblé cuando lo ahuecó sobre la tela y apretó. Con fuerza.
El calor se extendió por mi bajo vientre y mis rodillas amenazaron con ceder. Pero quería más. Necesitaba sentir sus manos sobre mi piel desnuda.
Rodeé su cuello con mis brazos, permitiendo que mi sudadera se levantara y le diera acceso. Su mano se deslizó por debajo, justo como había esperado. Sin pedir permiso, me subió el sujetador. Contuve el aliento cuando conectó con mi pecho desnudo.
—Joder, Ophelia. Me estás matando —gimió contra mi boca, mientras acariciaba mi pezón duro como una bala.
No necesité preguntar a qué se refería. Podía sentir su considerable erección clavándose en mi bajo vientre, incluso bajo sus vaqueros. Estaba duro como una roca y, a juzgar por el considerable bulto, muy bien dotado. Me excitó aún más saber que era para mí.
No me importaba que fuera de una familia de criminales, ni que hubiera utilizado mi galería, ni siquiera que una vez hubiera planeado matarme. Lo único que importaba era que había vuelto a por mí. Que me estaba protegiendo. Que me deseaba tanto como yo a él.
Sabía que no debíamos. Que era una mala decisión. Pero en este momento, no parecía importarme. La verdad era que ninguno de los dos podía detenerlo, aunque hubiéramos querido.
Estaba irremediablemente excitada, y cuando jugueteó con mi pezón, no pude evitar el gemido profundo y gutural que se me escapó. Él se tragó el sonido, apretando más fuerte, aferrando mi pelo con más fuerza y abusando de mi boca con la suya.
Había un punto caótico y desesperado en ello que me sorprendió. Él solía ser muy controlado. Yo, sin embargo, hacía mucho que había perdido la compostura. Me estiré entre nosotros y le ahuequé la polla, saboreando el gemido que emitió.
—Joder.
Froté su polla a lo largo, por encima de los vaqueros, hasta que el gemido se convirtió en un gruñido y su cuerpo se tensó.Se apartó, respirando agitadamente.
Sus ojos brillaban con esa intensidad plateada que me tenía hechizada, y pude ver que luchaba con todas sus fuerzas por mantener sus emociones a raya.
Intentando recuperar un mínimo de control.
Pero yo no quería que lo hiciera. Quería que perdiera el control. Quería empujarlo al límite para que cayera conmigo al abismo.