Capítulo 12
Sincerándose
Dante
E l estofado olía de maravilla. Casi tan bien como cualquier plato del Dino’s. Tenía hambre, pero ni de coña me iba a sentar a comer con mi puta prisionera. Por muy buena cocinera que fuera.
Negué con la cabeza mientras sacaba el portátil del maletero.
Ophelia. Dueña de un negocio, experta en arte y ahora cocinera. Una mujer complicada, llena de sorpresas. Ya no había mucha gente que me sorprendiera, pero ella era una de esas personas.
Mi padre le habría dado su aprobación. Siempre se había quejado de que Valentina era una cocinera terrible.
Fruncí el ceño y cerré el maletero de un portazo lo bastante fuerte como para que el eco resonara en los árboles circundantes. Max, que estaba de guardia, echó un vistazo. Levanté una mano para indicarle que todo estaba en orden.
Mierda. ¿De dónde cojones había salido ese pensamiento?
Debía de ser por la comida. Fue mi padre quien me llevó por primera vez al Dino’s hace años. Comida casera de la vieja patria, solía decir.
Puse cara de pocos amigos mientras regresaba a la cabaña. Siempre estaba en mi puta cabeza, de una forma u otra. Sentía que necesitaba practicarle un exorcismo o algo así.
Era ridículo. Las mujeres no tenían ninguna influencia sobre mí. Ni siquiera tenía relaciones. Mis encuentros románticos eran polvos sin remordimientos. Y solo cuando necesitaba calmar los nervios.
Me mantenía alejado de cualquier cosa que durara más de veinticuatro horas e incluso entonces, mis compañeras nunca sabían quién era yo. Fruncí el ceño con sombrío gesto. Qué era yo.
No valía la pena correr el riesgo. El sexo era el juego de poder definitivo. Si iba a perder el control, aunque fuera por un breve instante, no iba a ser con alguien que pudiera usarlo en mi contra.
Cuando volví a entrar en la cabaña, Evelyn estaba dejando una fuente de horno —que no sabía que tuviéramos— sobre la encimera. Luego volvió a sentarse a la mesa y giró el portátil hacia ella.
A regañadientes, acerqué la silla a su lado y me senté. Estar tan cerca era una mala idea, pero tenía que vigilar lo que hacía. No quería que enviara ningún correo electrónico ni mensaje de texto a escondidas y sin mi conocimiento.
Puede que estuviéramos trabajando juntos en esto, pero seguía sin poder confiar en ella.
Inició sesión usando una contraseña que no logré captar y buscó en el sistema de archivos la hoja de cálculo que había mencionado.
—Aquí está —la abrió en la pantalla—. Este es mi registro de todos mis clientes y compradores.
Le eché un vistazo a la lista. Había muchos nombres.
—Estoy incumpliendo todas las normas de privacidad al enseñarte esto.
Mi ceño seguía firmemente fruncido. —¿Tengo cara de que me importe?
Ella suspiró y se desplazó por el documento en silencio.
—Ahí —dijo, señalando la pantalla—. Aunque parece que esas ventas fueron puntuales.
—¿A qué te refieres?
—Nunca volvimos a tratar con esos clientes. Por lo que parece, Chloe tampoco pudo encontrar mucho sobre ellos —señaló los registros que tenían muy poca información—. Tengo los nombres de los directores, pero dudo que sean reales.
Probablemente tenía razón. —Habrán falsificado las firmas o habrán conseguido que firme alguien ajeno a ellos.
Ella entrecerró los ojos hacia el documento. —Sin embargo, todos usaron al mismo comprador.
Eso podía ser algo. —Necesito un nombre.
Ella tomó aire bruscamente. —Ricardo Sánchez. Ahora lo recuerdo. Pujó por teléfono. Su inglés era excelente, aunque tenía un ligero acento.
—¿Y los datos de contacto? —Ya estaba sacando el teléfono para llamar a mi hermano.
—Creo que sí —hizo clic en otra pestaña y mostró una lista de intermediarios—. Aquí está.
Amplió la página para que pudiera ver la dirección de correo electrónico y el número de teléfono. Era de un proveedor de telefonía móvil estadounidense.
Me levanté y llamé al número de Nico. Respondió al segundo tono.
—Oye, Nico. Necesito todo lo que puedas encontrar sobre un comprador de arte. Se llama Ricardo Sánchez —le di los detalles.
—¿Para qué los necesitas? —preguntó Nico, pero oí el rasgueo del bolígrafo mientras anotaba el nombre.
—Podría estar relacionado con los tipos que emboscaron nuestro cargamento.
Hubo una larga pausa; luego dijo: —Pensaba que había sido Malakov.
—Qué va, Malakov no. Al menos no lo creo —miré a Evelyn, que negó con la cabeza. No había rastro de mentira en su rostro de porcelana. Ningún parpadeo. Ningún tic nervioso.
Fruncí el ceño y me di la vuelta. No quería admitirlo, pero puede que me hubiera equivocado con ella.
—Estos tipos también usaban la galería para blanquear su dinero.
—¿Cómo lo sabes?
—Estoy mirando la hoja de cálculo de clientes ahora mismo —mantuve la mirada clavada en la pared.
—¿Se me escapa algo? —dijo Nico, despacio—. Madre dijo que te habías encargado de la dueña de la galería.
Fue mi turno de dudar.
—No lo has hecho. ¿Verdad?
—No exactamente —esperé la explosión que sabía que vendría.
—Cielo santo, Dante. Sabes que se va a poner hecha una furia.
En eso no se equivocaba.
—Lo sé, pero no voy a... Joder —me pasé una mano por el pelo—. ¿Puedes venir a la cabaña? No quiero tener esta discusión por teléfono.
—¿Ahora? Tardaré más de dos horas en llegar.
—Mañana. Ven a primera hora. Tenemos que hablar. Y por lo que más quieras, no se lo digas a Valentina.
—Ni se me ocurriría. Nos vemos mañana.
Colgó.
Me quedé mirando por la ventana hacia donde estaba Max, vigilando el perímetro con el rifle al hombro.
Hubo un tiempo en que yo también formé parte de esa unidad.
Parecía que fue ayer. Todos habíamos seguido órdenes que nos llevaron a un consejo de guerra.
Nuestro oficial al mando nos había dejado tirados y perdimos nuestras carreras por ello.
Licenciamiento deshonroso. Aún no podía pronunciar esas palabras sin sentir indignación. Das tu vida y eso es lo que recibes. Traición.
Así que no. No iba a volver a seguir órdenes ciegamente, no sin hacer antes mis propias averiguaciones. Valentina me había presionado, así que le mentí. Había sido la única forma de ganar algo de tiempo y de mantener a Evelyn viva lo suficiente para investigarla.
Menos mal que lo hice, porque empezaba a parecer que ella no era el topo. Solo una inocente atrapada en todo este feo asunto.
Si le hubiera hecho caso a mi madre, tendría su sangre en mis manos. Habría añadido su rostro a los que cargaba en mi memoria.
Otro pensamiento, más sombrío, me atormentaba. Si no la hubiera secuestrado y traído aquí, quienquiera que hubiera entrado en su apartamento probablemente la habría matado.
De una forma retorcida y jodida, puede que le hubiera salvado la vida.
—¿Quién es Nico? —preguntó ella, cerrando el portátil de golpe.
—Mi hermano.
Sus cejas se elevaron en un arco delicado. —¿Viene hacia aquí?
—Sí. Si alguien puede averiguar algo sobre Ricardo, es él.
—¿Por qué no has querido hablar por teléfono?
—Nunca se sabe quién está escuchando. Además, quiero hablar con él sobre... asuntos familiares.
—¿Sobre mí?
Asentí con rigidez.
—¿Quién es Valentina? —Se mordió el labio y eso atrajo mi mirada—. ¿Es tu mujer?
Tosí y luego negué con la cabeza. —No, mi madre.
—¿Llamas a tu madre por su nombre de pila? —Sus ojos se abrieron con sorpresa. Cierto, no era algo normal, pero es que no éramos una familia normal.
—A veces —admití—. Cuando la situación lo requiere.
Inclinó la cabeza y me estudió como si estuviera tasando un cuadro para su galería. No me gustó. —¿Y la situación lo requiere ahora?
—Valentina dirige el negocio de la familia Marcelli —expliqué, aunque no sabía por qué cojones le estaba contando esto.
Quizá quería que entendiera que no solo estaba tratando conmigo.
Esta era una familia donde las cuentas se saldaban con puños o con sangre—.
Piensa en ella como una directora general despiadada.
—¿Ella es la jefa?
—Exacto.
—¿Dónde está tu padre?
Fruncí el ceño. —Ya no está.
—Lo siento. —Hubo una pausa, luego dijo—: Mis padres también han muerto.
—Lo sé.
Ella me miró. —¿Lo sabes? ¿Cómo...? —Se sonrojó al darse cuenta—. ¿Me has investigado?
No debería haber sido una sorpresa. —Investigo a todo el mundo, especialmente a las personas de las que sospechamos que nos han traicionado.
Ella frunció el ceño y me sentí tentado de borrarle las líneas de la frente a besos. —¿Fue una orden de Valentina? Ya sabes, lo de matarme.
Asentí escuetamente.
—Gracias por no hacerlo —susurró.
Me levanté, sintiéndome agitado. La cocina estaba demasiado caldeada por la comida. Necesitaba aire, algo de espacio para respirar.
—No ha sido por ti —solté, viendo cómo sus ojos se nublaban. Bien. Tenía que romper esa familiaridad que se había desarrollado entre nosotros—. Necesitaba tu ayuda para encontrar a los responsables de robar nuestro cargamento. Eso es todo. No es nada personal.
—Vale —se levantó, cogiendo su portátil—. No hace falta que te pongas así de imbécil.
Solté un suspiro frustrado.
—Me voy a la cama.
—Evelyn.
Ella se giró.
—Deja el portátil.
—Pero...
La mirada de mi rostro debió convencerla de que no discutiera, porque volvió a dejarlo sobre la mesa y, tras lanzarme una mirada colérica, se marchó airada al dormitorio.