Juramento de fuego (Blood and Vows 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Un sueño para acabar con todos los sueños

Evelyn

E staba teniendo un sueño inquietantemente delicioso.

Dante Marcelli estaba de pie frente a mí. Podía oler su colonia, sentir su calor. Alargó la mano y deslizó el dorso por mi cara, tal como lo había hecho en la galería, pero no se detuvo ahí.

Sujetándome los brazos, me hizo girar para que quedara de frente a mi escritorio. Manteniéndome pegada a su cuerpo, sentí su dureza presionando contra mi espalda, dándome calor.

Lentamente, sus manos bajaron por mis costados y sobre mis caderas. Mi respiración se aceleró. Me empujó hacia adelante, subiendo mi vestido, con sus manos tatuadas ásperas contra mi piel.

Contuve el aliento, gemí y abrí los ojos.

Mi corazón latía con fuerza. El sueño me había parecido tan real que casi podía olerlo.

Y todavía lo olía.

Una sombra se alzaba al pie de mi cama y solté un grito antes de que una mano grande y enguantada me cubriera la boca.

—No hagas ni un ruido.

Dante Marcelli.

Estaba aquí, en mi habitación. Sentado en mi cama.

¿O seguía soñando? ¿Era esto alguna pesadilla erótica y aterradora? ¿Una aparición creada por mi subconsciente sobreexcitado?

La habitación estaba a oscuras. La luz de la luna entraba sesgada por las cortinas entreabiertas, formando un charco plateado sobre el edredón. No se oía nada, solo el latido de la sangre en mis oídos mientras lo miraba.

—¿No vas a gritar?

Negué con la cabeza y él retiró la mano.

—¿Eres real? —susurré, incorporándome hasta quedar sentada. Tenía la cara casi toda en sombras, pero podía distinguir las facciones angulosas, el físico musculoso y los ojos grises que reflejaban la luz de la luna.

—Soy real —respondió con voz profunda y ronca, aunque percibí un rastro de diversión en ella.

Al menos no me estaba volviendo loca. Me froté los ojos para quitarme el sueño y lo miré fijamente. Era como si lo hubiera conjurado. En un momento había estado soñando con él y al siguiente había aparecido, justo aquí, en mi dormitorio.

Mientras mi cerebro aturdido intentaba darle sentido a la situación, me fijé en la pistola que sostenía relajadamente en la mano derecha, como si fuera un accesorio casual.

Me dio una sacudida de adrenalina y abrí mucho los ojos.

¿Qué demonios?

De pronto, estaba bien despierta.

—¿Por qué estás aquí? ¿Cómo has entrado? —exigí saber, mirando frenéticamente por la habitación. Las ventanas seguían cerradas, pero la puerta del dormitorio estaba abierta. Yo dormía con la puerta cerrada.

¿Dónde porras estaba el personal de seguridad?

—El conserje nos ha dejado entrar.

—¿Nos? —Volví a mirar a mi alrededor, pero no había nadie más en la habitación con nosotros.

—Rocco está esperando fuera. —Hizo un gesto con la pistola.

—¿Quién es Rocco?

Él esbozó una sonrisa de suficiencia. —Ya lo conocerás pronto.

—¿Conocerlo? ¿Qué significa esto? —Me incliné para alcanzar la lámpara.

—Tranquila. —Levantó el arma.

Me quedé helada, con el corazón a mil por hora.

¿Quién se creía que era este tipo, entrando en mi apartamento en mitad de la noche y apuntándome con una pistola?

—Voy a encender la lámpara —dije con rigidez.

Me indicó con la pistola que procediera.

Encontré el interruptor y la habitación se iluminó.

Por desgracia, no era una luz potente, sino más bien un resplandor ambiental y suave diseñado para relajarme antes de dormir.

No solía dormir muy bien ni siquiera en las mejores circunstancias, mucho menos cuando estaba teniendo alucinaciones con hombres atractivos y peligrosos.

—¿Qué estás haciendo aquí? —exigí, intentando no fijarme en cómo llenaba aquella sudadera negra con las mangas subidas, ni en los numerosos tatuajes que trepaban por sus antebrazos bronceados.

—¿Y por qué narices tienes una pistola?

Reconocí la rosa y la serpiente en el dorso de su mano derecha, pero en el antebrazo izquierdo tenía tatuado un agujero de bala irregular directamente sobre una masa de tejido cicatricial, como si hubiera delineado la herida.

También alcancé a ver una línea de texto que subía por la parte interna. Alguna frase. Latín, tal vez.

Me vio mirando y se bajó las mangas. Esos inquietantes ojos grises se oscurecieron como nubes de tormenta al clavarse en mí.

—Por si no cooperas.

Tragué saliva, sintiendo que el calor disminuía un poco.

—¿Cooperar en qué?

Me lanzó una mirada larga y dura. —Voy a necesitar que vengas conmigo.

Ni hablar.

—No creo que sea una buena idea.

No pensaba ir a ninguna parte con este demonio. No a estas horas de la noche.

Su voz fue un gruñido. —No te lo estaba preguntando.

Lo miré fijamente, de repente consciente de mi semidesnudez. El camisón de seda que llevaba para dormir se me había resbalado de un hombro y el fino tirante colgaba ahora por mi brazo. Estaba mostrando una cantidad indecente de escote, y mi respiración irregular no ayudaba.

Él también se dio cuenta.

Vi cómo bajaba la mirada, con un destello de ardor cruzando esos ojos tormentosos antes de obligarlos a volver a mi rostro.

—¿De qué quieres hablar? —pregunté.

—De los negocios de mi familia.

Parpadeé, recordando de golpe los recortes de periódico y las fotografías que había leído. Accidentes extraños, personas desaparecidas, investigaciones fallidas.

—No sé nada de tus negocios —dije rápidamente.

Él ladeó la mirada. —Eso es lo que tenemos que discutir.

Observé cómo descruzaba las piernas y se ponía en pie. La mano con la pistola permanecía tensa.

—No voy a ir a ninguna parte contigo —solté, con el cuerpo tenso de indignación—. Pregúntame lo que quieras y luego vete, o llamaré a la policía.

Él sonrió con sorna. —¿Ah, sí?

Miré de reojo la mesita de noche buscando mi teléfono. Para mi alivio, vi que seguía allí donde lo había dejado, cargándose.

—Sí. No creas que no lo haré. Solo porque seas rico y famoso —más bien infame—, no significa que no vaya a llamar a la pasma.

No eran amenazas vacías. Lo decía totalmente en serio.

Su mirada bajó a mi pecho. —Este no es el lugar más apropiado para la clase de conversación que tengo en mente.

Le lancé una mirada fulminante y me subí el tirante al hombro.

—Ponte algo de ropa —dijo fríamente.

Supe entonces que me iba a obligar a ir con él a punta de pistola. Él y ese misterioso Rocco que esperaba fuera. A menos que hiciera algo para evitarlo.

¿Pero qué?

¿Y qué demonios quería Dante Marcelli conmigo?

—Estoy segura de que esto es solo un malentendido —razoné, volviendo a dirigir la vista a mi teléfono. Si conseguía llegar al baño, podría cerrar la puerta con llave y pedir ayuda.

—Eso es lo que tenemos que determinar.

Justo cuando estaba calculando la distancia hasta el baño —unos cuatro pasos si me movía rápido—, él dijo: —No lo conseguirás, Ophelia.

Parpadeé por la forma en que el nombre del cuadro salió de sus labios.

—¿Cómo sabías que tenía ese cuadro sobre mi cama? —susurré, levantando la vista hacia él—. ¿Has estado en mi dormitorio antes?

Él levantó la vista. —Se parece a ti.

Tragué saliva. Por eso lo tenía. El examante que lo había pintado para mí también lo pensaba. Había estado viajando por los Estados Unidos, visitando el Met y el Guggenheim y pintando en Central Park. Habíamos tenido un romance breve pero apasionado. Hasta que él regresó a París.

Me había enviado el cuadro como regalo y era una de mis posesiones más preciadas.

Aun así, aquello no mermó mi deseo de pedir ayuda.

Como la atención de Dante seguía en el cuadro de Millais, aparté las mantas de un tirón, cogí mi teléfono y me lancé hacia el baño.

Me alcanzó en dos zancadas.

Un brazo fuerte rodeó mi cintura y, sin ninguna delicadeza, me tiró hacia atrás, estampándome contra su cuerpo duro como una roca. La fuerza me sacó el aire de los pulmones.

—Maldita sea —jadeé, sin aliento.

Para empeorar las cosas, mi teléfono se cayó al suelo. Él le dio una patada y lo mandó debajo de la cama, fuera de mi alcance. Con un sollozo de frustración, intenté zafarme, pero él me sujetó con firmeza.

—¡Suéltame! —exigí.

—He dicho que no lo lograrías —gruñó en mi oído. Su boca estaba tan cerca que podía sentir su aliento en mi cuello.

Tenía un brazo rodeándome todavía la cintura y el otro sobre mi pecho, con una mano grande extendida sobre mi hombro. El tirante de mi camisón se había vuelto a caer, pero esta vez no me importó. Tenía problemas mayores. Además, me tenía los brazos pegados a los costados.

—¡Suéltame! —solté una patada y mi talón impactó con su espinilla. Ni siquiera se inmutó. Unos pies descalzos no le iban a hacer mucho daño a este tipo.

Dante me arrastró de vuelta a la cama y me arrojó sobre ella.

Antes de que tuviera oportunidad de recuperarme, se inclinó sobre mí y me inmovilizó las muñecas por encima de la cabeza, hincando una rodilla entre mis muslos. Mi camisón se había amontonado alrededor de mis caderas, dejando a la vista demasiada ropa interior.

Furiosa y avergonzada, intenté quitármelo de encima, pero él era inamovible.

—Uf. ¿De qué estás hecho? ¿De plomo?

Las comisuras de sus labios se curvaron. —Quédate quieta.

Como no lo hice, sus ojos se endurecieron y buscó algo detrás de su espalda. Un momento después, sentí el cañón frío de una pistola presionado contra mi costado. —He dicho que te estés quieta.

Dejé de forcejear.

Sus ojos se clavaron en los míos. —Ahora. ¿Vas a cooperar?

Asentí, intentando contener mi furia. ¿Cómo se atrevía a tratarme así? Pero el acero helado empujando contra mi piel me hizo pensármelo dos veces antes de discutir.

—Bien.

Odiaba sentirme tan impotente. Odiaba que me tuviera a su merced. Le lancé una mirada de odio, mordiéndome el labio para no soltar una réplica mordaz.

—Me equivocado —murmuró, y para mi horror, sentí que el arma empezaba a subir por encima de mi cintura, hasta que se detuvo contra la parte externa de mi pecho—. No estás nada rígida.

Tomé aire, temblando. —¿Qué estás haciendo?

Con su rodilla encajada entre mis muslos, su mano grande rodeando mis muñecas, su pecho ancho y duro cerniéndose a escasos centímetros del mío y el cañón de su pistola rozando la parte inferior y sensible de mi pecho, estaba extrañamente excitada.

¿Cómo era eso siquiera posible?

A pesar de su advertencia de quedarme quieta, no pude evitar retorcerme, elevando las caderas de la cama, arqueándome hacia su entrepierna. Había sido un movimiento involuntario, pero supe que lo había notado.

Sentí que se le entrecortaba la respiración mientras su mirada se cruzaba con la mía. La pistola dejó de moverse.

—¿Por qué no tienes miedo?

¿Era imaginación mía o se había acercado más? Ahora podía ver las motas en sus iris. Hilos plateados irradiando hacia afuera desde sus pupilas de color gris oscuro.

—Lo tengo —susurré, incapaz de evitar que mi mirada bajara a sus labios.

Me dio un toque en el pezón con el cañón de la pistola hasta que este se endureció. —No, no lo tienes. Pero deberías.

—¿Por qué? ¿Vas a hacerme daño?

Su mirada se volvió más tensa. —Si me mientes, sí.

Mi corazón dio un vuelco. —¿Por qué iba a mentir?

Me miró durante un largo y ardiente momento. Nuestros cuerpos estaban muy cerca. No le costaría mucho dejarse caer sobre mí y...—

—Vístete, Ophelia —dijo secamente, apartándose de mí—. Tenemos que irnos.

Me senté, moviéndome muy despacio, vigilando el arma que seguía apuntando en mi dirección.

—No intentes nada raro —advirtió, como si me leyera el pensamiento.

Caminé hacia el armario. Mi ropa de trabajo no era adecuada para... lo que fuera esto. ¿Una discusión? ¿Un interrogatorio?

Me puse unos leggings negros y un jersey de cachemira rosa, y me pregunté qué demonios querrían los Marcelli conmigo.

Claro, tenía algunos clientes poco recomendables, pero rara vez trataba directamente con ellos. Los compradores, agentes y marchantes de arte se encargaban de eso. Intermediarios como Mikhail y Helen.

Dante me escoltó fuera y me entregó a un hombre que era un auténtico armario. Era enorme y corpulento, con la cara cubierta de cicatrices. Rocco, supuse.

Me agarró con su mano carnosa mientras bajábamos los tres tramos de escaleras hasta el vestíbulo. Miré desesperadamente buscando al conserje, pero no estaba por ninguna parte. Dante le había pagado para que desapareciera, me di cuenta. No iba a venir ayuda.

Un SUV negro con cristales tintados esperaba al ralentí junto a la acera.

Mi captor abrió la puerta trasera y Rocco me soltó para que pudiera entrar.

Vacilé, solo para encontrar los ojos de Dante clavados en mí. —Ni se te ocurra.

Suspiré y subí al interior.

La pesada puerta negra se cerró tras de mí y me quedé sentada en silencio un momento, con el corazón golpeándome las costillas. Entonces se abrió la puerta opuesta y Dante subió a mi lado.

—Intenta cualquier cosa y te pondré las esposas —dijo, con la pistola sobre su regazo pero todavía apuntándome.

Rocco se sentó en el asiento del copiloto. Miré al conductor, pero solo pude verle la nuca.

Mientras arrancábamos, una oleada de alarma me recorrió. Parecía increíble, pero me había secuestrado la mafia. Dante Marcelli quería discutir algo conmigo, pero por más que lo intentaba, no lograba imaginar qué podía ser.