16 El continuo Bonlur—Lanyur
El continuo Bonlur — Lanyur
A Zitrra no se le pasó por alto que, durante los juicios de Destino, la Elegida estaba de espectadora, sentada entre la multitud, junto a Guía. El mago oscuro sonreía con malicia en su interior. Todo parecía ir según lo previsto.
Meses atrás, cuando Anthropos trató de secuestrar a la Elegida asaltando la Hermandad, las Artes no solo se lo impidieron, sino que consiguieron capturar a Mecanos y dejarlo bajo la supervisión de Zitrra.
Lamentablemente, aquel robótico cuerpo estaba vacío y el mago decidió que lo más prudente era destruirlo.
Tal fue la desgracia, que la oscuridad remanente que quedaba en aquella chatarra impactó repentinamente contra Zitrra, que no pudo defenderse, y la oscuridad, esta vez, le ganó la batalla.
Aquel remanente de rou fue suficiente para desequilibrar el alma del mitzrar oscuro.
Zitrra se convirtió así en lo que, con mucho esfuerzo, había conseguido evitar. Ahora era un súbdito de los Creadores oscuros y Rou tenía su cuerpo de élite al completo.
Anthropos y sus adeptos, acompañados de los caídos, se mantenían pacientes en su guarida, a la espera de que Zitrra diera el aviso para poner en marcha la última parte de su misión.
Los malvados mitzrar ocupaban su ociosidad atacando con su magia a los pocos humanos que habían sobrevivido al funesto efecto de la máquina que los invocó.
El rou que invadió los cuerpos y almas de este lúgubre cuarteto afectó también a sus respectivas especialidades del mitz , ahora todo lo que transformaban usando su magia, estaba también corrompido de oscuridad.
Por ejemplo, las llamaradas de Combusten o las rocas de Reozin, que maliciosamente lanzaban a los indefensos secuestrados, estaban veladas de matices oscuros fuertemente perceptibles, a pesar de mantener ciertas propiedades de los elementos iniciales.
Entre tanto, los Creadores oscuros, para no rendirse a la desesperación, se dedicaban a sus respectivas disciplinas.
Rouna había construido una pequeña forja y hacía crepitar el trozo de metal que trataba de convertir en una nueva arma.
Motor se encontraba bajo su auto, poniéndolo a punto tras el fuerte golpe que sufrió.
Guerra seguía trayendo humanos a la nave, pues debían hacer funcionar de nuevo la invención de Mecanos, y Tatuaje repasaba los animales dibujados en la piel de Anthropos, quien simplemente se quejaba y maldecía mientras esperaba a que Mecanos, que estaba desconectado y ausente, se pronunciara.
—Presencia de la Elegida confirmada. Infiltrado a la espera de órdenes —anunció Mecanos.
Se escuchó un ruido sordo metálico y todos giraron la cabeza en su dirección.
—¡Al fin! —exclamó Rouna, que había soltado su conato de arma provocando aquel ruido.
—¿¡Habéis escuchado!? —gritó Anthropos dirigiéndose a los caídos.
Estos guardaron unos instantes de silencio, devolviéndole a Anthropos una mirada seria.
—¿Podemos fiarnos de tu subordinado? —preguntó Linstra al cabo de un minuto, con una sonrisa encantadora, aunque con los ojos a rebosar de locura.
—¿Del tuercas? —preguntó Combusten riéndose.
—Probabilidad acumulada de éxito: 87.6% —aseguró Mecanos.
—¡ Ghurzlin es de fiar, sus cálculos nunca fallan! —defendió con furia Anthropos a Mecanos.
Guerra, ante tal osadía, lanzó su hacha clavándola a mitad de camino entre Anthropos y los cuatro.
—¡No volváis a ponernos en duda o la próxima irá a vuestra cabeza! —prorrumpió tras el ataque.
—¿Nos estás amenazando? —preguntó Linstra mirando de hito en hito a Guerra, sin parpadear, con su siniestramente amistoso tono y una media sonrisa.
A su vez, la mano de Reozin, cerrada fuertemente en un puño, se tornó en roca, el pelo de Combusten se avivó intensamente y la piel de Justran brilló con fuerza, destacando los destellos de su antiguo ser entre los haces de oscuridad.
Cómo me cuesta comprender que todos estos individuos puedan constituir un solo equipo y más todavía que sean capaces de organizarse y perpetrar la más mínima idea con éxito.
No transcurre ni un solo segundo en el no que estén discutiendo o peleándose, y no es algo nuevo, esto ya ocurrió entre las filas de la oscuridad durante la Gran Guerra.
Anthropos calmó la situación y pidió a los caídos —y ordenó a los suyos— que iniciaran la siguiente fase del plan.
Los cuatro magos oscuros, con soberbia y altivez, entraron de nuevo en el colosal aparato mientras Guerra conectaba nuevos rehenes al artefacto colocándoles los pertinentes cascos y Mecanos movía los engranajes para hacerlo funcionar de nuevo.
Anthropos, que seguía con Tatuaje, observaba desde la distancia la titánica maquinaria luciendo su gran sonrisa perversa.
Se avecinaba algo horrible.
Con un nudo en la garganta y el corazón en un puño, Júlia siguió a Universo, que anduvo por la Dimensión de los Creadores durante largo rato, sin dirigirle la palabra, hasta llegar a sus aposentos.
Cuando el imponente Creador superior atravesó el muro de nubes, Júlia estuvo realmente tentada de darse la vuelta y huir, pero se armó de valor y traspasó la nubosa pared.
Apareció en una amplia habitación realmente impresionante. Las dependencias de Universo parecían una pequeña maqueta del cosmos; como si se tratara de un holograma del mapa estelar, millones de estrellas, planetas y otros astros adornaban aquel espacio.
Júlia se quedó fascinada.
—Vaya, Universo, es increíble —comentó.
—¡Mi nombre es Bonlur , insignificante humana! —exclamó Universo cabreado.
Júlia frunció el ceño al sentirse ofendida y el miedo fue sustituido por el coraje.
—Pero… ¿a ti qué te pasa? —preguntó Júlia que no daba crédito a las formas de Universo.
—¿A mí? —respondió Bonlur riéndose—. ¿Qué os pasa a los humanos?
—¿A qué te refieres? —interpeló Júlia descolocada.
—¿De verdad? ¿Tengo que explicarlo? —expresó irónico Universo.
—A mí me parece que tienes demasiado ego y crees que eres mejor que todos los demás —afirmó Júlia sin tapujos. De pronto Bonlur ya no le imponía tanto.
El Creador, ante aquellas palabras, apretó los labios y frunció al ceño hasta que casi se juntaron las cejas de su forma humanoide.
No concebía que existiera ningún «insignificante humano» capaz de dirigirse a él de esa manera. Hinchando el pecho con una amplia bocanada de aire que no necesitaba, estalló a voz en grito intentando intimidar a Júlia. Sin éxito, debo añadir.
—Obviamente. Yo… —Mientras hablaba, Universo iba aumentando su tamaño—. Soy ¡ BONLUR ! En mí reside el presente, el cosmos entero, ¡YO SOY EL UNIVERSO!
Júlia puso los ojos en blanco, definitivamente se había formado una imagen preconcebida de Bonlur que daba más miedo que el verdadero. O quizá se trataba de ella, que ahora era más valiente que en su antigua vida.
—Eres un poco megalómano, ¿no? —Universo volvió a su estatura humana, que ya era suficientemente grande. Clavó sus ojos en Júlia con intriga, aquella muchacha tenía agallas.
—Todo lo que sea mega me gusta —pronunció Bonlur con superioridad, manteniendo sus intentos de amedrentar a Júlia—. ¿Qué te crees que no he entendido esa palabra? La que parece que no la entiende eres tú.
—¿Cómo? —cuestionó Júlia sorprendida.
—Inepta primate pelada, yo no me creo alguien importante. ¡SOY ALGUIEN IMPORTANTE! —aseveró Bonlur con tono imponente.
—Pero te lo tienes muy creído —añadió Júlia mordazmente.
—¿HAS VENIDO AQUÍ A FALTARME AL RESPETO? —requirió Bonlur enojado.
Júlia retrocedió unos pasos, no olvidaba con quién estaba hablando, y se sentía como quien zarandea un avispero con un palo. A pesar de eso, tomó aire y recuperó sus redaños antes de responder.
—¡Has empezado tú!
Bonlur le lanzó una mirada asesina. Los ánimos se caldeaban.
—¡Maldita sea! Debí tragarte cuando quité aquella piedra —dijo Universo.
Júlia se quedó pasmada.
Cuando una de las piedras de Universo que aumentaban el espacio de los aseos de la Hermandad fue malintencionadamente retirada, una gran fuerza succionadora destrozó el lugar y Júlia y las Artes que se encontraban allí, corrieron un grave peligro. Por suerte, todo quedó en un susto.
—¿Fuiste tú quien movió la bonlurtzragirt de la piscina? —preguntó Júlia llevándose las manos a la boca y con los ojos abiertos como platos.
—Sí —asintió Universo con resignación.
Júlia no daba crédito, conocía la aversión de Bonlur por los humanos, pero en la Hermandad había cientos de Artes…
—¿Por qué? Pero… ¿tú no eres de los buenos? —interrogó Júlia con voz ahogada.
—Depende de a quiénes consideres «los buenos». Yo quiero acabar con todos los humanos, sois una incontrolable plaga que destroza todo lo que toca y tú representas la esperanza de la humanidad —esclareció Bonlur .
—¿¡Y las Artes que arrastraste conmigo!? —exigió explicaciones Júlia.
—Daños colaterales —dijo Universo quitándole importancia—. Si por mi fuera, hace años que hubiera activado el protocolo reinicio.
—¿Cómo puedes pensar así? —siguió Júlia que no podía creer lo que estaba oyendo.
—Otra que se ha creído las patrañas de Lanyur . Tú misma deberías saber las barbaridades que hace tu especie en tu planeta —achacó Bonlur a Júlia.
Júlia torció el gesto, Universo tenía sus buenas razones para odiar a los humanos, pero estaba yendo demasiado lejos.
—Sí, Bonlur , las sé. Pero no puede pagar toda la humanidad los errores de unos pocos —se defendió Júlia antes las acusaciones de Universo.
—Sois tan culpables los que cometéis fechorías como los que las observáis impasibles —señaló Universo.
—Ni siquiera el aintrolur condenaría a esas personas, no son culpables —explicó Júlia.
Universo quedó impresionado por los conocimientos de la Elegida. Haciendo un mohín de hastío, tuvo que reconocérselo.
—Vaya, parece que has aprendido mucho, ¿sabes quiénes serán condenados al juicio del aire? —puso a prueba Bonlur a nuestra protagonista.
—No, no lo sé —contestó Júlia resignada.
—Al menos la mitad —manifestó tajante Universo.
—¿Cómo? ¿Qué mitad? —inquirió Júlia, que se imaginaba lo peor, con un hilo de voz.
—La mitad de la población de vuestro planeta.