9 El santuario de Thrithri #4
Imaginaos dos pobres animales domésticos que, a juzgar por su edad, ya habrían estrechado lazos con el que supuestamente debía cuidarlos, pero este, en cambio, les abandona a su suerte en una gris y alejada acequia, dejándoles en una manta, sin comida ni agua.
Los cachorros seguían en el mismo sitio donde aquel al que ellos consideraban su mejor amigo, les dejó, esperándole.
Temblando de frío y de miedo. Afortunadamente, en aquella triste reproducción, aparecieron un par de personas a las que sí les importaban las vidas de los peludos y, al encontrarlos, se acercaban rápidamente a socorrerlos.
Los perros estaban en tal estado pésimo de salud, que no hacían ningún movimiento ni gesto cuando aquellas personas se aproximaban.
A continuación, Júlia y Arhz vieron a estos buenos humanos arropar a uno de los hermanos entre mantas limpias y ofrecerle agua, pero el otro animal comenzaba a andar lentamente, adentrándose en el canal.
El pequeño solo quería guiar a aquellas personas, ya que, un poco más lejos, tumbado en el frío cemento, yacía un tercer perro.
El cachorro que les había conducido hasta el cadáver de su hermano se acostaba a su lado e intentaba que despertara dándole pequeños golpes con su hocico.
Los humanos examinaban el cuerpo inerte del animal, pero no había respuesta.
Zoo paró la imagen entre lágrimas, Júlia también estaba llorando, en silencio, mientras Arhz acariciaba su hombro en un intento de consolarla.
—¿Cómo podéis ser capaces de abandonar a vuestra propia familia? —boceó entre sollozos Zoo—. Estos pobres seres indefensos se han salvado. —Las palabras de Zoo se iban llenando de rabia—. ¡Pero muchos otros perecen en vuestras calles! —Júlia le miró con impotencia.
—Yo tampoco lo entiendo —contestó Júlia—. Sé que los humanos son los culpables, pero ¿vosotros no podéis hacer nada?
—Sí que lo hacemos, pero los humanos no lo veis —contestó Arhz mientras Zoo volvía a reanudar la imagen.
Aquellas personas y los cachorros supervivientes ya no aparecían en la imagen.
Solo quedaba el cadáver del tercer hermano y otro humano, que Júlia no reconoció.
Con aspecto de apache, descendía hacia él volando con sus magníficas alas compuestas por grandes plumas de cuervos y águilas.
—Ese es el tercer Natura, ya lo conocerás —aclaró Arhz a una absorta Júlia.
Cuando el hombre alado llegaba hasta el cuerpo del cachorro, introducía una mano a través de su tronco, extraía una pequeña esfera brillante de color verde y la miraba profundamente.
—Hola pequeño, ya estoy aquí, no te preocupes por tus hermanos, esos son buenos humanos. —Tras estas palabras la imagen se apagó.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Júlia.
—No se nos permite salvar las vidas de los seres, eso deberíais hacerlo los humanos, pero lo que hacemos es salvar sus almas, su energía —aclaró Zoo.
—¿Cómo si fuerais la muerte?
—No —respondió Arhz riéndose—. Morti no suele venir por aquí, sus parcas nos suelen ayudar, pero a él ni siquiera lo conozco en persona.
—Vale entonces sí que existe la Muerte —expresó Júlia con miedo.
—No te preocupes por él, las leyendas humanas no le hacen para nada justicia —afirmó Arhz .
—Sí, Júlia, nosotros protegemos a los seres vivos —interrumpió Zoo—. Algunos nos culpáis a nosotros, pero es todo culpa vuestra —dijo enfadado—. Además de salvar su alma, si Irn no hubiera guiado a esos humanos hacia ese lugar, los otros dos canes habrían muerto también.
—Entonces, ¿Irn guio a esas personas hasta allí? —preguntó Júlia.
—Sí —respondió Arhz —. Muchas veces lo hacemos, dirigimos a ciertas personas que sabemos que pueden ayudar, lo hacemos sin que se enteren, pero eso no soluciona el problema.
—Te prometo Zoo, que haré todo lo posible para que eso cambie —manifestó Júlia con seguridad.
Zoo miró a Júlia con gesto de desconfianza, pero eso no mermó la seguridad que estaba empezando a aflorar en ella.
Tras despedirse de Zoo y que este no les hiciera el menor caso, Arhz y Júlia salieron de la cabaña, de nuevo hacia el siniestro pasillo de la vergüenza.
Esta vez Júlia lo atravesó con más confianza, aunque era imposible evitar los escalofríos.
En el exterior les esperaba de nuevo Evolución, que debía llevar a Júlia de vuelta a su tiempo.
Arhz les dijo que también viajaba al presente, y después de darle un abrazo a la Elegida y despedirse de Evolución, desapareció.
Evolución y Júlia atravesaron juntos el portal de Tiempo, pero al llegar al presente, Arhz no estaba.
—¿Dónde está Arhz ? —preguntó Júlia preocupada.
—Tranquila, lo más seguro es que Arhz entrase en otro momento, cuando vuelves, el portal te deja en el mismo instante en el que entraste —explicó Evolución.
—Entonces ¿Por qué estás aquí conmigo? —alegó Júlia.
—Yo me he ido a cuidar de Naturaleza a un lugar que también está aislado del tiempo así que he regresado aquí al mismo momento que tú, en la realidad han pasado apenas dos segundos terrestres.
—Madre mía, tú sabrás lo que has dicho… —dijo Júlia con gesto de incomprensión—. Evo, aclárame esto: ¿antes de la Gran Guerra no había microorganismos?
—No, ¿alguna cuestión más? —declaró Evolución tajante.
—¡Solo un no! ¿Cómo es posible? ¿Y la evol… ¿¡y tú!? —preguntó Júlia exaltada.
—Yo aparecí más tarde. Después de la Gran Guerra, Naturaleza organizó a los elementos de este planeta y entonces se creó la vida como nunca antes se había visto en el universo —explicó Evolución—. Después surgió Micra y más tarde llegué yo y la variedad de seres explotó.
Tras esta escueta explicación, Evolución acompañó a Júlia hasta la Hermandad.
Todas las Artes se alegraron de ver de nuevo a la Elegida y, con emoción, propusieron celebrar de una vez por todas el rebrote del jardín y aprovechar también la ocasión para festejar la captura de Mecanos.
Sin embargo, Karnaut tomó por los hombros a una agotada Júlia y pidió a las efusivas Artes, que estaban abrazándola y acribillándola a preguntas, que la dejaran descansar.
Júlia, exhausta por todo lo vivido, agradeció el gesto con una sonrisa, se despidió de las Artes y puso rumbo a su habitación.
Cuando abrió la puerta, ya con más calma, Júlia apreció cada rincón de aquella estancia.
El imponente tucán protector, el maravilloso mural, el acogedor alféizar de la ventana, la confortable cama que tanto le atraía en aquel momento…
Se dejó caer en ella y se percató de que alguien había colocado sus cosas en su ausencia.
El armario, que debía no cerrar bien, mostraba ahora ropa en su interior, sus artículos de aseo reposaban en el escritorio, una pequeña televisión, que se había llevado de su casa, se hallaba colgada en la pared junto al armario y, en la mesita de noche, alguien había colocado las fotos de sus amigos y familiares que ella había empaquetado en sus maletas antes de marcharse.
Mirando aquellas caras queridas y añoradas, entre bonitos recuerdos, se durmió.