Júlia y los Creadores. Cambiar o Morir 3 La Hermandad de las Artes
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3 La Hermandad de las Artes

La Hermandad de las Artes

Júlia solo era capaz de sentir desconfianza ante las historias y revelaciones que le había manifestado Evolución.

Hecho, por otra parte, completamente coherente.

La idea de que existía un grupo de seres que controlaban las leyes del universo y que eran estos seres quienes habían creado todo lo que se conoce y más, era una idea tan inverosímil como fantástica. O eso pensaba ella.

Anduvieron por las calles de la ciudad durante un rato, no demasiado largo, ya que el destino al que se dirigían no se encontraba lejos.

Evolución aprovechó el camino monopolizando la conversación pues quería conocer en profundidad a la Elegida y, de paso, evitar que la miríada de preguntas que atisbaba a través de sus confusos y dudosos ojos saliera a la luz antes de tiempo.

Evolución la llevó a un callejón que se abría en una especie de patio entre las laberínticas calzadas de la urbe en las afueras de la ciudad.

Se detuvieron enfrente de un edificio, con unas cuatro o cinco plantas, no era nada del otro mundo.

Un bloque de pisos de fachada de ladrillos rojos, con ventanas de madera algo deterioradas por el paso de los años, las típicas persianas blancas y algún que otro raído toldo.

En el centro de la construcción, tras cuatro escalones marmolados, se alzaba una puerta de doble hoja, fabricada en madera lisa intercalada con grandes cristales traslúcidos que no dejaban ver el interior.

—Aquí está, ¡La Hermandad de las Artes! —exclamó Evolución señalando el edificio con los brazos abiertos.

Júlia miró el edificio de arriba abajo, después posó su vista en Evolución con una cara que denotaba entre asombro e ironía, como queriendo decir: ¿¡en serio!

? Evolución le echó una mirada de soslayo, ascendió los escasos escalones hasta la puerta y pulsó uno de los timbres del portero automático situado a su derecha.

—¿Sí? —respondió una desconocida voz.

—Soy Thitz , traigo a la Elegida, abre Karnaut .

Tras un fugaz estruendo, la puerta se abrió y Júlia y Evolución entraron en la vivienda.

El recibidor de la Hermandad de las Artes era muy amplio, el suelo estaba adornado con tupidas alfombras, se podía observar una pasarela a un segundo nivel a la que se accedía a través de un par de escaleras imperiales situadas a ambos lados del salón, entre estas dos escalinatas y justo debajo de la pasarela se quedaba un espacio a modo de hornacina donde se encontraba una gran roca de color verde muy parecida a la que usaba Evolución para crear los portales teletransportadores, a esta roca se conectaban multitud de filamentos que provenían de los tabiques que rodeaban el gran cristal.

Júlia quedó impresionada al observar el interior de ese edificio tan poco original en el que ni siquiera habría reparado si hubiera pasado por delante de él en cualquier otra ocasión.

Siguió a Evolución, que no había reparado en que ella se había detenido en la entrada, impactada por lo que sus ojos habían descubierto, y ya ascendía por la imponente escalera en dirección al segundo piso.

Al alcanzarlo, Júlia se volteó y admiró de nuevo el vestíbulo, mucho más imponente desde aquella perspectiva.

Comenzaron a caminar, Júlia de nuevo siguiendo a Evolución.

A medida que avanzaban, Júlia oteaba todo el lugar y reparó en varios pasillos amplios que se abrían desde la pasarela en la que se encontraban y cuyo estilo sencillo se oponía al carácter señorial del vestíbulo.

En estos corredores podías encontrar multitud de puertas de madera, también de lo más ordinarias, como el exterior del edificio, aunque Júlia pudo advertir curiosos detalles y diferencias en algunas de ellas.

Ambos se dirigieron a uno de los pasajes del segundo piso donde había una puerta entornada, Evolución entró primero y Júlia fue detrás.

Al atravesar el umbral descubrió una habitación amplia, con un peculiar aroma a libro viejo fruto de las abundantes estanterías repletas de ellos que había por toda la estancia, junto con pergaminos, plumas y tinteros por doquier.

Allí, sentado junto a un escritorio antiguo de madera maciza estaba ese tal Karnaut , nuestra protagonista aún no sabía quién era ni qué le iba a enseñar.

—Bien, este es Karnaut , te dejo en sus manos, ahora me tengo que ir, Karnaut cuídala —dijo Evolución.

—No te preocupes, Evo —respondió Karnaut sonriendo—. Hola, mi nombre es Karnaut —le dijo a Júlia tendiéndole la mano.

El cuerpo humano de Karnaut lucía como el de los otros dos Creadores, Evolución y Guía.

Sí, todos son muy parecidos físicamente, pero tienen ciertas diferencias.

Karnaut , por ejemplo, tiene el pelo desaliñado mientras que Guía, al igual que Evolución, siempre va repeinado.

Los tres son de estatura media y, como ya comenté con Evolución, Karnaut y Guía también visten con gabardina, el primero la lleva de color crema y este último de color gris oscuro.

Curiosamente, los ojos de cada uno de ellos comparten color con sus respectivas gabardinas.

—Hola, yo soy Júlia —le respondió y se dieron un apretón de manos.

—Ya sé quién eres. —Júlia ya empezaba a no sorprenderse de que todos la conocieran—. ¿Y tú? ¿Sabes algo de mí? —preguntó Karnaut — ¿Sabes quién soy?, o ¿qué hago? o ¿qué es este lugar?

—No sé quién eres —respondió Júlia—, pero sé dónde estoy, esto es la Hermandad de las Artes.

—¿Pero no sabes qué es la Hermandad verdad? —la chica negó con la cabeza—. Bien, toma asiento, ponte cómoda y deja que te cuente una historia.

Júlia se sentó donde Karnaut le había indicado con la mano y este hizo lo propio y comenzó a narrar.

«Hace mucho tiempo, en la era de los primeros humanos, estos no conocían La Palabra.

Los Creadores sabían usarla y se comunicaban con ella, pero los humanos expresaban sus emociones o necesidades por gestos o ruidos, es decir, si sus estómagos rugían, ellos sabían interpretar que tenían hambre y debían comer o, cuando sentían un cosquilleo en su interior y su corazón se aceleraba al ver a un igual, comprendían que estaban enamorados.

Uno de esos días de antaño, cuando Los Creadores llegaron a este planeta para conversar con los humanos, se percataron de que estos no entendían nada.

A uno de los Creadores, quién mejor usaba La Palabra se le ocurrió enseñársela a un humano y, así, este aprendió a hablar.

Con el paso del tiempo, La Palabra se fue extendiendo en la Tierra en tanto que los humanos aprendían a usarla.

Y así, todos los humanos terminaron por hablar.

Todos menos uno. El hijo del primer hombre que aprendió a hablar nació mudo, conocía La Palabra, pero no podía usarla.

Su padre, triste porque le resultaba muy complicado comunicarse con su propio hijo, cogió un retazo de piel de un animal y una pluma de otro y se lo entregó a su hijo. El padre transmitió a su hijo la idea:

«¿Por qué no dibujas La Palabra?», su hijo miró extrañado la pluma y el trozo de piel y, con un gesto, le prometió a su padre que lo conseguiría.

Pasaron algunos meses, ese niño se hizo más grande, tenía una pluma, tenía algo donde usarla, pero le faltaba dónde bañar la pluma para dibujar La Palabra.

La solución a este contratiempo se la dio un extraño que se le acercó asegurando que era un viejo amigo de su padre, le ofreció un recipiente que contenía un líquido dorado y le dijo: «tu padre me ha dicho que quieres dibujar La Palabra».

Ese joven finalmente consiguió dibujarla y lo llamó escribir, también reparó en que algunas palabras terminaban con las mismas letras y que, cuando las combinaba en varias frases, las palabras sonaban mucho mejor que combinándolas de otro modo, a esto lo llamó poesía, y así surgió el primer arte: La Escritura, la Poesía, la Literatura.

Ese mudo fue considerado por los Creadores un héroe y le invitaron a estar entre ellos.

A partir de ese momento fue llamado Arte, pero su nombre real era Karnaut , el creador del arte».

—¿Tú fuiste el primero que escribió? —dijo Júlia con cara de asombro.

—Sí, sí, pero la historia no ha terminado —respondió rápidamente Karnaut para seguir narrando.

«Los textos y poesías de Karnaut se conservaron por mucho tiempo y sirvieron de inspiración para otros humanos, a quienes se les consideró sus hijos.

Los primeros lectores de sus poesías comenzaron a recitarlas en voz alta, disfrutando de hacérselas llegar a todo el mundo y, en algún momento, comenzaron a hacerlo con ritmo, produciendo sonidos con su boca incluso, con los años, llegaron a portar objetos que emitían sonidos agradables.

Así se creó el segundo arte: La Música. Este nuevo arte despertó un sentimiento incontrolable para muchos humanos que, inconscientemente, les hacía mover sus pies y agitar el cuerpo al son de la música.

Así se creó el tercer arte: El Baile. El Arte cambiaba de expresión y se extendía raudo por el mundo; los humanos que no conseguían transmitir sus sentimientos con la escritura, la música o el baile comenzaron a experimentar con otras formas y colores.

Así se crearon el cuarto y el quinto arte: La Escultura y La Pintura.

El, por ahora, último arte surgió cuando la sociedad evolucionó.

Los humanos dejaron de ser nómadas, hallaron la forma de crear hogares resistentes y cómodos donde vivir y se fueron asentando en lugares concretos.

Así se creó el sexto arte: La Arquitectura».

—¿Fuiste el primer hombre que escribió? —preguntó Júlia de nuevo.

—Sí, por ello soy un Creador —respondió Karnaut —, pero solo lo hice para poder hablar con alguien de alguna manera.

—¿Por qué no utilizaste el lenguaje de signos? —preguntó Júlia.