Júlia y los Creadores. Cambiar o Morir 1 En busca de un alma limpia
3%

1 En busca de un alma limpia

En busca de un alma limpia

Evolución se encontraba en uno de esos lugares a los que los humanos llamáis ciudad.

Era un lugar bastante grande, de imponentes edificios y carreteras asfaltadas donde escasos alcorques mantenían presos a árboles gigantescos, pero sin vida, sin verde, sin Naturaleza.

Una urbe conquistada, en una abrumadora mayoría, por unos animales que, aun cuando deberían ser perfectos, son egoístas; que vagan y caminan ensimismados, sin inquietarse ni demudar un ápice su vida por lo que tienen delante, al lado o en el suelo, que no ven más allá de sus narices, que podrían tropezar con cualquier cosa y no se detendrían a comprobar con qué se han cruzado, sino que seguirían su camino sin perturbar su marcha.

Seres que llenan de ruido y polución el aire y de basura la tierra a pesar de tener papeleras o contenedores que podrían alcanzar con solo estirar el brazo.

Quizá no es una buena forma de comenzar una historia dirigida a los humanos hablando así de tu especie. No me juzgues a mí, solo estoy describiendo lo que Evolución percibió cuando llegó.

Así pues, este Creador se mezcló entre ellos, entre vosotros, otorgándose vuestra forma y pelaje, me refiero a la ropa.

El aspecto humano de Evolución era el de un hombre de pelo rubio oscuro, extremadamente bien peinado, de la misma estatura que Guía, su padre, al que ya conocerás.

Debo destacarte que siempre lleva una gabardina marrón y su porte elegante transmite buena presencia.

Su cometido era observar y elegir a uno de vosotros, a uno de tu especie, que os guíe, que os haga cambiar. Estaba buscando a un alma limpia.

Pasaron muchos días con sus respectivas noches.

Fue deambulando por las calles observando a los humanos, sin permitirse descanso alguno, pero estaba agotado, casi exhausto, cansado de ver cómo a estos seres no les importaba ninguna forma de vida más allá de la suya propia.

Se encontraba animales desamparados por doquier, pobres criaturas atadas en casetas diminutas con muy poca capacidad de movimiento, condenadas a vivir solas sin ser consideradas parte de la familia.

Evolución no podía comprender cómo había humanos que, tras adoptar a un animal, eran capaces de cansarse de él y abandonarlo a su suerte, ¡no le entraba en la cabeza!

¡un animal no es una moda ni un juguete!

Exasperado seguía su búsqueda, que no mejoraba un ápice.

Observó aterrado muchos jardines privados descuidados donde divisó cómo macetas, que antaño debían albergar bonitas plantas, ahora solo tenían restos de esa belleza marchitándose.

En otros lugares, reparaba en la presencia de especies que deberían crecer a miles de kilómetros de allí y cómo estas exóticas vidas vegetales se abrían paso por los terrenos lindantes, una total invasión herbácea que acababa con la vida de especies autóctonas, algunas de ellas en peligro de extinción.

No lograba encontrar a nadie digno de ser elegido.

No parecía existir nadie digno de ser elegido.

Un mes pasó y otro más, muchos lugares y muchos países.

Se encontraba con ciudades cuyo aire estaba inmerso en una nube tóxica producto de las innumerables fábricas que las rodeaban.

Lo peor era que los ciudadanos, en vez de exigir a sus gobernantes que pusieran fin a tal contaminación, proseguían sus vidas con la mera preocupación de tener a mano mascarillas con las que protegerse.

En otros lugares encontraba guerra y destrucción; ciudades fantasma asoladas por multitud de bombardeos.

En otro país pudo ver desfiles militares alardeando de gigantescos misiles que podrían acabar con el mundo en cuestión de segundos.

Por donde fuera, Evolución no encontraba más que decepción.

Rodeado de humanos, pero si un atisbo de humanidad.

Detuvo su camino en una ciudad de un país al oeste de Europa.

Allí encontró una pizca de su mejor amiga, apenas un trocito de la ciudad dedicada a ella.

Se sentó a disfrutar de este santuario que gozaba de aire limpio y de un estupendo paisaje.

Durante unos instantes se dejó llevar por el aroma que desprendían las flores y disfrutó del baile de colores que le ofrecían bajo la sombra de imponentes árboles que mecían sus hojas al son de un viento ligero.

Aunque estaba tranquilo y seguro en ese lugar, su corazón dio un vuelco al salir del ensimismamiento, pues el tiempo apremiaba y, en todo su camino, no había sido capaz ni de barruntar un alma limpia.

Dejó su mirada errante con la esperanza de encontrar en ese remanso de Naturaleza a esa ansiada alma.

Pero solo se topó con la cruel realidad.

Esos animales no tienen respeto por mi prima, ni siquiera allí; siguen ensuciando y profanando su ser.

No obstante, se dio cuenta de que uno de ellos estaba limpiando aquel templo y llamaba la atención de quién lo malograba.

Evolución vio a una chica que portaba una bolsa donde depositaba todo lo que encontraba tirado en el parque.

Sentado distante en un banco, observó como esa chica estaba hablando con un grupo de personas que, acostadas en el césped, bebían de una botella de cristal para luego arrojarla al suelo sin remordimientos.

—Perdonad, a vuestra derecha tenéis un contenedor, ¿podrías hacerle un favor a este parque y tirar vuestras botellas allí? —dijo esa chica.

—¿Por qué tenemos que hacerte caso? ¿Acaso eres poli? Si tanto te preocupa que tiremos las cosas al suelo, recógelas tú — replicó uno de los que ensuciaban mientras el resto del grupo reía.

—Vale, entonces lo recogeré yo —manifestó inmediatamente la chica.

«¿Vale, entonces lo recogeré yo? Este no era un humano normal, ¿podría ser el alma limpia? Es joven, pero valiente y decidida, sin miedo a defender a Naturaleza frente a humanos más grandes que ella, tendré que seguir observándola».

Sol se está yendo, se va escondiendo, pronto vendrá Luna.

Evolución se fue siguiendo a esa chica para comprobar si, en realidad, era ella lo que estaba buscando.

Tendría aproximadamente veinte años, era de pelo castaño oscuro con unos profundos ojos azules.

Su tez era bastante clara, en sus mejillas se dejaban ver unas sutiles pecas y en su barbilla se dibujaba un discreto hoyuelo.

Su estatura era media, más bien baja, no debía medir más de un metro sesenta.

No sé por qué hicimos a los humanos tan pequeños, aunque supongo que los insectos pensarán al revés.

Evolución estaba indeciso, no sabía cómo abordarla, no sabía cómo explicarle lo que quería que hiciera, ni siquiera sabía cómo explicarle quién era.

Y si no sabía explicarle quién era él, ¿cómo explicarle quién era su amiga?

¿Cómo explicarle su padecer? Quizás ella ya era consciente de qué le ocurría a Naturaleza, al menos Evolución pudo comprobar que se preocupaba por ella, pero aun siendo así, no sabía cómo empezar a hablarle.

Se fue directamente de aquel santuario a un lugar donde los humanos eran en su mayoría jóvenes y llevaban unos sacos colgados del hombro donde guardaban sus pertenencias, mochilas los llamaban.

Había gran diversidad de comportamientos: algunos parecían muy relajados acostados en el césped, otros corrían desesperados, otros hablaban en grupillos, otros se sentaban en frente de un libro a leer, supongo que intentando entender lo que decía, aunque algunos se llevaban las manos a la cabeza, se mesaban los cabellos o bostezaban.

Evolución se dio cuenta de que estaba en algún tipo de lugar dedicado a la enseñanza y, juzgando la edad de los que había allí, seguramente de enseñanzas profesionales, un lugar de los que llamáis universidad.

La chica entró en uno de los edificios y Evolución también lo hizo.

La siguió hasta una de las aulas donde los alumnos estaban sentados en unas bancadas distribuidas en una especie de semicírculo inclinado, orientado hacia la mesa del profesor donde estaban la pizarra y una lona blanca que mostraba una imagen que tenía escrito en mayúsculas: ZOOLOGÍA.

Evolución se llenó de gozo y sorpresa al ver que la chica estaba en una clase donde estudiaban a los animales y pensó que quizás habría elegido las Ciencias Naturales como orientación profesional.

También se sorprendió al ver cómo el profesor apretaba con una mano un pequeño aparato y cómo entonces la imagen de la lona blanca cambiaba.

Se percató en ese momento de una tecnología que colgaba del techo y emitía un haz de luz hacia la lona y, de haber tenido uno, se le habría revuelto el estómago.

Las máquinas siempre le hacían sentir incómodo, en realidad casi todos los Creadores rechazamos la tecnología humana en general, aunque existen excepciones. Pronto lo entenderás.

Evolución se quedó mirando ese aparato hasta que la aspirante a ser la Elegida se giró y dijo:

—Es un proyector, ¿nunca habías visto uno? —Evolución negó con la cabeza, con los ojos extremadamente abiertos y con algo de inquietud.

—Hola, mi nombre es Júlia, y también estudio Biología. —Júlia le ofreció la mano. Él ya había visto ese gesto antes y llegó a la conclusión de que era una especie de costumbre para saludarse.

Evolución es consciente de todas las especies y su historia, en realidad fue uno de los creadores del mundo en el que hoy vives.

Conoce tanto las especies como su vida y sus comportamientos y llega a comprender sin dificultad el mundo natural en su conjunto, pero todo lo que tiene que ver con los humanos no consigue asimilarlo completamente y el acto de dar la mano era una de esas tantas cosas que no terminaba de entender. Aun así, también extendió su mano.

—¿Cuál es tu nombre? —fisgoneó la chica mientras agitaban las manos.

—Mi nombre es Evo… —Evolución se pensó dos veces qué nombre decir, echó una mirada a la lona blanca y observó un nombre.

—Charles, mi nombre es Charles.