Capítulo Veinticuatro GRAYSON #2
Sello mi boca sobre su pulso acelerado, succiono con fuerza y la marco como mía.
Ella grita, los dedos se le enredan en mi cabello y me mantienen pegado a ella.
Cada tirón de mis labios, cada mordisco de mis dientes, envía una nueva descarga de electricidad por mis venas y me endurece la polla hasta un punto casi doloroso.
Desesperado por más, forcejeo con la cremallera de su falda, ansioso por eliminar las barreras entre nosotros. Pero en mi urgencia, el terco cierre metálico se engancha en la delicada tela y se niega a ceder.
—Maldita sea —mascullo, tirando con frustración—. Jodida cosa...
La risa ronca de Ashleigh me envuelve, cargada de afecto y diversión.
—Tranquilo, tigre. No creo que a Sean le haga gracia que destroces otra de sus creaciones a medida.
Sean. La mención de su estilista personal, y la intimidad que implica, hace que una oleada irracional de celos me atraviese. Sé que es ridículo —el hombre es más maricón que un palomo cojo, por el amor de Dios— pero no puedo evitar la ola instintiva de posesividad que me invade.
—Te compraré una docena más —prometo sin pensar, acompañando las palabras con un mordisco en el lóbulo—. Te compraré un puto almacén lleno de faldas, con tal de poder arrancarte esta.
Se estremece ante la intención oscura de mi voz mientras sus manos recorren los músculos tensos de mis hombros.
—Hazlo —dice con voz entrecortada por la excitación.
No necesito más. Con un gruñido bajo, agarro el dobladillo de su falda con ambas manos y rasgo la tela en dos; el sonido de la ropa al desgarrarse resuena obscenamente fuerte en el silencio cargado.
El aire fresco acaricia su carne recién expuesta, le eriza la piel y le endurece los pezones hasta convertirlos en puntas tensas bajo la fina blusa.
—Sí —sisea Ashleigh, las caderas inclinadas hacia delante en ofrenda silenciosa—. No pares, Grayson. Necesito tu boca sobre mí...
Centímetro a centímetro insoportable, deslizo la falda arruinada por sus muslos tonificados y revelo el encaje negro de sus bragas.
El delicado trozo de tela está húmedo, pegado a los pliegues hinchados de su sexo.
El aroma embriagador de su excitación me llena las fosas nasales y se me hace la boca agua con el impulso primitivo de saborearla.
Me arrodillo ante ella y deslizo las manos por sus pantorrillas, saboreando el roce de su piel satinada contra mis palmas curtidas.
Tiembla bajo mi tacto; un gemido bajo escapa de sus labios entreabiertos mientras engancho los dedos en la cinturilla de sus bragas y, lenta, provocativamente, las bajo.
El primer vistazo de su coño desnudo hace que el corazón se me pare en el pecho; la polla se me sacude contra la prisión de los pantalones.
Es exquisita: labios rosados y carnosos que brillan con la evidencia de su deseo, enmarcados por un pulcro triángulo de rizos castaños.
Veo el aleteo rápido de su pulso justo bajo la piel delicada, delatando su necesidad desesperada.
Incapaz de resistirme, me inclino y paso la lengua plana a lo largo de su hendidura, gimiendo ante su sabor ambrosíaco.
Ashleigh grita, los dedos hundiéndose en mi cabello mientras le lamo los pliegues, pintando su carne con trazos amplios y ávidos.
Me tomo mi tiempo para explorarla, para aprender sus puntos más sensibles: los lugares que la hacen jadear y estremecerse, los muslos temblándole alrededor de mis oídos.
Cuando cierro los labios alrededor de su clítoris hinchado y succiono con suavidad, casi se despega de la pared; un grito desgarrado le brota de la garganta.
—¡Grayson! Oh, joder... ¡sí, justo ahí!
Me río contra su carne resbaladiza y las vibraciones la hacen retorcerse y gemir. Lentamente, rodeo el sensible haz de nervios con la punta de la lengua, acariciándole el clítoris.
Gime.
—Maldito capullo mandón, Grayson. Las cosas que me haces...
Me río contra su carne resbaladiza y las vibraciones la hacen retorcerse y gemir.
Lentamente, rodeo el sensible haz de nervios con la punta de la lengua, moviéndola rápido de un lado a otro.
Al mismo tiempo, deslizo dos dedos en lo profundo de su canal, que se contrae, y los curvo justo así, acariciando ese punto esponjoso en su pared interior.
Ashleigh emite un gemido agudo, las caderas ondulándose descaradamente contra mi cara.
—¡Sí, joder, justo así! No pares, Grayson, por favor, no pares...
Como si pudiera negarle algo. Redoblo mis esfuerzos: bombeo los dedos dentro y fuera de ella, sincronizo las embestidas con los azotes despiadados de mi lengua.
Su excitación me cubre la barbilla, las mejillas; la evidencia resbaladiza de su placer me marca tan completamente como cualquier chupetón.
Me deleito en todo: en su sabor, su aroma, su tacto. Es exquisita en su abandono, una diosa de sensualidad desenfrenada. Y yo soy su suplicante dispuesto, decidido a llevarla a la cima del éxtasis una y otra vez.
Añado un tercer dedo a su interior ávido para estirarla, prepararla para el grosor de mi polla dolorida. La plenitud adicional la hace jadear y estremecerse; sus músculos internos ondulan salvajemente alrededor de los dedos que se hunden.
—Grayson —jadea, la voz baja y ronca de necesidad—. Estoy tan cerca... voy a correrme en tus dedos, en tu boca... ¡oh, Dios!
Siento cómo se acumula su orgasmo, cómo su cuerpo se tensa como un muelle a punto de saltar.
Decidido a hacerla estallar, curvo los dedos justo como debe ser y masajeo ese punto mágico en lo profundo.
Al mismo tiempo, capturo su clítoris entre los labios y succiono con fuerza, rozándole el haz hipersensible con el filo de los dientes.
Eso es todo lo que hace falta. Con un grito desgarrado, Ashleigh se hace añicos; el orgasmo la golpea en ola tras ola aplastante. Su coño se cierra alrededor de mis dedos como un torno de terciopelo, palpita salvajemente mientras se derrama.
Gruño con pura satisfacción masculina mientras su néctar inunda mi boca y se derrama por mi barbilla. Lamo cada gota, saboreo la dulzura almizclada, prolongo su placer con succiones profundas y rítmicas de mis labios y mi lengua.
Vagamente, soy consciente de sus manos aferradas a mi cabello hasta el punto del dolor, de sus caderas que se sacuden erráticamente contra mi cara mientras cabalga las réplicas.
Recibo con gusto el escozor, el frenesí de sus movimientos, porque sé que soy yo quien la llevó a este punto febril de sensación.
Finalmente, se desploma contra la pared con el pecho agitado y los muslos temblorosos. Suavizo mi toque y la guío a través de los últimos temblores con caricias suaves y reconfortantes de mi lengua.
Cuando el último estremecimiento ha recorrido su cuerpo lánguido y saciado, presiono un último beso tierno sobre el sexo aún palpitante de Ashleigh. Ella gime suavemente; sus dedos se aflojan de mi cabello y acarician aturdidos mi cuero cabelludo.
Lentamente, a regañadientes, retrocedo y deslizo mis dedos de su canal palpitante. Ambos gemimos ante la pérdida; una nueva oleada de excitación me tensa los testículos ya doloridos.
Ashleigh todavía está desplomada contra la pared, con la piel brillante por el rubor de su clímax, cuando una repentina explosión de música llena el aire. Las melodías animadas del último éxito de Taylor Swift atraviesan la neblina sensual, discordantes por lo incongruentes.
—¿Qué demonios? —murmuro y me echo hacia atrás sobre los talones, confundido.
Los ojos de Ashleigh se abren de golpe y recorren el recibidor en busca de la fuente del ruido. Cuando su mirada se posa en la elaborada jaula de pájaros en la esquina, lo comprende todo.
—¿Eso es... un loro? —pregunta incrédula, con los labios hinchados por los besos temblándole de risa apenas contenida.
Gruño y me paso una mano por la cara.
—Gordo —confirmo con voz mezcla de exasperación y afecto reacio—. El regalo de mi tía Matilda por la mudanza. Pensó que me vendría bien la compañía.
Como si esperara su señal, el gran pájaro verde mueve la cabeza al ritmo de la música y suelta un silbido penetrante.
—¡Shake it off, shake it off! —grazna mientras esponja sus plumas iridiscentes.
Ashleigh pierde su batalla contra la risa; el sonido alegre resuena por el condominio.
A pesar de mi irritación por la interrupción, no puedo evitar sonreír ante la visión de ella: cabello despeinado, mejillas sonrojadas, ojos brillantes de diversión.
Nunca ha sido más hermosa para mí que en este momento, mientras se ríe sin control de mi ridícula mascota.
—Jarvis, apaga la música —ordeno, y alzo la voz para hacerme oír por encima del graznido entusiasta de Gordo y el bajo retumbante.
Pero antes de que mi fiel IA pueda cumplir, Gordo gira la cabeza en mi dirección y clava en mí sus ojos como cuentas.
—¿Quién es la tía? —grazna.
—Gordo —reprendo—. No seas grosero. Esta es Ashleigh Dannon. Ashleigh, te presento a Gordo.
—Hola —dice Ashleigh alegremente y saluda con la mano.
Gordo revolotea hasta mi hombro, observa a Ashleigh durante un largo momento y luego grazna:
—¡Ashleigh jodida Dannon!
Ashleigh estalla en carcajadas. Después de una mirada fulminante a Gordo, me uno a ella.
—Recoge cosas que digo por la casa —explico—. Y, eh, supongo que debe de haberme oído hablar de ti.
Ashleigh me sonríe.
—Lo entiendo. Si viviera conmigo, probablemente estaría diciendo «Grayson jodido Donahue» todo el día, ¡porque yo desde luego que sí!
Sonrío y le tiendo la mano.
—Ven —digo—. Es la hora.
—¿La hora? —arquea las cejas.
Le guiño un ojo y la conduzco sin decir otra palabra.
Al dormitorio.