Capítulo Veintiuno ASHLEIGH #2
—Muy bien, empecemos con una jugada básica de carrera —anuncio al llegar a la línea de scrimmage—. Grayson, te colocas de quarterback. Yo seré la corredora. A mi señal, me pasas el balón y les demuestro la técnica correcta de carrera.
—Con mucho gusto —ronronea, y se acerca con paso tranquilo para colocarse detrás del centro.
Se agacha y sus musculosos muslos se tensan contra la tela de sus pantalones cortos; de repente solo puedo pensar en cómo esos mismos muslos lucían anoche, desnudos y poderosos mientras posaba ante mi mirada hambrienta.
«¡Concéntrate en el juego, Dannon!». Me doy una sacudida mental y obligo a mi mente a centrarse en lo que tenemos entre manos.
Me agacho detrás de Grayson, intentando ignorar cómo su cuerpo enorme irradia calor como un horno.
El sudor me brota en la frente mientras imagino ese calor envolviéndome, consumiéndome. ..
—¡Down, set, hut! —La voz profunda de Grayson me arranca de mi fantasía prohibida.
Me lanzo hacia adelante y le arrebato el balón de las manos extendidas. Nuestros dedos se rozan un instante y una descarga eléctrica me atraviesa con el contacto.
Aprieto los dientes, pego el balón contra mi pecho y salgo disparada; mis piernas poderosas arrancan trozos de césped mientras corro por el campo.
Oigo los pesados pasos de Grayson que retumban detrás de mí, siento su presencia que se cierne a mi espalda. Un escalofrío me atraviesa, la descarga primitiva del cazador que persigue a su presa. Me esfuerzo más, decidida a superarlo, a demostrar que soy más rápida, más fuerte, mejor.
Pero Grayson es implacable. Con un estallido de velocidad me alcanza, me agarra por la cintura con sus grandes manos y me arrastra al suelo.
Caemos sobre el césped en una maraña de extremidades y el balón se me escapa de las manos.
Termino inmovilizada bajo su peso, con el pecho agitado mientras lucho por recuperar el aliento.
—Te pillé —jadea, con el rostro a centímetros del mío, sus tormentosos ojos grises taladrándome con feroz intensidad.
Lo fulmino con la mirada, intentando ignorar cómo mi cuerpo traicionero responde a su cercanía, a la sensación de sus duros músculos apretados contra mis curvas más suaves.
—Quítate de encima, Donahue —mascullo mientras empujo sin éxito sus anchos hombros.
—Vamos, ¿es esa forma de hablarle a tu jugador estrella, entrenadora?
—se burla sin moverse ni un centímetro. Sus caderas se desplazan sutilmente y presionan su evidente excitación contra la cara interna de mi muslo.
Reprimo un jadeo cuando un rayo de calor líquido me atraviesa directamente hasta el centro de mi cuerpo.
—He dicho que te quites —siseo mientras me arqueo debajo de él, intentando quitarme de encima su peso aplastante. Pero todos mis forcejeos solo parecen inflamarlo más; su erección se vuelve más dura, más larga, más caliente contra mí.
—Cuidado, Ashleigh —advierte con voz grave y seductora—. Sigue retorciéndote así y puede que no sea capaz de controlarme. No querrás darle al equipo un espectáculo para adultos, ¿verdad?
Abro los ojos de par en par ante su audacia; la indignación lucha con una emoción prohibida en mis venas.
—No te atreverías —susurro, retándolo—. No aquí, no delante de todos.
Una sonrisa peligrosa curva sus labios sensuales.
—¿Ah, no?
Rápido como una serpiente, mueve las caderas y frota su impresionante dureza contra mi punto más sensible. Un gemido ahogado se me escapa antes de poder evitarlo, la cabeza se me va hacia atrás mientras el placer chisporrotea por mis terminaciones nerviosas como un incendio forestal.
—Eso es, nena —arrulla con su aliento caliente contra mi oído—. Déjate llevar. Ríndete a lo que realmente quieres. A lo que ambos queremos.
—No —gimo, aunque mis caderas traidoras se arquean para encontrarse con las suyas.
Oh, Dios. Sus palabras son como lava fundida derramándose sobre mi cuerpo, encendiendo terminaciones nerviosas que ni siquiera sabía que tenía. Cada célula de mi ser me grita que haga lo que dice, que me rinda a la necesidad abrasadora que me consume.
Sería tan fácil. Abrir más las piernas, dejar que se acomode entre mis muslos. Arquear la espalda y ofrecerle mis pechos doloridos a su boca hambrienta. Dejar que me tome aquí mismo en la línea de las 50 yardas, sin importarme un comino nuestro público...
¡No!
Con un esfuerzo hercúleo, arranco mi mente del borde de la locura. No puedo hacer esto. No lo haré. No aquí, no así. Tengo demasiado orgullo, demasiado amor propio para dejar que el maldito Grayson Donahue me domine hasta someterme.
—Quítate. De. Encima. —gruño, haciendo acopio de toda la autoridad que poseo—. Ahora.
Algo destella en sus ojos grises: sorpresa, respeto, quizás incluso un atisbo de decepción. Pero obedece, se incorpora con agilidad y me tiende la mano para ayudarme a levantarme.
La ignoro, me impulso desde el césped y me levanto sola. Siento los ojos de todo el equipo clavados en nosotros, curiosos, especulativos. Maldito Grayson por ponerme en esta situación, por socavar mi autoridad con sus numeritos de hombre de las cavernas.
—¡Cinco minutos de descanso! —les ladro a los jugadores boquiabiertos, con la voz apenas temblorosa—. Y cuando vuelva, espero ver fútbol de verdad. No esta mierda de entrenamiento.
Sin esperar respuesta, giro sobre mis talones y salgo del campo con paso firme, con el rostro ardiendo de humillación y deseo frustrado. Siento la mirada ardiente de Grayson clavada en mi espalda, pero me niego a darle la satisfacción de volverme.
No me detengo hasta alcanzar el refugio de mi oficina.
Cierro de un portazo y camino pesadamente hasta mi silla giratoria, donde me desplomo con las rodillas temblándome de repente.
¿Qué demonios acaba de pasar ahí fuera? Me enorgullezco de mi profesionalismo, de mi férreo control.
Pero Grayson parece destrozar toda la compostura que tanto me ha costado construir con un solo roce, una sola mirada ardiente.
Maldito sea. Maldita su arrogancia, su magnetismo sensual. Maldita la forma en que me hace sentir: acalorada, hambrienta, desesperada. Todavía noto la presión de su cuerpo contra el mío, la dura cresta de su erección marcándome la cara interna del muslo.
Se me escapa un gemido ronco mientras imagino qué habría pasado si hubiera cedido a mis instintos más bajos.
La deliciosa sensación de él llenándome, centímetro a palpitante centímetro.
El poderoso embate de sus caderas hundiéndose en mí una y otra vez.
Los sonidos húmedos y obscenos de nuestros cuerpos resonando por el campo vacío. ..
Casi por voluntad propia, mis manos recorren mi cuerpo empapado de sudor y se cuelan bajo la cinturilla del chándal.
Estoy resbaladiza y ardiendo, con las bragas de seda empapadas de excitación.
Me muerdo el labio para ahogar un gemido mientras deslizo los dedos bajo la tela húmeda hasta encontrar mi clítoris hinchado.
Jadeo al hacer contacto y las caderas se me sacuden, despegándose del asiento.
Dios, estoy tan sensible, con cada terminación nerviosa en carne viva.
Trazo círculos alrededor de ese nudo de nervios palpitante mientras mis músculos internos se contraen con avidez, imaginando que son los dedos gruesos de Grayson los que me acarician.
Con la respiración entrecortada, hundo dos dedos en mi interior dolorido y gimo ante la repentina plenitud. Pero no es suficiente. Necesito más. Necesito que me estiren, que me llenen, que me tomen. Él.
Mi mente vuelve al campo: el cuerpo pesado de Grayson inmovilizándome, su polla rígida restregándose contra mi sexo. El calor, la dureza de él. La oscura promesa en sus ojos grises tormentosos cuando me decía que me soltara, que cediera...
—Oh, Dios —gimo entrecortadamente mientras muevo los dedos más rápido, con la palma frotándose desesperada contra mi clítoris. El placer se tensa cada vez más en mi vientre, mis paredes internas palpitando sin control. Estoy tan cerca, al borde mismo del éxtasis.
Imagino a Grayson irrumpiendo por la puerta, con los ojos salvajes y hambrientos al contemplar mi imagen lasciva. En mi fantasía febril, avanza hacia mí como un depredador que olfatea a su presa. Se arrodilla ante mí y me arranca los pantalones y las bragas por las piernas temblorosas.
—Joder, estás chorreando —dice con voz ronca, con la mirada ardiente clavada en mi sexo reluciente—. ¿Todo esto es para mí, nena? ¿Estás así de mojada pensando en mi polla enterrada en este coñito apretado?
—Sí —gimoteo sin pudor, abriendo más los muslos en ofrenda—. Por favor, Grayson. Te necesito. Te necesito tanto, joder.
Él gruñe desde lo más hondo, un sonido primitivo de pura satisfacción masculina. Luego se abalanza y entierra el rostro entre mis piernas. La primera lamida caliente de su lengua sobre mi hendidura me arranca un gemido y arqueo la espalda, despegándola de la puerta.
Me devora como un hombre hambriento, con sus labios, sus dientes y su lengua volviéndome loca. Succiona mi clítoris, azotando la punta sensible con la lengua antes de rozarla con los dientes. Grito y cierro el puño en su espeso cabello oscuro, manteniéndolo apretado contra mí.
—Eso es, cariño —me insta con voz gutural mientras desliza dos dedos largos en mi interior, que se contrae, y lame mi clítoris—. Restriégate contra mi cara. Toma lo que necesitas. Córrete en mi lengua como una buena chica.
Sus palabras sucias me empujan al límite, y mis caderas ondulan sin pudor contra su boca hambrienta. Me lame como si fuera el manjar más exquisito, su lengua y sus dedos hábiles tocándome con precisión magistral.
Siento el orgasmo acumulándose, una ola gigante de sensaciones reuniéndose en mi interior, lista para estrellarse sobre mí y arrastrarme. Los muslos empiezan a temblarme, la respiración convertida en jadeos agudos y entrecortados mientras subo más y más alto.
Sí, Dios, sí, estoy tan cerca, solo un poco más...