Jugando con Mr Big (Swifties y peludos) Capítulo 18 ASHLEIGH HACE SEIS AÑOS
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Capítulo 18 ASHLEIGH HACE SEIS AÑOS

Grayson Donahue está buenísimo.

¿Por qué nadie me lo dijo antes? Habría ido a ver a mi padre al trabajo mucho más.

Soy Ashleigh Dannon. Mi padre es Ted Dannon.

Pero olvidémonos de mi padre. Hablemos de los jugadores que entrena. Ojalá alguien me hubiera dicho que son así de guapos.

Vamos, siempre supe que los jugadores de fútbol americano están cachas.

Cualquiera que haya ido al instituto lo sabe.

Pero los deportistas con los que fui al colegio eran en su mayoría tíos creciditos que se creen el ombligo del mundo para las tías, así que no, no me van.

Y además siguen siendo adolescentes, así que sus cuerpos todavía no han terminado de desarrollarse.

Pero estos tíos están a otro nivel.

Vamos, mira a este tío.

Entrecierro los ojos mirando la pantalla LCD de mi Canon EOS.

Muestra una foto que acabo de sacar del quarterback estrella del equipo que entrena mi padre.

Grayson Donahue. Conseguí capturar una foto de acción bastante decente.

Grayson lleva el balón bajo el brazo y corre por el campo cuando lo intercepta un linebacker.

El linebacker es enorme, un armario empotrado, mientras que Grayson, como quarterback que es, es relativamente más delgado y menos corpulento. Así es como debe ser.

Pero está claro que el cuerpo de Grayson no se enteró. Porque está increíblemente marcado y definido. Tanto que atraviesa a ese gigante de linebacker como si fuera un muñeco de entrenamiento.

Va sin camiseta, así que ese cuerpazo marcado y definido está completamente a la vista.

Está congelado en el momento de la colisión, con la cara contraída dentro de la rejilla del casco, mientras su hombro se clava en el pecho del linebacker.

Los músculos perfectamente definidos del brazo, pecho, hombro y espalda de Grayson están capturados en alta resolución perfecta, cada mota de suciedad, gota de sudor, línea de mugre, visible cuando amplío la imagen con los dedos en la pequeña pantalla.

Desplazo la imagen hacia arriba y aparece su trasero perfecto.

Oh, Dios. ¡Eso sí que pone cachonda a cualquiera!

Esos glúteos redondos y apretados, con dos hoyuelos que bajan hacia sus poderosos muslos, todos los grupos musculares de esa zona trabajando como pistones bombeando... ¡Joder! Si hubiera un deportista con un culo y unas piernas así en mi clase de último año, probablemente ya no sería virgen.

Suspiro y bajo la cámara, satisfecha de haber sacado mi mejor foto del día, quizá incluso la mejor de mi vida.

Me recuesto en el banco donde estoy sentada y observo desde las gradas mientras continúa el entrenamiento. Mire donde mire, hay tíos buenos a montones, y estoy teniendo un subidón visual.

¿Dónde han estado estos tíos toda mi vida?

En serio, si hubiera sabido que los jugadores profesionales están así de buenos, habría venido mucho más a menudo y habría pasado mucho más tiempo por el campo de entrenamiento.

Porque, vamos, ¡mira a estos tíos!

Son unos putos dioses.

No puedo apartar los ojos de sus cuerpos cincelados y enormes mientras corren por el campo, con los músculos marcándose bajo las camisetas empapadas de sudor.

Estallan gritos roncos y de vez en cuando chocan unos contra otros como mazas golpeando hormigón.

Es como ver una manada de leones magníficos, todo poder y gracia, luchando por la supremacía.

Y aun entre estos seres divinos, uno destaca.

Grayson Donahue.

El capitán y quarterback estrella, con su imponente figura y penetrantes ojos grises, ladra órdenes con una voz profunda y autoritaria que me pone la piel de gallina.

Y hablando de traseros prietos...

Jaja. El tight end es una posición en el fútbol americano, pero yo me refiero al, ejem, ¡trasero prieto de Grayson Donahue!

La forma en que el uniforme se le ciñe a cada curva abultada, sin dejar nada a la imaginación.

Se ha vuelto a poner la camiseta, lo cual es decepcionante, pero incluso completamente vestido, sigue desprendiendo ese atractivo.

Cuando levanta el brazo para señalar al otro lado del campo, explicando una jugada a sus compañeros, la forma de uve de su torso, estrechándose bruscamente hacia esos oblicuos tensos como gomas elásticas y una cintura casi tan estrecha como la mía.

Solo mirarlo me pone cachonda. Literalmente estoy al borde del orgasmo ahora mismo.

No estoy exagerando.

Literalmente me siento mareada, con el pulso acelerado, la cara sonrojada mientras imagino pasar los dedos por esos abdominales duros como piedras.

Estos brutos fornidos no se parecen a nada que haya visto en mis diecisiete años.

El puro poder masculino que hay ahí fuera es suficiente para poner cachonda a cualquier mujer, y probablemente a cualquier hombre también, les guste admitirlo o no. La belleza es belleza, ¿verdad?

¿Y ese Grayson Donahue? Madre mía. Creo que estoy enamorada.

Me doy una palmadita en la mejilla.

¡Contrólate, Ashleigh!, me reprendo en silencio. Ten un poco de dignidad.

Díselo a mi cuerpo de 17 años con las hormonas revolucionadas.

Y, ejem, a mi coño empapado y mis pezones erectos.

Porque aunque mi cabeza tiene suficiente sentido común para controlar estos impulsos, mi pobre cuerpo adolescente no puede evitar sentir pura lujuria.

Supongo que eso demuestra que las chicas buenas también se ponen cachondas.

Porque a pesar de mi respiración agitada ahora mismo, normalmente no me pongo tan cachonda ni tan tonta cerca de miembros del sexo opuesto.

Jaja.

Miembros del sexo opuesto.

¿Lo pilláis?

Qué vergüenza. ¡Lo siento! Eso suena como uno de los chistes malos de mi madre, pero no pude resistirme.

Hablando de miembros... no puedo evitar preguntarme si el, ejem, miembro de Grayson está tan cachas como el resto de su cuerpo.

Y eso me hace caer en un agujero de fantasías, imaginándolo desnudo, posando para mi cámara.

Mm-mm.

Vamos, que le haría una sesión de fotos sin dudarlo.

Grayson recostado en un diván, como Kate Winslet en Titanic.

Grayson agachándose para recoger algo.

Grayson haciendo exactamente lo que está haciendo ahora mismo, estirando los isquiotibiales, luego los dorsales...

Antes de darme cuenta, la mano empieza a deslizarse entre mis piernas. Ahora mismo me muero por tocarme el clítoris, frotármelo por encima de las bragas. Pero estoy aquí al aire libre, rodeada de varias docenas de personas, casi todos hombres. Y uno de ellos es mi padre.

Suspiro y aprieto los muslos con todas mis fuerzas. Incluso eso me hace sentir tan bien que juro que podría correrme ahora mismo solo con mantenerlos apretados y mecerme adelante y atrás.

«¡Contrólate, chica!», me digo a mí misma.

Pero esa noche, sola en mi habitación, con la puerta cerrada con llave y el móvil en la mano mientras paso las fotos que hice antes, ya no necesito contenerme.

No veía el momento de descargarlas de la cámara.

Cuando llego a la foto que le hice a Grayson sin camiseta, al instante me pongo cachonda y húmeda.

Esta vez sí deslizo la mano entre los muslos y empiezo a masturbarme.

¿Cómo sería hacerle una sesión de fotos explícita a Donahue?, me pregunto de nuevo.

Sería el paraíso, dice mi clítoris, que palpita pidiendo liberación. Deslizo dos dedos en el coño empapado y los muevo entrando y saliendo, cada vez más rápido, mientras suelto el móvil y dejo que la imaginación tome el control.

Gimo suavemente mientras mi sesión de fotos imaginaria con Grayson Donahue se vuelve cada vez más sucia y más porno. Termina con él arrebatándome la virginidad con la misma fuerza bruta y el mismo gruñido de guerrero en su hermoso rostro que capturé en aquella foto.

Con un orgasmo cegador que casi me deja inconsciente, me corro con una fuerza brutal, empapando la cama y sacudiéndome adelante y atrás.

Algún día, me prometo mientras me quedo dormida. Algún día haré esa fantasía realidad.

Si tan solo supiera que ese día estaba a la vuelta de la esquina...

Unos días después, mi fantasía se hace realidad inesperadamente, de la manera más erótica.

He pasado la mañana observando a los jugadores en el campo.

Están ensayando la rutina para un partido importante de Playoffs mañana.

Están en plena forma después de meses de entrenamiento agotador, sesiones de gimnasio, dietas estrictamente controladas y rutinas diarias, y todos están deseando jugar el partido de verdad.

De vez en cuando oigo hablar a los jugadores, y más de uno se queja de mi padre. El entrenador Dannon es un verdadero hijo de puta. Es un tal por cual. Es un cabrón.

Siempre hacen estos comentarios en voz baja, casi entre dientes, y nunca cuando hay alguien del equipo del entrenador cerca.

Sienten un tremendo respeto por el entrenador Dannon, pero también sufren bajo su imposible exigencia de perfección y a veces no pueden evitar expresar su frustración y resentimiento.

Por supuesto, no tienen ni idea de que la hija del entrenador está a solo unos metros y puede escuchar cada palabra. Estoy bien escondida bajo estas gradas, los largos bancos blancos dispuestos en escalones alrededor del campo. Se ha convertido en mi escondite secreto desde que lo descubrí.

Como paso tanto tiempo esperando a mi padre aquí en el campo, he empezado a venir con la cámara y sacar fotos de los jugadores sin que se enteren.

Una vez que transfiero las fotos al móvil, las abro en una aplicación de edición de imágenes y juego con ellas: altero, ajusto, retoco los niveles de saturación, cambio fondos, iluminación, trasteo con todo tipo de configuraciones y filtros hasta transformarlas en las imágenes que veo en mi cabeza pero que no puedo capturar físicamente.

Imágenes de fantasía.

Aquí bajo las gradas hay paz y privacidad. Nadie viene excepto los conserjes, y solo limpian bajo las gradas antes y después de un partido. Así que básicamente soy invisible aquí. Lo veo todo, lo escucho todo, sin ser vista.

Y escucho y veo muchas cosas que sé que no debería. Como cuando los jugadores hablan mal de mi padre.