Capítulo Diecisiete GRAYSON #2
—¿Por favor qué? —la provoco, mordisqueándole el lóbulo—. ¿Por favor para? ¿O por favor... no pares?
Durante un momento largo y tenso, permanece en silencio, temblando entre mis brazos. Luego, tan bajito que casi no la oigo, exhala una sola palabra.
—No.
El triunfo y la lujuria me atraviesan en una oleada embriagadora. Capturo su boca en un beso demoledor, hundo la lengua para reclamarla. Ella me corresponde con igual fervor, enreda los dedos en mi pelo y se arquea contra mí.
Siento su cuerpo moldearse al mío, su corazón latir en el pecho al ritmo del mío, huelo el perfume de su excitación, esa rica fragancia hormonal y almizclada que también me vuelve loco.
Es como si perteneciéramos aquí, en los brazos del otro, hechos el uno para el otro, destinados a estar siempre juntos. Todos los años, la rabia, la decepción, el dolor... todo parece irrelevante y vacío. Lo único que importa somos Slay y yo, solos en nuestro abrazo íntimo en la cima de la emoción.
Se derrite entre mis brazos, sin aliento, lánguida, sucumbiendo, rindiéndose.
Podría llevarla al sofá ahora mismo, darle la vuelta, inclinarla sobre el respaldo, meterle la mano bajo el vestido, arrancarle las bragas y hundirle la polla en ese coño empapado hasta hacerla gritar mi nombre.
Podríamos empezar esta noche, ahora mismo, y no acabar nunca. Podríamos comenzar nuestra eternidad juntos en este instante.
Lo siento, lo sé en lo más profundo de mis células.
Me desea.
Me necesita.
Y yo la necesito a ella.
Pero en lugar de eso, despego mis labios de los suyos, la suelto y me alejo, dándole la espalda.
Puedo ver su reflejo en los ventanales, tan nítido como en un espejo.
Jadea y se tambalea, a punto de caer. Logra recuperar el equilibrio a tiempo, pero sigue inestable.
Se queda mirando mi espalda, intentando procesar, entender.
—¿Grayson?
Contemplo el paisaje un momento más, practicando la respiración cuadrada para calmarme, y luego me dirijo a la chaise longue y me tumbo en ella. Coloco mi cuerpo de lado en una pose de descanso, como Kate Winslet en Titanic.
—Ven aquí —le ordeno con un tono que no admite negativas.
Duda un instante y luego da un paso adelante; sus tacones repiquetean en el suelo pulido. Me mira desde arriba, con los ojos atraídos hacia mi desnudez, hacia mi erección, y la lengua le asoma de la boca para curvarse y tocar el labio superior.
—¿Qué quieres que haga? —pregunta en voz baja.
Su cuerpo parece vibrar. Como si temblores de deseo la recorrieran entera, exigiendo ser saciados.
Sé que si le pido que se arrodille y me chupe la polla, o que se desnude lentamente para mí y se acueste conmigo, lo hará sin rechistar.
Me desea tanto como yo a ella.
—Te gusta mi cuerpo —digo, mirándola con expresión arrogante y de suficiencia—. Dijiste que era la obra de arte natural más hermosa que habías visto en tu vida. ¿Recuerdas haberlo dicho?
El rubor le sube a las mejillas.
—Puede que dijera algo por el estilo.
—Sí, lo dijiste. Pero entonces eras solo una adolescente. Apenas una adulta. Quizá lo decías porque nunca habías visto a un hombre desnudo. O quizá simplemente porque estabas cachonda.
Una expresión de asco le cruza el rostro.
—Eres un cerdo, Grayson —dice—. Siempre tienes que estropearlo todo, ¿verdad?
—Venga ya —digo—. No finjas que no quieres lo mismo. ¿O es que has olvidado aquel día en las gradas, hace seis años?
Da un paso atrás.
—Eso... eso fue un error. Como dijiste, solo tenía diecisiete años. Joven e inocente. No sabía lo que hacía.
—Eras lo bastante mayor para saber lo que te gustaba. Y lo que querías. Y fuiste a por ello. Eres una mujer con apetitos y determinación, Slay. Asúmelo.
Baja la mirada y una expresión extraña le cruza el rostro. ¿Vergüenza? ¿Culpa? ¿Remordimiento? Es difícil descifrarla.
Una parte de mí desea que simplemente lo suelte, pero sé que presionarla solo la pondrá a la defensiva. Así que espero, dándole tiempo para que lo exprese a su ritmo.
—No debería haber pasado —dice al fin. Dejando un mundo de cosas sin decir.
—Y sin embargo pasó —digo, saboreando su confesión y esperando más.
Señalo la mesita de café junto a ella.
—Te acuerdas de lo que estabas haciendo cuando me acerqué por detrás en las gradas aquel día, ¿verdad?
Se encoge de hombros, fingiendo indiferencia, como si no hubiera sido uno de los días más importantes de su vida.
—Trabajando en una foto, probablemente —dice—. En aquella época siempre estaba con mi arte. Me ayudaba a sobrellevar...
Está a punto de decir más, pero se contiene antes de continuar.
—Me ayudaba a sobrellevarlo. Pero no he tocado una cámara —añade al fin.
—Hora de volver a empezar.
Señalo la bolsa negra de la cámara sobre la mesa.
—Ábrela.
—¿Qué hay dentro?
—Averígualo.
Duda, intentando resistirse, pero la curiosidad puede más.
Abre el cierre de velcro y mira dentro.
Me mira, como para confirmar que es lo que ella cree.
Asiento.
—Venga, sácala.
Mete la mano y saca una cámara. La sostiene entre las manos, contemplando aquella belleza negra y elegante con la mirada admirada de una verdadera conocedora.
—¿Esto es...? —dice, dejando la frase en el aire.
—Hasselblad X2D 100D. Con un respaldo digital de 100 megapíxeles especialmente adaptado —digo con naturalidad—. Fabricada a medida por encargo especial. La hice traer en avión desde Gotemburgo, Suecia, esta mañana. Considéralo un regalo por firmar el contrato.
Contempla la cámara con tal reverencia y asombro que sé que acerté al elegirla. Me costó menos de veinte mil dólares, pero me llevó más tiempo identificar la marca y el modelo adecuados del que habría tardado en decidir qué coche de varios millones pienso comprarme a continuación.
La expresión de su rostro me confirma que acerté, y eso me llena de una cálida satisfacción.
Hacer feliz a Slay es mejor que el sexo. Bueno, quizá casi igual de bueno. O casi.
En cualquier caso, está claro que me he apuntado un tanto con la Hasselblad.
—No he cogido una cámara en años —dice, sin dejar de admirar los ajustes y los detalles.
—Venga —digo—. Estrénalas. Ponla a prueba. Tienes a tu modelo justo aquí. Todavía te gustan los modelos humanos, ¿no?
Levanta la vista de la cámara para mirarme.
—¿Te refieres a...?
Señalo mi desnudez con ambas manos.
—Tienes a tu Rose aquí mismo, Jack. ¡A crear arte!
Se ríe de la referencia invertida.
—Qué raro... pero gracioso.
Me observa con aire especulativo.
Arqueo las cejas.
—¿Qué?
—¿Cuál es el plan? —pregunta.
—¿Plan? No hay plan. Me fotografías como quieras. Luego usas el iPad Pro que hay en la bolsa de la cámara para hacer lo tuyo con las fotos. ¿Cómo lo llamas?
Se encoge de hombros. —No es algo definido. Antes hacía pintura digital. Pero a veces creaba collages con las imágenes. O una combinación de vídeo incrustado, gifs y collage, y después pintaba encima de todo. También animación. Lo que la imagen me pidiera hacer.
—¿Por qué? —pregunto—. Siempre me dio curiosidad, pero nunca se me ocurrió preguntarte. Me gustaría saberlo.
Suspira. —No lo sé. Es como si mirara algo y viera la imagen dentro de la imagen.
—¿La imagen dentro de la imagen?
Asiente. —Es como si viera una imagen enterrada dentro del objeto físico. Y simplemente tengo que sacarla, exponerla, revelarla, ponerla en escena para que el mundo la vea.
—¿Tienes que hacerlo? ¿Qué quieres decir con eso?
—No me pidas el significado. Alguien dijo una vez que el arte no tiene que significar nada, simplemente tiene que existir. Su mera existencia ya tiene significado. ¿Te parece lógico?
Asiento.
—Así que es como si la imagen que finalmente presento, mediante una combinación de fotografía, edición, filtros, manipulación de píxeles, pintura encima, luz y sombra... como si esa pieza terminada necesitara existir. Yo solo soy la herramienta que estaba a mano.
Niego con la cabeza. —No.
Frunce el ceño. —¿Cómo que no?
—No, no eres solo la herramienta. Tú eres la razón por la que ese arte existe.
Su propósito final, su verdadero significado, está dentro de ti.
Ves la imagen dentro de la imagen y la sacas para que el mundo la vea, pero en el proceso también expones a la persona que hay dentro de ti. La Ashleigh dentro de Ashleigh Dannon.
Me mira fijamente durante un largo momento y veo que he tocado un nervio.
—Grayson Donahue, hoy estás lleno de sorpresas. Eso ha sido profundísimo y una definición del arte tan brillante como cualquiera que haya leído. No tenía ni idea de que escondieras tanta profundidad.
Me río. —¡Quédate un rato y quizá luego hablemos de Nietzsche y el nihilismo!
Sigue mirando la cámara que tiene en las manos. Se nota que ya se ha enamorado de ella. Apenas puede quitarle los ojos de encima, ¡aunque yo estoy justo delante!
—¿A qué esperas? —pregunto.
Me mira con ojos velados de desconfianza. —No quiero regalos tuyos.
—No es un regalo. Es propiedad de la empresa. La vas a necesitar para la sesión de esta noche.
Parece insegura. —¿La sesión de esta noche?
Me levanto y desato el cinturón; la bata de satén se abre. Debajo no llevo nada excepto el suspensorio.
Dejo que la bata se deslice al suelo y después me quito el suspensorio; mis partes quedan balanceándose libremente. Mi erección salta como un resorte y golpea mis abdominales. Roca contra hormigón.
Me quedo ahí completamente desnudo ante ella. Slay parpadea y da otro paso atrás, el rostro encendido de nuevo por el hambre sexual. Esta vez se lame los labios abiertamente, sin ocultar sus deseos.
Vuelvo a recostarme en el diván y apoyo el brazo en el respaldo. —¿Qué tal así?
—¿Qué?
—¿Es así como quieres hacerme? —pregunto con tono suave y juguetón—. ¿O me quieres de otra manera?
Me pongo a cuatro patas, me inclino y la miro por encima del hombro mientras ella clava los ojos en mi trasero desnudo y, eh, otras partes de mi anatomía posterior. —¿Así?
Me pongo de rodillas, agarro mi polla con una mano y levanto el otro brazo con el codo doblado en una pose provocativa. —¿O así?
Ahora me mira boquiabierta, sin palabras.
Me relajo y me dejo caer de nuevo en el diván. —Tú dime cómo me quieres. Solo procura que sea una pose cómoda de mantener. Sé que a vosotros los artistas os gusta tomaros vuestro tiempo.
Tiene las mejillas encendidas. —¿De qué estás hablando? —pregunta.
—Posar para que puedas hacerme —digo con naturalidad, como si fuera obvio—. Eso es lo que estabas haciendo aquel día en las gradas, hace seis años, ¿no?
Abre y cierra la boca, y luego logra decir: —Solo estaba sacándote una foto. Les saqué fotos a todos los jugadores.
—Solo que conmigo estabas haciendo algo más, ¿verdad?
Con los otros jugadores sacabas las típicas fotos deportivas.
Jugadores en acción, corriendo, saltando, desplazándose lateralmente, entrenando, practicando, jugando.
Pero con mis bocetos era diferente. Aquel día, cuando te pillé en las gradas, estabas haciendo mucho más que una simple foto deportiva.
Sonrío al recordarlo: —Me tenías en una pose quitándome la camiseta del equipo después de un partido, sudoroso y sucio.
Habías trabajado la imagen con tu técnica de pintura digital.
Te habías esforzado mucho en retratar cada corte y ángulo, cada tendón y músculo con un cuidado y un detalle amorosos.
Y en lugar de dibujarme con los pantalones puestos, me tenías desnudo de cintura para abajo también.
Se sonroja, incapaz de negar los hechos, mientras mira la cámara que tiene en las manos.
Continúo: —Cuando me acerqué por detrás de ti, por pura casualidad, porque ni siquiera me había dado cuenta de que estabas allí arriba, estabas dibujando mi polla.
Y no solo eso —digo mientras agarro el órgano en cuestión para enfatizar—, estabas intentando mostrar cada vena, cada músculo, cada detalle con el mismo cuidado amoroso.
Sigue mirando la Hasselblad, pero no dice nada.
—Lo que quiero saber, Slay —digo mientras me incorporo y la miro directamente—, es cómo sabías qué aspecto tenía mi polla. Te lo pregunté entonces y no me respondiste.
Aguardo, y como no responde, le digo: —Por si lo has olvidado, te recuerdo que nuestro acuerdo sigue en pie. Espero una respuesta.
Me fulmina con la mirada. —Esto es inapropiado. Debería presentar una queja.
—¿A quién? ¿Y qué tiene de inapropiado una sesión de retrato privada?
Estamos en mi casa, en nuestro tiempo libre, no hay nada que diga que no podemos disfrutar de un pequeño pasatiempo artístico.
O, ya puestos, liarnos. No hay nada en la normativa de la empresa que lo prohíba, a menos que estés diciendo que es acoso sexual.
—¡Por supuesto que es acoso sexual!
—¿Ah, sí? ¿Y lo que estabas haciendo aquel día, dibujándome desnudo? ¿Eso no era también acoso sexual? Al fin y al cabo, yo era técnicamente un empleado contratado y tú eras la hija del dueño, mi superior jerárquica.
Se me queda mirando boquiabierta. —Yo nunca...
Cierra la boca.
—Exactamente —digo—. E incluso ahora, sigues siendo la directora ejecutiva de Dreamers Inc, no una secretaria ni una ejecutiva junior.
Así que dejémonos de poses y vayamos al grano.
Empieza a fotografiarme. A hacer lo tuyo con el arte digital.
Esta vez no necesitas usar la imaginación para que mi polla y mis huevos parezcan realistas.
Tienes el modelo real y en vivo como referencia.
Hay otro momento largo e incómodo en el que pienso que ya está, que la he presionado demasiado y demasiado pronto, que lo he echado todo a perder. Va a tirarme la Hasselblad a la cabeza, salir de aquí y no volveré a verla jamás.
Pero entonces parece decidirse y avanza hacia mí.
Se detiene justo frente al diván, mirándome fijamente.
Nuestras miradas se cruzan y una descarga me atraviesa. El cambio en ella es impresionante, excitante. Ya no es la Ashleigh nerviosa y avergonzada. Es una mujer joven dueña de su propia sexualidad.
Me sostiene la mirada el tiempo suficiente para que vea que acepta mi desafío.
Luego baja la mirada hacia mi polla erecta y húmeda, y se relame mientras levanta la mano en un gesto inconfundible, dejando claras sus intenciones.