Capítulo Quince GRAYSON
—Slay —digo al entrar en la sala de conferencias.
Se vuelve desde la ventana y es como si seis años no hubieran pasado jamás.
Verla me deja sin aliento. Lleva el vestido amarillo de verano que le pedí a mi abogado que le enviara a su casa por mensajero. Las horquillas a juego con pequeñas mariposas son un toque personal suyo, lo cual me complace porque demuestra que sigue cuidando su apariencia tanto como siempre.
El efecto general es impresionante. Está increíblemente hermosa. Llevo seis largos años preparándome para este momento, pero nada podría haberme preparado para verla. ¿Cómo puede una mujer estar tan guapa?
Slay.
Era el apodo secreto que le puse porque la describía a la perfección.
Ella arrasa.
No tiene que hacer nada, ni siquiera intentarlo.
Con solo existir, con solo respirar, arrasa.
Hablando de respirar. Me obligo a soltar el aire que estaba conteniendo y a respirar con normalidad.
El corazón me late como un martillo neumático y ver esos muslos carnosos y esas caderas anchas me enciende de golpe.
Siento cómo la polla se me tensa, se engrosa y se alarga mientras el deseo por ella me inunda como un torrente.
Aun así, cuando hablo, mi voz no traiciona todo lo que siento.
—Ha pasado un tiempo.
Me mira fijamente, apretando sus labios rojos y carnosos.
Siento cómo sus ojos me buscan alguna señal de emoción, pero mantengo el rostro inescrutable. No le daré esa satisfacción.
—¿Tú compraste el equipo? —dice, con una sorpresa cruda y genuina.
Sonrío sin humor.
—¿Preferirías que fuera un heredero rico de familia que no tiene ni idea de fútbol profesional? Porque había uno de esos buitres sobrevolando el negocio hasta que intervine. Al menos así sabes que estará en buenas manos.
Me mira fijamente un instante más y luego se encoge de hombros.
—Supongo.
Se nota que le mata admitirlo, pero tengo razón.
—¿Pero por qué? —pregunta, llevándose un puño a la cintura mientras da un paso adelante, con la barbilla alzada para mirarme—. Renunciaste al equipo. Abandonaste el barco cuando más te necesitaba. Por tu culpa, se vino abajo. Ahora, cuando está en su peor momento, ¿quieres volver?
Tal como pensaba. Es la hija de su padre, hasta la médula. Por supuesto que vería las cosas solo desde su perspectiva limitada y anticuada.
Avanzo, con un pulso de ira latiéndome en las sienes.
—Esto no es una entrevista de trabajo, Slay. Compré el equipo. Soy tu nuevo dueño, ya no el quarterback. No tienes derecho a cuestionar mis motivos. De hecho, deberías estar de rodillas agradeciéndome que te haya salvado el culo.
¡Y qué culo tan bonito y bien formado! Me encantaría darte unos azotes ahora mismo y ponerte en tu lugar, preciosa.
Ashleigh se cruza de brazos, lo que produce un movimiento ondulante que hace que la polla, ya dura, se me contraiga en respuesta.
Entrecierra los ojos mientras me mira fijamente.
—¿Qué es lo que buscas, Donahue? ¡Y no me digas que es el bienestar del equipo porque no me lo trago! Tienes otros planes. ¿Qué es lo que quieres de verdad?
Las comisuras de los labios se me curvan hacia arriba, pero es una sonrisa cruel, una que oculta la verdadera naturaleza de mis intenciones.
Yo también me cruzo de brazos, imitando su gesto. La camisa y la chaqueta se me tensan incómodamente. Todavía tengo los músculos a tope del entrenamiento de esta mañana y probablemente bastaría con flexionarlos para reventar las costuras.
Noto la diversión en mi propia voz cuando digo:
—¿Qué crees que quiero?
Un momento de silencio se instala entre nosotros.
Sus ojos se deslizan hacia mis bíceps y hombros mientras me yergo sobre ella, y la lengua se le desliza entre los labios para humedecérselos.
Solo ver esa pequeña punta de lengua rosada deslizándose entre esos labios rojos y jugosos hace que los testículos se me aprieten y se me suban.
Me imagino esa lengua en los huevos, esos labios fruncidos alrededor de mi erección, y el paquete en los calzoncillos ajustados me crece hasta resultar incómodo.
Juro que si diera otro paso adelante, el bulto de los pantalones le chocaría contra el vientre.
¡Entonces no necesitaría preguntar qué es lo que busco de verdad!
Aun así, estoy bastante seguro de que ya se hace una idea. Nuestras miradas permanecen trabadas en una batalla de voluntades. Sus ojos son tempestuosos, un reflejo de mi propia agitación.
—Te conozco —dice—. Sé cuánto me odias por lo que pasó. Lo demostraste cuando destruiste el equipo. ¿No te bastó con vernos hundidos? ¿Tienes que aplastarnos hasta el último aliento? ¿Hasta dónde llega tu sed de venganza?
Oh, te voy a demostrar cuánto dentro de un momento. En cuanto te quite ese vestido y te tumbe desnuda sobre esta mesa de conferencias. Entonces lo verás por ti misma.
—Repito —digo en un tono que suena mucho más calmado de lo que estoy—: ahora soy el dueño del equipo. No tengo que darte explicaciones. Lo que decida hacer a partir de ahora no es asunto tuyo.
Sus ojos echan chispas.
—Claro que lo es. Este es el equipo de mi padre. Lo construyó desde cero. Puede que tengas la participación mayoritaria, pero yo sigo siendo la accionista minoritaria. Tengo derechos.
Esbozo otra sonrisa, tan dura e inflexible como la anterior. Pero agradezco las gafas de sol que me protegen los ojos, para que no pueda ver la lujuria descarnada y la furia que hay en ellos ahora mismo.
No es la única que está furiosa. No sabe lo cerca que está de que le arranque la ropa y la obligue a ponerse a cuatro patas, con la cara contra la mesa y el culo en pompa, a mi entera disposición.
Aunque, por otro lado, quizá una parte de ella sí lo sabe. El acuerdo que firmó era bastante explícito. Me aseguré de ello, para tener su consentimiento por escrito antes de poner en marcha mi plan de venganza. Hay una mirada en sus ojos que reconozco de antes.
Una mirada hacia abajo confirma lo que probablemente ya sospechaba: tengo una erección. Una erección tan dura y grande que podría sacarle un ojo.
Sus mejillas se encienden, el rubor extendiéndose desde el cuello hasta la frente.
Eso también lo recuerdo.
Se sonrojó igual la primera vez que me pilló cambiándome en el vestuario y me vio en cueros.
—¿Necesito llamar a Harvey para que vuelva y te recuerde los documentos que firmaste? —pregunto con voz dura—. Renunciaste a todos tus derechos, ¿recuerdas? Eso era parte del trato. Ya no tienes ni voz ni voto. Ahora mando yo.
Se muerde el labio inferior, y no puedo apartar la vista de sus labios carnosos, que brillan bajo las luces de la oficina.
Mi mirada recorre su cuerpo, devorando cada curva y contorno. Mis ojos se detienen en cómo el vestido amarillo se le ciñe al cuerpo, realzando sus curvas generosas, luciendo esas piernas perfectas.
Pienso en todas las guarradas que voy a hacerle a ese cuerpo precioso y la punta de mi polla empieza a gotear, empapándome la ropa interior.
Se estremece como si me leyera el pensamiento. Entonces, de golpe, da un paso atrás y cambia de tono.
—De acuerdo —dice—. Tú ganas. ¿Puedo irme ya?
Me río de su ocurrencia. El sonido hace que vuelva a mirarme, pero esta vez su expresión es de nerviosismo, no de desafío.
Al menos sabe cuándo la tienen pillada.
Y hablando de lenguas...
—No vas a ir a ninguna parte —digo, sacando la silla de cuero de la cabecera de la mesa y sentándome—. Nuestro trato no era solo por el equipo. Te incluye a ti. Ahora eres mía, y me gustaría examinar mejor lo que acabo de comprar. Empecemos por quitarte la ropa.