Jugada Imprudente (Yale University 1) Capítulo Cuarenta y Seis
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Capítulo Cuarenta y Seis

Cuando te encontré, encontré mi lugar en el mundo.

— La dama y el vagabundo

Estamos todos reunidos en las gradas, justo en la primera fila, frente a la portería rival. El lugar perfecto para seguir cada jugada, pero también el peor para mi corazón, porque desde aquí puedo ver cada uno de sus ataques como si estuviera dentro de la pista. Hoy jugamos contra Minnesota.

La final. La puta Frozen Four . Con solo pensarlo, se me revuelve el estómago. Los dos mejores equipos de la temporada, frente a frente. Eliminaron a todos y ahora solo queda esto: todo o nada.

Mi hermano y sus compañeros de equipo nunca habían llegado tan lejos.

Siempre se habían quedado a las puertas, siempre tan cerca, pero nunca en la final.

Ahora, por fin, están viviendo el sueño, y yo también, aunque la tensión sea insoportable.

Mi corazón golpea el pecho tan rápido que estoy segura de que, si alguien pone la mano sobre él, lo sentirá.

Me muerdo las uñas sin parar, intentando controlar los nervios, pero es inútil. Cada segundo parece una eternidad.

Mi madre está sentada a mi lado, con mi padre junto a ella.

Victoria y Oliver también vinieron. Aunque él tiene el pie enyesado, insistió en estar presente.

Dijo que jamás se perdería este momento, que prefería venir cojeando antes que verlo por televisión.

Y, conociendo a Oliver, sabía que no estaba exagerando.

Cuando los chicos atraviesan el túnel y entran en la pista para calentar, la afición estalla.

Mis ojos van directamente hacia él. Nathan.

Hermoso, como siempre. Fuerte, decidido.

Ese uniforme rojo y blanco parece hecho a su medida.

Cuando me guiña un ojo, siento que se me enciende el rostro y un escalofrío me recorre la espalda.

Joder, es increíble poder, por fin, llevar su jersey, animarlo porque es mi elección, no solo porque sea el mejor amigo de mi hermano.

Por primera vez, estoy aquí con la certeza de que él es mío.

Y, para rematar, recuerdo la escena de esta mañana.

Nathan entrando en mi apartamento con esa sonrisa de cabrón, entregándome la camiseta y prácticamente obligándome a ponérmela.

Solo que no terminó ahí. Acabamos follando sobre la alfombra mullida de la sala, intensos, desesperados, como si fuera la última vez.

Después nos reímos porque no nos dio tiempo de «estrenar» el resto del apartamento, pero prometimos que, después de este partido, encontraríamos la manera de hacerlo.

—Por la forma en que lo estás mirando, diría que estás imaginando a Nate desnudo. —La voz burlona de Kira me saca del trance.

—¡Kira! —Me giro hacia ella indignada y la veo masticando un puñado de gomitas, riéndose a carcajadas como si fuera lo más normal del mundo.

Por suerte, mis padres están demasiado distraídos hablando con Victoria y Oliver y no escucharon su estupidez.

Eso me recuerda cómo reaccionó mi padre cuando descubrió que Nathan y yo realmente estábamos juntos.

Primero se puso hecho una furia, diciendo que yo todavía era demasiado joven, que había imaginado que no empezaría a salir con nadie hasta los treinta, lo que me hizo soltar una carcajada en el acto.

Después su tono cambió. Confesó que, en el fondo, no era rabia, sino la dificultad de aceptar que los hijos crecen, dan sus propios pasos y siguen con sus vidas.

Al final respiró hondo y dijo que, a pesar de la sorpresa inicial, se alegraba de que fuera Nathan.

«Es un buen chico», fueron sus palabras.

Y escuchar eso de mi padre... significó más de lo que él puede imaginar.

Kira se acomoda primero a mi lado, echándose el cabello hacia atrás con ese aire provocador de siempre. Justo detrás de ella aparece Margot, deslizándose entre los asientos con esa elegancia que solo ella posee, equilibrando un vaso en la mano como si formara parte de una coreografía ensayada.

Por la expresión de su rostro, me doy cuenta de que no soy la única a punto de sufrir un infarto.

Gracias a Dios, Victoria pensó en todo y compró media tienda de conveniencia de la ciudad para nosotros: cubetas de palomitas, chocolates, refrescos, chicles, de todo. Así puedo mantener la boca ocupada con cualquier cosa que no sean mis propias uñas.

Las luces disminuyen y la música alta se detiene. Es la señal: el partido va a empezar. Rezo en voz baja, pidiéndole a Dios que les dé fuerzas, que aguanten, que no dejen escapar la victoria.

Suena el silbato y el disco se desliza por el hielo. El partido comienza.

—Dios mío, no estoy respirando, creo que mis leggings están demasiado apretados. —Margot empieza a moverse inquieta en el asiento, sus piernas sin dejar de agitarse como si buscaran alguna forma de descargar la tensión.

El partido está empatado dos a dos, estamos al final del segundo período y toda la grada parece contener la respiración conmigo.

Es como si el aire hubiera desaparecido del estadio.

Quien marque ahora probablemente se asegura la victoria.

La presión es asfixiante. Siento las manos sudorosas, los dedos temblorosos y el corazón me late tan rápido que parece que va a saltarme fuera del pecho.

Uno de los jugadores de Minnesota, con ese uniforme verde que ya me enfurece con solo mirarlo, sale disparado con el disco hacia nuestra portería. Es rápido, demasiado ágil.

—¡Detén ese disco, Justin! —grita Margot, con su voz aguda resonando, y por un segundo casi me río, pero no puedo. Estoy tan nerviosa que hasta me duele la boca del estómago.

Los jugadores se deslizan rápidamente detrás del rival, intentan bloquearlo, pero cada vez se acerca más.

—Dios mío, creo que voy a desmayarme —digo, sintiendo que hasta la vista se me nubla.

—Ni siquiera puedo parpadear —murmura Kira en voz baja, con las uñas clavadas en la bolsa de gomitas que todavía sostiene como si fuera su salvación.

El jugador levanta el stick y dispara a portería. Cierro un ojo, preparándome para lo peor, y la afición suelta ese sonido colectivo de desesperación, un «no» que pone la piel de gallina.

Pero entonces se escucha el golpe seco de la parada. Justin la detiene.

Joder.

Las gradas explotan en aplausos y gritos. Siento que me tiemblan las piernas de alivio.

—Dios mío, ahora mismo le daría un beso en la boca a Justin. —Kira se carcajea y Margot y yo la miramos con los ojos muy abiertos, indignadas.

—¡Estoy bromeando, chicas! La emoción, ¿saben? —Levanta las manos como si se defendiera, todavía riéndose.

—Claro. —Pongo los ojos en blanco, aunque mi corazón todavía está corriendo una maratón. Sé que no lo haría, ama demasiado a Asher. Pero aun así, su comentario idiota consigue aliviar un poco la tensión.

Y entonces la jugada cambia de lado. Nuestro equipo sale disparado al ataque. Sebastian lleva el disco y, como estamos detrás de la portería donde puede llegar el gol de la victoria, consigo seguir cada movimiento, cada deslizamiento de las cuchillas sobre el hielo.

—Dios mío, tienen que conseguirlo —susurro, sin darme cuenta de que estoy hablando en voz alta.

—¡Vamos, Falcons! —grita el tío Oliver, levantando la muleta como si fuera una bandera.

Y es como si esa fuera la señal. Toda la afición empieza a gritar al unísono, el estadio entero resonando con el nombre del equipo.

—¡Falcons! ¡Falcons! ¡Falcons!

Ni siquiera me doy cuenta de cuándo termino de pie, saltando junto a las chicas. Mi voz sale ronca de tanto gritar.

Y entonces el disco está con Nathan. Mi corazón casi se me sale por la boca.

Cuando recibe el pase, un rival intenta empujarlo contra el acrílico, pero él se mantiene firme, con los músculos tensos y la mirada fija en la portería.

Aparta al tipo con el hombro y sigue avanzando.

Cada segundo parece una película a cámara lenta.

—Dios mío, está tan sexy con ese uniforme. —Mierda. Lo dije en voz alta.

Mi padre me mira y casi me atraganto. Siento que todo mi rostro se pone rojo, pero antes de que la vergüenza me mate, escucho la carcajada escandalosa de Victoria e incluso la de mi madre.

—Dios mío, perdón —digo, intentando esconderme el rostro con las manos.

Las chicas casi se doblan de tanto reír.

—No te juzgo. A mí me excita ver jugar a Jasper —confiesa Margot en voz baja, dándome un golpecito en el hombro, y casi vuelvo a atragantarme.

El disco vuelve a moverse. Jasper lo tiene, rodeado por dos jugadores. No se lo piensa dos veces y se lo pasa a Chase, que viene por un lateral. Mi hermano recibe, levanta el stick y dispara.

Y...

¡GOOOOOOL!

LA PUTA MADRE.

Suena el silbato. La afición estalla en gritos ensordecedores. Salto, grito, lloro, todo al mismo tiempo. El estadio entero parece temblar. Yale gana la Frozen Four. Ganaron. Lo consiguieron.

Pero la euforia dura apenas unos segundos.

Porque cuando miro hacia el hielo, veo el caos.

—Mierda —escucho decir a Kira antes de salir corriendo gradas abajo.

En la pantalla gigante aparece la repetición a cámara lenta: Chase celebra, pero un jugador rival choca contra él justo después.

El impacto es brutal. Pierde el equilibrio, golpea el acrílico con tanta fuerza que hace temblar la protección.

Y entonces cae sobre el hielo, con una mano aferrada a la rodilla.

Mi corazón se desploma.

—Joder, joder... —murmura mi padre, nervioso, levantándose de inmediato.

Oliver intenta seguirlo, apoyándose en la muleta, pero mi padre se lo impide. Siento las piernas débiles, como si fueran a fallarme en cualquier momento.

Entran los paramédicos, la camilla se desliza sobre el hielo y los chicos rodean a Chase, desesperados. Veo a Sebastian arrancarse el casco con rabia, a Jasper gritarle algo al árbitro, a Justin lanzar el stick lejos. Y yo... solo puedo llorar.

Mi padre atraviesa corriendo al personal de seguridad, diciendo que el herido es su hijo, pero solo lo dejan pasar a él. Mierda.