Capítulo Treinta y Cinco
Un sueño es un deseo del corazón, y mi sueño eres tú.
— Cenicienta
Estamos destrozando a Stanford. Segundo período, seis a cero en el marcador. Nuestro portero está teniendo una noche perfecta, aunque no pienso decirlo en voz alta o se lo tendrá demasiado creído durante el resto de la semana.
Uno de sus delanteros le roba el disco a Sebastian y sale disparado hacia nuestra portería. La desesperación en los ojos del tipo es casi palpable: quieren, por lo menos, salir de aquí con algo de dignidad.
Salgo detrás de él, pero me interceptan. Otro jugador viene con todo y me empuja contra el acrílico. Siento el impacto atravesarme los hombros, el dolor extendiéndose como una descarga eléctrica.
—Hijo de puta... —gruño, apretando los dientes.
—¿¡Estás bien!? —Chase aparece a mi lado, gritando desde debajo del casco.
Asiento, aunque todavía siento un hormigueo en el brazo. El entrenador Harry se da cuenta. Pide tiempo y me sustituye.
—¡Estoy bien! —grito, pero no sirve de nada.
—Sé que lo estás, pero deja que Kira te revise primero. No quiero a nadie lesionado a pocos días de las finales. —Harry habla con firmeza y yo resoplo, cabreado.
Me quito los guantes, el casco y me bebo media botella de agua de una sola vez.
Miro hacia las gradas, donde normalmente estaría Madison, pero recuerdo que dijo que no vendría.
Tenía que terminar un trabajo. Una parte de mí se siente aliviada.
Verla con la jersey de Chase y no con la mía, y no poder correr hacia ella cuando nuestro equipo gana, siempre me jode la cabeza.
El cronómetro marca veinte minutos para el final. Recorro el túnel hasta la sala médica. Kira está allí, con el cabello recogido en una coleta, un mechón azul escapándose, bata blanca y una credencial con el logotipo del equipo.
—¿Qué pasó? —arquea una ceja mientras toma ya la tablilla.
—Apuesto a que a Asher le encantó la idea de que estés aquí cuidándonos, ¿verdad? —la provoco.
Pone los ojos en blanco.
—Es mi carrera la que está en juego, Nate. Él me apoya y yo lo apoyo a él. Así de simple.
Claro. Pero no digo nada.
Señala la camilla.
—Quítate las protecciones y la camiseta. Siéntate ahí.
Obedezco. La camilla está helada cuando me siento. Kira hace algunas pruebas rápidas de reflejos, mueve mi brazo y presiona mi hombro. Sus ojos se detienen en unas marcas amoratadas de mi abdomen y cuello.
—Mmm... esto no es del partido, ¿verdad? —se burla con una sonrisita de lado.
Pongo los ojos en blanco.
—Ni empieces.
—Tranquilo, no quiero detalles del sexo salvaje de ustedes dos —se ríe mientras anota algo en la tablilla.
—¿Entonces? —pregunto impaciente—. ¿Puedo volver?
—Puedes. —Sonríe—. Estás autorizado, Thompson.
Me levanto y empiezo a ponerme la camiseta, pero me llama antes de que salga.
—Nathan... —giro sobre los talones—. Cuida bien de Mads. De verdad le gustas mucho.
Trago saliva.
—Daría mi vida por ella, Kira. Yo... amo a Madison.
Parpadea rápidamente, sorprendida, y después esboza una enorme sonrisa acompañada de un gritito.
—¿Ya se lo dijiste?
Niego con la cabeza.
—Entonces, ¿qué estás esperando?
—El momento adecuado... —la interrumpo antes de que continúe—. Gracias, Kira.
Regreso corriendo por el túnel. El marcador ahora está 6 a 2, pero seguimos por delante. El entrenador me mira preocupado. Kira aparece detrás y le hace una señal afirmativa a su padre. Él asiente y vuelve a ponerme sobre el hielo.
El disco viene hacia mí. Salgo disparado con él pegado a la pala del stick.
Veo a Chase a lo lejos, pero Jasper aparece por la izquierda.
Hago un pase rápido y él acierta de lleno, inflando la red.
El estadio vibra. Jasper mira hacia las gradas, hace un corazón para Margot y después salta encima de mí.
—¡Joder, siete a dos! —grito, sintiendo la adrenalina arder.
Faltan diez minutos. Y entonces, de repente, el estadio queda sumido en la oscuridad.
Todo se apaga. El sonido de la afición se convierte en un murmullo nervioso. Algunos gritos resuenan. Durante un segundo, solo existe una oscuridad absoluta. Enseguida entran en funcionamiento los generadores y las luces regresan parpadeando, pero el ambiente ha cambiado.
Harry escucha algo por el auricular que lleva puesto y pide tiempo. Nos reúne en el banco.
—Se fue la electricidad en el campus. Solo los lugares con generador tienen luz. Aquí estamos seguros. Terminaremos el partido.
Los chicos celebran, golpeando los sticks contra el suelo. Pero yo no puedo. Siento cómo la sangre abandona mi rostro.
Sus palabras martillean en mi cabeza: «solo los lugares con generador...»
Mierda.
El nuestro se averió hace semanas. Chase prometió que llamaría a un técnico, pero nunca lo hizo.
Y Madison... Joder.
Madison está en casa. Sola. A oscuras. Y le tiene miedo a la oscuridad.
Mi corazón se acelera. La respiración se me vuelve corta.
—Entrenador, sustitúyeme. —Mi voz sale firme, urgente—. No voy a poder quedarme.
Todos me miran confundidos, pero no espero ninguna reacción. Me arranco las protecciones y corro hacia el túnel.
En el vestuario abro mi casillero con brutalidad y agarro el celular. Pantalla negra. Sin batería.
—¡Joder! —golpeo la puerta metálica con el puño y el sonido resuena por el espacio vacío.
Me cambio de ropa apresuradamente, con los dedos temblorosos y un sudor frío cubriéndome la piel. A cada segundo solo consigo pensar en ella, sintiendo ese miedo que la paraliza en la oscuridad, recordando la vez que me habló de ese terror.
Me ato los tenis, casi tropezando con mis propios cordones.
Ni siquiera quiero imaginar su rostro ahora.
Salgo disparado.
Necesito llegar a casa. Necesito llegar hasta ella.
Joder, Mads... espérame.