Jugada Imprudente (Yale University 1) Capítulo Treinta y Tres #2
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Capítulo Treinta y Tres #2

Giro el rostro y sus manos lo rodean con determinación, obligándome a mirarlo. Se me cierra la garganta, me arden los ojos. Sé que voy a derrumbarme. Intento soltarme, pero Nathan no me deja. Sus pulgares acarician mis mejillas, como si pudiera contener las lágrimas únicamente con el tacto.

—Soy incompetente... —afirmo, rota—. Nunca voy a ser lo bastante buena.

Niega con la cabeza, con sus ojos castaños ardiendo sobre mí.

—No digas eso —ordena, serio—. Eres lo más increíble que he visto en mi vida.

Quiero replicar, pero no me da tiempo. Se acerca, con la frente casi tocando la mía, y susurra:

—¿Sabes esa sensación de que alguien te observa? —Respira hondo y, con su habitual voz ronca, añade—: No estaba solo en tu cabeza, Mads. Siempre estuve allí.

Mi cuerpo se estremece. El aire queda atrapado en mis pulmones. Él continúa, sin dejarme escapar.

—Tenía ocho años. Perdí un partido. La mirada de mi padre me destrozó.

Salí huyendo del vestuario y escuché música.

La seguí hasta el salón de danza. Y allí estabas tú...

con una falda de tutú verde, parecías Tinker Bell.

Pero no era el disfraz. Eras tú. La forma en que bailabas...

como si la música te perteneciera, como si cada movimiento fuera un secreto.

Me quedé hipnotizado. Olvidé la derrota. Solo podía mirarte.

La lágrima se escapa, demasiado caliente. La seca con el pulgar sin vacilar.

—Desde aquel día nunca pude dejar de hacerlo. Siempre que podía, te observaba bailar porque me calmaba. Me daba paz. Mads, eso siempre me hizo más feliz que cualquier victoria.

—Pero eso no tiene sentido... —consigo decir, tragando saliva—. Decías que odiabas ver a las animadoras, que no las mirabas por miedo a verme caer. Entonces, ¿cómo conseguías observarme en los ensayos?

Me sujeta el rostro con todavía más firmeza.

—Porque era diferente. Me gustaba verte cuando eras tú misma.

No a Madison la animadora, atrapada en algo que no encajaba contigo.

Sino a la Madison libre, durante los ensayos...

que bailaba como si el mundo no existiera.

Esa era la que quería ver. Y esa era la que imaginaba que bailaba solo para mí.

Mi corazón explota. Él tan cerca, sus manos calientes, sus ojos diciendo más que cualquier palabra. No pienso. Lo beso.

Y eso lo es todo. El mundo se detiene. Es suave y urgente al mismo tiempo, años de silencio rompiéndose en un único impacto. Me atrae por la nuca, yo me aferro a él y, durante un instante, parece que siempre fue así. Siempre fuimos el uno del otro.

Cuando nuestras frentes se juntan, todavía siento su sabor en mis labios. Y, por primera vez en mucho tiempo, no me siento un fracaso. Me siento viva.

—Ahora repite conmigo —pide—. Soy competente.

—Soy competente —mi voz falla, pero sale.

—Eso es. Y lo vas a conseguir —entrelaza nuestros dedos y la fuerza de ese gesto me desarma.

—Gracias, Nate... —trago saliva, porque lo que quería decir era «te amo».

Pero antes de que diga alguna estupidez, siento que su mano baja hasta mi culo.

—Puedes agradecérmelo de otra manera —arquea una ceja, malicioso.

—¿Ah, sí? ¿Cómo? —pregunto, sonriendo ya.

—Siendo una buena chica.

La sala de ensayo está en absoluto silencio, muy diferente del bullicio constante del campus.

Después de las diez de la noche, ya no aparece nadie por aquí.

La encargada de la limpieza pasó más temprano y, como siempre, dejó la llave de repuesto para mí, un privilegio silencioso que conseguí después de tantas noches extra de entrenamiento.

La puerta es de madera pesada, sin ventanas de vidrio, y el aislamiento acústico mantiene cada sonido atrapado aquí dentro.

En cuanto Nathan entra, lo primero que hace es girar la llave en la cerradura, asegurándose de que nadie más pueda entrar.

Se me escapa un gritito cuando me levanta de repente y mis piernas rodean su cintura. Me lleva hasta la barra de ballet y me deja sentada allí. Su sonrisa lo deja claro: el único estiramiento que va a ocurrir no tiene nada que ver con el ballet.

En cuestión de segundos, mi pantalón deportivo está en el suelo junto con las bragas. Nathan me toma allí mismo, contra la barra. Y cuando creo que terminó, me gira de espaldas. Mis manos se apoyan sobre el metal frío y mi reflejo aparece en el espejo frente a mí.

—Mira —exige con voz ronca—. Quiero que te veas. Quiero que veas lo perfecta que eres.

Intento apartar la mirada, pero me sujeta con firmeza la barbilla, obligándome a observar mi propio reflejo mientras me llena y me deja sin aliento.

—Repite conmigo, pelirroja —susurra contra mi oído, con su respiración caliente erizándome la nuca—. Soy increíble.

—Yo... —mi voz falla entre gemidos y él embiste más profundo, arrancándome un grito.

—Dilo —su mano aprieta mi cintura con fuerza—. Soy increíble.

—Soy increíble... —digo, temblando.

—Otra vez —ordena, acelerando el ritmo.

—¡SOY INCREÍBLE! —mi voz sale más alta, quebrada entre el placer y la verdad.

Besa mi hombro, devorándome como si quisiera marcar cada pedazo de piel.

—Ahora di que eres capaz.

—Yo... ah, joder... soy capaz.

—Más fuerte, Mads. Quiero escuchar esa mierda resonar por todo este estudio.

—¡SOY CAPAZ! —grito, sintiendo mi cuerpo estremecerse con él dentro de mí.

Sus ojos castaños arden reflejados en el espejo y mi imagen ya no parece frágil. Me veo fuerte. Me veo hermosa. Y, joder, me siento así, porque él no me permite dudar ni por un segundo.

—Eso es, pelirroja... —gruñe contra mi cuello, con las embestidas cada vez más intensas—. Eres increíble. Eres capaz. Eres jodidamente hermosa. Eres mía.

Y cuando me corro gritando su nombre, no es solo placer. Es como si por fin creyera todo lo que me hizo repetir.

Todo esto al son de Tchaikovsky.

Y sé que, la próxima vez que escuche El lago de los cisnes , no pensaré únicamente en la coreografía perfecta. Recordaré los gritos que solté cuando Nathan me hizo correrme tres veces en menos de una hora.