Capítulo Diez #2
—Guau, ustedes dos son tan tiernos. Lo saben, ¿verdad? —Kira le aprieta las mejillas a su amiga, que la aparta inmediatamente.
—Sabes que conmigo no funciona así. —Summer pone los ojos en blanco y yo no entiendo muy bien.
Cuando busco a Margot para intentar descifrar aquella mirada, ya desapareció. Solo veo su silueta perdiéndose detrás de un árbol con Jasper.
—Bueno, a mí me funciona perfectamente eso de tener novio. Así que me voy a caminar de la mano con él mientras tú y Thompson siguen sin decidirse. ¡Besos, chicas!
Summer le saca la lengua a su amiga y se aleja, no sin antes despedirse de mí, para después dirigirse hacia Nathan.
Me quedo aquí, un poco sin aire, intentando ignorar la insinuación final de Kira.
Tomo otro vaso de agua, intentando disimular la incomodidad. A estas alturas, el poco efecto del alcohol ya pasó y empiezo a sentirme como pez fuera del agua. Todo el mundo parece tener un grupo, una conexión... y yo estoy aquí, apartada, sintiendo que sobro.
Además, mañana tengo ensayo y mi cuerpo ya empieza a mostrar el cansancio. No voy a esperar a mi hermano. Me iré sola.
Empiezo a alejarme del ruido de la fiesta y todavía escucho a Kira gritar algo como «¡Mads, nos vemos mañana!». Me limito a hacerle un gesto y sigo caminando hacia el auto.
Estacioné en un lugar un poco apartado, entre algunos árboles, donde apenas llega la luz. Tengo que encender la linterna del celular para ver el camino.
Presiono la alarma y los hermosos faros de mi Mustang se encienden, iluminando parte del terreno irregular frente a mí.
La fiesta de la fogata se está celebrando en medio de un pequeño bosque cerca del campus, rodeado de altos pinos. La zona central, donde están la música y la fogata, está bien iluminada, pero aquí, donde estacioné, domina la oscuridad.
Contemplo mi auto, recordando la época en que no me entusiasmaba la idea de tener uno. Me saqué la licencia a los diecisiete pensando que apenas la usaría, pero cuando descubrí el placer de la velocidad... fue como bailar: libertad, adrenalina, control.
Abro la puerta y, en cuanto me siento, escucho crujir el asiento del copiloto. Alguien más entra. Giro el cuello bruscamente.
—¿Qué mierda crees que estás haciendo? —Su voz grave hace que se me erice todo el cuerpo.
—Me voy a casa. ¿Y tú? —arqueo una ceja.
—Debes estar loca si crees que voy a dejarte conducir después de haber bebido.
—Qué manía tienen tú y Chase de creer que mandan sobre mí, ¿eh? Váyanse a la mierda los dos. Sal de mi auto. —Mi voz sale más alta de lo que pretendía, pero no me importa.
Nathan no se intimida; en realidad, sonríe, mostrando ese hoyuelo idiota.
Mi auto, que antes parecía espacioso, ahora parece diminuto con él dentro. El aire se vuelve más pesado.
—Ya te dije que no voy a dejarte conducir. —Sus ojos se clavan en los míos y se inclina, tan cerca que siento su aliento fresco.
—¿En serio? —pregunto, cruzando los brazos—. ¿No tienes nada mejor que hacer? Parecías bastante ocupado con esa rubia —digo con desdén, apartando la mirada.
—¿Celos? —pregunta con una sonrisa provocadora.
—¡Claro que no! —respondo demasiado rápido.
Se ríe por lo bajo, con esa maldita sonrisa ladeada.
—Está bien. Me gustan las mujeres celosas —avisa, guiñándome un ojo.
Pongo los ojos en blanco, pero mi corazón se acelera. Mierda.
—Ahora dame las llaves. Yo te llevo, celosita.
Resoplo. Pero, en el fondo, tiene razón. Ya estoy sobria, pero todavía no tengo veintiún años. Si la policía me detiene, será un buen problema.
Salgo del asiento del conductor y rodeo el auto. Nathan simplemente salta a mi lugar.
Cuando vuelvo a sentarme, siento una puta nostalgia de cuando me llevó al baile, pero ignoro esos sentimientos que nunca fueron correspondidos. Los guardo en una cajita muy al fondo, muchísimo más al fondo, de mi corazón. Una cajita que juré que jamás volvería a abrir.
El motor ruge fuerte y claro; el auto sufrió algunas modificaciones después de que lo compré. Hice lo necesario para hacerlo más rápido. Nathan entiende bastante de eso; al fin y al cabo, su auto es prácticamente un cohete.
—Guau, quién diría que la pequeña Madison se convertiría en una chica temeraria. —Levanta las cejas, acelerando ligeramente solo para provocarme.
—Me convertí en muchas cosas, Thompson.
Pone los ojos en blanco, claramente molesto por el apellido. Me da igual. Enciendo la música. Ni hablar de que vayamos a conversar.
Y, como si el universo tuviera sentido del humor, la canción que empieza a sonar es Boss Bitch . Juro que no la elegí. Simplemente salió al azar en mi playlist.
—¿En serio? —Arquea una ceja, sujetando el volante con firmeza.
Y, mierda, qué excitante es verlo sujetar con fuerza el volante de mi auto. Sus manos son enormes. Quedarían perfectas alrededor de mi cuello y... No, no vayas por ahí, Madison, carajo.
Suelto el aire disimuladamente, dejo de mirar esas enormes manos e ignoro todo lo relacionado con Nathan.
—En serio. Mi auto, mis reglas. —Me encojo de hombros, bajo el parasol con espejo y abro la guantera con la otra mano para sacar mi gloss de cereza.
Nathan suelta una risa nasal, pero no aparta los ojos de la carretera.
Me aplico el gloss lentamente, observando de reojo su reflejo. Se muerde la comisura del labio cuando nota lo que estoy haciendo y eso me produce una extraña satisfacción.
Deslizo el aplicador despacio, sintiendo el sabor dulce, haciendo que mis labios se vean más rojos y brillantes. Todavía observo mi propio reflejo durante un segundo antes de cerrar el espejo, como si estuviera armada para cualquier comentario idiota que pudiera hacer.
Cometo el error de mirar a un lado y veo sus ojos fijos en mí, pero soy más rápida en apartar la mirada y volver a concentrarme en la carretera frente a nosotros.
Me siento observada. El peso de su mirada cae sobre mí, quema mi piel, y aunque no lo mire directamente, lo sé. Sé que Nathan me está observando como si pudiera leerme por completo. Intento mantener la atención en la carretera, finjo concentración, pero mi respiración traiciona a mi cuerpo.
—De verdad no puedes hacerlo, ¿verdad? —Su voz rompe el silencio con una calma provocadora.
Frunzo el ceño, confundida, y él, por supuesto, se da cuenta. Sus labios se curvan con esa sonrisa arrogante que tanto le gusta mostrar antes de desestabilizarme.
—Te haces la dura, pero no puedes mantener los ojos clavados en los míos durante más de quince segundos.
Esbozo una sonrisita cargada de burla, aunque sé que tiene razón. Pero no soy de las que huyen de una provocación.
—¿Eso es un desafío? Porque dudo mucho que tú puedas mantener los tuyos en mí... mientras conduces. —Mi voz sale firme y mantengo los ojos clavados en él, llenos de osadía.
No retrocede. Todo lo contrario.
—Quince segundos. Ese es el desafío. —Nathan gira completamente el rostro hacia mí, como si el mundo a nuestro alrededor hubiera dejado de existir.
En ese mismo instante, estiro el brazo y subo el volumen de la radio. El ritmo de la música llena el auto. El sonido es fuerte, pero aun así consigo escuchar su voz grave contando en voz baja.
—Uno... —Sus labios se mueven y, aun con el ruido, consigo seguir cada número que pronuncia.
—Dos. Tres... —El Mustang gana velocidad y un viento fuerte entra por las ventanas. Mi cabello vuela, mi corazón empieza a latir con más fuerza, pero mis ojos no se apartan de los suyos.
—Cuatro. Cinco. Seis... —Me muerdo la comisura del labio. La adrenalina empieza a recorrer mis venas. Caliente, viva, real. Siento que el mundo podría explotar allá afuera y, aun así, mantendría esta mirada.
—Siete. Ocho. Nueve... —La canción llega al estribillo y, como si estuviera perfectamente sincronizado, Nathan sonríe con malicia. Es casi una advertencia, una señal de que va a llevarlo más lejos.
Carajo, ¿esto debería ser tan excitante?
El auto acelera todavía más. El motor ruge como una bestia salvaje, el velocímetro sube y el viento ahora es casi una tormenta dentro del auto. La velocidad, el sonido, su mirada... todo me envuelve como si estuviéramos en otra dimensión.
—Diez. Once. Doce... —Creo que superamos los ciento cincuenta kilómetros por hora. Pero no tengo miedo. Estoy viva. Intensamente viva. Como si bailara al borde de un precipicio.
—Trece. Catorce... —Y entonces, sin previo aviso, frena bruscamente. Mi cuerpo sale despedido contra el cinturón, que me mantiene en mi sitio, pero, antes siquiera de que pueda reaccionar, Nathan extiende un brazo frente a mí, como si pudiera protegerme del impacto.
Su mano descansa sobre mi pecho durante un segundo, firme, caliente, protectora y completamente fuera de lugar teniendo en cuenta que el cinturón ya me sujeta. Pero no la retira.
Se queda allí, como si dijera que solo él puede sujetarme, que solo él puede cuidarme. El sonido de los frenos, la sacudida del auto, todo ocurre en una fracción de segundo. Pero yo no aparto la mirada. Él tampoco.
—Quince. —Su voz sale baja, ronca, cargada de algo que no sé cómo llamar. Deseo, quizá. O algo peor. Algo que me haría romper todas las promesas que me hice a mí misma.
Solo entonces miro hacia delante. Se detuvo exactamente frente a un semáforo, como si todo hubiera estado coreografiado. Como si hubiera ensayado esta escena.
Mi pecho sube y baja con la respiración acelerada. Lentamente, retira su agarre protector. El silencio dentro del auto contrasta con el caos que todavía vibra dentro de mí. La adrenalina sigue dominándome, me tiemblan las manos, pero sonrío. Una sonrisa amplia, tonta, verdadera.
—Carajo, estamos locos. —Lo suelta con esa risa contenida que me deja sin aire.
Echo la cabeza hacia atrás y la apoyo con fuerza contra el asiento, soltando una carcajada. El semáforo se pone en verde y Nathan vuelve a pisar el acelerador. Nuestras risas se mezclan y resuenan dentro del auto.
—Carajo, podríamos haber muerto... y ni siquiera me habría importado —confieso entre risas.